Andanzas por La Alpujarra
Una travesía a pie por el sur de Sierra Nevada, donde se entremezclan la vida y la literatura.
De joven viajaba con mapas lo más detallados posible y la mejor selección de guías que había logrado reunir. El peso era secundario con tal de disponer de datos e inspiración para elegir la ruta por territorios que apenas conocía. La información práctica no llegaba entonces rauda y gratuita a nuestras pantallas. Había que esforzarse para conseguirla, incluso acudiendo a librerías especializadas en otras ciudades o países.
El deseo de viajar a un lugar podía nacer a partir de una fotografía, la experiencia de un amigo o un artículo en una revista. Los libros también influían y les debo más de un viaje. Por ejemplo, una travesía a pie por La Alpujarra una lejana Semana Santa, siguiendo caminos de mulas y acequias, cuando los senderos marcados con pintura eran una rareza. Me incitó a ello Al sur de Granada, la obra donde Gerald Brenan recrea cómo se vivía en La Alpujarra a principios del siglo XX.
Así fue como con Tomás Mata, mi amigo de toda la vida y también lector de ese libro, partimos en autobús de Barcelona a Guadix, y de ahí a La Calahorra, un pueblo en la cara norte de Sierra Nevada famoso por su castillo renacentista. Llevábamos tienda de campaña y hornillo de gas para no depender mucho de las fondas. Pero sobre todo, para acampar en plena naturaleza y aprovechar las luces extremas del día con nuestros respectivos equipos fotográficos y el trípode que compartíamos.
Cargados con las mochilas, dejamos atrás La Calahorra y emprendimos la ascensión al collado del Lobo (2.400 m), enteramente nevado. Este paso, que se eleva al oeste de la carretera del puerto de la Ragua, nos parecía un umbral espectacular para acceder a La Alpujarra. Tras coronarlo, descendimos rumbo sur, como las aguas de las cumbres. Y así empezó nuestro recorrido por esa ristra de aldeas prendidas en los cortinajes de Sierra Nevada, algunos de cuyos nombres de origen mozárabe suenan como topónimos gallegos.

Gerald Brenan llegó a España en septiembre de 1919, con una maleta repleta de libros, tras haber combatido en la Primera Guerra Mundial. Quería encontrar un enclave mediterráneo donde la vida fuese barata, en el que poder formarse como escritor, disfrutar de largos paseos y encontrarse a sí mismo. El estilo de vida de la clase media británica, constreñido por convencionalismos y rígidos corsés, le sofocaba. Y ya conocía a varios literatos del círculo de Bloomsbury, gracias a su amistad con Ralph Partridge, forjada en el campo de batalla.
Las postales de la Alhambra que su abuela se trajo de un viaje le impulsaron a cruzar desde Galicia la ocre meseta ibérica en trenes parsimoniosos. No se sintió cómodo en una Granada bajo la lluvia, no era el lugar que buscaba. Pronto encaminó sus pasos al sur de Sierra Nevada, con la esperanza de que ese terreno tachonado de pueblos encaramados sobre el mar le complaciese más. El único mapa de la provincia disponible, «pavorosamente coloreado» según cuenta, no incluía las montañas y era poco exacto.
En las siguientes semanas, tocado con un sombrero sevillano de rígida ala negra, con el que pretendía llamar menos la atención, exploró a pie la treintena de aldeas de La Alpujarra occidental. Pero no halló ninguna vivienda adecuada para alquilar. Desanimado y enfermo de disentería, llegó a Ugíjar. Repuso fuerzas en una posada por fin tolerable y prosiguió la búsqueda de una casa a su gusto.
Encontró su pequeña Arcadia en Yegen, una aldea a 1.200 m de altitud, por un precio que al cabo de 15 días bajó de 200 a 120 pesetas al año (6 libras), la décima parte de su capital. En ella vivió Don Geraldo, como le llamarían sus vecinos, seis años, repartidos entre 1920 y 1934. Un carromato procedente de Almería trajo sus dos mil libros. Los años precedentes, recluido en campamentos y trincheras y con la muerte estrechando el cerco en torno suyo, lo habían llenado de ansias de saber. Las primeras tareas que se impuso fueron aprender algo de filosofía y estudiar griego. Se sentía avergonzado de haber leído solo unas pocas novelas y algo de poesía a sus veinticinco años.
Con su atmósfera serena y atemporal, Yegen conquistó a Brenan. Y el libro que le dedicó rinde homenaje a esa aldea. Una colección de escenas y descripciones, a cuál más evocadora, desfila por sus páginas:
La hospitalidad de los aldeanos, que le procuraban huevos, frutas y hortalizas y no tardaron en invitarle a bodas o bautizos. La sensación de altura y la quietud del aire, que presidía las horas y los días. Las casas cúbicas de azoteas planas, en las que se almacenaba el grano y se secaban tomates, pimientos, higos, mazorcas o berenjenas. El enjambre de construcciones, apoyadas unas sobre los hombros de las otras, encaramándose por la montaña como los pueblos bereberes del Atlas. Los aromáticos penachos de humo azulado con que se cocinaba la cena, mediante ramas de romero, tomillo o retama traídos a lomos de burro de las colinas cercanas. El omnipresente murmullo del agua, canalizada a través de una cabellera de acequias. Blancas palomas volando en círculos. Los caminos rodeados de higueras, granados, moreras, melocotoneros, emparrados o bosquecillos de álamos. Y, por encima de todo, el silencio que flotaba sobre el paisaje, amortiguando los ruidos, bajo el que la aldea, «aislada por los precipicios y la altura, abrazaba contra sí su propia vida», en palabras de Brenan.
Al sur de Granada retrata un mundo cuya esencia no había cambiado mucho desde la Grecia clásica, pero que ya se desvaneció. Las palabras, los gestos, la cocina, las costumbres o las creencias de la Alpujarra se presentan con una amenidad, una precisión y un respeto extraordinarios. Yegen contaba con una carretera de tierra, y por ella llegó desde Lanjarón el carruaje en que los artistas Ralph Partridge, Dora Carrington y Lytton Strachey acudieron a visitar a Gerald a los pocos meses de estar instalado. Tres años después lo harían Leonard y Virginia Woolf. En 1934, cuando Brenan ya estaba casado con la poeta estadounidense Gamel Woolsey, recibió a Bertrand Russell.

Yegen era una aldea agrícola casi autosuficiente. Las familias más pobres no comían nada que no creciera o se criase en su territorio, excepto pescado fresco, que se traía de la costa con mulas en viajes nocturnos, o bacalao seco. La loza y la quincallería venían de las ciudades, pero los lugareños tejían y teñían sus propios paños de lana, sus mantas de algodón, sus colchas y sus pañuelos de seda, una industria habitual en La Alpujarra. El pueblo, de algo más de mil habitantes, podía haber tenido en su día luz eléctrica, como sus vecinos Válor y Mecina Bombarón, pero no se movilizó para ello. Tampoco se quiso gastar dinero en una estación telefónica cuando se tendió el cable a lo largo de la carretera... pues, ¿de qué iba a servir el teléfono?, se preguntaban los aldeanos.
Pero Brenan explica que casi todas las semanas había baile en alguna casa. Y a él le encantaba darlos en la suya, que era muy espaciosa. Todo lo que tenía que hacer era comprar una botella de anís y un paquete de tabaco y quedar de acuerdo con un tañedor de laúd y dos guitarristas. Invitaba a unas cuantas familias, y en cuanto sonaba la música o alguien se arrancaba a cantar, comenzaba a llegar gente. Nadie se consideraba excluido, pues la puerta principal debía permanecer abierta de par en par.
En nuestra travesía por La Alpujarra, recalamos una noche en una agradable pensión en el centro de Ugíjar. El portalón por donde antes penetraban carros y caballerías había sido transformado en un agradable patio con un comedor. Allí cenamos y entablamos conversación con la dueña. Y para mi sorpresa, resultó que conocía a mi abuela materna, Presentación Bonachera. La recordaba, incluso le había llegado a comprar jabón de manufactura casera al acabar la Guerra Civil, en la que a mi abuelo Jesús Terrés le requisaron el moderno camión con que realizaba transportes en la comarca y abastecía de víveres al colmado familiar en el pueblo de Dalías. No logró recuperar el vehículo al finalizar la contienda, tras un pleito que se demoró meses en el juzgado de Granada. Mi familia aún conserva la cuartilla donde consta la vergonzosa sentencia. El juez abandonó la carrera judicial tras verse obligado a dictarla, y así se lo comunicó a mi apesadumbrado abuelo, que años después emigró a Barcelona con su esposa y sus nueve hijos. No llegué a conocerle.
Tras dormir en la pensión, a la mañana siguiente emprendimos el ascenso a Yegen por el camino preferido de Brenan: la rambla de Ugíjar, más salvaje y directo que la carretera. Una vez en la aldea, comprobamos que los elogios del escritor a la fuente de Yegen, la de mejor sabor de la comarca y muy apreciada entre los muleros de Almería, estaban plenamente justificados. Era un placer saborear aquella agua asombrosamente ligera y cristalina.
Dos jornadas de marcha después llegamos a Trevélez, visitamos la población y después de comer en un bar, a eso de las tres de la tarde, emprendimos la ascensión al Mulhacén, dispuestos a plantar la tienda en el techo de la Península Ibérica para ver amanecer desde él. Que hubiera que superar nada menos que dos mil metros de desnivel lastrados con mochilas y con la posibilidad de que la noche se nos echara encima aumentaba la emoción. Fuimos ganando altura al ritmo previsto y, una vez puesto el sol, abordamos la rampa final.
Pero había un factor con el que no habíamos contado: el viento que batía la cresta nevada. Soplaba del norte con tanta violencia que en los metros finales a duras penas podíamos progresar. Cada paso implicaba un forcejeo con un púgil mitológico e invisible, que se oponía tenaz a nuestro avance. Iba a resultar imposible plantar la tienda en la cima sin que saliese volando al desplegarla. El viento barría además la nieve y arrancaba minúsculos cristales de hielo, que incidían en nuestros ojos como arena fina o diminutas agujas. Había que retroceder en busca de zonas más resguardadas. Ya a oscuras, plantamos la tienda en mitad de la pista que zigzaguea hacia Capileira, en un tramo de menor pendiente, entre laderas nevadas. Era poco probable que un todoterreno quisiera aventurarse por allí a la mañana siguiente. Y de ser así, ya tocaría el claxon.
Derretimos nieve en el fogón y con ella hervimos arroz. Pasamos toda la noche en un inquieto duermevela. El centro de la tienda hexagonal lo ocupaban las mochilas, pues cada uno intentaba afianzar con el peso de su cuerpo los tres vientos de su costado, tendido en el saco junto al borde de la tienda. El viento aullaba y sacudía las lonas sin cesar. Finalmente salió el sol y retornó la calma. Echamos a andar pista abajo, hasta llegar por fin a Capileira, exhaustos. Allí comimos y tomamos un autobús que descendía a Órgiva.
Merendando esa tarde en una cafetería de la ciudad, una mosca no dejaba de revolotear alrededor. Estábamos fatigados y su vuelo errático distraía nuestro silencio. En un momento dado se posó en una arista de la mesa. Soplé con fuerza para echarla de allí. Y al instante, Tomás y yo nos miramos sobresaltados, sabiendo que estábamos pensando lo mismo: aquella mosca era nuestra tienda, temblando al borde de la cornisa. Pero la noche anterior Eolo había sido clemente con nosotros.
Como náufragos llegados a la playa, pernoctamos en Salobreña. A la mañana siguiente visitamos una fábrica de melaza de caña de azúcar, pero más que turistas parecíamos temporeros buscando trabajo. Hoy la caña ha dado paso a cultivos de mangos y aguacates. De las nieves y alturas del Mulhacén… a la vega del río Guadalfeo, con su clima subtropical. Así es La Alpujarra.
Cuando no estaba leyendo, a Gerald Brenan le gustaba hacer largas caminatas. De ese modo recorrió toda la provincia de Almería. O visitó Murcia y Cartagena, distantes 300 km. Se propuso ir de Granada a Yegen en un solo día a través de Sierra Nevada (casi 100 km) y lo logró en solo 19 horas. En más de una ocasión, cruzando el collado del Lobo o el puerto de los Bérchules, rumbo a la comarca del Marquesado del Zenete, tuvo que escapar por piernas de los asaltantes.

Gerald Brenan dejó otros libros valiosos, como El laberinto español, que ahonda en las circunstancias que desencadenaron la guerra civil, o su ensayo sobre la vida y el legado poético de San Juan de la Cruz. Me gusta especialmente La literatura del pueblo español (Ed. Renacimiento, 2024), donde ofrece una visión perspicaz de cada autor y tiende puentes culturales que atraviesan el espacio y el tiempo. De Ramón Llull, por ejemplo, destaca su capacidad para absorber el misticismo sufí, originario de Persia y el subcontinente indio, y presentarlo «con una plasticidad de inteligencia y una audacia espiritual que solo un catalán (o un europeo) podía lograr», pues el español del interior suele sentir aversión hacia lo nuevo en asuntos intelectuales o religiosos.
La vida de Brenan, sin embargo, como la de tantos escritores, presenta más borrones que sus impecables obras. El más penoso probablemente es su relación con Juliana, una joven de 15 años a la que contrató como criada y a la que enseguida dejó embarazada. En 1931, al nacer Elena, Brenan se fue de Yegen y la niña vivió sus tres primeros años con la humilde familia materna. Ya casado con la poeta Gamel Woolsey, en 1934 el escritor regresó para llevarse a la niña a su nueva casa en Churriana (Málaga). Elena pasó a llamarse entonces Miranda Helen y al parecer Juliana no volvió a verla. Y si lo hizo, Brenan puso como condición que no podía revelarle que era su madre. Juliana dejó Yegen por las habladurías y acabó viviendo en Granada, se casó y enviudó dos veces, teniendo cuatro hijos varones. Luego perdió la vista. El libro Ciega en Granada, de Antonio Ramos Espejo, reconstruye admirablemente la tragedia de Juliana, que murió en 1979, uno o dos años después que Miranda Helen e ignorando seguramente que la hija que soñaba volver a ver estaba muerta.
Desde su publicación en 1957, Al sur de Granada puso la olvidada región de La Alpujarra en el mapa mundial y atrajo un turismo entre culto y hippie. Uno de los británicos que acudieron influidos por la obra fue Chris Stewart, batería de los primeros singles del grupo Genesis. Stewart se instaló con Annie Exton en El Valero, un cortijo sin agua, luz, ni puente que permitiera cruzar el barranco cuando este fluía. Narra sus peripecias para intentar vivir de la tierra en Entre limones (1999). La inexperiencia de Stewart le lleva a cometer todo tipo de errores, pero siempre está dispuesto a aprender de los lugareños y su prosa, llena de humor, transmite un amor genuino por ellos (el título original es Conduciendo entre limones: un optimista en Andalucía). Cuando los planes se malogran, su destreza para esquilar cientos de ovejas en la feria de ganado le permite comer un año más. El éxito de Entre limones asombró a su propio autor… y a la editorial. La obra se ha traducido a veinte idiomas; con sus dos secuelas (El loro en el limonero y Los almendros en flor) ha vendido más de dos millones de ejemplares. La adquisición de cortijos a cargo de extranjeros en Órgiva, Pampaneira o Bubión se ha multiplicado desde entonces.
Dice un proverbio de Asia Central (las casas con tejados planos de la Alpujarra recuerdan a las del Tíbet) que la tierra es dura y el cielo está lejos. La Arcadia probablemente solo existe como tal en la literatura. Pero los relatos nos ayudan a viajar y a vivir, y también a mirar el mundo con ojos nuevos.
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(y ninguno de ellos es Al sur de Granada)









Quina emoció, aquesta passejada tan detallada per las teves terres encestrals, encara noto el cor bategar d‘emoció. Poder accedir a aquest lloc i temps que mai podré coneixer ha estat un veritable viatge gracies amic
4 hundred ✨
Buena caminata hicimos, sí. Ahora leyendo "Las viejas sendas", de Robert Macfarlane, inspiradora guía, totalmente recomendable para recorrer las sierras del ayer!