De marcha por el Himalaya
Nepal atesora algunos de los paisajes más bellos de la Tierra y una población con una amabilidad a la altura de tan formidables montañas.
Un amanecer, volando de Delhi hacia Darjeeling, pude admirar desde el aire la magnitud del Himalaya. Nueve mil metros por debajo del avión se desplegaba el inmenso mosaico agrícola de la India, plano como el mar. Pero el espectáculo no estaba en el suelo, sino a la izquierda de la nave, por cuyas ventanillas desfilaba la gran cordillera. La sorpresa era que las montañas rivalizaban en altura con el avión, que avanzaba paralelo a ellas. Por efecto de la perspectiva, entre la ristra de ochomiles, el Everest hasta parecía mirarnos un poco por encima del hombro, guarnecido por el Makalu y el Lhotse. Más a la izquierda despuntaba el Manaslu; luego, el Annapurna y el Dhaulagiri, separados por el profundo desfiladero del Kali Gandaki. Hacia el oeste, la pirámide del Nanda Devi permitía ubicar los collados que remontaban secularmente los peregrinos indios para circunvalar el sagrado monte Kailas, en plena meseta tibetana. Cuando sobrevolábamos Bagdogra para aterrizar, la mole del Kanchenjunga reinaba en el horizonte norte.

La cordillera más elevada del planeta se alza sin prolegómenos al norte de las planicies de la India. Asombra imaginar que, cien millones de años atrás, en ese lugar se abría un mar profundo. Pero el subcontinente indio ya se había desgajado del bloque que formaba originalmente con África, Sudamérica y la Antártida. Más tarde la vasta plataforma de la India se separó de Madagascar, y en un viaje de 2.000 km rumbo norte perdió por el camino las migajas de granito que son las islas Seychelles.
El empuje de la testuz de la India fue estrechado la franja de mar que la separaba del continente euroasiático, hasta incrustarse bajo él. Las enormes capas de sedimentos de ese lecho oceánico, comprimidas entre ambas placas tectónicas, se plegaron y elevaron. Como una flor de loto, el Himalaya emergió así de la profundidad de las aguas. Para los geólogos viene a ser la costura, o la cremallera, que unió dos viejos continentes hace unos 50 millones de años.
A pesar de su altitud, el Himalaya es una encrucijada de caminos en el ombligo de Asia, un espacio que acoge pueblos y culturas muy diversos, atravesado por collados que los seres humanos han frecuentado en todas direcciones. Muchos senderos que hoy recorren trekkings de fama mundial los trazaron las caravanas de asnos, caballos, camellos, yaks o cabras que transportaban el algodón, el arroz, las especias, el azúcar o el hachís del subcontinente indio para retornar cargadas con la sal, las pieles o las piedras preciosas del norte, o viceversa. Buena parte de esos intercambios se realizaban sin dinero.

Podemos imaginar cómo la aparición de una caravana alteraba la vida de una aldea o de una pequeña ciudad. Se llenaban los albergues, se apiñaba la gente en torno al fuego y se hablaban lenguas variadas, entre sorbo y sorbo de té, o de chang, la cerveza casera de mijo. Los niños intuían que tras las montañas se extendía un mundo lejano y distinto. Al partir los viajeros, los valles volvían a sumirse en la rutina de su vida campesina o pastoril, jalonada de fiestas religiosas.
La época de las caravanas, sin embargo, ya es historia. Si antaño el Himalaya era una colección de valles habitados por numerosos pueblos, hoy es una cordillera repartida en trozos, cuyas fronteras reivindican o custodian grandes potencias asiáticas con celo militar. Así sucede, por ejemplo, en la que separa Pakistán de la Cachemira india. O en el noreste de Ladakh, donde hace décadas que China no permite transitar por el alto valle del Indo, paso natural para acceder a la meseta tibetana y al monte Kailas. O en Bután y Sikkim, las vías más directas a Lhasa desde el sur: China mantiene cerrada la frontera en Bután y restringe el paso en la de Sikkim. Los valles o incluso los reinos que se nutrían de esas rutas comerciales viven ahora prisioneros de unas montañas que, paradójicamente, no han devenido muros infranqueables hasta el siglo XXI.
En Nepal, como en el abigarrado Himalaya indio, los valles pueden estar habitados hasta en sus rincones más remotos. Resulta así fácil desplazarse por ellos, comiendo y alojándose con los pequeños granjeros, que atienden al senderista en encuentros donde las miradas y los gestos suelen transmitir más que las palabras. Pocas experiencias hay al aire libre tan gratificantes como un trekking por estas montañas. En el Himalaya nepalí los caminos son calles mayores. El viajero no avanza así por un solitario sendero de montaña, sino por los caminos que hace y mantiene la población. Un universo donde los aldeanos trabajan los campos con sus búfalos, las mujeres recogen las cosechas y los porteadores transportan pesadas cargas. Los niños ríen y bromean con los extranjeros. Cada cruce en el camino suele llevar parejo un intercambio de sonrisas y el eterno saludo nepalí: ¡Namasté! (literalmente, «me inclino ante ti»).
Como escribió la física y activista medioambiental Vandana Shiva, «son personas que viven ligeramente sobre la tierra». Andan con chanclas bajo la lluvia y cruzan sin remilgos los gélidos torrentes. A su lado, los occidentales parecemos tortugas blindadas con un sólido caparazón. Podemos llevar en la mochila más ropas de las que posee un lugareño. O gastar en el viaje más de lo que precisa un campesino nepalí para subsistir un año.
Conmueve la indefensión que experimentan estas personas en las faldas de tan poderosas montañas. La fragilidad de los caminos y de los hogares se pone a prueba cada verano, con los aguaceros del monzón, cuando los truenos retumban cerca y el cielo abre sus compuertas. Son frecuentes entonces los deslizamientos de tierra y las crecidas de ríos y torrentes, que pueden arrasar campos de los que depende el sustento o diezmar una familia o una aldea. Escuchar de primera mano los relatos de esas desgracias nos desarma.
Pero los valles de Nepal no escapan a la metamorfosis que experimenta el resto del mundo. Antes los aldeanos debían ponerse de acuerdo para reparar las acequias, los caminos o los puentes; hoy esa función la va asumiendo el Estado, mientras la autosuficiencia local retrocede ante la economía de mercado. Se abren pistas y carreteras y las comunidades pierden el control de un territorio habitado y cultivado de forma ecológica siglos antes de que se inventara esa palabra.
El dinero se torna la medida de todas las cosas. Necesitados de un empleo retribuido, los montañeses se alistan en el ejército indio, o en el británico, donde los soldados gurkhas llevan dos siglos combatiendo y forman un cuerpo especial. Cientos de miles de nepalís trabajan hoy en Arabia y los emiratos del Golfo Pérsico, mientras las mujeres se quedan al cuidado de los niños, los animales y los campos. La población aumenta de todos modos y con ella, la presión sobre el entorno. Pues otro problema que se cierne sobre el Himalaya es el retroceso de los glaciares y la tala de árboles, principal fuente de combustible para millones de personas.

Uno de mis viajes más queridos fueron las cinco semanas que pasé en Nepal en el otoño de 1987 con Luis, un amigo de Gran Canaria al que había conocido meses atrás en Suiza. Fue una experiencia inolvidable para los dos. Éramos jóvenes, no conocíamos Asia y queríamos realizar por cuenta propia el trekking de tres semanas que da la vuelta al Annapurna en sentido contrario a las agujas del reloj. El valle del Dudh Khola llevaba muy pocos años abierto al turismo. En las primeras jornadas, conforme lo remontábamos a pie, descubríamos un mundo sin carreteras, donde las únicas ruedas que giraban tenían el eje vertical y servían para moler cereales o propagar oraciones en el viento. Aquellos caminos eran los mismos que usaba la población para cuidar sus campos o desplazarse con sus animales. Calzado con unas humildes chanclas, pero con unas rodillas a toda prueba, un porteador podía transportar durante muchas jornadas, imaginamos que sin permitirse un traspié, un millar de huevos, un saco de 50 kg de arroz... o un occidental enfermo en retirada, al que cargaba en un asiento espalda contra espalda por aquellas montañas.
Los pueblos del valle apenas disponían de guesthouses o estas se hallaban en construcción, así que dormíamos con nuestros sacos en las casas de los aldeanos, que nos proporcionaban el sempiterno arroz con lentejas (dhal bat) nuestro de cada día, con una amabilidad a la altura de aquellas formidables montañas. Esas noches a ras de suelo, en torno a una humilde cocina de leña repleta de humo y sin luz eléctrica, con los nepalís atendiendo a un grupo políglota y variopinto de caminantes, constituían un momento estelar de la jornada, por impresionantes que hubiesen sido los paisajes recorridos ese día.
Los cambios en la vegetación se hacían evidentes a medida que ganábamos altura. A los arrozales cultivados en terrazas y las pequeñas selvas con monos de los primeros días les siguió un paisaje más rocoso, salpicado de bosques de coníferas. Por encima de los tres mil metros, en los alrededores de la aldea de Manang, los tonos de la meseta tibetana parecían derramarse desde la cresta norte del Himalaya, tiñendo de ocre las zonas no cubiertas de nieve. El yak pasaba a ser un animal doméstico común, mientras las banderas de oración flameaban al viento con su pentagrama de colores.
Una copiosa nevada bloqueó el paso del Thorong La (5.416 metros), techo y clímax del trekking del Annapurna, y tuvimos que permanecer en Manang un par de días hasta que mejorasen las condiciones. Pero así pudimos aclimatarnos mejor a la altitud y asistir a un festival en el que la comunidad hindú y la budista participaban juntas, y donde ni las risueñas ancianas se libraban de acometidas y revolcones a cargo de hombres jóvenes, cuernos de cabra en ristre, entre el jolgorio general. Eso sucedía con los monjes mirando para otro lado, una vez que pusieron fin a la ceremonia religiosa con sus trompetas y tambores.
Al día siguiente retornó el orden a la aldea y decidimos contratar a Tensing, un sherpa que se ofreció a cargar parte de nuestro pesado equipo hasta el Thorong La (en previsión, llevábamos incluso tienda de campaña, o caseta como la llaman los canarios). La energía y desenvoltura de Tensing fueron de agradecer en la parte más exigente de la subida, cuando los pulmones reciben entre un 40 y un 45% menos de aire que al nivel del mar en cada inhalación y el corazón late más rápido, incluso durmiendo en el saco. Alucinamos con el calzado de Tensing: usaba unas zapatillas deportivas a modo de «calcetines» para enfundarse unas vetustas botas de esquí dos o tres tallas mayores. Con ellas y parte de nuestro lastre progresaba ladera arriba por la nieve.
Tres días después nos abrazábamos efusivamente al amanecer en lo alto del Thorong La. Tras pagarle lo acordado más una generosa propina, Tensing retornó a Manang, posiblemente en busca de nuevos clientes con los que repetir la jugada. Y nosotros emprendimos el interminable descenso hacia el santuario budista e hinduista de Muktinath, a 3.800 m de altitud.
Un majestuoso Dhaulagiri se erguía al sudoeste, y aún me sigue pareciendo la montaña más sublime que he contemplado, con permiso del Kanchenjunga, otro ilustre ochomil. En las jornadas siguientes caminamos entre el Dhaulagiri y el Annapurna, a través del desfiladero del Kali Gandaki, el profundo cañón que se abre paso más de cinco mil metros por debajo de esas cumbres. El valle del Kali Gandaki contaba con una pista de tierra junto al cauce fluvial por la que circulaban todoterrenos y hacía tiempo que era un destino de trekking. Por eso en los alojamientos, aparte de tomar el habitual arroz con lentejas, se podía comer a la carta. De repente, se quedaba uno perplejo ante la lista de platos. Incluso era posible disfrutar, previo pago, de una rústica ducha calentada con fuego de leña.

En un gran puente colgante coincidimos con un estadounidense de complexión atlética provisto de un extraordinario equipo fotográfico. Al saber que éramos españoles, su esposa Barbara entabló conversación con nosotros, deseosa de practicar el idioma. Resultó que habían estado hacía poco en España, invitados para participar en el evento «Un día en la vida de un país». En esa iniciativa, cien fotógrafos de renombre mundial trabajaban durante una jornada en un país determinado y presentaban luego la mejor foto del tema que cada uno había elegido. Con todas ellas se publicaba luego un libro de gran formato. Ignoraba qué fotógrafos podían haber participado en Un día en la vida de España (Planeta publicaría esa obra en castellano al año siguiente). Pero viendo la agilidad y energía con que la pareja de Barbara se movía por aquellos agrestes terrenos, me aventuré a preguntar:
—¿Su marido es Galen Rowell?
Un entusiasta sí fue la respuesta, seguido de un asombrado:
—¿Conoce a Galen?
Más que conocerle, lo admiraba, y así se lo dije, pues tenía el libro Mountains of the Middle Kingdom (Sierra Club, 1983) de ese escalador y fotógrafo fuera de serie, y lo había estudiado en detalle. Incluso en un calendario de la revista Integral, en cuya redacción trabajaba desde 1979, habíamos publicado su mítica foto de un arcoíris con un extremo que parecía emerger del palacio del Potala en Lhasa, la misma que ilustraba la portada de ese libro, dedicado a la exploración de las montañas del Tíbet y China.

Tras la conversación, caminamos juntos. Ese mediodía llegamos a una aldea y nos detuvimos a comer. Galen solía aprovechar las pausas para tomar notas a lápiz en su voluminosa agenda. Pero en esa ocasión sacó del equipaje unas diapositivas y una lupa —contaba con porteadores para todo lo que no fuese su preciado equipo fotográfico— y pronto se formó un corro de aldeanos a su alrededor. Todos contemplaban la vecina pared del Annapurna y, a continuación, las diapositivas que les mostraba Galen. Se escuchaban exclamaciones de asombro entre los nepalís y vívidos comentarios, mientras Barbara nos ponía al corriente: Galen había recorrido el valle del Kali Gandaki años atrás y había tomado muchas fotos. Lo que mostraba en ese momento a los vecinos era el retroceso de los bosques, una franja cada vez más estrecha bajo los prados de altura, las rocas descarnadas y las nieves eternas. Al comparar la ladera de la montaña con las diapositivas, saltaba a la vista la presión humana sobre los recursos de aquel valle cada vez más frecuentado.
Esa noche pernoctamos en la aldea de Godhe Pani, a algo más de tres mil metros de altitud, para contemplar el amanecer en el cercano mirador de Poon Hill. Los primeros rayos de sol iluminaron las blancas cumbres del Annapurna y el Machapuchare, mientras una claridad suavemente violácea orlaba el algodonoso horizonte. Como en un extraño juego de espejos, la luz parecía partir desde esos picos y dirigirse al Dhaulagiri, situado más al oeste, con los valles aún sumidos en sombras.
El mirador estaba repleto de senderistas tomando fotos y, entre todos ellos, se movía diligente Galen con sus cámaras armadas en trípodes. Disparaba rollos enteros de película en breves minutos a fin de tomar cada imagen con distintos encuadres e intervalos de diafragma. Yo observaba su modo de hacer casi tanto como el espectáculo de la luz en aquellas cimas celestiales. Cuando colocó un zoom Nikon de 75-150 mm en una de las cámaras, no pude resistir más y lo señalé diciendo:
—El objetivo con que hiciste la foto del arcoíris sobre el Potala en Lhasa en 1981, después de una buena carrera.
No había mejor modo de mostrarle hasta qué punto apreciaba su obra, así como ese zoom de insólita distancia focal. Al finalizar pocos días después nuestra andadura en la ciudad de Pokhara ya no volvimos a vernos.
Galen Rowell y Barbara Cushman fallecieron en agosto de 2002, en un accidente de avioneta cuando regresaban desde Alaska a su casa en California tras impartir un taller de fotografía en el mar de Bering. El piloto, inexperto, carecía de titulación para realizar aquel vuelo con pasajeros en plena noche. Su muerte me entristeció y me recordó la de Félix Rodríguez de la Fuente, cuya avioneta se estrelló junto a la costa del mar de Bering en 1980. Debemos a Galen algunas de las fotografías de montaña más bellas que jamás se han visto. A veces me pregunto cómo habría vivido la revolución de la fotografía digital, él, que era un maestro en exprimir la riqueza cromática de la película bajo la luz más sutil o extrema. Como homenaje, en 2006 el Sierra Club editó Galen Rowell, a retrospective, una magnífica obra. Ediciones Desnivel tradujo Luces de montaña.
El trekking de la vuelta al Annapurna ha perdido buena parte de su atractivo, pues hoy se puede subir a Manang (3.500 m) en un día con un todoterreno, sin necesidad de caminar una semana entera. Mientras que en la vertiente oeste del paso Thorong, la pista que surca el valle del Kali Gandaki se encarama asfaltada hasta el mismísimo santuario de Muktinath (3.800 m). Con ese fácil acceso, Muktinath se ha convertido en un destino predilecto para los turistas indios. Les motiva tal vez que, entre los 108 templos consagrados a Vishnu y Lakshmi que figuran en los himnos de los Alvars («los Inmersos», doce poetas y santos tamiles), Muktinath es el único que se halla fuera de la India. Los senderistas que buscan un ambiente de trekking más genuino al oeste de Katmandú suelen decantarse hoy por la vuelta al Manaslu, el santuario del Annapurna o el reino de Mustang.

En el este de Nepal se da una situación parecida en la región de Khumbu, que acoge ochomiles como el Everest, el Lhotse y el Cho Oyu, más el Ama Dablam, que no necesita alcanzar los siete mil metros para fascinar a quien lo contempla. La forma más rápida de acceder a Khumbu es volar desde Katmandú en avioneta al vertiginoso aeródromo de Lukla, una pista muy corta (500 metros) y en pendiente, cortada por un abismo y una pared. A continuación, desde Lukla se caminan 18 empinados kilómetros para llegar a Namche Bazaar, en el corazón del país sherpa y la base de operaciones, junto a Lukla, para hacer senderismo o escalada por el techo del mundo. La alternativa tradicional al vuelo en avioneta es caminar durante una semana a través de bosques de rododendros, valles, barrancos y puentes colgantes. Un trayecto que permite entonar cuerpo y mente y empezar a aclimatarse a la altura haciendo vida en común con los lugareños.
Pero en enero de 2025 se ha inaugurado la pista de 64 km que a través de las montañas une Salleri con Surkhe, un pueblo al oeste de Lukla. Con ella ya se puede llegar a Surkhe en 15 horas en autobús desde Katmandú. La nueva carretera también permite abastecer de mercancías a la región de Khumbu sin recurrir como hasta ahora a las caravanas de yaks y mulas o al helicóptero. Para la población local supone un gran avance, pues la saca de su aislamiento secular y abarata los precios de los productos. Se calcula que eso permitirá pasar de 50.000 a 500.000 turistas anuales. En estos tiempos de selfis y parques temáticos, el techo del mundo es un gran destino.

Otra novedad en los trekkings por Nepal es que desde la primavera de 2023 solo se puede hacer senderismo en compañía de un guía oficial. Para ir de trekking antes bastaba con tramitar el permiso pertinente en Katmandú y mostrarlo en los controles del camino. La nueva medida obliga a contratar un guía y costear sus gastos. Se argumenta que eso evitará que los viajeros se extravíen, o que no sepan cómo afrontar el mal de altura y otros contratiempos, pues cada vez llegan a Nepal más turistas sin experiencia práctica en montaña. Eso permitirá institucionalizar miles de puestos de trabajo, en un país que empezaba a recuperarse del devastador terremoto de 2015 cuando en 2020 se vio forzado a cerrar sus fronteras debido a la covid.
Si internet llega hoy a todas partes, no podemos esperar que la rueda y los motores no lo hagan, simplemente para que un viajero disfrute de enclaves donde la vida late a otro ritmo y los seres humanos parecen añadir belleza y armonía a la tierra en vez de limitarse a explotarla.
El ambiente preindustrial que envolvía esos valles del Himalaya en el siglo XX es ya un recuerdo. Pero un testimonio entrañable de lo que fue lo ofrece el libro autoeditado Nepal 1982, per les valls del Khumbu i Katmandú (2023), del fotógrafo y escalador Jaume Balanyà. Sus imágenes en blanco y negro captan los paisajes, el calor humano y el arte que fascinaron al autor cuando viajó a ese país por primera vez.

En su magnífico prólogo a ese libro, Albert Padrol evoca el Katmandú que descubrió años antes, en uno de sus dos viajes de ida y vuelta por tierra a la India, en lo que fue la aventura iniciática de muchos jóvenes europeos:
«Llegados de la India del norte, superpoblada y conflictiva, incómoda también, Nepal resultaba amable y tranquilo. El Katmandú de aquellos años, los de venta libre de cannabis y “hash cakes” en Freak Street, disponía de poca electricidad y casi ningún alcantarillado. De noche, las finas y etéreas jóvenes hippies caminaban casi a oscuras, entre vacas y alguna cabra tumbadas, quemando barritas de incienso bajo la nariz para vencer el hedor. En los templos, a la luz de antorchas, se cantaban hasta tarde himnos con acompañamiento de armonium primitivo y tabla. Por la mañana, muy temprano, despiertas ya vacas y cabras, no así las etéreas jóvenes y sus compañeros, mujeres tibetanas vendían por la calle té salado con mantequilla de yak, que servían en grandes termos de madera.»
Más adelante añade:
«El Katmandú que documenta este libro no volverá. Nepal tiene el turismo convencional y de montaña como fuente de ingresos fundamental y barrios como Thamel están saturados de hostales y comercios. La población ha aumentado espectacularmente y la ciudad está tan congestionada como las de la India. Muchas cosas han cambiado, como el acceso al conjunto monumental de la plaza Durbar, para el que se necesita adquirir entrada. O el cercano mercado de verduras, que ha pasado a ser una serie de tenderetes que venden recuerdos... Y hace muchos, muchísimos años, que ya no se vende cannabis libremente.»
Al regresar de nuestro trekking por el Annapurna, y de observar pájaros y rinocerontes en el Parque Nacional de Chitwan, Luis y yo disfrutamos de un Katmandú donde los rickshaws con bicicleta eran todavía el medio de transporte principal. Los occidentales ya no teníamos acceso al interior del templo shivaítico de Pashupatinath, donde se quema a los muertos a orillas del río Bagmati. Pero sí a las espléndidas estupas de Swayambhunath y Bodhnath, con los ojos de Buda contemplando las cuatro direcciones del espacio, mientras su boca ausente sugiere que cuanto tenía que decir lo expresó en vida con sus acciones.
El rugido de los motores de nuestro avión despegando rumbo a Karachi nos trajo de vuelta de aquel viaje a través del tiempo y el espacio. Tras aterrizar en París, mientras buscábamos un billete de tren para Barcelona, me extrañó ver tantas mujeres con minifalda en aquella oscura y fría tarde de noviembre.







Qué nostalgia esos lugares que han cambiado tanto… pero las montañas siempre seguirán allí enormes y maravillosas