Creta, cuna de Zeus y del Minotauro
Los primeros grandes agricultores de Europa llevan miles de años nutriéndonos e inspirándonos con sus asombrosas creaciones.
«El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza enigmática, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más hondo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil.» Nikos Kazantzakis, Informe al Greco

Nikos Kazantzakis, el autor de Zorba el Griego, había nacido en la vecina Heraclión y tenía 17 años cuando Arthur Evans comenzó a excavar el palacio de Cnosos. Los cretenses ya sabían que la colina de Kéfala encerraba objetos singulares. En 1878, Minos Kalokairinos, un comerciante de nombre acaso predestinado, había descubierto en ella los actuales «Almacenes Oeste», repletos de enormes pithoi, las tinajas de cerámica de casi 600 litros de capacidad en que los minoicos conservaban el aceite, los cereales, las legumbres y el vino. Pero las autoridades turcas detuvieron sus trabajos. Tampoco se los permitieron a W. J. Stillman, quien al examinar los croquis de Kalokairinos intuyó que aquella maraña de muros podía guardar relación con el mito del laberinto. En 1886, Heinrich Schliemann, ya famoso por sus hallazgos de Troya y Micenas, intentó adquirir los terrenos, sin ponerse de acuerdo en el precio. Arthur Evans sí pudo hacerse con ellos y la autonomía de Creta le permitió emprender las excavaciones en 1900.

El asombro del joven Kazantzakis ante aquel palacio desenterrado no es muy diferente del nuestro. La primera gran civilización mediterránea había construido un edificio laberíntico de hasta cinco pisos de altura y más de mil habitaciones, que carecía de murallas y de fachada y se expandía a partir de su patio central. Las terrazas ofrecían buenas vistas de la campiña circundante. Y en sus salas se disfrutaba de pinturas capaces de atrapar el instante sin detenerlo. En los frescos de Cnosos, peces voladores despliegan sus alas y saltan buscando la luz. Los delfines nadan atentos en un mar cuajado de vida. Los pulpos extienden sus tentáculos repletos de ventosas en arabescos sin fin. Espirales similares dinamizan el cabello de las mujeres, que vemos enroscado en bucles y ornado con diademas serpentinas.
La Creta minoica coexistió con los primeros imperios del Antiguo Egipto. El arte de ambos pueblos transmite fascinación por cualquier escena de la vida. Pero los soberanos cretenses no tienen el aura sobrehumana que exhiben en Mesopotamia o Egipto; los nobles tampoco alcanzan en las representaciones mayor jerarquía o tamaño. Como escribió René Huyghe, para este pueblo la imagen deja de tener una conexión con el más allá: deja de ser sagrada y vale ante todo por lo que muestra. Se convierte así en un espectáculo y un goce sensorial, como la propia naturaleza que la inspira. Quizá por eso, al margen de las polémicas reconstrucciones que realizó Arthur Evans, el arte minoico nos sigue pareciendo sorprendentemente espontáneo y actual.
Los antiguos cretenses fueron maestros en conjugar lo práctico y lo estético. Amaban la danza, el teatro y el deporte, y eran más orfebres que herreros. Los primeros grandes agricultores de Europa no construyeron templos para sus dioses, pero sí excelentes viviendas, en ocasiones con agua corriente. En su época tardía, legaron a Grecia su primer alfabeto: el lineal B, que se desarrollaría en Micenas. Los que emplearon con anterioridad (una escritura jeroglífica y el lineal A) continúan sin ser descifrados.
Creta constituye una gran encrucijada marítima en el Mediterráneo oriental. Al principio del Neolítico (6000 a.C.), llega a ella un pueblo de Asia Menor que trae animales domésticos, elabora cerámica sin torno y adora a una diosa de la fertilidad. Los cuatro grandes macizos montañosos de la isla, nevados buena parte del año, brindan agua suficiente para las necesidades agrícolas. La época minoica se inicia en el 3000 a.C. En ella, la prosperidad aumenta de forma espectacular, como atestigua el desarrollo de la joyería, la metalurgia y el mobiliario fúnebre. También comienzan a acrecentarse las diferencias sociales.

Entre el año 2000 y el 1700 a.C., Creta disfruta de lo que se ha dado en llamar «Paz minoica». Los nuevos palacios de Cnosos, Festos, Hagia Triada, Malia y Zakros disponen de accesos pavimentados y no precisan de fortificaciones para defenderse. La flota cretense garantiza por sí sola la seguridad de la isla, que comercia con Chipre, Ugarit (Siria), Troya, el Peloponeso, Sicilia o Egipto. La cerámica polícroma de Kamares, una de las más bellas de la antigüedad, llega a todos esos lugares. Los vasos del palacio de Hagia Triada muestran campesinos con el torso desnudo provistos de hoces y horcas o prestos a varear las aceitunas (al viajar por Creta, todavía hoy sorprende el gran tamaño de los olivos). Las cosechas son tan nutridas que se almacenan en los gigantescos pithoi y los excedentes se exportan. Los alimentos hallados en esas tinajas, empezando por el aceite de oliva, forman la quintaesencia de la dieta mediterránea. El fisiólogo estadounidense Ancel Keys, al comparar la mortalidad cardiovascular en distintos lugares de Europa, observó que la mayor esperanza de vida en 1960 se daba en Creta, el lugar del Mediterráneo donde menos había variado la alimentación tradicional.
No parece casual por tanto que la mitología griega sitúe en la isla la cuna de Démeter, la diosa de la tierra cultivada, a quien se consagran las gavillas de los cereales. Y también la adormidera, pues en la Creta minoica el opio (del griego ópion: jugo) o látex de esa planta se empleaba tanto de forma medicinal como lúdica. Un ídolo femenino hallado en la localidad de Gazi presenta tres cabezas de adormidera como tocado y atributo. Las tablillas de escritura lineal B consignan la cosecha anual de esa planta, de la que hoy derivan fármacos tan comunes como la codeína, el tramadol o la morfina.

En el arte cretense, el ser humano no ocupa el centro. Es más bien un espectador hechizado ante la atmósfera festiva de un mundo de arrebatadora belleza. Un famoso fresco del Museo Arqueológico de Heraclión muestra el ritual de la taurocatapsia, con un joven saltando y haciendo la vertical sobre un toro, ayudado por dos mujeres que visten como hombres. Pero la estrella del fresco no son los intrépidos atletas, sino el portentoso animal.
La religión minoica encierra grandes misterios. En las culturas agrícolas que no dependían de la lluvia para su subsistencia, como el Egipto faraónico regado por el Nilo o la montañosa Creta, se temía a los rigores del calor más que a la sequía. Tal vez por eso el toro, un animal fecundador pero de reacciones impredecibles, en Egipto y Creta no se asociaba simbólicamente a la Luna, regente de las aguas, sino al Sol. En el mundo minoico, el toro encarnaba la divinidad masculina y sus cuernos estilizados formaban parte de altares diversos, además de realzar las cornisas de los templos. Otro objeto de culto eran las labrys, las hachas de dos caras (en forma de T), algunas más altas que una persona. Se empleaban en los sacrificios rituales y las manejaban sacerdotisas o diosas.
La civilización minoica se sustentaba en la fertilidad de la tierra y en ella se veneraba ante todo a una deidad femenina. Los santuarios de esa diosa madre, cuya unión sagrada anual con el dios toro propiciaba la siguiente cosecha, se emplazaban en las cumbres y en los cientos de cuevas que horadan el paisaje cretense. La diosa gobernaba las energías del subsuelo, podía usar en consonancia serpientes como cetro y ayudaba a las mujeres a dar a luz.

Hacia el año 1700 a.C. todos los palacios minoicos fueron destruidos, probablemente por el estallido de la caldera de Santorini, distante apenas 100 km. Fueron rehechos, pero Cnosos cobró relevancia sobre los demás. Festo es tal vez el más atractivo a nivel arquitectónico. De él procede el famoso disco con signos jeroglíficos sin descifrar, grabados con sellos en su arcilla e integrados en una espiral de dos caras. En torno al año 1450 a.C. tuvo lugar una nueva destrucción, que se atribuye a invasores venidos de Micenas, un pueblo del Peloponeso más guerrero que agricultor, de la que solo se repuso Cnosos. El arte se hizo más rígido. Dos siglos después, la civilización minoica desapareció sin que conozcamos el nombre de uno solo de sus reyes.

Pero los mitos de la Antigua Grecia evocan esa cultura cretense que precedió a la suya y se superponen con el relato de los arqueólogos. Prendado de Europa —la princesa fenicia que daría nombre a todo un continente—, Zeus adopta la forma de un toro blanco. Un día, recogiendo flores no lejos de la playa, Europa acaricia al toro y, creyéndolo manso, se monta en él. Al instante, Zeus arranca a nadar a toda velocidad con la princesa rumbo a Creta, donde recobra su aspecto. Zeus recrea la forma del toro en las estrellas de la constelación de Tauro y tiene tres hijos con Europa: Sarpedón, Radamantis y Minos. Asterión, el rey de Creta, se casa con Europa y acepta a esos hijos como herederos.
La fascinación ante un toro blanco vuelve a darse cuando el rey Minos, hijo de Zeus y de Europa y artífice del poderío naval cretense, se niega a sacrificar a Poseidón un fabuloso toro blanco que le ha prometido, pues lo quiere como semental, y da muerte a otro en su lugar. Al descubrir el engaño, Poseidón se venga despertando en la reina Pasífae, esposa de Minos, una pasión incontenible por el animal. Pasífae logra unirse al toro blanco mediante un artificio: ocupando el interior de una estructura revestida con piel de vaca construida por Dédalo. De esa cópula nace el Minotauro, una criatura con cuerpo de hombre y cabeza y cola de toro. Para ocultar esa bestia al mundo, Dédalo la encierra en un inmenso laberinto, en las tripas del palacio de Cnosos. En lo que parece un reconocimiento de la supremacía naval cretense en esa época, y de los sacrificios a una antigua deidad con astas, los atenienses deben pagar cada año un tributo de siete efebos y siete doncellas, que son devorados por el Minotauro.
La palabra griega labyrinthos deriva de labrys, el hacha doble cretense. Como ella, sugiere una disyuntiva o una bifurcación en el camino. Gracias al ovillo de Ariadna, Teseo, el héroe de Atenas, se adentra en el laberinto de Cnosos, mata al Minotauro —que no parece oponer gran resistencia— y consigue hallar el camino de retorno hacia la luz.
El Minotauro vive encerrado, culpable de su doble naturaleza. Quizá por ello, como la historia de La Bella y la Bestia, inspira cierta compasión. Julio Cortázar escribió una pieza teatral con un Minotauro benevolente y un Teseo despojado de humanidad. La muerte del Minotauro, como la de Frankenstein o los androides de la película Blade Runner, provoca cierta tristeza, pues esos seres ambivalentes, engendrados a través del ingenio, el deseo y la ambición, no son del todo ajenos a nosotros.
La dificultad para conciliar la naturaleza animal y la humana, o el instinto y la consciencia —que tan bien sugieren el hacha doble y el mito del laberinto— parecen inherentes a la agreste y civilizada isla de Creta. En torno a esa dualidad gravita asimismo la famosa novela Zorba el Griego. El joven y comedido intelectual que narra la historia, álter ego del escritor cretense Nikos Kazantzakis, tiene su reverso en el maduro e incontenible Alexis Zorba, con quien intenta explotar una mina de lignito en la salvaje costa sur de Creta.
De joven recorrí la isla en compañía de tres amigos. Una noche vivaqueamos en la meseta de Omalos, a 1.200 metros de altura, y al amanecer emprendimos el descenso por la espectacular garganta de Samaria. Así desembocamos en la entonces solitaria playa de Agia Roumeli, a la que solo se podía acceder en barco o por aquel empinado sendero cauce abajo. Años más tarde, al leer Zorba el Griego, siempre imaginé las charlas entre Zorba y Kazantzakis en esa playa. Un imponente telón de cumbres junto a la costa del mar de Libia, cuyo oleaje remueve los guijarros de la orilla. El cielo estrellado, la modesta fogata en que se cocina la cena y acaso la luna como única luz. Y una noche sin reloj por delante para filosofar o bailar según se tercie. La película Zorba el Griego protagonizada por Anthony Quinn tiene merecida fama, pero me resistí a verla durante décadas para que sus escenarios y rostros no condicionasen los que me inspiró aquel primer viaje por Creta.

En él también subimos a otra meseta, la de Lasithi, a 900 metros de altitud, cercada por un óvalo de montañas. Pero la imagen de los miles de molinos de viento que extraían el agua subterránea se había desvanecido como un espejismo. Las motobombas hacían ahora ese trabajo con más eficacia y menos tareas de mantenimiento. Nos consolamos visitando la cueva Psychro, con sus imponentes estalagmitas, un santuario minoico que también visitó el arqueólogo Arthur Evans. Según Hesíodo, fue en esa cueva donde la cabra Amaltea amamantó al pequeño Zeus. Un lugar fabuloso y de difícil acceso. Cuando estábamos sentados en la parte más profunda de la cueva, en total oscuridad, algún visitante cantó el mantra «Om», que sonó tan natural y evocador como a orillas del Ganges. Muchos años después retorné a la gruta, recién empezada mi relación con Cristina, y con mi hija Alicia, que entonces tenía solo tres años. El entusiasmo me embargaba cuando las veía montadas en un burro, monte arriba entre olivos centenarios.
La historia de Zeus nos ofrece la perspectiva de la civilización griega, heredera o continuadora de la minoica. Cronos tuvo varios hijos con Rea. Pero se los tragó en cuanto nacieron, pues le habían predicho que sería destronado por su propio hijo, tal como había hecho él con su padre Urano. Aconsejada por Gea, Rea se ocultó en Creta para dar a luz a Zeus y le entregó a Cronos una piedra envuelta en pañales, que este engulló sin vacilar. Y así fue como Zeus creció en las montañas de Creta, hasta que fue capaz de enfrentarse a Cronos, el padre tiempo, que devora a sus hijos sin distinguirlos, sean dioses o seres humanos. Zeus obligó a Cronos a regurgitar a sus hermanos y hermanas. Desde entonces, junto a otros dioses, forman la docena de divinidades que residen en el Olimpo: Hera, Hestia, Démeter, Poseidón, Apolo, Palas Atenea, Hermes, Artemisa, Afrodita, Hefesto y Ares. Todos ellos encarnan las cualidades sublimes del alma o, si lo preferimos, de la nueva vida humana consciente de sí misma. El Minotauro y su laberinto quedaron atrás, aunque sigan morando de algún modo en nuestra psique.
Más tarde, cuando Zeus raptó a Europa, lo primero que hizo fue retornar con ella a la tierra de su infancia, que conocía de primera mano: la fértil y montañosa isla de Creta, bisagra entre el mar Egeo y el mar de Libia.
Los mitos que engendra una cultura a veces nos atraen tanto como su paisaje o el estilo de vida de sus habitantes. Y en la búsqueda de nuestros orígenes o de quiénes somos, Creta lleva miles de años nutriéndonos e inspirándonos con sus asombrosas creaciones.
Enlaces a otros posts del autor sobre arte y antiguas culturas:
• Entre el dinero y la beatitud (de la banca florentina a Francisco de Asís)
• Los tesoros de Hawái (cultura polinesia)
• Los parques de la meseta de Colorado (indios anasazi y hopi)
• Un arte que supo cómo morir (indios del oeste de Canadá y Alaska)




Precioso. Gracias!