Gran Canaria desde dentro
Tras cuarenta años visitando esta isla por distintos motivos, casi nunca turísticos, he desarrollado con ella un vínculo muy especial.
A veces viajamos a un lugar no porque nos haya seducido más que otros, entre los muchos que ofrece el mundo, sino porque tenemos en él familia o grandes amigos. La complicidad de esos guías espontáneos depara una visión distinta a la de un viaje convencional. La lista de cosas que hay que ver se desdibuja; a cambio, vivimos experiencias insólitas y espaciadas en el tiempo. Así es mi relación con Gran Canaria.

En la primavera de 1985, la boda de mi primo Jesús Terrés Villegas (digámoslo: asombrosamente parecido al actor Donald Sutherland en fisonomía, porte o estatura) me animó a volar a esa isla y conocer de paso la ciudad de Las Palmas. Llegué dos o tres días antes del evento y mi tío Paco se las ingenió para dejar a ratos la empresa de obras públicas en la que era gerente y enseñarme lugares cercanos de la isla que apreciaba. En todos los establecimientos, tenía un trato cercano y cálido con los empleados, a los que escuchaba comprensivamente, dejando amables propinas. Recuerdo la impresión al asomarme a la verde Caldera de Bandama, cuyo profundo cráter estalló hace cuatro o cinco mil años. Como a mi madre años atrás (cuando acudió al entierro de Conchi, hermana mayor de Jesús, atropellada a los 18 años), me asombran esos paisajes verdes, ocres y rojizos bajo la luz de aquel cielo semitropical. Nunca había estado tan al sur.
Al piso de mis tíos, que da a un barranco junto a la avenida de Escaleritas, llegan los aromas de la vecina fábrica de chocolates y cafés Tirma. En la galería acristalada, junto al comedor, alborota una barahúnda de decenas de periquitos, canarios y jilgueros. Pero en cuanto alguien se asoma por el umbral… el jolgorio de las aves da paso al silencio más absoluto. El novio yace postrado con gripe y fiebre muy alta. La noche antes de la boda, llama al timbre el jefe de cardiología del hospital de Las Palmas, amigo de mi tío («no; usted no me debe nada, don Francisco»), y le administra al enfermo una potente inyección. Tras una noche de sudores indescriptibles (incluso la tabla bajo el colchón amanece empapada), Jesús se casa con Yolanda.
Tres meses después retorno a Canarias en las vacaciones de verano, esta vez con bicicleta y alforjas, dispuesto a recorrer durante cuatro semanas las islas occidentales: Tenerife, La Gomera, El Hierro y La Palma. Pero antes visito a la familia y, como ensayo general del viaje, empiezo por dar la vuelta a Gran Canaria en dos días con las bolsas de los maleteros medio llenas. Impulsado por los vientos alisios, llego raudo desde la capital a Playa del Inglés y Maspalomas, pese al portabultos. Pronto descubro que una ración de papas arrugás y de un sabroso queso isleño en un bar permite avituallarse a pie de carretera. O que puedo fotografiar lagartos en la cuneta atrayéndolos con los restos de una papaya. Comerse tres o cuatro pequeños plátanos recién cogidos no empalaga, algo que sería inconcebible en la península, como la llaman los isleños. He de elegir entre la marca de cerveza que representa a Gran Canaria y la de Tenerife, islas rivales, cuyas capitales unen ahora barcos jet-foil, donde, con la llegada de la democracia, dos personas que tal vez ni se conocen pueden intercambiarse maletines idénticos, uno de ellos repleto de dinero. Dada mi favorita por nombre y sabor (Tropical, la cerveza de Las Palmas), parece que en los bares de este viaje jugaré en campo en contrario.
En Canarias es costumbre llamar a las poblaciones únicamente por su mote. Al pernoctar en La Aldea (San Nicolás de Tolentino en los mapas de entonces), los vecinos me desaconsejan la carretera que atraviesa los acantilados de Andén Verde, en la costa oeste. Un poco más adelante, al pie de la primera cuesta, un abollado letrero advierte: «Ciudadano, sea prudente. El país le necesita». Apenas me cruzo con ningún vehículo al aventurarme por la cinta de asfalto desconchado que surca la vertiginosa cornisa. Hoy un moderno túnel evita ese trance.

Horas después, tras cambiar de vertiente, admiro el Cenobio de Valerón. Capas de polvo y olvido llevan siglos cayendo sobre los primeros pobladores del archipiélago, a los que ahora desentierran y estudian buenos arqueólogos. Hay unas doscientas cavidades horadadas en una pared, dispuestas en ocho niveles. Pero no se trata de celdas para sacerdotisas célibes y novicias, como imaginaban hasta hace un siglo los calenturientos españoles, sino de silos destinados a almacenar grano, en un enclave fresco y fácil de defender… incluso de los roedores. Los aborígenes canarios, bereberes venidos del noroeste de África, acostumbraban a guardar los alimentos y otros bienes en agadires, unos graneros colectivos fortificados.
Los cereales constituyen un pilar de la dieta. Con su harina tostada se prepara el gofio, alimento esencial en las islas. Esta versión canaria del tsampa tibetano se elaboraba originalmente con cebada, trigo, lentejas… o con socorridos rizomas de helecho en las épocas de escasez. En el Himalaya, la harina del tsampa se toma con té en el que se ha emulsionado mantequilla de yak algo rancia; en las Canarias, se emplea leche o agua y se acompaña de queso. Amasando densas pellas de gofio, como quien salmodia o rumía entre dientes, un pastor o una familia puede sobrevivir sin cocinar días enteros en un paraje escaso en agua. O entre las frías brumas que generan los vientos alisios.
Tras la conquista española y el descubrimiento de América, al gofio se incorpora el millo (maíz). Y en torno al trigo, el vino, el aceite, las coles, los berros o los garbanzos, de pronto, bailan seductoras nuevas plantas recién llegadas del otro lado del Atlántico: el tomate, los pimientos, la calabaza, las alubias, el boniato… y las adoradas papas. Toda una revolución hortícola y culinaria, no solo musical, unirá Gran Canaria con el Caribe. Muy distinta a la histórica relación naviera y comercial de la isla con la metrópolis londinense, que hoy refrenda el moderno complejo de negocios Canary Wharf junto al Támesis.
El Cenobio de Valerón, a su vez, nos abre la puerta de las casas cueva y de las viviendas semiexcavadas, que vemos todavía en uso en pueblos de las cumbres de Gran Canaria, como Artenara y Tejeda, o protegidas por la UNESCO, como sucede en el Paisaje Cultural de Risco Caído (patrimonio de la humanidad desde 2019). Contemplando ese granero cuyas celdas podrían ser morada de una orden de ermitaños, no puedo imaginar que, años después, Luis Sánchez Padrón, un gran amigo de Las Palmas a quien conocí en Suiza y con quien viajé meses después por Nepal, me llevará a la aldea de Santa Lucía de Tirajana… donde me aguarda una experiencia de vida troglodita new age.
Descendemos juntos al cauce del barranco de Tirajana por un empinado sendero de mulas para visitar a José, un ceramista amigo de Luis. Tras una larga estancia haciendo yoga y aprendiendo a tocar el sitar en la India, José llegó a Gran Canaria buscando un velero con plaza libre que partiese para México, quien sabe si teniendo entre miras la selvática y tribal Oaxaca. Pero en cuanto conoció Tirajana se olvidó de América y echó raíces en aquel valle bien orientado, cuyas aguas recoge una pequeña presa en su base.
El escarpado lecho del barranco presenta cuevas en ambas orillas; son poco profundas y de amplias aberturas, como habitaciones a las que les falte una pared. Tras contar con el permiso del párroco para instalarse en terrenos a nombre de la iglesia, José ha ido acondicionando esas cavidades de diversos tamaños. Añadiendo un cristal a medida que las cerrase frontalmente de la intemperie y un suelo de maderas nobles podrían ser cabañas exclusivas. Pero son más humildes y José las destina a taller de cerámica, horno de panadería, espacio de meditación, cabaña de vapor, habitaciones de invitados... Los restos de un antiguo molino junto a una terraza del cauce son la estancia principal. En esa morada semicavernícola, pobre en ángulos rectos, embellecida con artesanía medio hippie e iluminada con velas, la novia alemana de José alumbró tres hijos.

El laberíntico enclave silvestre que nos rodea está cuidado y ajardinado con primor e imaginación. Sin necesidad de psicodélicos, cualquier planta, peña o rincón atrapa la mirada. Pero la estrella del lugar es una amplia casa octogonal en lo alto de una palmera, a la que se accede mediante una escala. Sestear en su suelo de esteras, mecido por la brisa y entre el bullicio de las aves que sobrevuelan o entran en la copa/tejado, brinda una experiencia casi onírica. Al otro lado del tronco, que ejerce como eje de esa casa/rosquilla, una pareja se besa enamorada. Muchas hermosas experiencias deparó ese refugio aéreo a lo largo de los años. Hasta que, un día, un violento vendaval desarboló para siempre ese nido destinado a acoger seres humanos.
Volví varias veces al pueblo de Santa Lucía de Tirajana, hogar también de Íñigo Salas y María Quiroga, dos amigos que habían viajado más de un año por la India con sus tres hijos pequeños, pasando meses en familia en la comunidad de Auroville. Pero en ninguna ocasión pude vivir la fiesta, casi selvática, que me contó Luis: un día, después de lluvias copiosas, se despierta ante una situación muy poco común: el agua fluye a cascadas por el barranco y resulta una delicia zambullirse y nadar desnudo en las pozas, entre peñascos de escultórica belleza. En las semanas siguientes, todo el valle reverdece. Los hijos de José Barranco (ese apellido ha adoptado) ya han crecido. Pero él sigue añadiendo vida y arte a esa hondonada fluvial. En algún video de youtube grabado allí se le ve tocando el sitar.
En los años en que dirigí la revista Cuerpomente, la asociación Gran Canaria Spa, Wellness & Health solía invitarme para que conociese los lujosos hoteles y centros de talasoterapia del sur de la isla, una tentación a la que me resistía a fin de no contraer compromisos. Pero su seductora perseverancia rindió fruto y, en febrero de 2008, pasé cuatro días con Cristina sumergido en ese mundo de confort, masajes y placeres acuáticos, en flamantes establecimientos de cuatro o cinco estrellas que la clientela del norte de Europa reserva de un invierno para otro. Y pensar que el origen de ese núcleo de modernos hoteles fue en parte el turismo nudista que, en los años 60, se congregaba en la por eso así llamada playa del inglés.

El hito de esa estancia casi termal es nuestra escapada al majestuoso Roque Nublo. No puede recibirnos mejor: caminamos por su verde collar de bosques de pino canario recién vivificados por un aguacero. En la plataforma rocosa donde se yergue este singular monolito volcánico, sagrado para los antiguos indígenas, charcos recién creados reflejan como espejos un cielo de nuevo azul. La pureza y la transparencia del aire son máximas. Cuesta creer que el Teide, en la isla de enfrente, se halle nada menos que a cien kilómetros de distancia.
Diez años después regreso invitado nuevamente a la isla. Como director de Viajes National Geographic, acudo al Foro de Turismo Maspalomas Costa Canaria para recoger el premio concedido a José Luis de Juan por un magnífico artículo sobre Lanzarote que publicamos en el número 200 de la revista. José Luis anda de viaje por Australia y se conecta con el móvil en directo durante la gala, en una divertida alocución. Es un escritor y viajero brillante, que ahora también expone obras de arte.
La noche anterior he cenado con mi primo Jesús, que hoy ya no es informático, sino fotógrafo de moda y eventos. Tengo la tarde libre antes de volar para Barcelona, así que al concluir el acto tomo un autobús rumbo a Las Palmas y me bajo en el antiguo barrio de Vegueta. Este nombre deriva de la vega indígena, llena de palmeras, donde en 1478 se levantó el núcleo de la ciudad, la primera de las que fundaría Castilla a orillas del Atlántico. Se tenga o no dinero, siempre reconforta pasear por este animado corazón peatonal, que, como la playa urbana de las Canteras, es un punto de encuentro para isleños de todas las edades. Cerca se alza la atractiva catedral de basalto, con las estatuas de hierro de los ocho canes delante.
En el Mercado de Vegueta sé a por lo que voy: un queso flor de Guía (no me vale el tipo media flor). En vez de recurrir a cuajo sintético o al tejido gástrico de corderos o cabritos, esta exquisitez del norte de la isla se cuaja mediante la violácea flor del cardo (Cynara cardunculus), pariente de la alcachofera. Ese cuajo vegetal depara un amarillo más intenso y unas texturas y un sabor más ricos en matices, aparte de hacer el queso más digestivo. Cervantes describe en el Quijote la elaboración tradicional del queso en La Mancha mediante las inflorescencias del cardo. Esta práctica artesanal en desuso hace únicos también a los quesos extremeños de las tortas del Casar y la Serena, o a los portugueses Serra da Estrela y Castelo Branco.

Entristece dejar pasar la oportunidad de ver o despedirse de alguien por última vez. En 1991, telefoneo desde una cabina a mi tío Paco para decirle que estoy de vacaciones en Lanzarote por un semana, pero que no nos va bien volar a Gran Canaria para verles. No oculta su contrariedad al otro lado del hilo:
—Pues eso no se hace.
Dos meses después fallece súbitamente, de modo que mi siguiente viaje a Gran Canaria es para asistir a su entierro. Pierden su razón de ser la póliza de ahorro que tenía para dar la vuelta al mundo con su esposa al jubilarse, sobre la que me había hablado más de una vez, y aquella botella de vino especial que decía reservarse para su lecho de muerte. Nos habíamos visto en septiembre del año anterior, en las fiestas de Dalías (Almería), su pueblo y el de mi madre Cándida, y de los otros siete hijos que tuvo mi abuela Presentación Bonachera, matriarca y alma de la familia que lleva el apellido de su marido: los Terrés.
La noche en que el Santísimo Cristo de la Luz sale en procesión, en la abarrotada plaza de la iglesia de Dalías, vivo una experiencia casi bélica al soportar junto a mi tío Paco, espalda contra espalda, el estruendo y la nube de pólvora de los miles de cohetes que se lanzan en largas hileras junto a nosotros. Intentamos resistir el fuego del azufre y las explosiones confiados al destino y fundidos con el gentío. Protegerse las orejas con las manos no evita el molesto impacto en los oídos de la infernal e inacabable pirotecnia. Alivia hallar una forma de relajar la mandíbula: el sonido parece atenuarse dejando la boca abierta y mirando más bien hacia abajo.

Teror es un hermoso pueblo de media montaña de Gran Canaria, célebre por albergar la basílica de la Virgen del Pino, patrona de la isla. La imagen de la virgen parece condensar las energías benefactoras de la madre tierra y el amor de la gente. Paseando por el casco antiguo se admira la genuina arquitectura insular, con los balcones en madera de tea labrada. Y se atisban los atrayentes patios canarios, invadidos por las plantas, los pájaros y el frescor.
Pero ahora retrocedo en el tiempo, estoy en la vieja casa de campo que mi tío Paco compró en las afueras de Teror… y el frescor que nos envuelve tiene los instantes contados. Estamos los dos solos, en un edificio centenario, con paredes de tres o cuatro palmos de espesor y oscuras vigas de tea (el duramen o la médula del pino canario), acarameladas de resina, tan densas que se hundirían en el agua. Es mediodía del último domingo de agosto de 1985. En el lecho del torrente, en medio del cañaveral, coge polvo el Audi de mi tío, tras traernos por una sinuosa carretera desde Las Palmas con algunos tramos de eucaliptos. Acabamos de comer y afuera acecha un calor que solo activa a las cigarras. Esa misma mañana he aterrizado del viaje en bicicleta por las islas occidentales que mencioné al principio. Al pedalear desde el aeropuerto hacia Las Palmas, los alisios soplaban lógicamente en contra. La noche antes había vivaqueado en el porche de una cabaña, en un acantilado bajo la pista del aeropuerto de La Palma, para coger un avión que partía a las seis de la mañana… Ahora, bien comido, me apetece echarme un ratito a la sombra, barajando y digiriendo las vivencias de esas semanas, mientras me ronda el sueño. Pero Paco es tan trabajador como directo y bromista. Además, tiene un huerto, que cuida lo que le permite un horario laboral más dilatado e intenso de lo común. Blandiendo dos azadas, disipa la pereza del ciclista que anda de vacaciones con una sola frase:
—Hay que castigar al cuerpo.
Sí, Gran Canaria da para más de un viaje, pues tiene mucho que ofrecer. Pero quizá no se trata tanto de ver o fotografiar como de estar y sentir. Más allá de los enclaves que se visiten, será fácil que nos conquiste la amabilidad de la gente, con ese tono respetuoso y casi caribeño al hablar, otro de esos dulces frutos del trópico, crecidos y madurados gracias al afecto entre el vecindario.
Otros textos de Josan Ruiz dedicados a las Canarias:
• Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
• La Palma tras el volcán



Preciosa historia personal que habla de una isla muy querida