Con la música a otra parte
La música es el alma de las fiestas y un medio capaz de teletransportarnos. La canción que suena en cierto momento de un viaje puede quedar unida a él para la posteridad.
«Por definición, cuando se investiga lo desconocido, nunca se sabe de antemano lo que se va a encontrar». Esa es mi ley de Murphy favorita, aunque haya otras más famosas, como que la tostada siempre cae al suelo por el lado de la mantequilla.
Nos mueve a viajar el deseo de conocer ciertos lugares de forma no virtual, el amor por un país o una cultura, la necesidad de cambiar de escenario vital… Sea cual sea el motivo, la experiencia que deparará ese destino resulta impredecible y ahí radica su poder.
Un viaje se compone de una sucesión de momentos, algunos estelares, como cuando admiramos grandes creaciones de la naturaleza o de la humanidad. Pero escenas más modestas forman también parte de la película y llegan a compartir cartel con los hitos del lugar. Cualquier enclave secundario puede servir de marco: una calle, un vehículo, una estación, un bar... No sabemos si hay un guionista en la sombra o todo es fruto del azar. Tal vez ni se nos pase por la cabeza tomar una foto, tan cotidiana resulta la situación; o quizá prefiramos no interferir con el móvil o la cámara. Algunas de esas vivencias pueden forjar una aleación con el elemento que las amplificó: la música que sonaba justamente en esos instantes.

En 1986, viajando por Turquía, me asombraba la puntualidad y rapidez de los autocares. Eran vehículos flamantes, a los que se accedía tras perfumarse con la colonia alimonada que el muavin (auxiliar) vertía en las manos de cada pasajero, en un gesto ceremonial de hoş geldiniz: bienvenida. Los conducían chóferes gallardos, vestidos a la usanza de un piloto de avión. Durante el trayecto se ofrecía agua mineral a voluntad. Todavía rigen estas costumbres en los autocares turcos, incluidos los que unen Estambul con ciudades de Alemania, salvo en las líneas low cost.
En todo momento, atravesando las estepas de Anatolia o con el Monte Ararat erguido en el horizonte, sonaba en los vehículos una música vitalista y alegre a más no poder. Se diría que la malévola definición de cantante como «lamentador profesional» carecía de sentido en el país. Una mañana, en una parada en pleno campo, subieron al otobüs dos músicos provistos de una zurna y una darbuka. Poco se hicieron de rogar: con una atinada simbiosis de viento y percusión, hicieron enmudecer el radiocasete del vehículo y convirtieron el trayecto en una fiesta.

La música me había acompañado tanto en ese viaje que no quería volver a casa sin ella. Así que en Estambul fui a comprar cintas de casete. Con mi pésimo oído musical, más una voz que la gente confunde con la del epidemiólogo Fernando Simón, me costó decidirme a tararear la canción que realmente me había llevado allí. Por fortuna el tendero identificó el estribillo al instante. Resultó ser Ah Esmer, de Arif Susam, éxito de su disco Tavernada Yildönümü, del que aquel año se vendieron un millón y medio de casetes. Más allá de toda lógica, esa canción pachanguera pasó a ser la sintonía de mi aventura por Turquía, que también incluyó largos recorridos en bicicleta.
Algunos lustros después regresé a ese país en familia. Visitamos el santuario de Pérgamo con los chicos y dormimos en la ciudad a sus pies. Pero nunca había visto el imponente altar de su acrópolis, con el friso de la lucha entre los dioses del Olimpo y los gigantes que se exhibe en el Museo de Pérgamo en Berlín. Como la sala iba a permanecer cerrada durante años para una compleja restauración (¡de 2024 a 2037 vuelve a clausurarse por reformas!), en septiembre de 2014 viajé a Berlín con Cristina para conocer la ciudad y contemplar el altar antes de que cayese el telón.

Carlos Taxonera, un amigo de Madrid, nos había proporcionado el contacto para acceder a un exclusivo espacio de baile en el barrio de Kreuzberg, a orillas del canal Landwehr. Pero las visitas de aquel día, ¡qué dura es a veces la vida del turista!, nos dejaron sin fuerzas para adentrarnos en la noche berlinesa.
Un frío amanecer hicimos las maletas y buscamos un taxi que nos llevase al aeropuerto de Tegel. Se detuvo un Mercedes blanco, aunque no tan viejo como el de la canción de Kiko Veneno. Lo conducía un taxista alto y flaco, de melena canosa, vestido con tejanos gastados y una raída cazadora de cuero. Parecía conocer la cara y la cruz del mundo de la bohemia como la palma de sus manos. Condujo con suma tranquilidad por los barrios del noroeste de Berlín (la autopista tenía un tramo en obras), regalándonos una música que era la mejor banda sonora para una ciudad aletargada a esas horas del domingo. La primera canción era de Moby (Why does my heart feel so bad?), seguida de otras que no conocíamos. Asistimos al espectáculo con las chaquetas abrochadas y cogidos de la mano. Al pagarle, le di sinceras gracias por el viaje... y por la música.
Como cuento en un artículo reciente, en 2007 viajamos por Tailandia con Alicia y Éric, que entonces tenían 14 y 9 años, usando transportes públicos. Siguiendo las siempre certeras recomendaciones de Albert Padrol, en Lampang nos alojamos en The Riverside Guest House, un sencillo hotel de estilo tailandés, edificado todo él en oscura madera, con un jardín tropical a orillas del río Wang. El Riverside da nombre también a un restaurante cercano, de aire entre hippie y cosmopolita, con actuaciones musicales durante la cena.
A los chicos les encantaba aquella música y aquel ambiente, mientras tomábamos pizzas al horno de leña en una veranda junto al río. Debía ser la primera vez que oíamos Hotel California en directo, de vacaciones y en familia, entre el repertorio rockero de aquel conjunto tailandés. En los descansos, los chicos se levantaban de la mesa para charlar con los músicos, que eran muy amables con ellos. Una sensación de apertura, conexión y felicidad parecía transportarnos a través del tiempo o el espacio, entre el murmullo de las aguas del río Wang, la sabrosa cena y la corriente de música y simpatía que manaba del escenario.
Todo gran viaje suele deparar experiencias donde confluyen sentimientos de ese tipo, en lugares y circunstancias que no podemos imaginar. La música puede favorecer esas situaciones o ser parte de ellas.
En 2016, Éric nos anunció que los siguientes veranos, tal como hacía su hermana, viajaría por su cuenta. Para tener una despedida memorable, esas vacaciones volamos a Phoenix, alquilamos una autocaravana y con ella visitamos los parques nacionales de Arizona y Utah, desde el Red Rock Country de Sedona a Mesa Verde (este artículo narra aquel viaje). En la infinita meseta jalonada por gigantescos flanes de arenisca vivimos nuestra road movie particular.
Algunos paisajes de aquel verano los tengo plenamente asociados a la música que sonaba al recorrerlos. Cuando nos dirigíamos del Bryce Canyon al Parque Nacional Zion, la carretera estaba cerrada por un desprendimiento de rocas. Habría que dar un gran rodeo por el norte.
Fue un acierto abordar esa ruta imprevista dejando que Éric escogiera la música, a menudo un hiphop de notable riqueza instrumental. Conocedor de las limitaciones de sus padres, a ratos superponía de viva voz traducciones simultáneas a toda velocidad. Me siento de nuevo tras aquel parabrisas al transcribir su versión del estribillo de Sunday Sin, un tema de Bernz:
No soy tan guay como para pedirte perdón / Demasiado orgulloso para bailar en tu fiesta / Demasiado bueno para pecar en domingo / Y vamos arriba y abajo por estos picos y valles / De Miami hasta Cali / Haciendo todas las cosas incorrectas de la manera correcta.

También hay quien viaja aposta para disfrutar de la música. Mi gran amigo Antonio Gázquez ha hecho coincidir sus tres viajes a Nueva York con conciertos de su grupo favorito: The Allman Brothers Band. Aclaremos que uno de sus dos hijos gemelos se llama Duane, como el legendario guitarrista que fundó el conjunto. Duane Allman falleció en accidente de moto en 1971, poco antes de cumplir los 25 años, cuando el doble disco en directo At Fillmore East acababa de consagrar a la banda. Los Allman lograron sobreponerse a esa fatalidad; también a la muerte del bajista Berry Oakley al año siguiente, en otro accidente de moto a solo tres manzanas de donde Duane chocó con aquel camión.
El 10 de marzo de 2020 tuvo lugar en el Madison Square Garden de Nueva York un concierto que conmemoraba los 50 años de la Allman Brothers Band al que asistieron 20.000 personas. Fue el último gran concierto masivo de rock antes de que el coronavirus le diese la vuelta al mundo como a un calcetín. Y Antonio tuvo la dicha de presenciarlo. Eso requirió volar a Nueva York con su esposa Gloria en plena pandemia, mientras en Europa todo se empezaba a cerrar y Estados Unidos parecía a salvo del «virus chino», como lo llamaba su lenguaraz presidente. Un viaje arriesgando incluso la salud, sin saber si el concierto se suspendería a última hora, o si sería factible retornar en la fecha prevista.
Durante muchos lustros y hasta su disolución en 2014, cada mes de marzo la Allman solía encadenar una decena de conciertos, de casi tres horas cada uno, en el Beacon Theater de Nueva York. Nunca quedaba un asiento libre. Antonio disfrutó de dos de ellos consecutivos en 2011. Los directos de aquella locomotora musical (impulsada por dos baterías, dos guitarras solistas, un bajo y un teclista cantante) eran tan intensos que el tema que se tocaba una noche rara vez se repetía en la siguiente. Músicos con un repertorio tan extenso como su país, maestros de la improvisación. Y cuya forma de tocar inspiraría a otros grupos, como Lynyrd Skynyrd, que dedicó a Duane Allman su mítica canción Free Bird.

Cuando Antonio, pletórico por haber podido asistir la noche antes al concierto del cincuentenario de los Allman, estaba con el cinturón abrochado y presto a despegar, la megafonía del avión anunció que a partir de ese día los ciudadanos estadounidenses tendrían que hacer cuarentena para regresar a su país. Los pasajeros que lo deseasen podían descender de la nave y recuperar sus equipajes de la bodega, como hicieron la mayoría de norteamericanos. Aquel 11 de marzo, la OMS declaró oficialmente el Covid-19 pandemia mundial. Por supuesto, el relato de la peregrinación musical de Antonio nos deleitó durante la lluviosa primavera de 2020, mientras trabajábamos confinados en nuestras casas y Fernando Simón ejercía de infatigable portavoz del Ministerio de Sanidad.
En su libro Musicofilia, el neurólogo Oliver Sacks define la música como «el medicamento no químico más profundo y poderoso». Debe ser cierto. Existen muchos medios de locomoción, pero la música es capaz de generar mundos nuevos sobre la marcha y de teletransportarnos a ellos como por encanto.
Todos podríamos evocar momentos de nuestra vida en que la música le otorgó otra dimensión a la experiencia. ¿Qué canción o canciones cambiaron el mapa de tu viaje y te llevaron a otro lugar? Atrévete a compartirlo en un comentario:




Sabiendo que todo viaje es siempre hacia lo desconocido —por mucho que hagamos planes– y que no podemos prever qué nos está esperando, confiemos en que la música de tus palabras nos sirva de fondo en algunas ocasiones. Como ahora mismo, mientras te leo, como tantas veces.
La música es ese regalo divino que limpia, fija y da esplendor a los mejores momentos de nuestra vida. Sabina cantaba eso de "entre todas las vidas, yo escojo la del pirata cojo". Pues bien, entre todas las vidas yo escojo ser la cantante de un grupo de rock, de pop, de country, con buenas guitarras y un coro godspell. Gracias, Josan, por tus crónicas viajeras, me gustan un montón.