El arte de viajar en 12 palabras japonesas
Con precisión y sensibilidad, el idioma japonés refleja emociones o situaciones que se experimentan al viajar sin traducción a otras lenguas.
A finales de abril, la floración de los cerezos alcanza la isla japonesa de Hokkaido, culminando un proceso que se inició en febrero en Okinawa y que avanza como una oleada del sur al norte del país. La tradición japonesa del hanami («ver flores») no se limita a los cerezos, pero estos árboles son los que más atracción despiertan y hasta los partes meteorológicos informan de su floración. Recordemos que la efímera y blanca flor del cerezo (sakura), con su fulgor rojo sanguíneo irradiando desde el centro, encarnaba para el samurái su propia existencia. El viento las desprende del árbol antes de que se marchiten, del mismo modo que el samurái solía caer en el campo de batalla en la flor de su vida. La lluvia de pétalos que una ráfaga de viento desprende de los árboles y que cae al suelo como copos de nieve se denomina hanafubuki.
Las flores encierran un gran significado para el pueblo japonés. Con una estética minimalista, el ikebana o arte del arreglo floral expresa el equilibrio entre el cielo, la tierra y el ser humano. La palabra hatsuhana designa las primeras flores del año o las que anuncian una estación determinada. Los espectáculos pirotécnicos que iluminan el cielo en las noches de verano se llaman hanabi: «flores de fuego». Hanakotoba, el lenguaje de las flores, va más allá de sus formas y colores. La azalea sugiere paciencia y modestia; el hibisco, amabilidad; la hortensia, orgullo; la camelia, anhelo o espera; el jacinto, gratitud; la peonía, valentía; la rosa, enamoramiento… Hanakotoba es asimismo la palabra que da título a un bello libro de Alex Pler, publicado por Satori Ediciones. Sus páginas despliegan un abanico de palabras japonesas sin traducción directa a otros idiomas. Presentamos a continuación una docena de ellas relacionadas con la esfera de los viajes.
HITORITABI
No es lo mismo viajar en solitario que hacerlo en compañía. Esta palabra, compuesta de hitori (una persona) y tabi (viaje), alude a la experiencia introspectiva de quien recorre un territorio a solas consigo mismo, sin la protección que ofrecería la pareja o un grupo. Pero que, por esa misma razón, viaja más libre y abierto a la interacción con los demás. Cuando finaliza esa especie de retiro por el mundo exterior, la persona que retorna quizá sea distinta de la que partió.
ICHIGO-ICHIE
Viajar depara encuentros y situaciones que a veces se graban de forma indeleble en la memoria. Dependemos de la ayuda o la hospitalidad de seres desconocidos, mientras el viaje genera relaciones con personas que no volveremos a ver y que probablemente se desvanecerán con él. Ichigo-ichie, literalmente «una vida, un encuentro», suele traducirse como «una vez en la vida» o «nunca más». Este término, relacionado con el budismo zen y la ceremonia del té, alude a la transitoriedad de la existencia. Nos recuerda que cualquier reunión con otros seres humanos constituye una experiencia única, e invita a participar en ella con plena atención, pues esa oportunidad difícilmente se repetirá.
SHINRIN-YOKU
La Agencia Forestal de Japón cuenta con decenas de enclaves donde es habitual realizar sesiones de shinrin-yoku o «terapia del bosque». Pasear relajadamente entre los árboles, con ejercicios de respiración dirigidos por terapeutas certificados, permite comunicarse con la naturaleza a través de los cinco sentidos. La presión arterial y la concentración de cortisol en la saliva se miden antes y después de la experiencia, y los estudios muestran reducciones en la tensión arterial, la ira, la ansiedad o el insomnio. En 1982, inspirándose en las tradiciones sintoístas y budistas, Tomohide Akiyama, director de la Agencia Forestal de Japón, acuñó el término shinrin-yoku a fin de otorgar más valor a los bosques, que todavía cubren dos terceras partes del país. El fisiólogo Yoshifumi Miyazaki ha demostrado que cuando disfrutamos de un bosque se reduce la actividad del córtex prefrontal, sede de las funciones cognitivas y ejecutivas, mientras se activan partes del cerebro relacionadas con las emociones, el placer o la empatía. Por ese motivo la comida en el campo sabe mejor, según Miyazaki.
DATSUSARA
Hay personas que deciden tomarse un año sabático para viajar o dedicarse a lo que verdaderamente les apasiona. Datsusara, «renunciar a la vida de asalariado», refleja la apuesta de quien abandona la rutina y seguridad de una empresa para ser dueño de su tiempo o trabajar de forma más creativa por cuenta propia. Este término surge a partir de su opuesto: salaryman, un neologismo inglés que define al empleado que prioriza su empleo sobre todo lo demás y trabaja con abnegación al dictado del empresario, incluso participando en los actos fuera del horario laboral que este organiza y a los que estaría mal visto no asistir.
GORAIKO
Esta palabra significa literalmente la llegada de la luz y expresa la dicha de presenciar la salida del sol desde la cima de una montaña. El goraiko más mítico en Japón es contemplar el amanecer desde la cima del Fuji. Pero se trata de una excursión ardua y exigente, que requiere subir y bajar más de 1.500 metros de desnivel, con inacabables zigzags por un terreno descarnado, y solo se aconseja retirada la nieve, en los meses de la temporada oficial (julio y agosto), cuando el esbelto cono volcánico suele estar abarrotado y con un sombrero de nubes. En japonés, como en alemán, el sol tiene género femenino y la luna, masculino. Esto concuerda con la visión del sintoísmo, para el que la diosa del sol es Amaterasu, madre del imperio y deidad suprema en el país, mientras que el dios de la luna es su hermano Tsukuyomi.
OKAME-HACHIMOKU
Ver las cosas desde fuera, sin estar implicado en ellas, es un privilegio del espectador y a menudo también del viajero. La expresión okame-hachimoku significa «los ocho ojos del espectador». Procede del juego del go, e indica que quien no participa en la partida suele detectar mejor las estrategias para ganar que los dos contendientes. Inventado en China hace más de 2.600 años, el go presenta una gran complejidad y es muy popular en Japón. Se juega en una cuadrícula de 361 casillas (19x19), en cuyas intersecciones se van depositando 181 piedras negras y 180 blancas tratando de matar o envolver piezas del adversario. El primer programa de ordenador capaz de vencer a un campeón mundial de go apareció casi veinte años después de que el ajedrecista Kasparov fuera derrotado por la supercomputadora Deep Blue.
YOKOMESHI
Al viajar es fácil sentir la dificultad o el estrés de comunicarnos en un idioma que no es el nuestro. La palabra yokomeshi significa literalmente «comer de lado» y describe esa situación. Yoko («de lado») hace referencia a los idiomas europeos, cuya escritura es horizontal, a diferencia del japonés, que es vertical. La expresión se empleaba originalmente para definir una comida de negocios con un extranjero, lo que exige un esfuerzo adicional y no permite disfrutar a fondo ni de la conversación ni de los distintos platos.
AWARE
La nostalgia de un viajero al presenciar escenas plenas de belleza que difícilmente se repetirán o tal vez no podrá compartir se refleja en la palabra aware, que suele traducirse por «consciente» pero va más allá de eso. Un haiku, el poema japonés de solo tres versos, intenta capturar la esencia de ese momento. Se trata de un término estrechamente vinculado al concepto de mono no aware: la conciencia de la fugacidad de las cosas. Situaciones en que nos envuelve una ligera melancolía mientras experimentamos mayor empatía y conexión con los seres humanos o el entorno.
KUSAMAKURA
En japonés hay una palabra para quien improvisa una cabezadita en el tren o una silla manteniendo cierto grado de conciencia del entorno: inemuri, literalmente, «estar presente mientras se duerme». Y otra para quien pernocta al raso en un viaje: kusamakura, que significa «almohada de hierba». El escritor Natsume Soseki publicó una obra con ese título, donde narra sus andanzas y reflexiones en la isla de Kyushu, que acompañó al genial pianista canadiense Glenn Gould hasta su lecho de muerte. En su libro Sendas de Oku, Matsuo Basho, el poeta más universal que ha dado Japón, destila el viaje a pie que realizó durante dos años y medio en el siglo XVII por el norte del país y en el que la hierba supuso para él un lecho habitual.
ZEKKEI
El esplendor de la naturaleza relativiza el de la mayoría de las creaciones humanas y con frecuencia el gran aliciente de un viaje es admirar paisajes sin parangón. La palabra zekkei designa esos parajes cuya contemplación nos conmueve o nos deja sin palabras. Una belleza que sobrepasa cualquier definición, incluso las expectativas que podíamos tener sobre el lugar.
SUNAO
El viaje propicia el encuentro con uno mismo, al tomar distancia de las servidumbres y patrones de conducta habituales. Por eso, conforme avanza, puede que nuestro comportamiento se torne más íntegro y coherente. La palabra sunao, que suele traducirse como obediente, significa acatar los dictados del corazón en vez de lo que se espera de nosotros. Ahora bien, en una cultura como la japonesa, que tiende a reprimir el individualismo, sunao puede implicar también seguir los dictados del «corazón de la sociedad» o de la situación en sí, en vez de lo que uno elegiría por sí mismo.
FURUSATO
Esta palabra equivale a «tierra de origen», «pueblo natal» o «morada ancestral», un lugar con el que se mantienen vínculos poderosos y al que se anhela regresar. Pero, como comenta Alex Pler en su libro Hanakotoba, también puede definir el sentimiento cálido de pertenencia a un sitio que acaso visitamos por primera vez y en el que no necesariamente hemos nacido o vivido. Ese puede ser el regalo más inesperado e indescriptible de un viaje.








Es maravillosa esta descripción de los viajes a través de la gramática