Islandia, viaje al principio del mundo
Como si los vikingos hubiesen intercambiado sus nombres al bautizarlas, ni Groenlandia es la «tierra verde» ni Islandia la «tierra del hielo», aunque este cubra el 10% de su superficie.

Llanuras tapizadas de musgo que se extienden hasta el horizonte. La colección de cataratas más caudalosas y fotogénicas de Europa. Volcanes bajo enormes masas de hielo que pueden hacer erupción y provocar crecidas devastadoras. Ochocientos manantiales termales, géiseres aparte. Una inmensa altiplanicie desértica orlada por un inmenso glaciar que se desparrama por ella como la cobertura de merengue de una tarta. Un aire cuya pureza vivifica la nariz apenas bajar del avión... Islandia no se parece a ningún otro lugar del mundo. Recorrer la isla permite disfrutar de paisajes únicos, dignos escenarios de la mitología nórdica, de apariencia casi sobrenatural. Y sin necesidad de creer en los huldufólk o «gente escondida» (elfos, troles...), como siguen haciendo, según se cuenta, más de la mitad de los islandeses.
La forma óptima de conocer la isla es darle la vuelta por la Ruta nº 1, la carretera asfaltada que en su parte sur discurre próxima al mar. Un trayecto de 1.340 km que merece la pena ampliar tomando alguno de los autobuses de línea con tracción integral que se aventuran por las pistas de la meseta interior y que, tras vadear algún río, conducen a parajes extraordinarios como Landmannalaugar o la gran caldera del Askja.
El primer testimonio histórico sobre Islandia se atribuye al navegante Piteas, que en el año 320 a.C. partió de la colonia griega de Massalia (Marsella) en pos del estaño de las tierras al norte de la Galia. Piteas llegó a Cornualles, donde se hallaban las principales minas de este metal, pero decidió alargar su periplo y dar la vuelta al país de los britanos. En Escocia oyó hablar de una tierra situada más al norte y hacia allá se dirigió. Tras seis días de navegación, llegó a una isla a la que llamó Tule –podría ser Islandia o las islas Feroe–. Piteas describió el sol de medianoche, la aurora boreal y un mar “cuajado”, donde el hielo se mezclaba con el agua. Poca gente dio crédito a su relato.
Casi un milenio después, los monjes irlandeses, desde sus monasterios en el estuario del Shannon, veían bandadas de cisnes y gansos que, año tras año, volaban hacia al norte en primavera y regresaban en otoño. El ir y venir de aquellas aves debió ser una premonición para algunos ermitaños, que se hicieron a la mar en barcas de cuero con costillas de madera (curraghs). La peregrinación a tierras remotas como forma de renuncia era una característica del monacato celta. Eso podría explicar por qué cuando en el siglo IX los vikingos llegaron a Islandia hallaron monjes y sacerdotes irlandeses, “con sus campanas, libros y báculos”, en palabras del cronista medieval islandés Ari Thorgilsson.
El Landnámabók (Libro del Asentamiento, compilado en el siglo XII) cuenta que Ingólfur Arnarson desembarcó en la isla en el año 874, huyendo, junto a otros nobles noruegos, del belicoso rey Harald I. Siguiendo la tradición, al avistar tierra arrojó por la borda los öndvegissúlur, los dos postes de madera que consagraban el sitial de ceremonias, esculpidos con símbolos. A dos criados les llevó unos tres años localizarlos en la costa, y en ese lugar fue donde Ingólfur fundó Reikiavik («bahía humeante»). En sus knarrs (barcos de carga), los desterrados de Noruega llevaron consigo ovejas, vacas y caballos. Les recibió una isla donde los abedules crecían entre la costa y las montañas. El océano era extraordinariamente pródigo en peces y mamíferos marinos. Las aves que anidaban en los acantilados o en las zonas lacustres ofrecían otra fuente de sustento. Abundaban los pastos, pero los campos de lava apenas proporcionaban tierras cultivables; todavía hoy estas suponen solo el 1% de la superficie del país, diez veces menos que el espacio ocupado por los hielos.

En 1984, tras aterrizar en el aeropuerto de Keflavik con mi primo suizo Fernando, no sabía si dar la vuelta a Islandia en el sentido de las agujas del reloj o en el contrario. Así que, evocando a Ingólfur, lanzamos al aire una moneda de cinco coronas. Salió cara. Y en ella, los dos delfines saltando indicaban claramente una ruta antihoraria o levógira. Resultó una opción tan acertada que la repetí muchos años después. Y la recomiendo vivamente. Partir de Reikiavik rumbo sudeste brinda alicientes desde el primer día, con enclaves que hacen única a Islandia en el mundo a escasa distancia unos de otros. Eso garantiza el asombro y la variedad de entrada; también supone un plan idóneo si no hubiera tiempo para dar la vuelta completa a la isla. Mediada la segunda semana de viaje, recorrer los sobrios y descarnados paisajes del norte añadirá otra dimensión a la ruta.
Si el océano Atlántico fuera un ser vivo, la cordillera submarina que surca su lecho de norte a sur sería su columna vertebral. La dorsal mesoatlántica nace en las profundidades marinas, en la fisura entre dos placas continentales; en ella, los materiales fundidos del manto de la Tierra hallan menos resistencia para aflorar. Islandia es el único punto del Atlántico donde la cresta de ese dragón geológico logra emerger de las aguas. Eso explica su génesis y su impresionante actividad volcánica.
En el año 930, cuando la isla contaba ya con unos 40.000 habitantes, estos crearon el Althing, el primer parlamento de Europa. Se reunía dos semanas cada mes de junio en Thingvellir, 45 km al este de Reikiavik. Ese enclave natural es una fisura en la lava de varios kilómetros de largo y solo unas decenas de metros de ancho. El presidente se sentaba en el Lögberg («el montículo de la ley»). Al Althing se acudía a caballo o a pie desde cualquier punto de la isla para dirimir pleitos, así como para comerciar y participar en festejos, competiciones, bailes y recitación de poemas. Entablar una causa legal requería contar con un orador que expusiera la demanda según una elaborada retórica, al estilo de la antigua Grecia. Un fallo en el procedimiento podía entrañar la pérdida del juicio; pero convenía asimismo contar con gente armada capaz de defender el pleito por la fuerza llegado el caso. El Althing se reunió ininterrumpidamente en Thingvellir hasta 1799, incluso cuando Islandia pasó a depender de la corona noruega en 1262, o de la danesa a partir de 1380. Se trasladó a la ciudad de Reikiavik en 1844, justo cien años antes de que la isla lograra independizarse de Dinamarca aprovechando la Segunda Guerra Mundial.
Thingvellir es hoy un parque nacional. Dos crestas de lava paralelas entre las que fluye el río Öxará («del hacha») delimitan de forma natural el espacio de la asamblea. Pero esas dos crestas son precisamente la grieta emergida a partir de la cual Europa y Norteamérica continúan separándose unos 2 cm cada año. El río Öxará desemboca en el gran lago Thingvallavatn a través de la garganta de Thingvellir. Ese paraje, denominado Silfra, se ha convertido en un destino de buceo internacional. La extrema pureza de las aguas del lago (proceden del glaciar Langjökull y se filtran en la lava porosa durante decenas de años) genera una visibilidad subacuática excepcional, cercana a los 100 metros. Protegido de las gélidas aguas con un traje seco, el submarinista tiene la sensación de volar o flotar sobre un alucinante cañón azul, mientras con una mano toca el borde de la placa continental norteamericana y con otra, la europea.
Desde que se creó el Althing hasta el siglo XV, en Islandia floreció la mejor literatura de Europa. Los islandeses impulsaron la poesía escáldica, muy valorada en las cortes escandinavas y británicas entre los siglos X y XII, y fueron los primeros en traducir obras religiosas y textos clásicos del latín a su lengua vernácula. Pusieron por escrito gran parte de sus sagas (largos poemas o historias que narran la vida de personajes de la «época heroica» de la isla), y la mejor fuente para conocer la mitología escandinava es la colección de poemas que integran la Edda mayor. A esta faceta de reserva literaria y no solo natural de la isla, se añade el que los islandeses pueden leer textos medievales sin dificultades, pues la lengua apenas ha variado con los siglos. Así, el poema Sonatorrek, de Egill Skalla-Grímsson (910-990), donde este condensa su proceso de duelo tras ahogarse su hijo Bodvarr en una tormenta, sigue conmoviendo el alma del lector.
Géiser, la palabra islandesa más universal, deriva del verbo geysa: brotar. En sus mejores tiempos, Geysir, el «Gran Géiser», proyectaba súbitamente el agua hirviendo a 60 metros de altura, pero hoy languidece y está acordonado por razones de seguridad. Afortunadamente, muy cerca se halla el inquieto Strokkur, que eyecta su columna hirviente a 20 metros varias veces cada hora. Vista a cámara lenta, la masa de agua surge con un brusco movimiento de torbellino y adquiere la forma de un bulbo que se estira y estalla en miríadas de gotitas. Una parte de ellas origina una nubecilla que se disipa en el aire. El agua que cae vuelve a ser engullida por el orificio del géiser.
Gullfoss, la Cascada Dorada, completa el trío de grandes hitos al este de Reikiavik. Hace un siglo, la catarata más visitada de Islandia iba a ser anegada por una presa, pero Sigrídur Tómasdóttir, hija del granjero dueño de los terrenos, caminó varias veces hasta el parlamento de Reikiavik y lideró las reivindicaciones para impedirlo, afirmando que se arrojaría por ella si el proyecto seguía adelante. Las protestas dieron fruto y Gullfoss se salvó. Cuando hace sol, es habitual ver arcoíris en este escarpe donde el caudaloso río Hvitá («blanco») se precipita por una grieta de 32 metros. Desde 1978, una estatua rinde homenaje a Sigrídur.
El sur de Islandia es la parte más verde y lluviosa del país. Las ovejas que trajeron los colonos desde Noruega se aclimataron muy bien y la cabaña es hoy de 800.000 ejemplares. Pasan el verano agrupadas instintivamente en dúos o tríos, campando en libertad; en septiembre los granjeros emprenden largas batidas para recogerlas, que se cierran con diversos festejos y suelen coincidir con una época propicia para ver auroras boreales, aunque las noches aún no sean largas. El caballo islandés, de nutrida melena, gran resistencia y baja estatura, fue el otro pilar de cualquier granja hasta el advenimiento de los tractores.
Gente independiente, de Halldór Laxness (Ed. Turner), narra sin concesiones cómo discurrió la vida en Islandia hasta hace un siglo. Publicada en dos tomos entre 1934 y 1935, esta obra del premio nobel de literatura islandés cuenta las vicisitudes de Bjartur, un pastor que, tras 18 años cuidando el ganado del alguacil local, consigue realizar el primer pago de un pequeño terreno para criar, por fin, sus propias ovejas. Ambientado a principios del siglo XX, el libro evoca un mundo donde la salud de las ovejas contaba tanto como la de la familia, pues la agricultura no daba para subsistir y Dinamarca tenía vetado el comercio desde 1602. Como explica el catedrático Enrique Bernárdez en el prólogo, aquel país inhóspito creado de la nada por un puñado de emigrantes se apoyó en su literatura durante siglos para convencerse de que valía la pena seguir viviendo.
Bjartur tendrá que habérselas con todo tipo de dificultades materiales, también con los espíritus malignos que lacran el pegujal que ha adquirido, al que se muda tras casarse con Rosa, una criada embarazada por el hijo del alguacil. Pero su testarudez y determinación le permiten rehacerse tras cada pequeño o gran desastre. Además de pastor es poeta y se sabe de memoria infinidad de versos. Los recitará todos una y otra vez, exprimiendo la energía de las palabras y los mitos, para no desfallecer y morir en el curso de una espantosa tormenta de nieve. Unos años más tarde, con la Primera Guerra Mundial, en Europa se disparan los precios del cordero y de la lana de Islandia, lo que permite que incluso los agricultores más pobres empiecen a soñar con prosperar. Nuevos bancos otorgan préstamos. Y ahí aparece el único gigante que tumbará a Bjartur: la hipoteca que suscribe para adquirir una vivienda moderna que reemplace a su modesto establo con altillo, tan económico de mantener o calentar.

Islandia fue el primer gran viaje de mi juventud. Fernando y yo volamos a Reikiavik desde Luxemburgo, donde la compañía Icelandair ofrecía las mejores tarifas de Europa (no había vuelos desde España, a diferencia de hoy, en que Alicante o Málaga son destinos habituales para los islandeses). Viajábamos en bicicleta con hornillo y tienda de campaña, dispuestos a dar la vuelta a la isla. Tras visitar Thingvellir atraídos por los ecos de aquel parlamento que congregaba a letrados, granjeros y poetas, pedaleamos rumbo sur. Pronto nos absorbió la verde inmensidad de la campiña islandesa, surcada de arroyos y saltos de agua, y salpicada de granjas mucho más modernas que la de Bjartur. Fuera de Reikiavik era obvio que Islandia seguía teniendo más ovejas que habitantes. Algunas aves nos alegraban el trayecto cantando rítmicamente sobre nuestras cabezas por las solitarias llanuras. De noche, si uno se despertaba en la tienda, la claridad del cielo le llevaba a dudar si la esfera del reloj marcaba las tres de la madrugada o del mediodía.
La ruta principal que hoy da la vuelta a la isla se estaba pavimentado y las obras entorpecían nuestra marcha. Por la primitiva pista de tierra se avanzaba bien, pero las ruedas de las bicicletas se hundían en los lechos de grava destinados a acoger el alquitrán. Para no desanimarnos, mientras empujábamos las bicis a pie en esos tramos, empezamos a bromear diciendo: «si nuestros hijos viajan algún día por esta carretera asfaltada, les contaremos cómo la recorrimos siendo jóvenes». Y cada vez que nos veíamos forzados a desmontar, evocábamos sonriendo esa hipotética situación.
La vida supera a veces nuestras mejores expectativas. Veinticuatro años después, en esa flamante carretera le contaba esta historia a Cristina y a mis dos hijos, al volante de una autocaravana recién alquilada. Ni la lluvia frecuente en el sur de Islandia suponía una molestia detrás de aquel gran parabrisas.
Landmannalaugar es un destino que bien merece desviarse de la carretera principal. Sus paisajes se encuentran entre los más bellos de la isla. Autobuses todoterreno parten de la ciudad de Hella y recorren una pista de 100 km con buenas vistas al volcán Hekla, considerado la puerta del infierno en la Edad Media. Sus erupciones son casi impredecibles, pues la actividad sísmica puede registrarse apenas una hora antes. La del 17 de enero de 1991 coincidió con el primer bombardeo de Bagdad en la Guerra del Golfo.
En cuanto la nieve empieza a retirarse, las montañas de riolita de Landmannalaugar despliegan una fascinante gama de ocres que contrasta con el verdor de la hierba naciente. Un río de aguas a 40 ºC serpentea por la pradera junto al refugio –la única construcción– y hace las delicias de los excursionistas. En este singular oasis de lavas ácidas, los senderos discurren entre coladas de negra obsidiana que brillan como charol. Landmannalaugar es también el punto de partida del trekking más famoso de Islandia, que tras cuatro etapas (55 km) desemboca en Thórsmörk. Existen refugios para pernoctar y acampar, pero hay que cargar el combustible y todas las provisiones.
De vuelta a la ruta principal, la cornisa rocosa que discurre paralela a la costa sur señala el antiguo nivel del mar y es pródiga en cascadas. Pasado Hella se llega a Seljalandfoss, una encantadora cortina de agua que también puede admirarse por detrás siguiendo un resbaladizo sendero. Mucho más caudalosa, Skógafoss es el mayor imán de Skógar, con sus 62 m de caída. El museo de esta pequeña aldea testimonia a su vez la heroica vida pasada mediante cientos de utensilios y algunos edificios, entre ellos la escuela del lugar. Las viviendas, techadas con turba y con exiguas ventanas, eran muy precarias. En su única habitación, las paredes se inclinaban como en una tienda de campaña; las camas estaban literalmente adheridas al muro y hacían innecesario el uso de sillas, pues la mesa se disponía en el estrecho pasillo central. Todo ello permitía calentar el reducido espacio sin malgastar turba. La colonización de Islandia y la multiplicación de las ovejas acabó con la frágil cubierta de abedules. Un hueso de ballena podía servir como puerta para un corral. Si alguien encontraba un tronco en la costa que las corrientes habían arrastrado desde Escandinavia o Siberia, lo marcaba como propio con uno de los sellos de hierro que exhibía el museo y volvía otro día con gente que le ayudase a transportarlo. Vaciar el interior de dos peces conservando la piel y parte de la carne permitía improvisar un calzado. Pero este duraba poco: un trayecto podía medirse en función del número de pares de zapatos de ese tipo que se necesitaban.
Vík í Mýrdal es el pueblo que marca la punta sur del rombo islandés, 190 km al sudeste de Reikiavik. Su playa de Reynisfjara, de arenas y piedras negras, forma un escenario fantasmagórico bajo la bruma. Se dice que los tres esbeltos pitones rocosos que se alzan del agua son las velas de una nave de tres mástiles arrastrada por los troles y petrificada bajo la luz del amanecer. Al pie de la vecina montaña de Reynisfjall, muy querida por los frailecillos y otras aves marinas, el oleaje socava unos imponentes órganos de basalto.
El 60% de la población de frailecillos (Fratercula arctica) anida en Islandia. Estas aves pasan el otoño y el invierno flotando en mar abierto, lo que explica su color: vientre blanco y dorso oscuro, para no ser detectados fácilmente desde arriba o desde abajo, si bien sus patas y su corto pico de color naranja alegran su plumaje. Son monógamas, y se encuentran a mediados de abril en la cima del acantilado en que nacieron para empollar un único huevo en su madriguera. Con su lengua ranurada como un arpón, sujetan los peces capturados mientras bucean en busca de más piezas.
El fresno Yggdrasil, árbol de la vida que enlaza los diferentes mundos en la mitología nórdica, difícilmente podría ubicarse en esta isla sin bosques. Pero algo parecido al Fimbulvetr (el invierno de inviernos, que se prolonga tres años y anuncia el Ragnarök, el fin del mundo) se vivió a finales del siglo XVIII. En 1783, la erupción del Laki duró ocho meses y abrió una fisura con 130 cráteres en la zona más poblada de la isla. La emisión de gases y cenizas fue tan desmedida que en los años siguientes oscureció la luz del sol y afectó al continente europeo (la Revolución Francesa se vincula con la cosecha perdida de 1785). Los pescadores no podían salir a faenar y la hierba, contaminada de azufre y flúor, intoxicaba al ganado. Según las sagas, murieron más de 9.000 islandeses (el 20-25% de la población), la mitad de las vacas y tres cuartas partes de las ovejas y de los caballos. Ante la catástrofe, Dinamarca no tuvo más remedio que levantar las prohibiciones comerciales y bajar los tributos.
La carretera que lleva al Parque Nacional Vatnajökull atraviesa ese vasto campo de lava y cenizas del Laki, hoy revestido de musgos hasta donde se pierde la vista. Este parque es la gran atracción natural del sur de Islandia. El enorme glaciar que le da nombre es tan extenso como las provincias de Madrid o de Barcelona, y las podría cubrir con una capa de hielo de 400 metros de altura. Solo en Groenlandia y la Antártida se hallan casquetes de hielo similares. Ahora bien, el Vatnajökull no es un glaciar que serpentea por un valle, sino una inmensa cúpula de hielo que recubre una gran altiplanicie montañosa. Las cumbres más altas de Islandia, como el Hvannadalshnúkur (2.119 m) o el Bardarbunga (2.020 m), rasgan ocasionalmente su gran manto blanco. Esas alturas son un imán para la lluvia, sobre todo en la vertiente sur, expuesta a los vientos del Atlántico, que recibe más de 4.000 litros anuales por metro cuadrado. Como en Islandia la nieve no se derrite a partir de los 1.050 m de altitud, ni siquiera en verano, y la elevación media del glaciar discurre por encima de esa cota, la mayor parte de las precipitaciones que recibe el Vatnajökull permanecen en estado sólido. Eso también determina que su cuenca receptora de nieve sea más extensa que la zona de ablación, donde el hielo tiende a fundirse por la menor altitud. Las prospecciones demuestran que el Vatnajökull presenta el doble de espesor en la vertiente sur que en la norte. Debido a esa tremenda diferencia de peso, el glaciar oscila de modo similar a un balancín. En la zona sur, su base está casi al nivel del mar (en ciertos enclaves incluso por debajo). Mientras que hacia el norte sus ramificaciones son más cortas y se detienen a unos 700 m de altitud.
Salvo que se sea un montañero con experiencia a toda prueba o se contrate un tour motorizado o aéreo al corazón de esa masa helada, lo que suele contemplar quien se acerca al Vatnajökull son la treintena de glaciares de valle que emergen como discretas pero a la vez colosales hebras de ese gran edredón blanco. Todos tienen nombre propio (jökull significa glaciar), aunque no hayan roto el cordón umbilical con la placenta de 3.000 km3 de hielo que los alimenta. El Skeidarárjökull es el emisario más grande y el bastión de su flanco sudoeste. Ya en el parque nacional, al Skaftafellsjökull se accede tras un paseo de media hora desde el camping principal, donde otra excursión clásica conduce a Svartifoss, la «cascada negra», con sus órganos hexagonales de basalto. Entre todos, el glaciar más fotografiado es el Breidamerkurjökull: incluso los autobuses de línea hacen un alto para que los pasajeros contemplen la laguna de Jökulsárlón, donde el hielo se desgaja en prodigiosos icebergs azulados. Esta laguna es hoy todo un emblema de Islandia, pero no existía hace un siglo, cuando el Breidamerkurjökull llegaba al mar.

Al llegar a la ciudad de Hofn, puerta de los fiordos del este, el aroma a harina de pescado flota en el aire (peningalykt: «olor a dinero», dirían los islandeses). Los ferris con vehículos procedentes de Dinamarca amarran en Seydisfjördur. A continuación, la carretera 1 gira rumbo noroeste.
Las tres calderas unidas del Askja son la gran excursión de las Tierras Altas de Islandia. Para llegar a este paraje se suele tomar un autobús todoterreno en Reykjahlíd, al norte del lago Myvatn. En su tramo final, la pista avanza, o más bien surfea trabajosamente, por lo que parece un encrespado océano de lava, petrificado en el curso de una tempestad. Cerca del Herdubreid («la de los anchos hombros», 1.682 m), una de las montañas más bellas de Islandia, el vehículo ha de vadear un río que genera un pequeño oasis de verdor en el desierto de lava del Odadahraun. Por fin enmudece el motor del vehículo al llegar al refugio de Dreki. Pernoctar en él o acampar en su vecindad es la mejor forma de apreciar este enclave extraordinario. Y permite posponer para otra jornada el zarandeo de la vuelta.
Asomarse al cráter del Askja («bol») requiere abrigarse bien y andar por una pista desde el refugio. Un lago azul zafiro a 1.100 m, helado la mayor parte del año y de 220 m de profundidad, ocupa la gran caldera gestada en la erupción de 1875 y encajada en otra aún mayor. Contiguo a él, el pequeño cráter del Viti («Infierno»), de cálidas aguas turquesa lechoso, incita a un baño con efluvios de azufre a quienes osan descender y remontar sus lodosas paredes.
Pasear por los alrededores del refugio de Dreki permite gozar de la quietud de este paraje desértico, solo accesible en verano. En la ocre inmensidad, la vista se prenda ante las formas y colores de una roca, una humilde planta o un promontorio de lava. Este desierto, surcado por algún que otro arroyo y orlado por lejanas cumbres nevadas, constituye un espacio singular, un paisaje casi místico que invita a caminar en cualquier dirección. Podría evocar por su aspecto la altiplanicie tibetana, aunque a mucha menos altitud. En una zona cubierta de ceniza y piedra pómez, la NASA realizó ensayos de aterrizaje antes de viajar a la Luna con la misión Apolo.
El lago Myvatn brinda la más surtida base de operaciones para conocer el vulcanismo de Islandia. En las solfataras de Námafjall, los pozos de barro que borbotean muestran a la Tierra creándose a sí misma. Los cráteres y el campo de lava del Krafla quizá sean más jóvenes que quien pasea por ellos. La laguna de la central geotermal permite darse un baño caliente al aire libre disfrutando del inacabable crepúsculo ártico, y en un entorno más natural y menos industrial que la famosa Laguna Azul, cercana al aeropuerto de Reikiavik. Recorrer la cresta del oscuro cráter del Hverfjall y pasear entre las fantasiosas formaciones rocosas de Dimmuborgir es otra buena excursión. El clima resulta notablemente más seco que en el sur, por eso también es habitual dar la vuelta en una bicicleta alquilada al lago Myvatn (36 km llanos), cuyas aves propias de zonas húmedas cautivan a los ornitólogos. Pero bastará detenerse junto a la orilla para comprender lo que significa su nombre: el lago de las moscas enanas.
En Gente independiente, Laxness da por hecho que en un encuentro entre lugareños la charla no fluía «hasta que cada participante hubiera bebido 4 u 8 tazas de café». Palabras como hver (fuente caliente), laug (baño) o reykya (vapor) nos recuerdan que donde más fácil resulta relacionarse con los islandeses es en las bañeras de hidromasaje que posee casi cualquier aldea. Al caer la tarde, relajados y sentados en círculo al aire libre, con el agua termal al cuello, resulta lo más natural del mundo explicar de dónde venimos o adónde vamos. Si se acampa o se viaja en autocaravana, las piscinas públicas brindan además duchas e instalaciones de excelente calidad.
El río Jökulsá á Fjöllum nace en el glaciar Vatnajökull, fluye rumbo norte y forma la catarata de Dettifoss, la más caudalosa de Europa. Bajo el gélido escudo del Vatnajökull humean volcanes que pueden fundir masivamente el hielo y provocar crecidas devastadoras. El amplio cañón de Ásbirgy («castillo de los dioses»), con forma de herradura, se creó literalmente de la noche a la mañana en uno de esos jökulhlaups, cuando el caudal del Jökulsá á Fjöllum pudo equipararse puntualmente al del Amazonas. Pero el río desplazó posteriormente su cauce hacia al este y abandonó ese meandro de verdor tallado entre paredes de roca.
La imaginación ve en Ásbirgy la huella de una de las herradura de Sleipnir, el caballo gris de ocho patas que Loki le regaló a Odín, y que aquí se dio impulso para brincar de la tierra al cielo. Al ofrecérselo como montura, Loki le dijo: «Ningún caballo igualará la velocidad de Sleipnir: te llevará por mar, tierra y aire; también a la Tierra de los Muertos y de vuelta aquí». El apacible reducto de Asbirgy, que los abedules hoy han conseguido reconquistar, es una morada predilecta de los elfos. Se aconseja, por tanto, hablar lo mínimo en señal de respeto o hacerlo sottovoce.
Asbirgy es también una buena puerta a la colección de penínsulas y brazos de mar que, como las puntas de un rastrillo, hienden la costa norte de Islandia. El Círculo Polar Árticoroza sus extremos, e incluso enhebra la más oriental de ellas. En los meses de verano, la ciudad portuaria de Husavik es el enclave más visitado de la zona, gracias a las salidas en barco que permiten contemplar de cerca las distintas especies de ballenas que frecuentan su bahía. Se aconseja reservar plaza con antelación.
En el año 999, Islandia se debatía entre seguir profesando la religión pagana o adoptar el cristianismo. Thorgeir Thorkelsson, prominente letrado del Althing que lideraba la primera opción, permaneció 24 horas meditando en silencio bajo una manta de piel, en lo que debió ser un ritual chamánico. Al salir, arrojó las estatuas y símbolos de los dioses nórdicos por la gran catarata que se halla al oeste del lago Myvatn. Desde entonces, ese espectacular salto de agua se llamó Godafoss (“Cascada de los dioses”). Meses después, en junio del año 1000, el Althing declaró el cristianismo religión oficial de la isla; el culto a los antiguos dioses podía seguir ejerciéndose, pero en privado. Tal medida, que previno una invasión punitiva desde el continente, convirtió a Islandia en el primer país donde la religión la escogía un parlamento. El triunfo del luteranismo en el siglo XVI, impuesto por el rey Christian III de Dinamarca, resultó mucho más dramático e implicó decapitar en 1550 a Jón Arason, el último obispo católico, poeta e introductor de la imprenta en la isla.
Akureyri es la capital del norte y su atractivo jardín botánico acoge una gran variedad de flores junto a los árboles tal vez más altos del país. Reikiavik dista casi 400 km, pero es habitual alargar la vuelta incluyendo la península de Snæfellness. Por el cráter del volcán que le da nombre penetraban los héroes de la novela Viaje al centro de la Tierra, aunque Julio Verne tal vez desconocía que un enorme glaciar obstruye ese cucurucho de entrada con su bola de helado. En la costa norte de la península, el Kirkjufell («montaña de la iglesia»), puntiagudo como el sombrero de una bruja cuando se mira desde el lado óptimo, es la montaña más fotogénica de Islandia.
En Reikiavik concluye esta experiencia de pura naturaleza. En la capital y su distrito viven dos tercios de los 394.000 islandeses, cifra modesta para una isla que supera en tamaño a Portugal. El Museo Nacional reúne el patrimonio cultural del país e invita a recorrer la historia de la nación a través de sus enseres, artefactos y obras artísticas. Ese viaje de algo más de mil años en el tiempo pone el colofón al recorrido por el espacio islandés. Contemplamos objetos de otras épocas elaborados con madera, lana, piedra, cuero, hueso o metal. De todos emana una pausada belleza, como si reflejasen el esmero y la atención de las manos que los crearon. Los arcones primorosamente labrados, los instrumentos de pesca, cualquier irrepetible pieza de vajilla, un rústico telar, una embarcación, una campana de iglesia, cuernos transformados en vasos, por su intrínseca naturaleza, son fragmentos de un mundo en el que todo estaba vivo y los relojes, si los había, no tenían aún minutero.
Cuando el aire fresco de la cosmopolita Reikiavik despierta al visitante del sueño del museo, este cae en la cuenta de que ninguno de los artículos producidos en serie que exhiben los escaparates resiste la comparación con lo que ha visto. Pero no todo está perdido: los ojos de las personas –con permiso de las gafas de sol– siguen siendo únicos en sí mismos. Y la naturaleza regala amplios espacios vacíos, silencio, aire y agua puros. Bienes que solemos echar a falta cuando necesitamos recuperar el equilibrio.
Enlaces a otros textos de Josan Ruiz sobre destinos volcánicos:
• Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
• La Palma tras el volcán
• Los tesoros de Hawái
• Costa Rica, paraíso del ecoturismo
• Un amor volcánico







