Rift Valley, la gran fisura de África
Una grieta inmensa está desgajando el extremo oriental de África. Y en ese espacio empezó el ser humano su andadura por el planeta.
Hay paisajes ante los que solo cabe la rendición. Al carecer de límites, nos hacen olvidar los nuestros. Al transmitir ante todo libertad, nos cautivan. Al escenificar el paraíso, insinúan que la nostalgia del edén podría tener sentido. El Gran Valle del Rift, en África, despierta ese tipo de sensaciones. El cuadro es inmenso y escapa de cualquier marco. Los hombres pueden gozarlo, pero apenas modificarlo.
En los majestuosos escenarios del Rift, la lección entra por los ojos: cuando el ser humano era nómada y pasaba de puntillas por el paisaje, a su espíritu y a la Tierra les iba mejor. Felicidad, nostalgia. Contemplando las llanuras herbáceas, rebosantes de vida y misterio, el sedentario añora la belleza a que la humanidad renunció.

Los ojos no dan abasto en el Rift. Tienen que disfrutar cada salida y cada puesta de sol como el milagro que son, embeberse de cielo y de horizonte, aguzar la vista, escrutar el paisaje donde aguarda la sorpresa. La naturaleza recupera así el poder que tiene en los cuentos. Es el lugar donde pasan las cosas y, sobre todo, la morada de los animales, que son los protagonistas de todas las historias.
Los paisajes del Rift no se borran de la retina aunque una cámara no tenga suficientes píxeles para abarcarlos. De pie, junto a un acantilado de 600 metros de alto, vemos desplegarse abajo una llanura infinita, verde o amarilla según la estación. Se diría que nada puede interrumpirla. Sin embargo, 50 km más allá, entre la bruma azul, emerge otra cornisa vertical, hermana de la nuestra. No se adivinan los extremos de ese corredor. Es un paisaje tan regular que podría parecer artificial. Pero su grandeza disipa cualquier duda: los seres humanos no pueden hacer obras de esa magnitud.
En ese dilatado espacio nada provoca sensación de tensión. Nadie ha arado el suelo ni modificado trabajosamente su faz. Los esbeltos volcanes parecen haber estado ahí desde siempre, como venerables baobabs, surgidos por germinación espontánea más que por la violencia del fuego. Una ristra de enormes lagos ocupa lechos creados por cataclismos que hundieron el terreno, pero solo inspiran placidez.
Otro tanto ocurre con el macizo del Ngorongoro y el cráter del mismo nombre, en Tanzania. Esa caldera perfecta de 20 km de diámetro, la mayor del planeta, se formó hace unos dos millones de años al hundirse un volcán del tamaño del Kilimanjaro cuando se vació la cámara magmática de su base. Y nuestros ancestros debieron ser testigos de ese fenómeno. Hoy los safaris dentro del inmenso recinto circular del Ngorongoro permiten contemplar los animales más deseados de África en un espacio reducido. Emplazados en el borde de la caldera, algunos hoteles de lujo tienen tarifas a la altura de tan incomparables vistas.
El Valle del Rift es una gran grieta viva que se ensancha cada año. Una fisura que se estira hasta alcanzar una octava parte de la circunferencia de la Tierra y que, con algunas ramificaciones, discurre entre Mozambique y el Líbano. Por esa zona de debilidad de la corteza terrestre emergen lavas recién gestadas que cauterizan y luego revitalizan algunos de los suelos más viejos del planeta.
Se dice que en unos 10 millones de años la gran falla del Rift acabará desgajando un fragmento del continente africano. Si la grieta sigue expandiéndose, el mar la invadirá y formará una inmensa isla con la parte oriental de Etiopía, toda Somalia y la mitad de Kenia y Tanzania. Tal como ya sucedió con Madagascar. O con el Mar Rojo, que también se abrió de ese modo.
UN VALLE SIN IGUAL
La geología requiere mucha imaginación y el valle del Rift la alimenta con creces. En 1893 el geólogo John Walter Gregory, explorando los lagos Naivasha y Baringo, topó con la impresionante escarpadura. Tras recoger y analizar las rocas, comprendió que aquel valle no era como los demás. Es decir, no se había formado por el vaciado, grano a grano y piedra a piedra, de los materiales que rellenaban ese espacio, sino por un desplome masivo del suelo mientras los terrenos vecinos mantenían su nivel. Como si un puente se viniera abajo porque no pudiera soportar la tensión producida por la separación gradual de sus orillas.
Había más valles así en la Tierra, pero ninguno podía equiparársele en tamaño. De ahí viene el nombre de Gran Valle del Rift («foso») con que Gregory bautizó el lugar. Era pronto aún para saber que la corteza terrestre está fragmentada en placas, que estas se alejan o se aproximan separando o uniendo continentes —y provocando hundimientos como el del Rift—, o que las erupciones volcánicas aprovechan la debilidad de la corteza en esas costuras. Pero Gregory había encontrado una punta de la madeja.

Los volcanes son precisamente el otro gran elemento que configura el paisaje del Rift. Ellos ponen los ejes verticales que unen la llanura con el cielo. Y hacen cosas más concretas: favorecen las lluvias, rejuvenecen la tierra, fertilizan el suelo... El Ol Doinyo Lengai, el volcán sagrado de los masái, es hoy el único activo en Tanzania. Su lava rica en carbonatos de sodio y potasio y muy pobre en sílice, a diferencia de la del resto de volcanes del mundo, mana con la fluidez del agua y a temperaturas insólitamente bajas: apenas por encima de 500 ºC. Se torna blanca poco después de enfriarse.
El carbonato de sodio —sosa— que tan generosamente emite ese volcán guarda una estrecha relación con la vida lacustre. Arrastrado por las lluvias y los ríos se acumula en el agua de los lagos. Si el aporte no es excesivo, las aguas se vuelven amargas, sustentan una rica fauna y mantienen su potabilidad, como ocurre con el Turkana al norte de Kenia.
Pero en los lagos situados en zonas de las que no parte ningún curso fluvial, como grandes cráteres u hondas simas, donde llueve poco, la evaporación del agua incrementa la concentración de carbonato de sodio. En esas salinas naturales que son los lagos Magadi y Natrón, al norte de Tanzania, los flamencos son los únicos animales de gran talla que pueden vivir. Las aguas muy alcalinas afectan a las fuentes colindantes, donde se obtienen concentraciones de hasta un 2% de sosa.

EL GRAN VIAJE DE LA HUMANIDAD
La gran fisura de África es la parte del continente que ha proporcionado los hallazgos arqueológicos más cruciales. En la depresión de Afar (Etiopía), situada por debajo del nivel del mar, se descubrió en 1974 el esqueleto de Lucy, un Australopithecus afarensis de 3,18 millones de años de antigüedad. De su pelvis, sus rodillas y su cráneo se deduce que el ser humano fue bípedo antes de que empezase a aumentar el tamaño de su cerebro. En Laetoli (Tanzania), las huellas que dejaron tres homínidos hace 3,6 millones de años en las cenizas volcánicas muestran un bipedismo completo: apoyaban primero el talón, luego el arco y por último los dedos, usando especialmente el dedo gordo para separar el pie del suelo y avanzar.
Resulta paradójico que el entorno que asociamos con la cuna de la humanidad, el lugar donde los primates descendieron de los árboles para expandirse por todo el planeta, sea uno de los territorios que menos hemos modificado. En los grandes parques nacionales africanos las manadas de animales pacen en libertad, en espacios que no han sido domesticados por la agricultura ni por viviendas con cimientos. Habría que retroceder milenios en Europa para experimentar algo parecido. En Norteamérica, unos pocos siglos.

Los masái y otros pueblos han comprendido que los animales, aunque provean de alimento al hombre, son un tesoro en sí mismos, un placer para los ojos. No nacieron para vivir confinados en un cajón. Los números quizá no salgan, pero una ganadería que bien podría calificarse de contemplativa resiste el embate de la civilización moderna en este rincón de África. Tal vez por eso nuestro corazón nos empuja una y otra vez allí, dispuestos al traqueteo de las pistas. Necesitamos sentir y recordar.






Mi corazón también me empuja a visitar esas salvajes tierras y rendirme ante su belleza. Gracias Josan por recordarnos que todavía existen esas vidas contemplativas en comunión con la naturaleza.