Cuando el destino es el hotel
Que un hotel pueda resultar más atractivo que el lugar en que se halla, ¿no supone confundir los fines con los medios?
Ana Puértolas había publicado el libro Viajad, viajad malditos y desde 1992 escribía la página que cerraba cada número de la revista de viajes Altaïr. Recuerdo en especial la que nos envió en el verano de 1993, titulada «Sobre hoteles y clases». En ella aventuraba que las personas auténticamente ricas no viajan: simplemente toman aviones para alojarse en hoteles de prestigio. Y en esos casos, lo elegante es mencionar solo el nombre del establecimiento (Il San Pietro, La Mamounia, Le Negresco, Danieli…), sin conceder importancia al lugar. Esa idea se le ocurrió tras un encuentro con una antigua compañera de estudios, espléndidamente casada según sus palabras. Al contarse los planes para las vacaciones, la amiga le dice con toda naturalidad: «Nosotros vamos al Pitrizza». Y cuando le aclara que se trata de un hotel y Ana le pregunta dónde está, responde:
–Pues no lo sé; vamos vía Roma.
Si ese diálogo hubiese sido por whatsapp, seguramente hoy concluiría con este monigote: 🤷🏻♂️
Investigando por su cuenta, Ana Puértolas descubre que el Pitrizza está en Cerdeña, en la Costa Esmeralda. A partir de ahí, ironiza sobre la clase social que se puede permitir el lujo de volar de suite en suite, «en hoteles sin ciudad o país que los ampare».

Buen humorista: la frase puede ser verdad con solo cambiar el tono. Me encanta esta definición del humor del gran escritor e historiador del arte José Camón Aznar. Las reflexiones medio en broma que hacía Ana Puértolas hace treinta años parecen haber vaticinado el futuro. Los hoteles de lujo y sus precios se han multiplicado, especialmente tras el covid, y los establecimientos más exclusivos rivalizan al alza con sus tarifas. La estancia en uno de ellos puede convertirse en la razón de ser de un viaje, como muestra la serie The White Lotus. Los atractivos del destino sirven en este caso para enmarcar el cuadro del hotel, y no al revés.
La aureola que envuelve estos templos del lujo con espacios privados hace que cada vez más personas aspiren a conocerlos. Y si pagar una noche resultaría un disparate, se puede probar a tomar un té en el salón. Así lo intenté un fin de año en que viajé con mi amigo Isidoro a Marrakech. Éramos jóvenes y nos alojábamos en un modesto riad de la ciudad antigua, sin imaginar que esa palabra se pondría de moda en el siglo XXI. La familia que alquilaba habitaciones en torno al patio central de su casa nos acogió cálidamente. Entre las gruesas paredes, por las noches causaba asombro la profundidad del silencio, tan venerable como aquellas mantas de lana tejidas a mano. Sin embargo, como otros occidentales, sentíamos curiosidad por ver hasta dónde llegaba el lujo de La Mamounia, así que una mañana pedimos al conductor de un triciclo que nos llevara a ese hotel. Pero nuestra condición de extranjeros no nos permitió franquear ni la primera garita. Tras echar una mirada al carricoche y a nuestras ropas, el portero nos indicó que no podíamos pasar:
–Aujourd’hui, il vient monsieur le Ministre –susurró de forma casi confidencial y muy poco creíble. De modo que tuvimos que dar media vuelta.
Fue aquel un viaje espléndido, rebosante de humor, en el que campamos dichosos por la ciudad y departimos con personajes variopintos: un joven del zoco que exprimía exquisitos zumos de mandarinas, algunos vendedores de té y dulces intensamente especiados en la plaza Jemaa el Fna, a la que acudíamos sin falta cada noche… Como a Elías Canetti en su libro Las voces de Marrakesh, nos conmovía la salmodia de los mendigos ciegos. Y asentíamos con este premio Nobel en que el verdadero precio de un producto (babuchas, tetera, chilaba) era un secreto celosamente custodiado por el vendedor. Variaba para cada persona en función de su apariencia o de si permanecía en la ciudad un día, tres, una semana… un mes.
Marrakech es la más genuinamente africana de las ciudades del norte del continente. El animismo y la vitalidad del sur del Sáhara parecen sobrepasar las cumbres nevadas del Atlas y derramarse sobre sus tapias color terracota, amalgamándose con la cultura marroquí. La plaza Jemaa el Fna es el gran vórtice y escenario de ese mundo. Un artífice de su conservación fue el escritor Juan Goytisolo, que vivió en Marrakech sus últimos veinte años. Cuando supo que se iba a construir en ella un centro comercial de hormigón y cristal, con un aparcamiento subterráneo, lideró la asociación en defensa de la plaza y fue el encargado de redactar el expediente gracias al cual fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2008.

Más que cambiar de continente, cruzar la frontera de España con Marruecos a veces es como pasar al otro lado del espejo. Cual Alicia en el País de las Maravillas, entramos en un mundo con elementos en común pero donde la lógica o la realidad cambian sustancialmente. La película Sirat, que a tantas personas dejó clavadas en la butaca en 2025, lo certifica. Francia o Portugal los sentimos mucho más próximos.
Yves Saint Laurent fue uno de los artistas fascinados por Marrakech: «la ciudad me enseñó, de verdad, lo que era el color», cuenta en sus memorias. Y como otros millonarios y expatriados de Occidente, se construyó su propia residencia en la ciudad. Por las páginas de Moroccan interiors, libro de Lisa Lovatt-Smith (Ed. Taschen), desfilan esas mansiones que parecen una fantasía de alfareros, donde el tarro de las esencias de la arquitectura islámica y bereber embruja las almas de los europeos. Esos espacios interiores generan paz con solo mirarlos y destilan todo un arte de vivir. Marrakech se ha convertido hoy en un gran destino internacional y cuenta con más de un centenar de hoteles de cinco estrellas. Sus riads tradicionales también han subido de categoría y el pozo del patio ha dado paso a una atractiva piscina.
Llega el momento de confesar que en el otoño de 2019 hice algo inconcebible para mí: acaso como un huésped del Pitrizza de Cerdeña, pasé tres días en un hotel de Marrakech sin abandonar el recinto ni un instante. Acudía invitado por Carlos Taxonera y Nuria Lopezosa, dos grandes amigos de Madrid, que festejaban en él su boda durante tres días. Las diez habitaciones de este excepcional establecimiento, construido a partir de una antigua granja fortificada, no pueden alquilarse por separado: es preciso contratar el complejo entero. Durante un largo fin de semana, aquellas estancias y jardines constituyeron para nosotros un paraíso particular, mientras la vibrante ciudad se extendía más allá de los muros.
Dar el Sadaka, «la casa de la amistad» (o del buscador espiritual, pues el nombre hace un guiño con la palabra sánscrita shadaka), es una creación del artista visual Jean-François Fourtou, que tiene su residencia y estudio en la finca de once hectáreas del hotel, propiedad de su padre Jean-René, presidente de honor del holding francés Vivendi. Todas las habitaciones son únicas y dignas de ser disfrutadas. En cada una reina el animal que le da nombre, representado en esculturas hiperrealistas a gran tamaño: el Camello, las Abejas, el Burro, los Caracoles, las Jirafas, el Perro, las Tortugas…
Nos encantó la nuestra, consagrada a las Ocas. Las había a un lado de la cama y junto al fuego, también en un hermoso fresco casi a ras de suelo. La gran cama ocupaba el centro del espacio. Cuatro varillas de bronce ascendían verticales de sus cuatro vértices y luego se acercaban delineando una pirámide que hacía juego con la del techo, donde las aristas de los ladrillos formaban una estructura paralela más amplia. Los únicos colores de la espaciosa sala (blanco combinado con naranja, como en las ocas) generaban una atmósfera de pureza y calma. A los pies de la cama se abría un saloncito con dos sillones, una hermosa chimenea y lámparas morunas que proyectaban en la pared telarañas luminosas. Más allá, una puerta acristalada conducía a un patio privado. Al fondo a la izquierda se hallaba el vestidor; y a la derecha, el aseo, con una gran bañera redonda a la que se accedía a través de un arco en un espacio pleno de simetría.

Las salas comunes eran otra delicia. En el techo de la biblioteca, los orangutanes formaban una cadena colgante y lucían un extraordinario pelaje pelirrojo. Daba gusto acariciar la piel y la musculatura de la enorme jirafa que inclinaba su cuello sobre la gran mesa ovalada del comedor.
El asombro seguía creciendo al recorrer los enclaves singulares repartidos por la finca. Como en un mundo de Gulliver, la Casa del Gigante y la Casa Tres Cuartos aumentaban o reducían la escala de las residencias campestres de los abuelos de Jean-François Fourtou. Venían a ser un homenaje enternecedor a su infancia. Cualquier detalle de la decoración (camas, mesas, armarios, lámparas, regaderas, libros, lápices, vajilla, escobas…) parecía auténticamente antiguo en su perfección, pero guardaba un tamaño en consonancia con el edificio: enorme en la Casa del Gigante (había que trepar para sentarse en una silla) y más pequeño de lo normal en la Casa Tres Cuartos.

Paseando entre los huertos y las palmeras, aparecían muñecos vestidos de jardineros con calabazas en vez de cabeza, atareados con sus aperos de labranza. Unas impresionantes hormigas en fibra de vidrio, de al menos un metro de tamaño, colonizaban una vivienda construida enteramente en adobe, homenaje a la arquitectura vernácula de África.
Pero la gran estrella del jardín era la Casa Invertida. Recordaba esas casas que dibujan los niños con un árbol al lado: de dos pisos, más una buhardilla con el tejado inclinado a dos aguas. ¡Y estaba literalmente cabeza abajo en medio de un campo, como un objeto que hubiera caído del cielo! Se apoyaba en la tierra sobre uno de los aleros del tejado, mientras el otro se elevaba oblicuo. Eso significaba que el techo del segundo piso, bajo el desván, y por el que se caminaba nada más entrar, formaba una rampa de unos 20 grados de inclinación.

Nos habían advertido que en la Casa Invertida uno se mareaba desde el primer instante. Fue muy divertido comprobar que era cierto. El cerebro da por hecho que las paredes de una casa se elevan en ángulo de 90 grados, a partir de ahí se organiza el equilibrio del cuerpo. Pero allí las paredes formaban ángulos de 70 o 110 grados con la superficie terrestre. Había que avanzar muy despacio y la única forma de evitar el mareo era mantener el cuerpo completamente vertical, de entrada abriendo o cerrando el ángulo que formaban los pies y las pantorrillas, y siguiendo de ahí hasta la coronilla. Nos sentíamos como astronautas y nos partíamos de risa.
Como andábamos por el techo, al mirar hacia arriba veíamos los muebles de cada habitación colgando cual lámparas o altillos de las baldosas del suelo. En las puertas invertidas, el umbral era un tabique de medio metro de altura que había que franquear como si fuese una pequeña valla. Subir, o más bien gatear, por la escalera de madera para acceder al piso de abajo (habíamos entrado por el de arriba) era otro reto espacial. Cada habitación era una pequeña obra maestra en cuanto a mobiliario y reproducía las viviendas campestres o portuarias de la Francia atlántica de hará casi un siglo. La sopa de calabaza no caía de aquellos platos en la mesa de la cocina, pero brillaba como si fuera auténtica.

Si te distraías haciendo fotos con el móvil o se te iba un poco la cabeza, bastaba con recuperar la verticalidad, atendiendo a la conciencia corporal en lugar de al escenario. Alguien lo sintetizó con una frase chistosa:
–Bien colocado, no te mareas.
Todas las comidas resultaron memorables, en salones y espacios iluminados a menudo solo con velas. Y no digamos la fiesta de la última noche, en una gran jaima junto a la piscina, entre grupos de palmeras. El propio Jean-François Fourtou se sumó al baile y pudimos agradecerle la belleza de aquel espacio que había creado y nos acogía. Entre los invitados había cuatro disc-jockeys, incluido el novio, que se fueron relevando desde el atardecer hasta que clareó la mañana. Esa noche el paraíso de Alá, con su jardín cerrado que acoge fuentes, huríes y palmeras, parecía tener una efímera sucursal terrestre. La jaima musical se antojaba una cápsula espacial aterrizada en él, como la Casa Invertida del jardín. Bailamos en comunión, sintiendo cómo lo que nos separaba daba marcha atrás y la fraternidad se abría paso en los corazones. Dar el Sadaka hacía honor a su nombre.
Al día siguiente compartimos vehículo con los novios y otros dos invitados camino del aeropuerto. Después del retiro festivo, era agradable contemplar la actividad de las calles esa soleada mañana de domingo. Coches, peatones y bicicletas discurrían junto a las largas tapias asalmonadas propias de Marrakech. Éramos afortunados y el mundo, de repente, resultaba asombrosamente cercano. Pero tocaba entonces lo más difícil: volver al trabajo y que ese sentimiento de unión alcanzase a los otros seres humanos y tardara en extinguirse.




Gracias Josan por transportarnos a ese mundo de lujo y fantasía, me encantaría llegar a un hotel de esos y perderme unos días por todos sus rincones.
Los artículos de viajes de Ruiz Terrés te transportan y son tan gráficos que parece que estés ahí. Gracias!