Humboldt, el sabio enamorado de la Tierra
Hace dos siglos, Alexander von Humboldt demostró que la ciencia y el conocimiento del cosmos podían cautivar al gran público.

Ciudades, montañas, ríos, glaciares, bahías, parques nacionales, una poderosa corriente marina, un condado de California, la universidad más antigua de Berlín, el mayor espacio multicultural de esa ciudad... Más de un millar de lugares de la Tierra llevan el apellido de los hermanos Humboldt, también diversas especies animales y vegetales o un mar de la Luna. Pero Alexander, el menor de los dos hermanos y padre de la geografía como ciencia, no se consideraba geógrafo, sino más bien naturalista, físico, químico, geólogo, botánico... Con su saber polifacético intentaba mostrar la interrelación entre las fuerzas de la naturaleza y cómo influye el entorno en la vida vegetal y animal. Sus exploraciones e investigaciones, a las que se entregó con una pasión y energía extraordinarias, se enfocaban en descubrir «la unidad de la naturaleza».
La Enciclopedia de Diderot y d’Alembert se está acabando de publicar en Francia cuando en 1769 nace Alexander, en el seno de una familia aristocrática, en el castillo de Tegel, 30 km al noroeste de Berlín. El padre, un oficial nombrado chambelán de la princesa de Prusia tras la Guerra de los Siete Años, busca para sus hijos los mejores preceptores, afines a los ideales de la Ilustración. Pero fallece cuando Alexander tiene nueve años. El tutor Gottlob Christian Kunth será quien dirija en adelante la educación de los niños, asesorando a la madre, Elisabeth Colomb, y administrando la fortuna de la familia. Los chicos crecerán rodeados de excelentes profesores, pero en un ambiente donde el trabajo y el éxito sustituyen al cariño y los juegos.
A los 18 años, Alexander se hace amigo de Carl Ludwig Willdenow, que ha publicado un estudio sobre la flora de Berlín y acabaría dirigiendo el jardín botánico de la ciudad. El joven Willdenow contagia a Humboldt su fascinación por las plantas y por el estudio de su distribución geográfica. Aún resulta más influyente para él Georg Forster, bibliotecario de la universidad de Maguncia cuando Alexander lo conoce en 1788. Con solo 17 años, como dibujante, Georg había acompañado a su padre, el naturalista Reinhold Forster, en la segunda vuelta al mundo de James Cook. Tras volver de aquel periplo de tres años, Georg Forster publica A Voyage round the World, un libro que se considera el origen de la etnología y la moderna literatura de viajes y que influirá notablemente en Humboldt. Su prosa refinada y sus fieles descripciones de las culturas de los mares del sur, engarzadas con reflexiones y visiones de conjunto, muestran que se puede presentar un territorio y a los pueblos que lo habitan de forma veraz y apasionante.
En la primavera de 1790, Georg y Alexander parten en barco por el Rin rumbo a Bélgica y Holanda, y desde allí a Inglaterra. Como narra Douglas Botting en su magnífica obra Humboldt y el Cosmos (Ed. del Serbal):
«Para Humboldt ese viaje fue una revelación. Con Forster como guía nada escapaba a su minucioso examen: arte y naturaleza, pasado y presente, lo vivo y lo muerto, política y economía, fábricas y muelles, parques y observatorios... Todo era palpado y escudriñado, por así decirlo, con meticulosa atención. Y cuanto más observaba Forster a su joven discípulo, más cosas admirables descubría en él.»
Los cuadernos de notas de Humboldt no dan abasto. En Londres, conoce al astrónomo William Herschel, al botánico John Sibthorp y al físico y químico Henry Cavendish. También a sir Joseph Banks, que ha acompañado a Cook en su primera vuelta al mundo y posee el mayor herbario del planeta y una inmensa biblioteca botánica. De regreso, Georg y Alexander pasan unos días en París en torno al 14 de julio. La Revolución Francesa cumple entonces su primer año y sus ideales aún no se han malogrado. La libertad, la igualdad y la fraternidad bullen literalmente en las calles, no son un simple eslogan. Eso les cautivará para siempre y determinará su visión del mundo.
El sueño de Humboldt de conocer las tierras próximas al ecuador toma cuerpo tras ese viaje, en el que ve el mar por primera vez. Al año siguiente estudia en la Academia de Minería de Freiberg, en Sajonia, que atrae estudiantes de otros países por la calidad de la enseñanza y la reputación de su director, el geólogo Abraham Gottlob Werner. La hiperactividad de Alexander para el estudio y el trabajo a cualquier hora empieza a manifestarse: en sus ratos libres escribe un estudio en latín sobre la flora de Freiberg y en apenas ocho meses lo nombran inspector auxiliar, pasando por delante de los alumnos más veteranos.
Tras rechazar un trabajo burocrático en Berlín, en el verano de 1792 parte para realizar un informe sobre la geología y el estado de las minas en las Montañas de Fichtel, al este de Bayreuth, cerca de la actual frontera con Checoslovaquia. La calidad de su informe, entregado dos meses después, causa tal sensación que en solo dos días es ascendido a Inspector Jefe de Minas. En junio de 1793 se incorpora a su destino en Fichtel, explorando todos los pozos y galerías en jornadas extenuantes que empiezan de madrugada. Obtiene tantas toneladas de mineral de oro en su primer año como sus predecesores en los ocho anteriores. La producción de hierro, sulfato de cobre, cobalto, estaño, antimonio y alumbre potásico también se multiplica. En noviembre crea una escuela gratuita de minería para mayores de doce años en el pueblecito de Steben que costea de su propio bolsillo. Rehúsa el dinero que le envía el ministro von Heinitz al enterarse, proponiéndole que lo ceda a las familias en circunstancias difíciles por enfermedades o accidentes en las galerías. Inventa lámparas de seguridad y respiradores que protegen del polvo. Es muy querido en la región, cuyos paisajes le emocionan, y sus clases en la escuela se prolongan a veces hasta altas horas de la noche.
Pero Alexander sueña con ser explorador y las minas se le van quedando pequeñas. Rechaza incluso el cargo de Director de Minas en Silesia, con el que von Heinitz intenta en vano retenerle. Inspirado en Luigi Galvani, durante años realiza y publica miles de experimentos sobre la electricidad animal, aplicando dos electrodos de metales distintos no solo a los nervios y músculos de la pata seccionada de una rana o de un animal muerto para inducir contracciones, sino también en heridas de su propio cuerpo o en el alveolo de un diente recién extraído (tan espantoso experimento no depara los efectos anestésicos que busca, sino todo lo contrario). Cuando Alessandro Volta demuestra en 1795 que se puede producir electricidad sin usar tejidos animales, simplemente poniendo dos metales distintos en contacto con un paño húmedo o un líquido, Humboldt se avergüenza de no haber sido capaz de inventar la primera batería.

Su estudio de la flora de Freiberg le permite conocer a Goethe en 1794, y formar parte del reducido círculo de personas cuya presencia tolera el escritor. A su amigo el duque de Sajonia, Goethe le comenta cuán estimulante le resulta la compañía de Humboldt: «No podrías aprender tanto en los libros en una semana como con él durante una hora». Mientras que para Alexander, «estar con Goethe era como estar dotado de nuevos órganos».
La muerte de Elisabeth Colomb en noviembre de 1796 a causa de un cáncer de pecho cambia drásticamente la vida de Alexander, pues su madre ha legado una gran fortuna a sus dos hijos. En febrero de 1797 se despide para siempre de las minas. El mundo le está esperando y él quiere acudir a la cita.
Su primer impulso es viajar al sur de Italia para estudiar sus volcanes, luego a París para comprar material científico y embarcarse con él hacia las Antillas. Pero diversos sucesos, entre ellos las campañas de Napoleón, lo impiden. Pasa unas semanas en Viena estudiando el impresionante herbario de plantas raras y exóticas de los Jardines Imperiales de Schönbrunn y se relaciona con diversos científicos; luego parte hacia el Tirol, donde pasa el invierno aprendiendo con el geólogo Leopold von Buch a realizar todo tipo de mediciones magnéticas, geográficas y meteorológicas. Día y noche, haga el tiempo que haga, Alexander analiza y registra la presión atmosférica, la carga eléctrica del aire o su contenido en oxígeno y dióxido de carbono.
En la primavera de 1798 se dirige a París, donde constata que la gran misión científica de Napoleón a Egipto, en la que anhela participar, solo es la retaguardia de una invasión militar. La ciudad, sin embargo, es un hervidero de sabios y Humboldt entabla relación con varios de ellos. Un ídolo de su niñez, el navegante Louis Antoine de Bougainville, que tiene entonces casi 70 años, le propone enrolarse en la inminente expedición científica alrededor del mundo que prepara el gobierno francés: dos años en América, el tercero por el Pacífico intentando acceder al Polo Sur, el cuarto en Madagascar y el quinto en África occidental. Alexander casi enloquece de entusiasmo con la idea. Pero a última hora Bougainville es apartado del mando, que queda en manos de Nicolas Baudin, y la nueva guerra de Francia con Austria pospone el proyecto.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre. En el hotel Boston de París, donde se aloja, Alexander conoce a Aimé Bonpland, cuatro años más joven que él, que había servido a las órdenes de Baudin como médico en la marina de guerra. Bonpland es ante todo un botánico y enseguida los dos hombres se hacen amigos. Comparten la pasión científica, ideas liberales y el ansia por viajar. Se dirigen a Marsella con idea de acceder desde allí a Egipto y añadirse a la cohorte de investigadores que acompañan a Napoleón. Pero pasan semanas sin que aparezca el barco sueco que debía llevarles a Argel. Cuando se enteran de que está averiado en Cádiz y buscan otra embarcación, les llega la noticia de que las autoridades tunecinas están encarcelando a todos los pasajeros procedentes de puertos franceses. Y así fue como esos dos viajeros adelantados a su época parten a pie desde Marsella rumbo a Barcelona y entran en España a finales de 1798.
Hacen una excursión a Montserrat y visitan Tarragona y Sagunto, atraídos por sus ruinas romanas. La industria de Cataluña le recuerda a Humboldt la de Holanda. El paisaje agrícola de Valencia le provoca admiración. Con los modernos instrumentos que trae de París, Alexander determina las coordenadas geográficas de los lugares por donde pasa, observando, por ejemplo, que la posición de la ciudad de Valencia está desviada dos minutos.
En las pequeñas poblaciones la gente se agolpa para ver a ese extranjero que observa los cuerpos celestes con extraños artefactos; en ocasiones, le abuchean. Y si opta por hacer sus mediciones de noche para llamar menos la atención, los aldeanos dicen que está adorando a la Luna. El viaje hasta Madrid les lleva unas seis semanas. El embajador de Sajonia, aficionado a la ciencia, los pone en contacto con el secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo, y en marzo son presentados en la corte de Aranjuez al rey Carlos IV y a la reina María Luisa de Parma.
Humboldt declara sus intenciones de explorar el interior de las colonias españolas en América corriendo personalmente con los gastos de su expedición y los de su compañero Bonpland. Su experiencia con las minas y su buen castellano convencen a la corte. Para su sorpresa, reciben dos pasaportes que les abrirán todas las puertas del Nuevo Mundo, uno con el sello real y otro del Consejo de Indias. Les espera un territorio desconocido científicamente, cerrado durante siglos al comercio con otras potencias europeas, que abarca desde California al Cabo de Hornos y por el que viajarán durante los siguientes cinco años.

Camino del puerto de La Coruña, Humboldt completa su perfil topográfico de Valencia a Galicia, donde se evidencia que la Península Ibérica constituye esencialmente una meseta, vertebrada en su gráfico por la sierra de Guadarrama y hendida por la hoya del Bierzo. Como el embarque se retrasa, Humboldt y Bonpland pasan diez días coleccionando las plantas que han recogido en los hermosos valles gallegos, no visitados todavía por ningún naturalista, y estudiando las algas y los moluscos.
La corbeta Pizarro que les lleva a La Habana consigue esquivar las dos fragatas y el buque de línea británicos que bloquean el puerto de La Coruña. Y también, gracias a la niebla, los cuatro que impiden la entrada al de Santa Cruz de Tenerife, adonde llegan el 19 de junio. El capitán tiene orden de detenerse para que puedan subir al Teide, pero ante la amenaza que suponen las naves inglesas solo les concede 4 o 5 días. Humboldt y Bonpland aprovechan el tiempo: ascienden a La Laguna, recorren el fértil valle de La Orotava (donde Humboldt cuenta desde 2010 con una estatua en el mirador que lleva su nombre) y visitan el jardín botánico próximo al puerto, rico en especies tropicales, creado diez años antes.

En su ascensión al Teide vivaquean sobre piedras calentadas en una hoguera a tres mil metros de altura, sin sospechar, como escribe Humboldt, «que un día residiríamos en ciudades más elevadas que la cima del volcán que nos proponíamos escalar el día siguiente». En el tramo final de la ascensión, los guías que han contratado se echan a descansar cada poco rato. Nunca han subido realmente a la cumbre y se empeñan en tirar los fragmentos de obsidiana y piedra pómez que los científicos han recogido cuidadosamente. El volcán ha hecho erupción justo hace un año, en la ladera del Pico Viejo. Ateridos de frío, coronan la cima a las 8 de la mañana. Los gases sulfurosos del cráter les agujerean las ropas y el suelo caliente les quema el calzado. Introducen termómetros en diversas grietas por las que brota vapor y observan las distintas coladas y tipos de lava. En el descenso, completan sus observaciones de cómo varían la vegetación y la temperatura en función de la altitud.
Ese fue el preludio español del gran viaje de Humboldt y Bonpland por el continente americano. En los siguientes cinco años se moverán por él sin que los contratiempos o las penalidades debiliten su pasión por el trabajo. No llegan con el Pizarro a Cuba, pues un brote de tifus en el barco les hace desembarcar en Cumaná, al este de Venezuela. La tierra tropical les acoge y les deslumbra desde el primer instante. En ese mundo exótico y nuevo experimentan una especie de éxtasis sensorial. Cualquier elemento del caleidoscopio de formas y colores en el que centran su atención les absorbe. Y los aldeanos están tan fascinados con sus instrumentos científicos como ellos con la historia natural del lugar. Cada noche acuden a su casa de Cumaná visitantes deseosos de ver las manchas lunares con el telescopio o los distintos piojos que se sacan del cabello con el microscopio.
Al cabo de unas semanas parten para sus exploraciones en canoa, adentrándose en la cuenca del Orinoco. Tras una ardua navegación, acribillados por los mosquitos, comprueban que la conexión del río Negro y el Amazonas a través del río Casiquiare no es una entelequia. En Esmeralda son los primeros blancos en desentrañar el misterio de la elaboración del curare, el veneno vegetal que mata silenciosamente mediante las flechas y dardos impregnados en él. «Mejor que su estruendoso polvo negro, el jabón y cualquiera otra cosa que ustedes puedan hacer en su lado del océano», dice con orgullo el químico indígena que les hace la demostración, en una cabaña limpia y ordenada como un laboratorio. Tras asegurarse de que no le sangran los labios ni las encías, Humboldt prueba el curare y anota que el sabor es «agradablemente amargo».

De vuelta a la costa embarcan para Cuba con idea de dirigirse a Estados Unidos. Pero en La Habana reciben noticias de que la expedición de Baudin alrededor del mundo ha zarpado de Francia. Decididos a unirse a ella en Lima, cambian de planes y en los siguientes dos años exploran los Andes y las selvas de lo que hoy es Colombia, Ecuador y Perú. Llegan a Bogotá con Bonpland enfermo de malaria. Durante dos meses se alojan en la casa que les proporciona el médico y sacerdote gaditano Celestino Mutis, estudioso de la quinina y pionero en los ensayos de una vacuna contra la viruela. Mutis pone a su disposición su extraordinaria biblioteca botánica (solo inferior a la de sir Joseph Banks en Londres), su colección de 20.000 plantas y las primorosas láminas realizadas por su equipo de treinta artistas, que dirige Salvador Rizo y con virtuosos como Francisco Javier Matís, «el mejor ilustrador botánico del mundo» según Humboldt.
En Quito, Humboldt sube al volcán Pichincha y junto a Bonpland y el ecuatoriano Carlos Montúfar emprende la ascensión de Chimborazo (6.363 m), considerado entonces la montaña más alta de la Tierra. Pero tienen que desistir al alcanzar los 5.875 m debido al mal de altura. Al descender les llega la noticia de que la expedición de Baudin zarpó rumbo a Asia y, por tanto, no pasará por Lima.

Las obras públicas del pueblo inca fascinan a Humboldt. Constata que en los Andes el ecuador magnético se desvía notablemente hacia el sur. El alineamiento de los volcanes le permite deducir que estos emergen a lo largo de profundas grietas de la corteza terrestre y que ese empuje contribuye a la creación de las cordilleras. Plantea que originalmente Sudamérica y África debieron estar unidas, anticipándose en más de un siglo a la teoría de la deriva continental de Alfred Wegener. Envía muestras de guano a París para su análisis, puesto que ese abono que emplean los agricultores peruanos le parece muy superior al estiércol de corral europeo. Pero, al igual que la esclavitud en Cuba, le abruman la miseria y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno que reinan en Lima, tan distintos de lo que se respira en el resto de Perú. Observando el paso de Mercurio delante del Sol determina con precisión el ángulo del meridiano del puerto del Callao. En el barco rumbo a Guayaquil, mide la velocidad y la temperatura de la fría corriente marina que en el futuro, y para su pesar, llevará su nombre.
El año que pasan en México es el más tranquilo de la expedición. El virrey le otorga libre acceso a los archivos y Humboldt frecuenta las bibliotecas, elaborando su Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, escalando y midiendo volcanes o visitando las minas de Taxco, Real del Monte y Guanajuato. Luego parten para La Habana y de allí a Washington. En esa nueva y esquelética capital con menos de cinco mil habitantes, Humboldt pasa varios días invitado en la residencia del presidente Thomas Jefferson, hombre muy versado en ciencia. Estados Unidos acaba de comprar Luisiana a Francia, duplicando el tamaño del país, y Jefferson tiene en mente prolongar esa expansión hasta el Pacífico. Los mapas y la información sobre el Reino de Nueva España que el locuaz Humboldt le facilita resultan pues de su máximo interés.
Humboldt y Bonpland arriban a Burdeos en agosto de 1804 y, tras pasar la cuarentena en el puerto, son recibidos en París como héroes. Sus 45 cajas de muestras incluyen 60.000 plantas de 6.000 especies, la mitad de ellas desconocidas, junto a amplias colecciones geológicas, zoológicas y etnográficas. Han recorrido 10.000 km a través de profundas selvas y elevadas cordilleras, empresa en la que Humboldt ha gastado más de un tercio de su fortuna. Los siguientes veinte años Alexander vive en París, dando forma a todo lo observado y anotado en el curso de la expedición. Así ven la luz los treinta volúmenes de su Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, escritos con la colaboración de Aimé Bonpland y editados por él mismo.
En su etapa parisina, Humboldt se mantiene en contacto con los científicos más ilustres. Aconseja a jóvenes talentos que le visitan e incluso les apoya económicamente. Conforme avanza la publicación de su obra, sueña con una nueva gran expedición: ir desde Persia al Pamir y al Tíbet, cruzar el Karakorum y el Himalaya, recorrer la India de norte a sur y a continuación embarcar para Ceilán, Malasia, Java y Filipinas, regresando a Europa por América. El summum de esa odisea lo constituiría el Himalaya, entonces un gran espacio en blanco en los mapas. Viaja dos veces a Londres en 1817 y 1818 con ese objetivo, tocando todas las teclas diplomáticas. Pero la Compañía Británica de las Indias Orientales se opone tajantemente al proyecto.
En el otoño de 1822, el rey Federico Guillermo III de Prusia acude al Congreso de Verona y Alexander le acompaña en calidad de chambelán (desde 1805 recibe una asignación como tal, aunque se le permita vivir en París). Visitan luego Venecia y Nápoles y ascienden al Vesubio con una comitiva 300 personas. Tres meses después regresa con el monarca a Berlín. Su hermano Wilhelm, que fundó en 1810 la primera universidad de la ciudad y ha reformado el castillo familiar, vive absorto en sus estudios lingüísticos, decepcionado ante la política reaccionaria que reina en Prusia y el resto de Europa. Llevaban unos quince años sin verse y Alexander retorna melancólico a París.
Humboldt ha dilapidado su fortuna y desde ese momento hasta su muerte en 1859 vivirá de la paga que recibe como chambelán del rey de Prusia. Eso le obliga a viajar a menudo de París a Postdam, al sudoeste de Berlín, donde se halla la corte. En 1827, al concluir la publicación de sus libros sobre el periplo americano, Federico Guillermo III, deseoso de conocer la opinión de Humboldt sobre cualquier tema desde que viajaron por Italia, le exige residir en Alemania.
Prusia es entonces un estado oligárquico y policiaco, con un ambiente ultraconservador. Numerosos profesores están bajo arresto, las asociaciones de estudiantes han sido disueltas y los alumnos pueden denunciar a los maestros. Comparada con París, Berlín es una ciudad pequeña. Los mejores científicos viven en lugares dispersos, entregado cada uno a su especialidad. No se da esa polinización cruzada de mentes que tanto estimula a Humboldt.
En su primer invierno en Berlín, Humboldt se dedica a dar conferencias en la universidad describiendo el cosmos y la Tierra. Impartirá 61, al principio dos por semana y luego una al día. Tiene tanto éxito que algunas se repiten en la sala de conciertos de la ciudad. La familia real ocupa los palcos; funcionarios del Estado, militares, damas y hombres de letras llenan el patio de butacas; profesores, estudiantes y ciudadanos comunes se sientan en el foso de la orquesta. Su amenidad cautiva cada semana al auditorio. La ciencia, contra la que existen muchos prejuicios, de pronto resulta tan atractiva como los mayores espectáculos. En el verano siguiente, el rey aprueba la sugerencia de Humboldt de que se celebre en Berlín un gran congreso al que asisten 600 científicos de Alemania y representantes de otros países. La iniciativa supera las mejores expectativas y será imitada en Gran Bretaña, Italia, Estados Unidos y Francia.
A los 60 años, en abril de 1829, Humboldt parte de viaje a Siberia. Lo hace invitado por el zar para estudiar la minería y la geología de los Urales. Le acompañan en el carruaje el joven profesor de química y mineralogía Gustav Rose y el zoólogo y microscopista Christian Gottfried Ehrenberg. En un segundo coche, su ayuda de cámara Johann Seifert cuida los baúles con los instrumentos científicos. La nieve se extiende hasta donde alcanza la vista y los bloques del deshielo zarandean las balsas en que cruzan los ríos. La recepción en San Petersburgo es abrumadora. El zar Nicolás I le atiende como huésped personal y pasa tres semanas compartiendo mesa con él. En Nizhni Nóvgorod embarcan los carruajes para descender por el Volga hasta Kazán, una ciudad musulmana de 50.000 habitantes. Durante un mes realizan largas caminatas por los Urales, visitando minas de hierro, cobre, malaquita, berilo, topacio, oro, platino… Y se cumple la predicción de Humboldt (basada en que en Brasil los diamantes se asocian con yacimientos de platino y arenas auríferas) de que pueden hallarse diamantes en esa cordillera. Tras cruzar el Obi, a finales de agosto llegan a las orillas del Irtish, en la zona donde hoy convergen las fronteras de China, Mongolia y Kazajistán. Al sur se elevan las grandes cordilleras de Asia que Humboldt siempre soñó con explorar. Pero han de regresar antes de que el invierno lo impida. Estudian la microbiología de las aguas del Mar Caspio, llegan a Moscú y luego a San Petersburgo. «Dondequiera que vaya, usted difunde una influencia vivificadora», le dice el zar, que es de nuevo un muy generoso anfitrión. En ese viaje de seis meses han recorrido 15.600 km, utilizando más de 12.000 caballos en 658 postas.
En 1835 fallece su hermano Wilhelm en el castillo de Tegel, probablemente de Parkinson. «Nunca pensé que mis viejos ojos pudieran derramar tantas lágrimas. Esto se ha prolongado ocho días», escribe Alexander a su amigo, el escritor Varnhagen von Ense, con quien comparte su antipatía por el gobierno reaccionario.

Con 70 años, Humboldt sigue tan activo como siempre. Pero en la corte de Postdam, adonde ya acude en ferrocarril desde Berlín, se reclama su presencia. Tiene que asistir al desayuno de los príncipes, comer con la familia real y acompañar al rey cuando este lo requiere. Sus estancias oficiales en París suponen un respiro y le permiten ver a otro de sus mayores amigos, el astrónomo y matemático François Arago.
Aparte de mantener una prolífica correspondencia, ha empezado a consagrar sus energías y el tiempo que le dejan las obligaciones en la corte a elaborar su obra más ambiciosa: Cosmos. Con ella quiere sintetizar su visión de la naturaleza como un todo y del ser humano como un elemento más de ese conjunto interrelacionado. Entretejiendo las diversas ramas de la ciencia, Humboldt describe en los volúmenes de Cosmos desde el interior de la Tierra a las comunidades vegetales que sustenta, de la Vía Láctea a la vida microscópica. Grandes especialistas revisan las distintas secciones, mientras Varnhagen von Ense aporta su agudeza literaria. «Los mayores defectos de mi estilo —le escribe Humboldt— son una desgraciada propensión a las expresiones poéticas, un uso demasiado frecuente de participios y adjetivos, y una concentración excesiva de opiniones y sentimientos en una sola frase».
Humboldt escribe Cosmos en una carrera contra el tiempo. El primer volumen aparece en 1845, a sus 76 años. El cuarto en 1858, cuanto ha cumplido 89. El quinto se publica después de su muerte. La obra, cuyo embrión son las conferencias que impartió en Berlín, tiene también una excelente acogida. El primer libro se agota en dos meses. En 1851 llevaba vendidos 80.000 ejemplares.

Pero desde 1840, con la llegada al trono de Federico Guillermo IV, Humboldt cuenta con menos tiempo para escribir. El nuevo monarca busca la compañía de Alexander incluso más que su padre: ha de mudarse al nuevo palacio de Charlottenhof y comer en privado con el monarca. Por la tarde, lee libros o periódicos a la reina con un candelabro mientras esta hace punto. Cena después con el rey, que le interroga sobre las cuestiones más dispares, como si Alexander fuese una especie de Wikipedia parlante o inteligencia artificial avant la lettre.
Una década más tarde, tras su 80 cumpleaños, celebrado en el castillo de Tegel, le confiesa a su amigo François Arago:
«Llevo una vida triste y monótona en medio de tanto alboroto. No voy a explicar los motivos de mi asco y malestar intelectual. Mi salud y mi capacidad de trabajo se conservan maravillosamente a pesar del frío —por debajo de 27 °C— y los interminables viajes de servicio a Charlottenburg. Las horas nocturnas son las únicas tranquilas. Trabajo desde las 9 de la noche hasta las 3 de la madrugada. Rara vez me acuesto antes de las 3, pero duermo más de lo que acostumbraba, generalmente hasta las 7 o las 8. No me siento más fuerte, ni mucho menos, si duermo ocho o nueve horas, lo que sería completamente posible porque aún puedo dormir cuando quiero, incluso durante el día. Lo que observo es una pérdida de la firmeza del movimiento muscular. Puedo permanecer de pie tres o cuatro horas sin sentirme cansado pero ya no me siento seguro cuando estiro la mano para alcanzar los libros desde la escalera, cuando bajo una escalinata muy inclinada o cuando subo a un carruaje muy alto.»
Su retiro de la vida pública tras el colapso mental del rey en 1857 lo libera de servidumbres. Aún puede leer letra pequeña sin lupa, pero un día sufre un leve ataque al corazón: «una tormenta eléctrica en los nervios, quizá solo un relámpago», dice. Al químico Robert Bunsen le escribe: «No es nada agradable experimentar una pérdida gradual del fósforo del pensamiento, o una pérdida de peso en el cerebro como diría la nueva generación. Pero no disminuye mi coraje ante el trabajo».
El 19 de abril de 1859 su criado Seifert lleva el manuscrito del quinto volumen de Cosmos a los editores. Dos días después se acuesta en la cama para no levantarse más. Es consciente de que su vida se apaga rápidamente. Fallece tranquilo, de muerte natural, el 6 de mayo. En septiembre habría cumplido 90 años. Su sobrina Gabriele von Bülow y su cuñado el general von Hedemann, que le acompañaron en esos días finales, encuentran en la mesita de noche un papel donde ha escrito una frase del Génesis:
«Así fueron acabados los cielos y la tierra y todo su cortejo.»

Humboldt verificó que en la Tierra todo pulsa y cambia a cada instante, en respuesta a lo que sucede. Sentó así los pilares de la ecología e influyó notablemente en Darwin, cuya obra El origen de las especies se publicó meses después de su muerte. En un mundo de especialistas, donde el saber empezaba a compartimentarse cada vez más, él priorizó los nexos, la visión de conjunto. Y la ofreció aunando con maestría el relato y las ilustraciones, acompañados de mapas y gráficos innovadores. Probablemente se habría entendido bien con los sabios presocráticos griegos, para quienes la filosofía y la ciencia eran indistinguibles. Y así escribió:
«En los bosques amazónicos o en las cadenas de los Andes, siempre fui consciente de que un mismo hálito palpita de polo a polo e insufla una única vida en las rocas, las plantas, los animales y en el hinchado pecho del hombre.»
Han transcurrido más de dos siglos desde que Humboldt emprendió su casi quijotesca aventura, barómetro en ristre, a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo, con algunos capítulos memorables en la Meseta ibérica. El mapa de España se ha reducido hasta unas dimensiones bastante más razonables. Pero, como Humboldt, hoy podemos visitar en Tenerife el Jardín Botánico de Puerto de la Cruz, subir a pie al Teide (aunque haya teleférico), emocionarnos ante la belleza de un paisaje y observar cómo interactúan los distintos seres vivos con el espacio que los acoge.
En diciembre de 2020 se inauguró en Berlín el nuevo icono de la ciudad, el Humboldt Forum. Este centro cultural de 30.000 metros cuadrados absorbe el Museo Etnológico de Berlín y el de Arte Asiático; ocupa el edificio reconstruido del Palacio Real, frente a la Isla de los Museos, y está dedicado a los dos hermanos que tanto contribuyeron al desarrollo de la educación en su país y en el resto del mundo.








Gracias por acercar la sabiduría y el humanismo de ese gran hombre. Es un descubrimiento.