Costa Rica, paraíso del ecoturismo
En este pequeño país, los bosques nubosos, repletos de aves, alternan con playas donde desovan las tortugas y volcanes activos de gran tamaño.

RECONECTAR EN SELVA BANANITO
A Rudi Stein le costó años aceptar que su hijo Jurgen se negara a seguir explotando forestalmente la finca de 1.450 hectáreas que esta familia alemana había adquirido medio siglo atrás. Pero para Jurgen, el auténtico valor de ese enclave residía en el bosque primario y la fauna que sustentaba. Talar las enormes ceibas y otros árboles de maderas apreciadas habría asolado ese paraíso natural. Hoy, Selva Bananito constituye un modelo de alojamiento ecológico y sus selváticas montañas garantizan el caudal del río Bananito, que nutre de agua a Limón, la gran ciudad portuaria del Caribe costarricense.
Hospedarse en Selva Bananito requiere de entrada renunciar al wifi, pero no para desconectar sino para reconectar, en palabras de Jurgen Stein. Este entusiasta hotelero y activista medioambiental contagia con pasión y buenos argumentos su amor por la naturaleza. Las magníficas cabañas se abren a un paisaje prístino. No hay botellas de plástico en el lodge. Un huésped produce 675 gramos de residuos al día de media, de los que 600 son compostables y 50, reciclables. Al atardecer, paseamos a caballo entre campos donde antaño se cultivaba cacao. Al alba, un guía nos acompaña a observar aves. Tras el desayuno, volar en ultraligero permite admirar la selva a vista de pájaro. Pero lo que verdaderamente impacta es conocerla a ras de tierra. Machete en ristre, un baquiano nos guía en una caminata de varias horas para reemplazar una de las cámaras que registran los movimientos de la fauna. La noche anterior habíamos contemplado esas grabaciones en una pantalla en el lodge: tapires, osos hormigueros y coatís cruzan ante el objetivo, alguno de ellos incluso lo mira de frente, pero la estrella del desfile es el jaguar. La presencia del mayor felino de América, de hábitos nocturnos, certifica la salud ambiental de Selva Bananito.
Un grupo de monos aulladores nos precede en la empinada senda, saltando por las copas de los árboles. La cercanía del Caribe eleva la humedad ambiental y el sudor empapa las camisetas. De vez en cuando, el guía se detiene para señalar una serpiente en un árbol, insectos de formas asombrosas o ranas de colores aposemáticos, es decir, chillones y repulsivos para un posible predador.
UN ARCA DE NOÉ EN TIERRA FIRME
Los espacios naturales protegidos son el gran patrimonio de Costa Rica y abarcan ya la cuarta parte del territorio. Pueden ser públicos, como la treintena de parques nacionales, o bien fruto de iniciativas privadas. Ningún país reúne tanta diversidad de ecosistemas y especies en solo 51.000 km2. Tras la guerra civil de 1948, José Figueres Ferrer, hijo de catalanes, disolvió el ejército y estableció la educación y la sanidad gratuitas. Atrás quedaba la época en que United Fruit Company, la empresa que fundó el magnate Minor Keith desde la capital de Costa Rica, quitaba y ponía presidentes, instigaba masacres (1.800 campesinos fueron asesinados en 1928 durante una huelga en Colombia) o modificaba fronteras en América Central. En 1990, pasó a llamarse Chiquita Brands. Su vistoso logotipo luce hoy en la mayoría de plátanos que se comercializan en las grandes superficies.
Costa Rica cuenta con unos seis mil guías titulados y recibe tres millones de visitantes al año. La mayoría acuden para disfrutar de la naturaleza, por eso un guía precisa de vocación para desenvolverse al aire libre y de una amplia formación ante el millar de variedades de orquídeas, las 920 especies de aves –53 son colibrís–, el centenar de murciélagos o los miles de mariposas, sobre todo nocturnas, que aletean por un reino vegetal integrado por diez mil plantas y árboles diferentes.
Pero algunas de esas especies corren peligro de extinción. Así sucede por ejemplo con el guacamayo verde (Ara ambiguus), propio de la costa caribeña, un ave diezmada por el comercio internacional y por la tala del almendro de montaña (Dipterix panamensis), del que obtiene su alimento. En el proyecto de conservación Ara Manzanillo, al sur de Punta Uva, nos sorprende ver dos ornitólogos encaramados a un árbol gigantesco. Algunos de ellos han venido de Panamá para aprender de esta organización, que ha liberado ya 65 lapas (así las llaman en Costa Rica) criadas en nidos artificiales. Eso ha elevado la población de guacamayos verdes en Costa Rica a 300 ejemplares. Si no fuera por Ara Manzanillo, ya habrían desaparecido en el sur del Caribe.
Cuando las enormes aves despliegan sus alas y vuelan ruidosas sobre nosotros, alborotando y contagiando alegría como solo ellas saben hacerlo, su plumaje verde se combina con destellos de un azul turquesa iridiscente. Siento entonces que, aunque en este viaje no logremos avistar al mítico y esquivo quetzal, regresaré contento.
«ÉRAMOS RICOS Y NO LO SABÍAMOS»
Esa noche cenamos en casa de Glenda Halgarson. O mejor dicho, en su jardín, pues esta mujer de Puerto Viejo de Talamanca trasladó a él su cocina para preparar los alimentos como más le gusta: rodeada de árboles y plantas y sin paredes alrededor. Como tantos otros jamaiquinos, sus abuelos africanos llegaron a Costa Rica en pos de nuevos horizontes y recalaron en la costa. Mientras nos imparte una clase práctica de cocina caribeña (empezamos abriendo los cocos con tiento, machete en mano, y triturando las especias para cocinar un pollo ecológico), la risueña Glenda cuenta la historia de su familia:
—Dormíamos en cabañas vegetales junto al mar, en Punta Uva, donde el turista paga hoy 200 dólares por una noche. Y comíamos las langostas que pescábamos. ¡Éramos ricos y no lo sabíamos!
Glenda también es cantautora y participa en grupos de ayuda entre mujeres. Considera una prioridad cultivar y experimentar la felicidad junto a las personas que nos rodean. «Ayudar te ayuda, el universo te da», asegura mientras compartimos la deliciosa cena en el jardín, acompañados por su esposo suizo. Y con su cálida y rotunda energía, añade:
—Estamos rodeados por lo más valioso de la vida. Si tienes tierra lo tienes todo, pues la tierra es vida.
CON LOS INDÍGENAS BRIBRI EN EL RÍO YORKIN
Quedan unos diez mil indígenas bribri en Costa Rica y don Lisandro, un awa o chamán de esta tribu, nos recibe en la U-suré, la cabaña cónica ceremonial, más amplia que un tipi, cuya cubierta vegetal en cuatro niveles evoca el firmamento. Los ocho pilares representan a los ocho clanes de la sociedad bribri, cada uno de ellos consagrado a una tarea distinta. Un rombo con cuatro franjas horizontales en sus dos triángulos (el supramundo y el inframundo) ilustra la cosmovisión de este pueblo. En sus puntas, las franjas son azules; a continuación, rojas, amarillas y blancas, en alusión al cielo, la luna, el sol y el mar. Los seres humanos habitan en una fina franja verde central.
Desde niño, don Lisandro pasó años retirado estudiando con su maestro. Alimenta con serenidad el fuego que arde en el centro de la cabaña y narra que Sibú, el dios creador, plantó las semillas de las que nacieron los indios bribri. La araña tejió las paredes de la primera U-suré; el mono trepó por ellas para atarlas y el zopilote (buitre), señor de las corrientes térmicas, remató el techo. Lisandro es muy respetado en la región y atiende incluso a personas venidas de la ciudad con las más variadas dolencias. Para recibirnos, ha pedido primero permiso a cada uno de los elementos. Posee un profundo conocimiento de las plantas que receta y cada noche se recoge temprano para interceder a distancia por sus pacientes.
Al día siguiente remontamos en una canoa el río Yorkin, fronterizo con Panamá, para conocer al pueblo bribri. Nos guía Tirza Morales, una joven bribri que dirige en Puerto Viejo de Talamanca la agencia Life Culture Travel. En los años 90, los hombres trabajaban en las bananeras, rara vez volvían los fines de semana y la deforestación y el avance de la ganadería asediaban a la tribu. Pero tres mujeres carismáticas se organizaron para invertir la situación. Una de ellas, Bernarda, nos cuenta los progresos tras siete lustros de trabajo. La lengua bribri, entonces prohibida en la escuela, la hablan hoy todos los profesores. Son autosuficientes en alimentos, exportan cacao ecológico a Suiza y acogen en sus casas tradicionales a quien quiera conocer su cultura o la naturaleza y trabajar con ellos en los campos. La sociedad bribri es matrilineal –el primer apellido es el materno–, y solo es bribri el hijo de una mujer bribri, al margen del origen del padre.
Nos enseñan a moler las preciadas semillas de cacao a mano, balanceando una gran piedra oval pulida por el río –la reconfortante bebida se toma sin azúcar–. Y escuchamos que con agua de cacao se baña tanto al recién nacido como al difunto.
CAHUITA Y LA LAGUNA DE GANDOCA
En Costa Rica la franja litoral es de uso público: solo se puede edificar 50 metros más allá de la línea de la marea alta. Una interminable cinta de arena ribeteada por el bosque y por palmeras se extiende al sur del Caribe. Puerto Viejo de Talamanca ofrece la base para disfrutar de ese entorno. Personas de una cincuentena de países residen hoy en este paraíso playero, con un ambiente entre hippie y rastafari, que la epidemia de covid puso de moda incluso entre la población de San José, la capital. La bicicleta reemplaza al automóvil; de noche, se bailan calipso y otros ritmos a la orilla del mar.
El Parque Nacional Cahuita protege el mayor arrecife del Caribe costarricense; el esnórquel en sus aguas solo puede hacerse en compañía de un guía. Es fácil ver perezosos en los árboles o mapaches en los caminos, incluso en pleno día. Más solitaria resulta la laguna de Gandoca, rodeada por un espléndido manglar. La surcamos bajo la llovizna, desde un bote impulsado en total silencio por una batería de camión. Lo maneja el joven Pablo, descendiente del último rey bribri. Gladys, su madre, alquila las vecinas cabinas Colibrí. El padre trabajó para una empresa que comercializaba flora tropical de todo el mundo y eso le permitió plantar la asombrosa colección de especímenes que crecen en el jardín. Camino del embarcadero, Pablo nos los mostró con una naturalidad y una sonrisa cautivadoras.
La playa de Gandoca cierra la laguna salobre, cercada por cinco especies de árboles de mangle, pero deja un estrecho paso que en ciertas épocas del año atraviesan los enormes y pacíficos manatís. Cual vacas acuáticas, se alimentan de las plantas ribereñas y del lecho marino en aguas poco profundas. La playa está repleta de troncos arrastrados por el mar. No retirarlos es otra forma de preservar la naturaleza del lugar.
LA COMUNIDAD RURAL DE MOLLEJONES
El Valle Central es la zona más poblada de Costa Rica. Esta meseta surcada por una hilera de volcanes, que rondan o rebasan los tres mil metros, goza de un clima suave y de fértiles suelos gracias a las cenizas volcánicas. En su extremo oriental, Turrialba es un fabuloso destino de rafting gracias a los ríos Reventazón y Pacuare, que se abren paso hacia el Caribe a través de desfiladeros tapizados por la selva. Durante la cena, Ida Herrera, impulsora del gran hotel Villa Florencia, comparte con nosotros su amor por la región de Turrialba y por el poderoso volcán que le da nombre.
La sinuosa carretera hace rato que dijo adiós al asfalto camino de la comunidad rural de Mollejones, en la que viven poco más de doscientas personas. La electricidad llegó en 1982, pero la caída del precio del café y del azúcar en esa década provocó una gran emigración. Los aldeanos han hecho un admirable esfuerzo para revitalizar el lugar, que se benefició con el mundial de rafting en 2011 en el río Pacuare. Hoy Mollejones es un destino de turismo ecológico genuinamente rural. También pernoctan en Mollejones quienes recorren el sendero de 280 km que atraviesa el país de costa a costa.
En torno a quinientas personas visitan cada año la comunidad para participar en diversas actividades. Una de ellas consiste en elaborar azúcar en un trapiche, a la antigua usanza. Los anfitriones nos explican las peculiaridades de las distintas variedades de caña que cultivan en las empinadas laderas. Un caballo las prensa dando vueltas a un molino para extraer el jugo, que luego borbotea en un fuego alimentado con cañas secas. Cuando se espesa, trasladamos el dulce puré a unos moldes vaciados en un grueso madero, donde se solidificará. Los grandes flanes de azúcar integral de caña así obtenidos servían como moneda de cambio en el pasado o como provisiones en un viaje. En otra vivienda, tras moler manualmente los granos, elaboramos las tortillas de maíz que acompañarán el almuerzo. Por la tarde, nos reunimos en la cancha techada de la aldea con los ancianos, a quienes se honra profundamente en Mollejones por sus décadas de abnegada labor.
UN JARDÍN CON PRESTIGIO MUNDIAL
Para conocer la flora de Costa Rica nada como visitar el CATIE (Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza), ubicado en las afueras de Turrialba y que cuenta con un campus universitario internacional entre sus mil hectáreas de bosques. Al atardecer, el botánico José Coto sintetiza con precisión y amenidad las peculiaridades de plantas cuyos zumos hemos degustado estos días y de muchas otras que desconocíamos. El vasto espacio acoge cuatro jardines botánicos temáticos: Aráceas, Bromelias, Heliconias y Medicinales-Mágicas, lo que incluye la visionaria enredadera de la ayahuasca. Más de 4.400 muestras de todo el mundo que representan un millar de especies de plantas crecen en el CATIE. Eso incluye ancestros silvestres del café y del cacao con especial resistencia a las enfermedades fúngicas, la gran amenaza de las plantaciones.
Regresamos a la mañana siguiente para seguir explorando el jardín. Una estudiante de Canadá se va a casar al aire libre bajo un majestuoso guanacaste, el árbol nacional. La colosal envergadura de dos bambús rivalizaría con los de un gran bloque de viviendas. Bajo la gran ceiba, con sus raíces de varios metros de altura extendidas como contrafuertes apuntalando el tronco y sus ramas enroscándose hacia las alturas cual raíces celestes, se entiende por qué los mayas decían que este árbol ayudaba a las almas de los muertos a ascender al cielo.
EL ENCUENTRO CON EL QUETZAL
El río Savegre, uno de los más puros de América Central, nace a 3.500 m de altitud en la cordillera de Talamanca y alcanza el Pacífico en apenas 41 km de recorrido. Los bosques nubosos de su cuenca alta, en la zona de San Gerardo de Dota, brindan un hábitat ideal al quetzal y a otras muchas aves. Estamos a 2.400 m de altitud, hace frío y hemos llegado aquí montaña abajo, descendiendo de la carretera Interamericana, que en el Cerro Buenavista alcanza 3.340 m de altura. Nos acompaña Agniel, un joven y afable guía de San Gerardo, amante de las aves como no podía ser de otra manera. Su padre, estudioso de la cultura de la India, le puso ese nombre en honor a Agni, el dios védico del fuego.
El huidizo quetzal suele avistarse antes de las seis de la mañana, cuando se alimenta de los frutos del aguacatillo. Luego desaparece en la profunda espesura. Mayas y aztecas lo consideraban el dios del aire. Sus reyes y sumos sacerdotes lucían las plumas verde iridiscente y azul zafiro de la larga cola nupcial que exhibe el macho, de hasta un metro de longitud, y que luego pierde al empollar los huevos turnándose con la hembra. Para estos pueblos, eran más valiosas que el oro. Ver dos plumas enmarcadas en el hotel Trogon Lodge ayuda a comprenderlo.

Empezamos uno de los paseos ornitológicos a las ocho a la mañana, demasiado tarde para avistar al quetzal. Pero hay tres personas apostadas con un telescopio terrestre en una curva de la carretera, y una de ellas le susurra a Agniel: «¡el coludo!». Pasaremos la siguiente hora contemplando fascinados el ave merced al telescopio de nuestro atento guía. El quetzal permanece relajado bajo la llovizna. De su mirada y su plumaje parece emanar una mezcla de bondad y luz.
UN SABIO LOCAL
En Copey de Dota, una aldea situada al oeste del Parque Nacional los Quetzales, visitamos Las Manzanas, una finca sostenible de frutas de altura. Un grupo de saínos –el jabalí americano– se escabulle por la cresta en cuanto nos ve llegar. Don Olman, artífice de este pequeño vergel, ríe ante nuestro asombro y nos cuenta que desde la epidemia del covid los ve a menudo en la finca. Este agricultor es un sabio de la región. Muchos campesinos le consultan problemas y, para casi todos, Olman propone un oportuno tratamiento ecológico. Con mirada de complicidad nos dice:
—Si haces lo que tienes que hacer cuando hay que hacerlo...
Tras estos árboles espléndidos y el fértil suelo que los nutre hay años de esmerados cuidados. Los manzanos que dan nombre a la finca alternan con muchas otras especies, y para que fructificasen en el trópico Olman tuvo que conseguir que perdieran sus hojas en la estación fría. La colección de aguacateros impresiona y en ciertas variedades –las predilectas de Olman– los enormes frutos se pasan meses madurando en las ramas. Paseando por el vergel, en un momento dado nos confiesa:
—A veces siento que los árboles me hablan.
CAFÉ A LOS PIES DEL VOLCÁN
Por ley, en Costa Rica solo se cultiva café de la variedad arábica, la más sabrosa y delicada. Familias venidas de Nicaragua y Panamá –países con un nivel de vida más modesto que el de Costa Rica– se cuidan de recolectar los preciados granos. Visitar la plantación Doka Estate, en la falda del volcán Poás, permite ver las diversas fases de crecimiento de la planta y, sobre todo, cómo se lavan, se secan y se tuestan los granos sin maquinaria eléctrica, empleando ingenios movidos por la corriente de un río. La plantación dispone también de un mariposario. En él resulta fácil contemplar a la gran mariposa Morpho, con sus alas de azul iridiscente.
El volcán Poás (2.708 m) es el más visitado del país. Una carretera trepa casi hasta la cima. Luego, un corto paseo permite contemplar la enorme caldera, que aloja un lago burbujeante turquesa lechoso. Los vapores de azufre ambientan el lugar. En época de lluvias –de mayo a noviembre– hay que acudir temprano, pues las nubes ganan cuerpo conforme se gesta el aguacero vespertino. Cerca se halla la laguna Botos, de color verde esmeralda. El sendero discurre por las brumosas crestas y permite observar a los colibrís libando el néctar de las flores. Pero el 21 de abril de 2025, tras una erupción explosiva, el Poás lanzó una columna de ceniza de 3 km de altura y no se permite acceder a la cima hasta nuevo aviso. Entre 2017 y 2018, el parque nacional del volcán permaneció cerrado durante 16 meses por la constante emanación de gases y ceniza.
Nuestra ruta por Costa Rica para escribir un reportaje que se publicaría en la revista Viajes National Geographic concluyó en sus faldas. Poco después, en el aeropuerto, dijimos adiós a Edwin Arce Salazar, nuestro elocuente guía, y al entrañable chófer y también guía Freddy González, a quien su perro Frijolito llevaba muchos días extrañando.
UN PAÍS QUE NO SE CONOCE EN UN ÚNICO VIAJE
Descubrir los tesoros naturales de Costa Rica requiere más de una visita. La zona de Guanacaste y la península de Nicoya, al noroeste, con magníficas playas, manglares y un aeropuerto internacional, atrae especialmente al turismo norteamericano. Siguiendo el litoral hacia el sur, se encuentra el Parque Nacional Manuel Antonio y a continuación la península de Osa, donde el Parque Nacional Corcovado protege el último gran reducto de selva tropical en la costa del Pacífico de Centroamérica. Su alternativa en versión caribeña es el Parque Nacional Tortuguero, al norte de la ciudad de Limón. En los lluviosos paraísos faunísticos de Corcovado y Tortuguero, a los que se accede en barca, conviene prever estancias de varios días.
Los volcanes que forman la columna vertebral de Costa Rica constituyen otro destino en sí mismos. Desde 2010, las coladas de lava del Arenal ya no refulgen en la noche, pero este joven volcán preside una región pródiga en cataratas y aguas termales, que invita al turismo activo junto al vecino bosque nuboso de Monteverde. Por su parte, el Irazú (3.432 m) presenta tres cráteres escalonados, dos de ellos ocupados por hermosas lagunas.
Allá por donde se viaje, nos envolverá «un verdor adictivo», en palabras del guía Edwin Arce Salazar, que echa de menos los bosques de Costa Rica cuando no está en su país. Y agradeceremos el buen talante y la amabilidad de la gente, reflejada en dos expresiones que alegran el día a día como un cascabel: con mucho gusto («de nada») y pura vida, que se usa tanto de saludo como de despedida.
Enlaces a otros textos de Josan Ruiz sobre destinos volcánicos:
• Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
• La Palma tras el volcán
• Los tesoros de Hawái
• Islandia, viaje al principio del mundo
• Un amor volcánico












