Borobudur, la perla de Java
Con la luna llena del 12 de mayo de 2025, el mayor templo budista del mundo celebró el nacimiento y la iluminación de Buda en la gran ceremonia del Vesak.
Como Machu Picchu, Angkor o las pirámides, Borobudur es uno de esos prodigios en piedra que desafían la imaginación y testimonian el esplendor de antiguas civilizaciones. Este impresionante templo budista se alza en el paisaje tropical de la llanura de Kedu, en el centro de la isla de Java. Dos parejas de conos volcánicos (Merapi-Merbabu y Sumbing-Sundoro) lo guarnecen por el norte, y entre ambas fluyen los ríos Progo y Elo. El monumento más visitado de Indonesia fue erigido entre los años 780 y 830 por la dinastía de los Sailendra («señor de la montaña» en sánscrito), que procedía de la isla de Sumatra, sede del imperio talasocrático de Srivijaya. Ese reino de navegantes controlaba el comercio en Sumatra, la península de Malaca y las costas de Tailandia, Camboya y Vietnam, y llevó su cultura incluso a Madagascar, a más de 5.000 km de distancia.
Borobudur es una pirámide colosal, de 123 metros de lado y 35 de alto, escalonada en nueve niveles. La corona un gran pináculo en forma de campana. Se trata de un templo que reviste por completo una colina. No es posible por tanto adentrarse en él, solo contornearlo y ascender por sus terrazas. Tres poderosos símbolos que el budismo tomó del hinduismo se integran en su forma: la estupa, el monte Meru y el mandala.
La estupa consistía en su origen en un túmulo de piedras que marcaba una encrucijada de caminos y albergaba cenizas o reliquias. Tradicionalmente estos monumentos circulares se rodean en el sentido de las agujas del reloj. Borobudur puede considerarse el mayor de todos ellos en el mundo.
El monte Meru, cuya forma evocan muchos templos de la India y el Sudeste Asiático con una estructura piramidal maciza, es la montaña arquetípica por excelencia. También, el eje cósmico en torno al cual giran los diversos mundos y por el que se comunican los distintos planos del universo, desde el físico al metafísico o espiritual.
Un mandala es un círculo inscrito en un espacio cuadrado que integra el macrocosmos y el microcosmos y sirve como vehículo para concentrarse al meditar. Contemplado desde el aire, Borobudur muestra su forma de mandala tridimensional.
VICISITUDES DE UNA RECONSTRUCCIÓN
Ante el empuje de la dinastía hinduista de los Sanjaya, constructora de los cercanos templos de Prambanan, probablemente como réplica al de Borobudur, en el año 928 la corte de los Sailendra tuvo que retirarse de Java y retornar a Sumatra, apenas un siglo después de haber concluido la edificación. Pero la gigantesca estupa siguió atrayendo peregrinos y estudiantes de budismo de Asia. A partir del siglo XV, gran parte de la población de Java se convirtió al islam y las erupciones del Merapi y la selva cubrieron Borobudur hasta ocultarlo casi por completo.
A principios del siglo XIX, durante los cuatro años en que los británicos arrebataron Java a los holandeses, su gobernador, Thomas Stamford Raffles, mostró gran interés por la cultura autóctona. Raffles, cuyo apellido nombra a la rafflesia, una flor gigantesca, organizó varias expediciones y animó a los isleños a que le trajeran antigüedades. En 1814 le contaron que al noroeste de Yogyakarta, en el valle de Kedu, un enorme templo derruido inspiraba una reverencia supersticiosa. Raffles dispuso una partida para encaminarse allí pero, dados sus compromisos, la delegó en el ingeniero holandés Harmanus Christian Cornelius.
Cuando H.C. Cornelius llegó a Borobudur en 1814 halló una montaña de piedras y maleza. Con ayuda de doscientos hombres, tardó más de dos meses en quemar y despejar la vegetación que cubría el paraje. La existencia de los templos de Angkor en Camboya no tuvo repercusión en Europa hasta 1860, por eso Borobudur constituyó el primer gran hallazgo arqueológico de los occidentales en el Sureste Asiático.
Las excavaciones se prolongaron a lo largo del siglo XIX y en ese periodo Borobudur sufrió más daños que en todo el tiempo en que permaneció abandonado. La tierra y la vegetación acumulada en los pasillos protegían el templo de la erosión. Al retirarla, comenzó el saqueo de las estatuas de Buda y de los bajorrelieves. El efecto del calor y los aguaceros (la zona recibe unos tres mil litros de lluvia al año) socavó a su vez la masa de tierra del monte que sustentaba el conjunto, con lo que muchas piedras y paredes empezaron a perder estabilidad.
Los constructores de Borobudur ya tuvieron que afrontar ese problema en el pasado. En 1885, Jan Willem Yzerman, presidente de la Sociedad Arqueológica de Yogyakarta, observó que debajo de la gran plataforma inferior también había paneles esculpidos. ¿Por qué se habían recubierto más tarde con un inmenso anillo de piedras? Probablemente, para aportar un cinturón de refuerzo a la colina y evitar que el monumento se abriese y se viniese abajo. Al retirar esa protección, salieron a la luz 160 bajorrelieves labrados con todo tipo de escenas placenteras o dolorosas. La función de ese primer nivel de esculturas que hallamos hoy al visitar Borobudur, el zócalo de la estupa sobre el que se asientan los otros ocho pisos, es ilustrar la ley del karma. Según ella, como en una partida de ajedrez, cada decisión y cada movimiento en la vida tiene algún tipo de repercusión y condiciona el desenlace.

La primera reconstrucción de Borobudur se llevó a cabo a principios del siglo XX. Se logró apuntalar los muros, pero la situación continuó siendo crítica debido a la erosión y el expolio. El traspaso del monumento a la nueva Indonesia en 1949, una vez que los Países Bajos reconocieron su independencia, tampoco permitió frenar su deterioro.
En 1975, tras años de negociaciones con la Unesco, se puso en marcha un ambicioso programa de reconstrucción. Las terrazas inferiores fueron desmanteladas piedra por piedra (más de un millón y medio de rocas) y colocadas de nuevo en su posición original, pero esta vez unidas con argamasa. Las que estaban expuestas al exterior se protegieron con productos químicos de los microorganismos que atacan la roca en un ambiente tropical. Se instaló un complejo sistema de drenaje y los 1.460 paneles con bajorrelieves fueron reparados con técnicas pioneras para la época. Las obras se prolongaron casi una década. Los especialistas vivían en el hotel Manohara, que hoy permite alojarse dentro del recinto y acceder a él antes de que se abra al público a las 6 de la mañana. En 1991, la Unesco designó el monumento Patrimonio de la Humanidad.
LOS TRES MUNDOS DE LA GRAN ESTUPA
Es interesante tener presente la historia de Borobudur al visitarlo, pero aún más apreciar la experiencia que propone este monumento único. Circunvalar sus nueve planos o niveles ascendiendo en espiral implica caminar casi 5 kilómetros. Y lo que muestra este mandala en tres dimensiones es un mapa o una guía de la evolución de la conciencia. Cada terraza surge a partir de otra y revela una perspectiva más elevada, no solo del paisaje, sino ante todo del plano de la existencia representado en sus bajorrelieves.
Borobudur ayuda a visualizar los tres niveles en el camino a la iluminación según el budismo. El primero, Kamadhatu, el mundo de los deseos, los placeres y los sufrimientos terrenos, es el protagonista del zócalo que descubrió J.W. Yzerman bajo un gran contrafuerte de piedra. Las escenas de sus paneles son tan precisas que permiten identificar plantas y atestiguan que el cultivo tradicional del arroz apenas ha cambiado en Java. En ese universo de abundancia y alegres celebraciones, los barcos de la dinastía Sailendra llevan especias y maderas valiosas al Sudeste Asiático y la India. Pero también presenciamos escenas de enfermedad y otras donde las personas son severamente castigadas por sus acciones.
Las siguientes cinco terrazas de Borobudur, todas ellas cuadradas, ilustran lo que se conoce como Rudadhatu: el mundo de las formas. Hallamos aquí la vida de Buda plasmada en 1.300 paneles de andesita y 432 estatuas suyas (4 x 108, principal número sagrado del hinduismo y el budismo). Representan incluso las encarnaciones que precedieron a su nacimiento como príncipe Siddharta, tras el sueño premonitorio de su madre Maya («ilusión» en sánscrito), quien falleció siete días después de dar a luz. Y, cómo no: la salida de Siddharta de la jaula de oro de su palacio y sus sucesivos encuentros con un anciano, un enfermo, un muerto y un monje que desencadenaron su viaje espiritual sin retorno.
Los paneles revelan que, ante cualquier circunstancia en una de sus encarnaciones terrenales, incluso bajo la forma de un animal, Buda siempre responde con una buena acción. Eso no genera una recompensa en sí, pues esta radica en el mero hecho de hacerla. Pero la repetición al realizar el bien resulta esencial. Con ello, Buda acumula méritos, realizaciones o sabiduría en cada vida para llegar bien preparado a su encarnación final.
Al ascender por las cinco terrazas cuadradas de Rudadhatu, el ser humano sigue vinculado al mundo de los deseos, representado en el zócalo, pero ante él se abre gradualmente la perspectiva de purificarse y mejorar. Y así accedemos a la expansión que propician los tres pisos circulares superiores, donde se representa Arupadhatu, el espacio sin forma en sánscrito.
El contraste entre las seis plataformas cuadradas inferiores, con su mundo fenoménico reflejado en 2.520 m2 de bajorrelieves, y el escenario sin límites de las superiores es uno de los grandes logros de los arquitectos de Borobudur. Setenta y dos estupas perforadas a modo de celosías, cada una alojando una estatua de Buda en meditación, forman tres círculos escalonados en torno a la estupa central que corona el monumento. Se afirma que originalmente estaban recubiertas de oro. En el horizonte se perfilan los volcanes y se extienden los arrozales de este vergel de Java, pero la mirada se prenda de los distintos budas y sus expresiones de beatitud, que realizan gestos rituales con las manos (mudras). Algunos tocan la tierra como símbolo de argumentación (bhumisparsha). Tres dedos extendidos expresan warada: generosidad, caridad, concesión de deseos. Dhyana (meditación) prolifera en la parte oeste. Abhaya, la palma extendida y vertical, con los dedos algo inclinados, es un gesto que transmite tranquilidad, ausencia de miedo, bendición. Se puede probar a reproducir esos mudras con las manos.
Siglos antes de que las grandes catedrales europeas representasen con sus frescos las almas afligidas del infierno o los beatíficos seres que se ganaron el cielo, Borobudur plasmó en piedra la cosmovisión budista. Y como las catedrales, también cuenta con imponentes gárgolas para evacuar el agua. Las fieras reconvertidas en bocas de desagüe y guardianes espirituales del templo son en este caso los monstruos marinos denominados makaras.
La gran estupa se halla muy próxima a otros dos pequeños templos de la llanura de Kedu: Pawon y Mendut, situados en línea recta. El de Mendut, donde sí se puede entrar, tiene un monasterio cercano con alojamientos sencillos y acoge una estatua de Buda sentado al estilo europeo, con los pies sobre un loto. Sus manos muestran el mudra dharmachakra, que pone en marcha la rueda de la enseñanza. Le acompañan Avalokitesvara, el bodhisattva de la compasión, y Vajrapani, el bodhisattva «que sostiene el rayo».
LA GRAN FIESTA DEL VESAK
En 2025, con la luna llena del lunes 12 de mayo, tuvo lugar en Borobudur el Vesak, la gran celebración que conmemora el nacimiento, la iluminación y muerte de Buda. Ese día los fieles acuden a los templos para hacer ofrendas y se considera que los méritos de las prácticas espirituales se multiplican cientos o miles de veces.
Dos jornadas antes, los monjes fueron a buscar el agua sagrada a la fuente del río Progo, próxima al monte Sundoro, y fuego al volcán Merapi, el más activo de Indonesia. El lunes se reunieron antes del amanecer en el templo de Mendut junto a los peregrinos y pasaron en procesión frente al de Pawon para llegar a Borobudur poco antes de las nueve de la mañana. A las 11:30, tras varias alocuciones y meditaciones, realizaron tres circunvalaciones rituales a Borobudur. Al anochecer, infinidad de farolillos encendidos volaron hacia el cielo.
Se cuenta que próximo a morir, ante la tristeza de su discípulo Ananda, Buda aconsejó no llorar por la desintegración de su cuerpo físico, sino considerar sus enseñanzas como lo único no sujeto a la ley del cambio. Así es, de hecho, como se espera que un budista viva o celebre el Vesak: no tanto con ofrendas como reiterando su determinación para acrecentar su conciencia, practicar la bondad amorosa y trabajar para traer paz a la humanidad.
A pesar del flujo de turistas, de Borobudur, como de otros lugares sagrados, se suele retornar más lúcido y en paz con el mundo de como uno llegó. Para eso a fin de cuentas se construyó este monumento, sin escatimar en la empresa conocimiento, arte, esfuerzo ni medios.







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