El Monte Athos, un mundo sin mujeres
Viaje a la república monástica que vela mientras Europa todavía duerme.
Suele decirse que la realidad supera a la ficción. En el caso del Monte Athos, pocos lo dudan. ¿Cabe imaginar, en pleno siglo XXI, un territorio de 335 km2 (algo menor que la isla de La Gomera) donde las mujeres tienen prohibido el acceso? Como la cola de una estrella de Belén incrustada en un flanco de Grecia, la península Calcídica se extiende al este de Tesalónica. El más oriental de sus tres brazos configura la península del Monte Athos. Se trata de un territorio boscoso y pródigo en manantiales. Lo vertebra una loma que serpentea a 800 metros de altura y culmina en una pirámide de granito que asciende desde el mar hasta 2.033 metros.
La forma de punta de lápiz del pico podría evocar una gran virgen esculpida por la naturaleza. De hecho, los hombres así han querido verla: la llaman la Montaña Santa (Agion Oros) o «la montaña de la Virgen». Y tanto les ha gustado esa idea que, desde la bula del emperador Constantino IX de 1045, han sacralizado a su manera el enclave: no dejan que lo perturbe ninguna mujer de carne y hueso. Tampoco las hembras de los mamíferos domésticos: yeguas, vacas, ovejas, cabras, cerdas o perras no pueden permanecer en él. Solo se transige con las gallinas ponedoras, o las gatas, que cazan ratones. Quieren a esa montaña virgen y para ellos solos, como un refugio más allá del tiempo, donde consagrarse a la vida contemplativa a salvo de las tentaciones de la materia.
No es fácil visitar la montaña santa y los veinte magníficos monasterios o la docena de enclaves eremíticos (skiti) diseminados entre los pliegues de sus faldas. El gobierno de la república monástica levanta muros burocráticos y solo acepta diez peregrinos no ortodoxos al día. Sin la invitación personal de un monasterio, el permiso debe solicitarse justo 90 días antes de la fecha de entrada, ni uno más ni uno menos, lo que suele requerir varios intentos. Se recoge en persona en Ouranopoli la mañana en que se zarpa para el monte Athos. El visitante tiene que haber cumplido 18 años, no ser imberbe y manifestar su intención de ser peregrino. El diamonitirion o salvoconducto cuesta 30 euros y permite pasar tres noches en Athos. Pero antes es preciso acordar la pernoctación directamente con cada monasterio.

En el año 963, Atanasio de Trebizonda, con el apoyo del emperador Nicéforo II, fundó el monasterio de la Gran Laura al pie mismo de la pirámide pétrea y la regla que rige la vida monástica. El cuerpo de Atanasio yace bajo la gran cúpula de la iglesia, donde hoy rezan un centenar de monjes. A partir del siglo XIII los conventos se multiplicaron, gracias al apoyo político de Bizancio y las donaciones procedentes del orbe ortodoxo. Por eso, aunque la mayoría de monasterios sean griegos, Athos tiene otros de origen ruso (Agios Pandeleimonos), búlgaro (Zografou) y serbio (Helandariou), o la skiti rumana cenobítica de Prodromou. Entre los siglos XV y XVI, las crónicas mencionan de 20.000 a 40.000 monjes. Antes de la Primera Guerra Mundial había unos nueve mil. En la actualidad viven en el Monte Athos cerca de dos mil religiosos, más unos 400 trabajadores laicos.
Hasta hace poco, la única carretera pavimentada era muy corta y unía el modesto puerto de Daphne con Karyés, la capital administrativa, de la que por pistas forestales parten furgonetas hacia los diversos monasterios. Al bajar del vetusto autobús sorprende la extraña calma de esta aldea y nudo de comunicaciones. Por sus calles jamás ha caminado una mujer ni ha jugado un niño. El silencio es una fuerza que parece flotar en el aire y atenuar los sonidos. Ahí se reúne cada semana el Iera Synaxis, el órgano de gobierno que cuenta con un representante de cada monasterio. La prioridad sigue siendo proteger Athos de las innovaciones, como si Bizancio estuviese vivo. Y se consigue: aún rige el calendario juliano, que guarda trece días de desfase con el gregoriano adoptado por Occidente. Como las doce de la noche corresponden a la hora en que se pone el sol, cada pocos días toca reajustar los relojes. Las puertas de los monasterios, pequeñas ciudadelas amuralladas, se cierran justamente en ese momento.
Cada monasterio funciona como una comunidad, dirigida por el higúmeno o abad, que acoge monjes, novicios y legos. Desde el siglo XV los conventos podían ser de dos tipos: cenobitas o idiorrítmicos. En los cenobitas no existe la propiedad privada. En los idiorrítmicos, tradicionalmente más ricos, las reglas eran más laxas. Un monasterio idiorrítmico podía convertirse en cenobita si lo acordaban sus miembros, pero el paso opuesto no se autorizaba. Hasta que en 1992, Pantokratoros, el último monasterio idiorrítmico, dejó de serlo, siguiendo los pasos de sus ocho predecesores. Así quedó unificada la vida monástica en la montaña.
En el verano de 1982 era más fácil acceder al Monte Athos. Durante un viaje a Grecia de cinco semanas en coche con tres amigos, recién desembarcados de Creta, en un camping de Atenas conocimos a dos viajeros españoles que acababan de visitarlo.
—¿Pero no se tardan meses en conseguir el permiso? —preguntamos
—No. Yendo a la oficina que tienen en Tesalónica ahora te lo dan para solo dos días después.
La tentación resultaba demasiado poderosa, de modo que partimos para Tesalónica y dedicamos esos dos días de espera a subir al monte Olimpo. Tres de nosotros hicimos vivac con los sacos en la cima, a 2.918 m, sobre un canchal de rocas fragmentadas por el hielo, pues deseábamos ver salir el sol en el mar desde lo alto de una cumbre tan mítica. Pero nuestro compañero Jaume Rosselló prefirió las bondades del cosmopolita refugio de montaña Spilios Agapitos y subir al amanecer.
Al día siguiente, ya en el Monte Athos, emprendimos la marcha desde Karyés con nuestros permisos de peregrinos sellados. Ascendíamos por un camino solitario, cada uno a su ritmo, separado de los demás y absorto en sus pensamientos. Curiosamente, y como comentamos aquella noche, esas reflexiones las protagonizaban mujeres que a cada uno le atraían de modo especial. ¿Cómo era posible eso en la Montaña Santa?
En el Monte Athos el peregrino es alojado y alimentado gratuitamente. Pero no todos los monasterios resultan igual de hospitalarios. En el siglo XX se viajaba sin reserva previa, así que en más de un monasterio nos dijeron: «estamos llenos, vayan a otro». Fuese cierto o no, eso obligaba a caminar una o dos horas más por senderos de montaña.
A veces las habitaciones para los visitantes estaban tan descuidadas o polvorientas que preferimos probar suerte en el siguiente. Pero en las tres noches que autorizaba el permiso disfrutamos de monasterios muy acogedores. Y en ninguno faltaba el café griego de bienvenida, acompañado por el vasito de tsipouro (aguardiente), a menudo destilado por los monjes, y el dado de loukuomi, esa gelatina frutal recubierta por azúcar glas.

Un servicio de pequeños barcos comunica los cenobios por vía marítima, pero lo habitual es atravesar la península por sus solitarios senderos. Las distancias entre los monasterios fluctúan entre 5 km (el trayecto mínimo) y 60 (Esfigmenou - Agios Paulos). Recorrer esos caminos seculares forma parte de la experiencia del Monte Athos. Estamos en el «jardín de la virgen» y la frondosa vegetación que trepa desde la misma orilla del mar teje su verde manto. En terrenos ganados al bosque o escalonados en terrazas, los monjes cultivan pacientemente los huertos, guían las parras, podan los rosales o conversan al pie de un ciprés venerable. El aroma de incienso que puede asaltarnos súbitamente en un recodo procede de los árboles de cuya resina se obtiene el benjuí.
Todos los viajeros alaban en algún u otro momento la comida, exenta de carne que pueda alimentar las pasiones, y con el pescado y el marisco reservados para los días de fiesta. Los platos vegetarianos incluyen huevos y queso, que procede del exterior. La pureza y la frescura de unos alimentos de auténtica proximidad (legumbres y verduras, aceitunas, pan, fruta, pasta, arroz…) evoca sabores de otros tiempos. El vino madurado en el Monte Athos también suele ser de notable calidad. En el refectorio, durante la tregua carnal concedida al estómago dos veces al día, un monje lee en voz alta las sagradas escrituras mientras la comunidad come con diligencia, santiguándose sobre la marcha cuando el texto así lo requiere. Con la cena no conviene demorarse lo más mínimo entre bocado y bocado, pues en cuanto finaliza la lectura del pasaje elegido ese día, de duración incierta, hay que abandonar la mesa.

Los monasterios son pequeñas fortalezas, con torres de defensa que antaño permitían guarecerse de los piratas. En el gran patio convergen el refectorio, las celdas y la hospedería. El phiale (lavamanos) y la fuente o pozo sagrado son otros elementos característicos. La iglesia ocupa el centro del conjunto y en torno a ella gravita la vida. Suele ser de planta cuadrada, rematada por una o varias cúpulas. Bajo ese esplendor arquitectónico, el monje cultiva una actitud receptiva, o femenina si se quiere, procurando entregarse a la voluntad divina. Cada jornada tiene ocho horas de rezo, ocho de labores y ocho de descanso.
Los tesoros visibles de la santa montaña son de muy diverso tipo. El monasterio de Vatopedi, segundo en la jerarquía tras el de la Gran Laura, posee una Geografía de Ptolomeo del siglo XII y se dice que sus puertas de bronce del siglo XI eran las de la iglesia de Santa Sofía en Bizancio. Más de diez mil manuscritos antiguos se conservan en las bibliotecas, ubicadas generalmente en las torres de homenaje. Las exquisitas miniaturas de los códices encierran probablemente más belleza y significado de lo que se puede asimilar en una vida. Los iconos de la Panagia Portaitissa (monasterio de Iviron) y la Panagia Koukouzélissa (Gran Laura) se consideran especialmente milagrosos. En ellos, oscuras vírgenes con el cuerpo revestido de oro o plata se dejan contemplar trasmitiendo una paz contagiosa.

Recordemos que ante el peso de la iconoclasia en Bizancio y la confrontación con el vecino Islam, el cristianismo ortodoxo tuvo que realizar una justificación casi metafísica de sus imágenes sagradas («el icono no representa: hace presente», se dijo en el Concilio de Nicea). Pero eso le permitió desarrollar un arte capaz de perdurar hasta los tiempos modernos. Todavía hoy, las imágenes de culto más antiguas y universales del catolicismo son de estilo bizantino.
El icono ha de ser verídico, en el sentido de no sugerir ilusiones ópticas como la perspectiva de profundidad o un cuerpo que proyecte sombra, dos recursos que el Renacimiento recuperó de la Antigüedad. Las líneas que delimitan los rostros tienen una cualidad gráfica a la vez límpida y sobrenatural. Los personajes parecen penetrados por una luz misteriosa y son símbolos en sí mismos: la Virgen puede evocar el alma en su estado de pureza primordial; el Niño, un germen de luz divina en el corazón.
Algunos monasterios están pintados con vivos colores. La torre roja de Filotheou, con su cúspide hexagonal puntiaguda, se antoja el sombrero de un personaje de cuento infantil y sus dos ventanales parecen ojos. El de Agios Pandeleimonos, con sus cúpulas verde brillante coronadas por cruces y sus paredes granate y amarillo limón, podría haber inspirado a los dibujantes de Disney. Cuando se admira Simonos Petra y sus siete pisos de terrazas suspendidas en el vacío, sobre unos contrafuertes que podrían alojar todavía más niveles, es fácil evocar el palacio tibetano del Potala. Por algo estamos en un estado monástico que se diría enrocado en la Edad Media.

¡La fe salva montañas! Sin ella, los monasterios del Monte Athos hoy tal vez se reformarían para acoger hoteles de lujo, cada uno con su gimnasio, su náutica y su piscina desbordante, un bufet de cocina internacional y un esmerado servicio de habitaciones.
Desde las terrazas de madera del monasterio de Grigoriou se podría saltar a un mar profundamente azul. Contemplando a mediodía desde una de ellas el centelleo del sol en la superficie del agua, le preguntamos al padre Simeone, un monje peruano, si nunca bajan a nadar.
—Nosotros nos bañamos en otros mares —responde con discreción.
Poco después, el padre Simeone señala resignado uno de los barcos turísticos que recorren el litoral a diario. Parten de Ouranopoli y Ormos Panagias, los puertos más cercanos, y sus pasajeros son mayoritariamente mujeres que escrutan los monasterios mediante prismáticos o catalejos. Por ley, deben navegar como mínimo a 500 metros de la costa.
Es verano y al amanecer nos despierta el rítmico golpeteo de la simandra, la tabla de madera que reemplaza a las campanas y marca las horas y los oficios en el Monte Athos. Este es su sonido:
Según la tradición, con ella convocó Noé los animales al Arca. Cual sombras presurosas, los monjes ocupan sus asientos y nosotros hacemos lo propio. Las salmodias tienen una cadencia de mantras y van aquietando la mente. Bajo su hipnótico ritmo, parece como si la acción y el pensamiento no fueran las principales capacidades humanas: existe también la atención tranquila. A intervalos regulares, un monje pasa y sacude el incensario ante cada asistente, envolviéndole en volutas de humo aromático. La experiencia nos transporta lejos y adentro al mismo tiempo. Y poco a poco se abre paso una de las enseñanzas arquitectónicas y espirituales del arte sagrado: los espacios interiores pueden ser infinitos.
—Tendrían que venir en Navidad. El invierno aquí es lo mejor del año —nos dice el padre Simeone.
Como esos días el sol se pone muy pronto, los monjes se levantan ocho horas después, antes de las dos de la madrugada, y proceden a las oraciones en común. Esa es quizá su apuesta más intrépida. Mientras el continente duerme, sumido en la noche y el frío profundos, ellos aprovechan ese momento de máxima quietud para velar y adentrarse en el misterio de la oscuridad, acaso en pos de una luz anterior a la del sol. No son físicos ni astrónomos, tal vez no distinguen entre lo exterior y lo interior. Pero les sostiene la amorosa negrura de María y les guía la imagen del Pantocrátor («todopoderoso» en griego), ese Cristo en Majestad, no crucificado, que representa el principio y el fin del universo y que, como una estrella polar, señala un rumbo desde la cúpula principal de esas antiguas naves.
En la mañana del cuarto día, un barco nos traslada de vuelta a Ouranopoli. Junto a la playa contigua al puerto, decenas de mujeres toman el sol en bikini. Algunas quizá tienen parejas que están recorriendo el Monte Athos (se admiten unos cien peregrinos ortodoxos al día) y ellas aguardan su regreso en esta localidad fronteriza. O tal vez hacen tiempo para subir a una embarcación como la que nos señaló el padre Simeone. Lo asombroso es que la escena a los cuatro nos resulta extraña, como si lo raro fuesen esos cuerpos tendidos en la arena y no el enclave que acabamos de abandonar. Pero esa sensación de marcianos recién desembarcados en una playa no tarda en desvanecerse. Pronto el universo femenino vuelve a llamar nuestra atención como solo él sabe hacerlo.
De regreso al trabajo en Barcelona, le cuento las vivencias del Monte Athos a mi amigo Fernando Torrijos, comentando que estaría bien que las mujeres tuviesen también la oportunidad de experimentar la vida espiritual sin hombres, en un espacio de ese tipo, abierto a la naturaleza y no recluidas forzosamente en un convento. Su osada respuesta me devuelve a la tierra:
—Sí, pero en cuanto corriese la voz de que existe un sitio así, con un montón de mujeres viviendo solas y en su mayoría vírgenes, habría hombres dispuestos a adentrarse en él a cualquier precio y sería muy difícil impedirlo.
Otros textos sobre Grecia de Josan Ruiz:
• Creta, la isla de Zeus y del Minotauro (cultura minoica)
• Viaje al corazón de la antigua Grecia (Delfos y el Peloponeso)








Mucho me ha gustado la descripción minuciosa de este monte misógino, donde pie femenino no holló nunca sus laderas. Pero algo en mi natural rebelde me dice que me gustaría mucho conocer la entraña de Athos, como si de la cocina vasca se tratara. Gracias, Terrés, tus crónicas viajeras son únicas.
Me ha encantado escuchar el sonido tan peculiar de la simandra. Por un momento me ha transportado a esa llamada a la atención y al rezo