El misterioso norte de Japón
En Tohoku y Hokkaido late el Japón más secreto. Las tradiciones siguen vivas y la naturaleza despliega una belleza espectacular.
En la primavera de 1689, el poeta Matsuo Basho partió para un periplo a pie por el norte de Japón que se prolongó dos años y medio. Sendas de Oku, el diario de sus andanzas que se publicó póstumamente, es un clásico de la literatura universal y un prodigio de lucidez y concreción. La obra arranca sin rodeos:
«Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros.»
Vestidos con hábitos de peregrinos budistas, Basho y su discípulo Sora se adentran por un territorio agreste y apenas conocido. Algunas de sus vivencias les inspiran haikus, poemas de solo tres versos que destilan la esencia de esos momentos.

Hoy resulta fácil y estimulante recorrer Tohoku, la región que se extiende al norte de la gran isla de Honshu. Pero, como en tiempos de Basho, esta sigue siendo la parte más remota y menos poblada de Japón. Una sucesión de montañas revestidas de bosques se ondula hasta el horizonte; abundan los lagos, algunos dentro de calderas volcánicas; el invierno trae nevadas copiosas y la población se concentra en unas pocas ciudades, de las que solo Sendai alcanza el millón de habitantes, mientras Fukushima, Akita, Aomori o Yamagata están muy por debajo de esa cifra. El turismo es sobre todo nacional. Los japoneses acuden a Tohoku en pos de las raíces de su cultura, entretejida con los ciclos de la naturaleza y heredera de tradiciones ancestrales.
A veces la vida nos concede un deseo por caminos totalmente inesperados. En 2018, cuando dirigía la revista Viajes National Geographic, al concluir unas vacaciones en Japón siguiendo por libre una ruta clásica (Kioto, Nara, Koyasan, Kumano Kodo, Ise, Tokio), le dije a Cristina que el país me había encantado, pero que me gustaría volver para conocer el norte. Como si un dios del sintoísmo con superpoderes burocráticos hubiese escuchado esas palabras, meses después recibí una llamada de la Organización Nacional de Turismo de Japón. Me invitaban a un viaje para dos personas por la región de Tohoku a principios de agosto, con chófer y una traductora de español. Acepté pleno de asombro y gratitud. Pero solicitamos que el vuelo de retorno desde Tokio fuese más tarde, a fin de explorar por nuestra cuenta la isla de Hokkaido. Esta es la historia de ese viaje.

Una treintena de grandes posadas con techos de paja se alinean en la aldea de Ouchi-Juku. También es de paja el tejado de la estación de Yunokami-Onsen en la que descendemos del tren. Tokio se halla 220 km al sur pero parece mucho más distante en el tiempo. No lejos de aquí discurría la ruta Oshu Kaido, trazada durante el shogunato Tokugawa (1603-1868) para comunicar Edo (Tokio) con Shirakawa, al norte de Japón. En ese periodo en que el país permaneció cerrado al mundo solo se permitía viajar a pie y con una autorización por escrito.
Una acequia fluye por la calle principal. Las posadas centenarias, restauradas con esmero, albergan en su mayoría tiendas de sake y recuerdos. O restaurantes donde, sentados en el tatami, probamos los negisoba, unos fideos fríos elaborados con trigo sarraceno (como las galettes bretonas), que en Ouchi-Juku se sorben valiéndose de un puerro delgado.
Con sólidas vigas de madera que forman las aristas y techos y paredes de materia vegetal, las minka (casas tradicionales) han resistido más de un terremoto. Sobre un suelo de tierra compactada se alza la tarima revestida de esteras. Un amplio hoyo cuadrado acoge el irori, el fuego del hogar. Del centro pende una cadena que permite colgar la olla. A fin de conjurar los incendios, la palanca para subirla o bajarla suele tener forma de pez. El humo ennegrece y también preserva el grueso tejado inclinado de paja, que debe renovarse cada diez años, en una operación laboriosa y cara. El segundo fin de semana de febrero se celebra en Ouchi-Juku el Festival de la Nieve. Linternas esculpidas con ella, cual muñecos gigantes, iluminan la calle.

Nada como sumergirse en las cálidas aguas de un onsen para disipar los efectos del jet lag. Debido a la actividad volcánica, que eleva la temperatura del subsuelo, Japón cuenta con miles de fuentes calientes. Encajado entre la montaña y el río Yu, Higashiyama Onsen, uno de los pueblos termales más antiguos de Tohoku, invita a agasajar el cuerpo como se merece. Nuestro hotel es un ryokan con manantial propio. En la habitación, tendido en el futón que acaban de desplegar en el suelo, abro el libro de Basho. Molido tras su primer día cargando con el equipaje, el poeta reflexiona así al llegar a la posada de Soka:
«Para viajar debería bastarnos solo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles.»
Un millar de cerezos rodean el castillo de Tsurugajo, en la ciudad de Aizuwakamatsu. En 1868 aquí se libró una batalla decisiva en la guerra Boshin entre los partidarios del shogunato Tokugawa y los del emperador. La derrota de los primeros supuso la desaparición del Japón feudal y de los samuráis como clase social, y dio paso a la unificación del país durante la Restauración Meiji.
La fortaleza, muy dañada tras la batalla, fue demolida en 1874. En 1965 se levantó de nuevo; hoy acoge un pequeño museo de historia, con unas vistas magníficas desde el piso superior. Estamos en tierra de samuráis y el guía que nos acompaña viste como uno de ellos. El castillo original data del siglo XIV y corona una pirámide truncada de enormes rocas sin pulimentar. Inicialmente se construían así, pero la técnica cayó en desuso porque los huecos entre las piedras facilitaban la escalada al enemigo. La reputada escuela Nisshinkan donde estudiaban los hijos de los samuráis se reconstruyó en 1987 en Aizuwakamatsu. En ella es posible practicar caligrafía, tiro con arco o la ceremonia del té, entre otras artes.
Los japoneses viven en las faldas de volcanes activos, suspendidos sobre el abismo océanico en el cruce de cuatro placas tectónicas. El terremoto de 2011 fue el más potente que se ha registrado en el país; el tsunami posterior devastó la costa sudeste de Tohoku y desencadenó el accidente nuclear de Fukushima. Sendai, la mayor ciudad de Tohoku, se libró de ser invadida por el océano gracias a los cientos de islotes de la bahía de Matsushima, más eficaces para romper la arrolladora ola que un dique artificial. Contemplar la luna en esa bahía orientada al este fue uno de los alicientes que impulsaron a Basho a partir de viaje. Los pinos (matsu) que crecen en las pequeñas islas (shima) otorgan a Matsushima una belleza casi pictórica. En 1643, el erudito Hayashi Gaho proclamó que este era uno de «los tres paisajes más bellos de Japón». Desde entonces comparte tan secular distinción con Itsukushima, la isla cuyo pórtico o torii lacado de bermellón parece flotar sobre el mar interior de Seto, en la costa de Hiroshima. Y con Amanohashidate, un banco de arena erizado por miles de pinos en la bahía de Miyazu.

Se dice que el fuego que arde en el templo de Yamadera lleva más de mil años encendido. El sacerdote Ennin, un maestro que había estudiado en la China de la dinastía Tang, trajo la llama sagrada desde el templo Enryaku-ji de Kioto y fundó el monasterio en el año 860. Un trayecto de poco más de una hora en tren desde Sendai permite llegar a Yamadera. Para contemplar el Okunoin (santuario interior) y los templos de la cima hay que ascender mil peldaños a través del bosque. Pero el paraje es tan cautivador que sería absurdo contarlos. El sugi (Cryptomeria japonica), árbol nacional y endémico de Japón, a medio camino entre un cedro y una secuoya, reina en la montaña, acompañado de diversas especies de arces. La foresta está salpicada de estatuas de deidades budistas. Entre las copas de los árboles asoma a veces la pétrea pared, tachonada de oquedades. Al observarlas en esa calurosa mañana, comprendo de pronto el famoso haiku que Basho le dedicó a Yamadera:
«Tregua de vidrio:
el son de la cigarra
taladra las rocas.»

Tras franquear la solemne puerta Niomon llegamos al corazón del santuario. Desde la plataforma Godaido se contemplan los telones de montañas cubiertas de bosques. En este mirador los monjes realizan oraciones por la paz en el mundo.
Los montes Haguro, Gassan y Yudono –cuyos nombres significan respectivamente nacimiento, muerte y renacimiento– se cuentan entre los más venerados de Japón. Cada cumbre aloja un santuario y las tres montañas (Dewa Sanzan) son un foco de peregrinación en verano, cuando la nieve se retira de ellas.
El monte Haguro es el más bajo de los tres (414 m) y el único accesible por carretera. Pero ascendemos por el sendero empedrado a través de un bosque de sugis centenarios. Un monje yamabushi, que realiza sus rigurosas prácticas ascéticas en las montañas y bajo las cascadas, es nuestro guía y nos sugiere usar la vestimenta ritual, de blanco riguroso. Así lo hacemos. Son muy cómodas las zapatillas, también blancas, una especie de manoplas para pies, en las que los dedos se agrupan en lo que parecen dos pezuñas.

La naturaleza nos envuelve con su belleza más sublime. Los esbeltos sugis crean un espacio sagrado y vivo. Como una capilla en esta catedral forestal, aparece súbitamente una preciosa pagoda de cinco pisos, arropada por los sugis y hecha con su propia madera, sin ningún metal. Basho también estuvo aquí, visitó los templos de la cumbre, con la enorme campana Kanezakura. Luego durmió en la cima del monte Gassan (1.984 m), para alcanzar por último la del Yudono (1.504 m), sobre el que la tradición prohíbe hablar y donde no se permiten las fotografías. Sus palabras atraviesan el tiempo:
«No sigo el camino de los antiguos: busco lo que ellos buscaron.»
Gracias a la generosidad de la Organización Nacional de Turismo de Japón, las comidas del viaje superan cada día nuestras mejores expectativas. Pero esa noche, en la ciudad portuaria de Sakata, disfrutamos de una cena que nunca olvidaremos. Tras una pequeña barra, con apenas espacio para diez comensales, las manos del veterano chef orquestan una sinfonía de sabores y experiencias a partir de la gran calidad del arroz y la extrema frescura de los pescados. No hay carta ni se eligen platos: simplemente comulgamos con las pequeñas e irrepetibles creaciones de ese artista culinario. Se trata de un restaurante omakase, que significa «dejar algo en manos de alguien», en este caso la elección de lo que cocina y cómo. En el libro Sushi, ramen, sake (Ed. Salamandra), Matt Golding describe con exquisitez un recorrido gastronómico por Japón. Y muestra sobre todo el virtuosismo de estos ilustres chefs, consagrados en perfeccionar, día tras día, platos en los que son especialistas.
El barrio samurái de Kakunodate es el mejor conservado del país. Algunas de las antiguas mansiones están abiertas al público, otras alojan museos o tiendas de artesanía. El samurái se identificaba con la efímera flor del cerezo, pues una ráfaga de viento la desprende del árbol antes de que se marchite, del mismo modo que estos guerreros solían caer en el campo de batalla en la flor de sus vidas. Los cerezos centenarios de las calles de Kakunodate eclosionan a finales de abril, más tarde que en el centro de Japón, y los alojamientos suelen reservarse el año anterior.
En Kakunodate se comprueba que la casa japonesa tradicional se inspira en la arquitectura del sudeste asiático y está mejor preparada para afrontar el calor, la lluvia y los terremotos que el fuego o el frío. Como en los templos más venerados del país, en su construcción se emplean únicamente materiales de origen vegetal. Los paneles deslizantes sustituyen a las paredes interiores y permiten delimitar estancias de forma dinámica. Los shoji son de papel de arroz, dejan pasar la luz pero brindan cierta privacidad. Los paneles opacos se denominan fusuma y sirven también como puertas de armarios. El espacio y el suelo cubierto de tatamis (esteras de paja de arroz) se mantienen lo más vacíos de objetos posible (los colchones de algodón se enrollan y retiran tras cada uso), acaso como en una analogía de la meditación, donde la mente ha de permanecer ecuánime y libre de pensamientos.
Un elemento importante del hogar tradicional es el butsudan («casa de Buda»). Este altar doméstico suele ser un pequeño armario lacado que aloja una estatua a la que se ofrendan agua, frutas o arroz. Velas y flores se disponen a los lados del incensario. El butsudan se abre para mostrar el icono al meditar o para honrar a los ancestros. Ante él se arrodilla una joven que ha aprobado un examen importante, quien ha conseguido un buen trabajo o el novio que se va a casar. El elemento más valioso del butsudan son las ihai, unas tablillas verticales de madera negra pulida con inscripciones en recuerdo de los antepasados. Durante el gran terremoto y maremoto de marzo de 2011 que asoló la costa sudeste de Tohoku, numerosas personas fallecieron al intentar recuperar desesperadamente las ihai de sus hogares.
La terrible devastación de aquel tsunami revigorizó el culto a los ancestros, la verdadera religión nacional. En Japón se trata a los muertos hasta cierto punto como a una presencia, pues la muerte se considera una variación más que un final de la vida. Los familiares les expresan su gratitud con comida, bebida, oraciones o rituales; a cambio, ellos les dan buena suerte. Como si las separase un panel corredero o un biombo, la esfera de los vivos y la de los muertos coexisten así en el espacio. A un lado, los descendientes; en la otra cara de la membrana, los antepasados que tanto se esforzaron por sus hijos.

El tsunami de 2011 segó la vida de al menos 20.000 personas en la costa sudeste de Tohoku. En su libro Ghosts of the Tsunami (existe traducción al catalán: Fantasmes del tsunami, Ed. La Segona Perifèria), Richard Lloyd Parry, corresponsal de The Times en Tokio, narra la labor del reverendo Kaneda y otros sacerdotes zen, que recorrieron el litoral organizando un evento al que llamaron «Café de Monku». El nombre es un juego de palabras con monk, que en inglés significa monje y en japonés, queja. Meses después de la catástrofe, muchas víctimas del tsunami seguían viviendo en barracones prefabricados; mediante reuniones informales en torno a una taza de té, los sacerdotes escuchaban lo que más les hacía sufrir. A menudo, las personas describían presencias o visiones reiteradas de espectros. Podía tratarse de seres desconocidos para ellos, o bien de vecinos, amigos o familiares muertos. En las situaciones más dramáticas, la persona era poseída reiteradamente por un espíritu que alteraba su conducta, tornándola irracional o llevándola incluso a hablar por boca de alguien desaparecido o a comportarse, literalmente, como uno de los animales domésticos que se ahogaron. Kaneda se especializó en abordar y resolver esas situaciones. A lo largo de meses, en jornadas extenuantes, se sentaba con serenidad junto a una persona y permitía que el gaki o fantasma errante entre dos mundos se expresara sin trabas. A continuación, le indicaba el camino hacia la luz recitando el Sutra del Corazón, lo que liberaba a la víctima:
No hay ojos, ni oídos, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni mente.
No hay sentido de la vista, ni del oído, ni del olfato, ni del gusto, ni del tacto, ni de la imaginación.
No existe la ignorancia, ni el fin de la ignorancia.
No existen la vejez y la muerte, ni el fin de la vejez y la muerte.
No existe el sufrimiento, ni la causa del sufrimiento, ni el fin del sufrimiento, ni un camino que seguir.
No existe el logro de la sabiduría, ni ninguna sabiduría que lograr...
Tras la visita a Kakunodate, en la prefectura de Akita, cuna de esa famosa raza de perros, disfrutamos del lago Tazawa, tan profundo (423 m) que no se hiela en invierno. Tatsuko, una joven que soñaba con la belleza y juventud eternas y que mora en el lago convertida en dragón, tiene una estatua dorada en la orilla. El lago Towada ocupa una enorme caldera volcánica. El río Oirase es el único que lo drena. Un sendero junto al cauce permite admirar diversas cascadas y bosques que flamean en otoño.
El paraíso senderista de Tohoku son las montañas Hakkoda, un conjunto de volcanes dispuestos en dos grupos. El teleférico de la estación de esquí sigue activo en verano y facilita los recorridos. En invierno, cuando los vientos procedentes de Siberia se topan con este gran mascarón de lava, los abetos (Abies mariesii) quedan enteramente rebozados de nieve y adoptan formas espectrales.
Llegar al norte de la isla de Honshu a primeros de agosto nos permitió disfrutar del festival Nebuta, que discurre por el centro de una treintena de ciudades de la prefectura de Aomori. En Hirosaki, grandes carrozas de papel washi con forma de abanico e iluminadas desde dentro recrean a seres mitológicos plenos de garra y colorido. Durante seis noches, desfilan por el centro de la ciudad al son de flautas y tambores que pueden ser realmente gigantescos, a hombros de voluntarios y acompañadas por un nutrido cortejo de bailarines que entonan un hipnótico canto: rasserá, rasserá...
En la gran ciudad de Aomori, ese festival atrae visitantes de todo Japón. Las carrozas son aquí enormes y de formas fantasiosas, patrocinadas a menudo por grandes empresas. Los extranjeros también pueden participar en el desfile, a condición de alquilar un traje haneto y llevar el preceptivo sombrero de flores (hanagasa). No pudimos resistirnos.
En su origen, el Nebuta posiblemente servía como preparación ritual para una batalla. Hoy es una forma colectiva de armarse de valor para afrontar lo que haya de venir y desprenderse de lo que se deja atrás, todo ello honrando la conexión con los antepasados. El pueblo japonés es maestro en eso. Y si te invita a experimentarlo desde la alegría compartida de una fiesta, nada como sumarse a ella. Saltando y cantando rítmicamente en aquellas calles, estábamos lejos de imaginar que, debido a la epidemia de covid, ese iba a ser nuestro último viaje al extranjero en bastante tiempo.

Nuestro recorrido por Tohoku invitados por la Organización Nacional de Turismo de Japón finalizó ahí. Sin embargo, antes de proseguir rumbo a la isla de Hokkaido, nos dirigimos al monasterio de Osorezan («Montaña del Miedo»), en el confín norte de la isla de Honshu. El lago Usori, tan ácido que no tiene peces, ocupa parte de una amplia caldera, cercada por un collar de ocho picos boscosos que evocan un loto y el paraíso budista. Pero para entrar en él, el alma ha de cruzar el río Sanzu, identificado con un curso que alimenta el lago, sin precipitarse en el inframundo. Las amenazas subterráneas son evidentes en cuanto se franquean los muros del monasterio, única huella humana en la caldera, y se camina por un paisaje carbonizado, entre vetas de arenas ardientes y pozos de barro que borbotean.
Los padres que han perdido un hijo o en duelo por un aborto acuden a Osorezan para rogar al bodhisattva Jizo que vele por su alma en el otro mundo. Jizo es el protector de las embarazadas y de los niños, así como de los viajeros. Las estatuas en que aparece tocado con su gorro y su babero rojos y su bastón están por doquier en Osorezan. También abundan los molinillos de juguete de colores, que el viento hace girar, y los pináculos de piedras en apoyo a los difuntos. Entre vapores de azufre, la búsqueda de consuelo y esperanza parece flotar en la solemne atmósfera de esta fortaleza espiritual asomada a la frontera del más allá.
Las aguas termales del enclave son de una calidad extraordinaria (dejan la piel muy sedosa) y pueden disfrutarse gratuitamente en las cabañas de madera dispuestas en la entrada del santuario (no se ofrecen toallas). El baño en ellas implica una purificación tanto física como espiritual. Existen manantiales apropiados para dolencias específicas. Pernoctar en el monasterio, con sus impecables habitaciones tradicionales estilo ryokan, depara una experiencia más completa que una visita durante el horario oficial. También permite asistir a las ceremonias matutinas de los monjes y disfrutar de una cuidada comida vegana y de un onsen (baño termal) fuera de serie. Pero eso requiere una reserva previa que solo puede realizarse en japonés. Sin la providencial ayuda de Hajime, desde la sede española de la Oficina de Turismo de Japón, no lo habríamos conseguido. Gracias otra vez Hajime cuando leas estas palabras.

Cada año, del 20 al 24 julio, tiene lugar el festival Osorezan Taisai. En el recinto se instalan tiendas de campaña y los japoneses acuden desde muy lejos para honrar con comida y bebida a los que partieron; también hacen cola para pedir información sobre sus difuntos a las itako, las videntes ciegas. Durante siglos, en la región de Tohoku, bajo la guía de una itako veterana, una niña que perdía la visión podía afrontar pruebas extremas de frío, hambre y vigilia a fin de obtener poderes chamánicos. Si no lograba contactar con su espíritu tutelar, debía retirarse a la montaña para morir en soledad. Pero si conectaba con su fuente de luz interior, que no depende del sol, podía obtener clarividencia para ayudar a las personas en sus dolores más profundos. La Restauración Meiji abolió estas prácticas. Décadas después, los millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial (por cuyas almas errantes, aunque fuesen del bando aliado, se sigue rezando hoy en muchos monasterios japoneses) contribuyeron a rescatar la labor de las itako. En la segunda semana de octubre, durante los tres días de la Osorezan Akimairi, mientras los monjes miran para otro lado, el monasterio vuelve a congregar médiums (hoy pocas carecen de vista) y fieles que perdieron prematuramente a seres queridos. Entre noviembre y abril, la nieve se adueña del lugar y Osorezan permanece cerrado al público.
Con una forma que evoca una mantarraya y un tamaño algo mayor que Irlanda, Hokkaido es la isla más septentrional de Japón y un gran destino para los amantes de la naturaleza. Su capital, Sapporo, es una ciudad moderna (se fundó en 1869), con dos millones de habitantes y nada que envidiar en cuanto a gastronomía, compras o vida nocturna a las otras grandes urbes japonesas. Aunque comparte latitud con Marsella y está al borde del mar, los frentes fríos siberianos descargan notables cantidades de nieve en polvo (más de 4 metros al año) y durante los meses de invierno la temperatura media en Sapporo no alcanza los cero grados. El acontecimiento más importante del año es el Festival de la Nieve, que se celebra a principios de febrero. En torno a 400 grandes esculturas de hielo compiten en un concurso internacional que atrae a unos dos millones de forasteros al parque Odori, corazón de la ciudad, y a Sapporo Satoland, un parque temático agrícola situado en las afueras.

Siguiendo las vanguardias urbanísticas de Europa y Norteamérica, Sapporo adoptó desde su creación un plano en retícula. El parque Odori («calle grande») se concibió como una gran avenida y cortafuegos que separaba el norte y el sur de la ciudad, de modo parecido al decumanus en la Roma clásica. Con el tiempo se convirtió en el parque actual, que se prolonga a lo largo de 13 manzanas (1,5 km). En mayo, acoge el Festival de las Lilas (tiene más de 400 lilos plantados). Entre julio y septiembre, protagoniza eventos gastronómicos (la cocina de Hokkaido orbita en torno a sus espléndidos mariscos) y se transforma en una gran cervecería al aire libre. El Museo de la Cerveza Sapporo es otra visita casi obligada. Su fábrica, fundada en 1876 por Seibei Nakagawa que se había formado en Alemania, fue la primera de Japón. La sede de la empresa está hoy en Tokio y la cerveza Sapporo que se vende en el extranjero se elabora fuera del país. Pero la isla se enorgullece de ese producto y, sobre todo, de que la variedad Sapporo Classic solo se puede beber en Hokkaido.
Más grande que Tenerife, Daisetsuzan («grandes montañas nevadas») es el mayor parque nacional de Japón. El pueblo ainu, que habitaba originalmente la isla, llamaba a los tres conjuntos de volcanes activos que lo integran Kamuo Mintara: «el jardín de recreo de los dioses». Para este pueblo cazador, pescador y recolector, los dioses eran los animales y el oso pardo, el rey de las montañas. Aún lo sigue siendo, pues entre los bosques de Hokkaido viven miles de osos pardos y el senderista que realiza la gran travesía del Daisetsuzan (55 km) debe estar alerta.
En las alturas de Daisetsuzan, rodeado por estaciones de esquí de prestigio mundial, sobresalen 16 picos de más de dos mil metros que culminan en el volcán Asahidake (2.290 m), techo de la isla. En ese macizo apenas alterado por el hombre, el visitante se aloja en los pequeños pueblos termales que lo contornean: Asahidake Onsen, Sounkyo Onsen, Tokachidake Onsen o Daisetsu Kögen Onsen. De los dos primeros parten teleféricos que acortan las rutas por las cimas. Nosotros recalamos en Sounkyo Onsen, en el noreste del parque.

Si hoy, a los 66 años, tuviese que elegir una sola excursión de un día completo entre las que he realizado en la vida, escogería la que parte en telesilla desde Sounkyo Onsen hasta 1.520 m de altitud. Desde ahí se asciende a pie a la cima del Kurodake (1.984 m) en poco más de una hora, entre una vegetación espectacular. Y al coronar el pico se abre ante nosotros la gran caldera de Ohachidaira, de unos 2 km de diámetro. Darle la vuelta por su ondulada cresta en sentido antihorario brinda vistas fabulosas. Los prados, la nieve que se resiste a desaparecer en verano, los grupos de arbustos o las manchas de tierra ocre, descarnada por la actividad volcánica, se solapan con formas de irresistible belleza. Desde las alturas, la mirada goza con los panoramas lejanos en cualquier dirección o se prenda ante minúsculos detalles: una flor, un insecto, un mineral. En el extremo opuesto al mirador del Kurodake, donde iniciamos esta ruta, es posible desviarse hacia el volcán Asahidake, del que proceden otros senderistas. Lo hacemos para contemplar nuevos paisajes pero sin llegar a pisar su cumbre.
En la cresta este de la caldera de Ohachidaira el camino se torna de nuevo solitario. Divisamos entonces un oso pardo delante de nosotros, en el fondo de cráter, absorto en alimentarse con las bayas de los arbustos. Nos tranquilizamos pensando que, con tan jugosa comida ante la boca, no derrochará energías en una carrera monte arriba. Los musgos son esponjas verde esmeralda y algunos prados, rebozados de flores, esconden turberas. Tras cruzar un amplio arroyo y ascender de nuevo al Kurodake, emprendemos el descenso en pos del teleférico. Llegamos a tiempo, exhaustos pero colmados por una excursión que superó cualquier expectativa.
El ser humano debió llegar a Hokkaido durante las últimas glaciaciones, hace 18.000 años, cuando los hielos unían la isla al noreste de Asia a través de la gran isla de Sajalín, y a la península de Kamchatka por el archipiélago de las Kuriles. Los hallazgos arqueológicos indican que los ainus ya habitaban la isla hace siete mil años. Las estilizadas figuras geométricas con que decoran la ropa se han encontrado en restos muy antiguos y recuerdan las de los pueblos de la costa oeste de Canadá (les dediqué el texto «Un arte que supo cómo morir»). En la actualidad, la aldea ainu más grande de Hokkaido se halla en la orilla sur del lago Akan, que da nombre a otro parque nacional, creado en 1934. En ella, este pueblo diezmado y arrinconado durante siglos intenta preservar su cultura dentro de la pequeña vitrina que le concede el mundo moderno. Es posible adquirir objetos artesanales de madera o cuero, o telas y camisetas con sus seductores diseños. Hay espectáculos folclóricos y pequeños restaurantes donde probar sus empanadillas de patata fermentada, entre otros platos. También existe un museo dedicado a sus tradiciones y un ecomuseo con la fauna y flora local, incluidas las marimo, unas algas verdes lacustres (Aegagropila linnaei) cuyas aterciopeladas esferas subacuáticas pueden tardar dos siglos en alcanzar el tamaño de una pelota de béisbol. Pero las hay mucho más grandes, como se comprueba subiendo al barco-crucero que recorre el frondoso lago Akan, con parada en el Centro de Observación de Marimo. Estas algas solo prosperan en ciertos lagos que se hielan en invierno (como el Myvatn en Islandia) y aquí crecen las mayores del mundo.
El Parque Nacional Akan protege una caldera volcánica de más de 20 km de diámetro que acoge el lago homónimo (13 km2), junto a cráteres volcánicos, zonas de fumarolas y lodo en ebullición, cascadas de agua caliente, bosques fabulosos y lagos menores, alguno con aguas de suma transparencia, como el Mashu. El día que destinamos a caminar por las orillas del lago Akan llovía a cántaros (hasta se interrumpieron las conexiones ferroviarias), pero aunando paraguas y chubasquero resultó un deleite contemplar la prodigiosa vegetación que lo envuelve, abrillantada y vivificada por la lluvia. Dentro de esa foresta encantada, líquenes y musgos de todo tipo transformaban en un patchwork alucinante la corteza de los abetos de Sajalín. Contemplándolos culminó nuestro viaje por el norte del país.
Una cosa que aprecio de Japón es que invita a mirar el mundo desde una perspectiva más atenta, lo que puede convertir cualquier acto cotidiano en una experiencia en sí misma. Al viajar por ese país se tiene a veces la sensación de que Japón ofrece lo más parecido al contacto con una civilización avanzada que permite el mundo moderno. Un robot que inspira simpatía puede darnos la bienvenida a un hotel o servirnos en un restaurante. La taza de inodoro nos desconcierta con su abanico de posibilidades higiénicas o tecnológicas. La puerta del taxi se abre sola, accionada por un conductor que usa guantes blancos. Los transportes públicos funcionan impecablemente. La comida rápida puede resultar saludable y fácil de digerir. Calles y estaciones están limpias aunque no se vean papeleras. Para entrar en un probador de ropa, primero hay que descalzarse. La proporción de delitos es modesta comparada con la de los países occidentales. Proliferan los otaku, personas con un interés casi obsesivo por algún tema. De noche, puedes salir desnudo o en yukata a la azotea del baño público en el rascacielos de un hotel de Tokio y contemplar el laberinto de luces y neones fundirse con el horizonte. La amabilidad y el respeto, elevados al rango de ritual, rigen las relaciones sociales. El chófer de un autobús interurbano saluda en voz alta a cada pasajero que desciende, aunque la fila sea larga, o espera paciente a que una delgada anciana nonagenaria siga subiendo al vehículo por sus propios medios.
Las tradiciones siguen muy vivas en el país del sol naciente, pero el futuro también parece manifestarse en él con horas de adelanto y los problemas que atenazan a Occidente son viejos conocidos de Japón. La cuarta economía mundial es un país superpoblado con machismo estructural y una exigua natalidad que acoge 123 millones de individuos en un territorio algo mayor que Noruega. Ninguna nación supera a Japón en esperanza de vida (84,5 años), en edad media de la población (49 años), en personas centenarias (123.000)... o en porcentaje de deuda pública respectó al PIB (235%), ni siquiera los Estados Unidos, acaso por lo que se ahorran en educación, pensiones o cobertura sanitaria. En ese escenario toca viajar y, sobre todo, ¡vivir!
Enlaces a otros textos de Josan Ruiz sobre Japón:
• El arte de viajar en 12 palabras japonesas
• Un amor volcánico










Merece la pena leerlo hasta el final. Cuánta información interesante!! Bellos lugares magnifícamente explicados