La Gomera, una isla de cuento
A La Gomera apetece volver incluso cuando estamos empezando a recorrerla, acaso porque conserva su esencia primitiva y algo salvaje. Eso la hace única entre las islas Canarias.
En la puerta de la antigua tienda de comestibles de El Cedro, un hombre se comunicaba silbando con alguien que estaba en la otra ladera del valle, oculto entre la laurisilva. La tendera nos traducía amablemente la conversación:
—Le pregunta si sabe algo del hijo de Alejo Martín. Ha venido de excursión con unos compañeros del instituto de Tenerife. El padre no tiene noticias y van con una caseta (así llaman los canarios a las tiendas de campaña).
Breve silencio y nuevos silbidos, esta vez en sentido contrario:
—Él no los ha visto, pero dice que los guardias de Garajonay, sí. Hace dos días pasaron la noche en la cumbre.
Poco después se escuchan valle abajo otros silbidos, mucho más escuetos:
—Anda zagal, llévale este paquete de tabaco a Juan.
Presencié esta escena en agosto de 1985, en mi primer viaje a La Gomera. Un año después el Parque Nacional de Garajonay se convertía en el primer enclave natural español declarado Patrimonio de la Humanidad. Entre El Cedro y la cumbre de Garajonay, los solitarios senderos carecían entonces de indicaciones. Por suerte compartía camino con Werner, un gigantón alemán quien, gracias a una guía escrita en su idioma, sabía qué hacer en cada encrucijada. Ese mismo año Manuel Mora Morales publicó La Gomera paso a paso y todo empezó a cambiar.

Hoy la pequeña isla de La Gomera cuenta con una red de 650 km de caminos, muy bien señalizados, que recorren paisajes espléndidos y constituyen una de sus señas de identidad. Y en las escuelas se dedica una hora de clase semanal a enseñar el silbo. Este lenguaje, que trajeron consigo los bereberes, permite comunicarse a través del tortuoso relieve, salvando los barrancos y llevando las noticias, como un eco artificial, de un confín a otro de la isla. Pero durante el franquismo llegó a estar prohibido, pues permitía que los vecinos se avisaran entre sí («la Guardia Civil va en busca de José...»). Los mensajes del silbo pueden escucharse a kilómetros de distancia y resultan por ello de dominio público.
La Gomera es un mundo vertical, una fantasía de cornisas de basalto y laderas prodigiosamente abancaladas por los campesinos. Su forma recuerda la de media naranja, desgajada por los barrancos que parten de la cumbre de Garajonay como los radios de una bicicleta. La isla presenta dos caras. En la vertiente norte, un entramado de valles exprime la humedad de los vientos alisios y crecen los bosques de laurisilva mejor conservados de Canarias. El sur muestra un paisaje de profundos barrancos colonizados por palmeras donde no escasea el agua, al contrario de lo que cabría imaginar.
Situado 500 metros por debajo del vertiginoso mirador de Abrante, Agulo fue elegido por The Times el pueblo más bonito de España en 2022. Salvo en un corto tramo entre esta aldea y Hermigua, ninguna carretera bordea la costa de La Gomera, un acantilado casi continuo con alturas entre 20 y 850 metros. Ir de un pueblo a otro requiere, por tanto, remontar el valle en que se encuentra, acceder a la cúpula montañosa del interior y descender por el barranco correspondiente. Existen carreteras modernas para hacerlo, pues no se han escatimado medios para mejorarlas, lo cual genera trabajo en la isla y facilita las comunicaciones y el turismo. Pero con ese continuo subibaja repleto de curvas, las pastillas de freno de los vehículos pueden durar solo un par de años.
Al desembarcar en la isla viniendo del sur de Tenerife, tras una hora escasa de navegación, se tiene la sensación de haber viajado de la ciudad al campo. San Sebastián de la Gomera, o la Villa como la llaman los vecinos, es una capital tan tranquila que no lo parece. Sus dos calles principales discurren paralelas al cauce del barranco que desciende de las montañas. Una de ellas, la calle Real, es peatonal en las manzanas próximas al puerto. Sin abandonarlas, el paseo permite visitar la iglesia de la Asunción, el Museo Arqueológico y la Casa de Colón, donde el navegante se alojó antes de aventurarse rumbo a las Indias.

La oficina de turismo ocupa un antiguo edificio de esa misma calle. Visitarla permite proveerse de buenos mapas de senderismo e informarse de lo mucho que La Gomera tiene para ofrecer, en especial a los amantes de la naturaleza.
La empinada carretera que lleva de San Sebastián a Hermigua fue la primera de la isla. Se construyó para comunicar los valles agrícolas del norte con el puerto de San Sebastián. Las obras, iniciadas en 1915, duraron casi cuarenta años. En el siglo XIX, Vallehermoso, Agulo y Hermigua, las localidades más emprendedoras, destinaban sus mejores tierras al cultivo de plátanos y tomates que adquirían compañías británicas. Pero el verdadero reto consistía en embarcar las cosechas, pues la bravura del océano en el noreste impide construir puertos. Por eso, hasta que se inauguró la carretera, en esas tres localidades se recurrió a pilares en el mar que, mediante un largo brazo de grúa, permitían depositar cargamentos de plátanos en un barco detenido frente a la costa o descargar mercancías. Bastaba sin embargo una semana de oleaje intenso para que la operación no fuera factible o la cosecha se malograse. Las cuatro fantasmagóricas torres de hormigón que sobreviven junto a la playa de Hermigua (el mar desmoronó los pescantes de Vallehermoso y Agulo) recuerdan ese pasado más artesanal que industrial.
Llegar en coche hoy desde San Sebastián a Hermigua requiere apenas media hora. Vale la pena desviarse en la última curva cerrada a la derecha antes del pueblo y explorar las huertas y bancales que rodean a Pedro y Petra, dos imponentes roques de fonolita. Más que el vestigio de antiguas chimeneas volcánicas, parecen las deidades tutelares del valle. Eso debieron representar probablemente para los antiguos gomeritas.

Contemplar los bancales de Hermigua trepando hacia la montaña, salpicados de racimos de palmeras y casas coloridas, alegra el espíritu. También evidencia que las únicas superficies llanas de la isla son las que crearon los campesinos a fuerza de brazos. A medida que las tierras más fértiles se destinaban al cultivo de plataneras, hubo que construir nuevos bancales monte arriba para obtener los alimentos esenciales: patatas, maíz, judías, garbanzos, calabazas, coles, ñame... Las lomas rocosas, no aptas para la agricultura, acogían las humildes viviendas.
Paseando por los bancales junto a los dos poderosos roques, el guía Ricardo Tomé evoca su infancia en el valle. Nos muestra cómo hojas dobladas con destreza se convertían en barquitos que competían corriente abajo en el arroyo de El Cedro. El único llano libre de cultivos, más pequeño que una cancha de baloncesto, hacía de campo de fútbol, pero con la excitación del juego era habitual tropezar con la enorme peña que sigue aflorando en medio. Las grandes hojas del ñame servían de paraguas o permitían improvisar una botella.

Esa agricultura no hubiera sido factible sin los cientos de manantiales de la isla, más de la mitad de los que brotan en Canarias. La Gomera todavía hoy es autosuficiente en agua gracias a sus presas y caudales subterráneos. Esta se infiltra por los basaltos que coronan la meseta central pero no consigue atravesar los estratos más antiguos de la base. Se forman así acuíferos que rezuman por numerosos nacientes en la zona de contacto entre esas dos capas.
La laurisilva gomera condensa en sus tejidos vegetales más agua de la atmósfera de la que consume y alimenta esa riqueza hídrica. En las zonas cubiertas por este bosque, ese fenómeno, conocido como lluvia horizontal, aporta unos 1.000 litros/m2 al año. Si la laurisilva se hubiese talado, como sucedió por ejemplo en la meseta herreña de Nisdafe en el siglo XVII, La Gomera ofrecería seguramente un aspecto muy distinto. Pero resultaba más rentable explotar la madera de islas menos abruptas. Respetar los bosques de las cumbres, situados por encima de donde manan las fuentes, en vez de aclarar nuevas zonas para pastos, protegió los caudales que hacían posible la agricultura barranco abajo.

La laurisilva de La Gomera no tiene rival en las islas Canarias. Las 90.000 hectáreas que ocupaba cuando los castellanos llegaron al archipiélago se han reducido a 19.000, de las que solo 6.000 corresponden hoy a bosques bien conservados. De estas, la mitad se hallan en La Gomera. Pero si nos ceñimos a los árboles cuyos troncos superan los 60 cm de diámetro, esa cifra se eleva al 80%. Un factor que contribuye a esa exuberancia forestal es que La Gomera no presenta una cresta rectilínea, al estilo de El Hierro o La Palma, sino un intrincado puzle de cornisas y valles. Eso hace más sinuoso el alambique que destila la humedad de los vientos alisios.
El sendero que asciende desde Hermigua al caserío de El Cedro remonta el principal arroyo de La Gomera y brinda la entrada más solemne al Parque Nacional de Garajonay. El camino pasa por una decena de antiguos molinos de gofio y permite contemplar El Chorro, la cascada de 140 metros que en época lluviosa se precipita por las crestas de Hermigua casi como si manara del cielo.
En el otoño de 2021, entre El Cedro y la ermita de Lourdes, Cristina y yo avanzamos con un silencio reverencial, saludando por señas o solo con la mirada a los otros excursionistas. El dosel arbóreo forma una catedral con todos los verdes del mundo. Solo un gran botánico sabría distinguir el millar de especies de líquenes o los cuatrocientos tipos de musgos que crecen en la isla. No importa. Aunque ignoremos sus nombres (o los de los 25 tipos de helechos), líquenes y musgos vivifican cualquier superficie libre de hojarasca. Da gozo verlos tapizando con sus texturas y colores las rocas y los troncos de los árboles, o colgando de las ramas como barbas o cabelleras.
La niebla baila y cambia de forma peinada por el viento. Si se retira y brilla el sol, el paisaje pierde parte de su magia. Asomarse entonces a un mirador como el de Risquillos del Corgo sería apenas un consuelo por ese paseo sin la compañía creativa de la niebla. Así nos lo hace notar el guía Ricardo Tomé al acompañarnos por el Raso de la Bruma, uno de los trayectos más recomendables en las alturas de la isla.
En cualquier paseo por La Gomera, la mirada se prenda fácilmente de las crasuláceas, esas plantas carnosas que acumulan agua, semejantes a cactus sin espinas, cuyos bellos rosetones salpican las paredes de basalto. La armonía matemática de esas espirales de pétalos turgentes, dispuestos hipnóticamente como las semillas de un girasol, responde a la secuencia numérica de Fibonacci (1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34...), emparentada con el número áureo. Algunas jóvenes hippies recrean ese patrón floral en cantos rodados pintados con delicadeza y los venden en Valle Gran Rey, en la costa oeste de la isla, como si fueran pequeños mandalas.

La laurisilva es un bosque coral, no monocorde como los hayedos o los pinares, y sus diversos árboles han sido un gran recurso para una población obligada a apañárselas con lo que ofrecía la tierra. El viñátigo (Persea indica), ligero y resistente, se empleaba en arados y conducciones de agua. El palo blanco (Picconia excelsa), en vigas y puentes. El barbusano (Apollonias barbujana), que resiste la polilla, en carpintería y ebanistería. Con el til (Ocotea foetens) se fabricaban muebles y cajas para el transporte del azúcar. El loro o laurel de Azores (Laurus azorica) se empleaba en carretas, trillos, colmenas y tutores de viñas. Las fayas (Morella faya) suministraban las horquetas que sostienen las plataneras o las varas para el cultivo del tomate. Con el brezo arbóreo (Erica arborea) se hacía carbón o se ahumaban los magníficos quesos de cabra, de leche cruda (hoy se emplea más la jara). Estas dos últimas especies integran la comunidad vegetal del fayal-brezal, que crece por encima de la laurisilva, en entornos más fríos y secos o cuando esta se degrada.
Al alimentarse de sus frutos y diseminar las semillas, la paloma turqué, endémica de las Canarias occidentales, contribuye a la propagación de las especies arbóreas de la laurisilva. Otra paloma, la rabiche, habita en zonas más bajas. «Si en vez de palomas fuesen papagayos, los turistas estarían deseando verlas», nos dice Ricardo Tomé, contento de que la sensibilidad hacia los animales evolucione en la isla: «Es cada vez más raro ver pájaros en jaulas o perros atados todo el día, como antiguamente». Nos hace notar que el canario silvestre tiene un color mucho menos amarillo, para no ser presa fácil. Todas estas aves, junto al mirlo, integran la dieta del gavilán. El busardo prefiere conejos y ratas. Y el cernícalo, insectos, ratones o lagartos.

En el siglo XV los castellanos hallaron una sociedad pastoril y recolectora que habitaba en cuevas y pequeñas cabañas de piedra seca a distancia prudencial de la costa. Los gomeritas usaban instrumentos de piedra, madera, hueso, conchas, fibras vegetales y pieles de animales. Extraían la savia de las palmeras, de la que obtenían el guarapo, y tostaban el gofio en recipientes de cerámica elaborados sin torno. En el Alto de Garajonay, techo de la isla, convergían los cuatro reinos o tribus (Ipalan, Mulagua, Agana y Orone) en que se dividía La Gomera. En él se comunicaban con la divinidad suprema y sacrificaban animales en altares. La Torre del Conde que vemos junto al puerto de San Sebastián, edificada hacia 1450, es el único edificio medieval que perdura en las Canarias. Y se construyó para defender a los conquistadores de los nativos más que de las incursiones que pudieran llegar por mar. En 1488 los aborígenes, liderados por Hautacuperche, dieron muerte al despótico Hernán Peraza y asaltaron la Torre del Conde. Las represalias de los castellanos entrañaron el fin de la sociedad indígena. Sin clemencia para los varones adultos, los pocos supervivientes se emboscaron en las alturas de Garajonay. Muy poco después, Colón abasteció sus naves de agua en San Sebastián de La Gomera para cruzar el Atlántico. Así lo hicieron también Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

Los seis ingenios azucareros de la isla se cerraron en el siglo XVI, al no poder competir con los de América. La agricultura resultaba muy penosa por lo abrupto del terreno. Observar los enseres domésticos del Museo Etnográfico de Hermigua permite apreciar cuán modesto era el nivel de vida. En el siglo XIX el cultivo de plátanos abrió nuevas perspectivas comerciales y las tierras más fértiles se llenaron de plataneras.
Tras la Guerra Civil se prohibió el pastoreo en el monte público, y a partir de 1960 se multiplicó la emigración a Venezuela y a Tenerife, donde la franja de la costa sur se había puesto en regadío. La población actual (22.000 habitantes) sigue siendo un 30% inferior a la que había entonces. Pero en 1981, la declaración de Garajonay como parque nacional cambió la dinámica de la isla. Lo que se protegía en este caso era más un ecosistema forestal que un escenario espectacular. El parque devino así la principal fuente de empleo y el bosque comenzó a colonizar huertas abandonadas.
Las nubes generadas por los vientos alisios se arremolinan al norte de la cresta de Garajonay, pero salvo en invierno raramente la cruzan. En las soleadas y elevadas lomas orientadas al sur, Chipude, El Cercado y Las Hayas ofrecen hoy tentadores alojamientos de turismo rural, mientras por sus paradas de guagua desfilan senderistas de media Europa. En esta meseta se cultivaban los cereales para el gofio, y en ella se elaboraban también los enseres de barro. Aunque las alfareras siguen trabajando sin torno, sus creaciones se han sofisticado y hoy se adquieren con tarjeta de crédito. Pero hasta que hubo carreteras, sus antecesoras trocaban sus recipientes por alimentos, o bien recorrían descalzas caminos vertiginosos, con las tinajas en la cabeza, para vender la cerámica en las aldeas de la costa.
Esa red de senderos que usaba secularmente la población es un tesoro de La Gomera. Adentrarse por ella supone pues cierto retorno a los orígenes... aunque se haga con equipación moderna. La isla solo tiene 370 km2, pero su abanico de paisajes y panoramas es fascinante y cada barranco encierra un microcosmos.

La cumbre más espectacular es el Roque de Agando (1.247 m), resto de una chimenea de magma, que se alza en la mandíbula de crestas como un colosal colmillo buscando el cielo. En el incendio que lo asoló en septiembre de 1984 perdieron la vida 20 personas, entre ellas el joven gobernador civil de Tenerife, Francisco Afonso Carrillo. Había venido a supervisar la extinción de las llamas cuando un súbito cambio del viento envolvió varios vehículos en un torbellino de fuego.
La Fortaleza de Chipude es otra de esas intrusiones de magma viscoso que ha realzado la erosión. Pero si la forma del Roque de Agando evoca un menhir, la Fortaleza (1.243 m) se antoja más bien un gigantesco tambor. Esta mesa redonda de espesa lava parece inexpugnable. Sin embargo, del caserío de Pavón parte una estrecha vereda escalonada hacia su cima, un círculo casi llano de 300 metros de diámetro donde los gomeritas levantaron en su día altares y sencillas cabañas. Al franquear la entrada a esas almenas de rocas tapizadas de líquenes, tranquiliza saber que no acechan enemigos arriba, salvo quizá cierto vértigo. Los días en que el viento se toma un respiro se hace difícil abandonar este fascinante mirador al sur de la isla.
En mi primer viaje de 1985, tras vivaquear con Werner en la cima de Garajonay (entonces estaba permitido), descendimos hacia Chipude para subir a La Fortaleza. Solo nos cruzamos con un pequeño grupo de alemanes y, para nuestra sorpresa, los guiaba el autor del libro de excursiones con que nos orientábamos. Una vez arriba, extasiados ante el paisaje, Werner me confesó el objetivo de su recorrido a pie por La Gomera: quería organizar retiros de meditación trascendental en Valle Gran Rey y estaba buscando los «lugares de poder» de la isla. Aquella especie de radiotelescopio o tambor de lava enfocado a las estrellas tenía que ser uno de ellos.

Las 120.000 palmeras de La Gomera, sobre todo las que crecen en el soleado sur, hacen que algunos paisajes evoquen los del Atlas marroquí. Junto al gofio, la cabra y el lenguaje del silbo, los bereberes trajeron este árbol del que todo se aprovecha: hojas para cestos, dátiles para el ganado, el talajague seco que queda unido al tronco como combustible... y sobre todo el guarapo. Eso requiere trepar a la copa y rebanar el gran cogollo central. Tras sangrar toda la noche, la palmera ofrece entre 10 y 15 litros de dulce savia, que se hierven para obtener un sirope concentrado. El árbol tarda unos cinco años en recuperarse de esa operación. La miel de palma sigue siendo una de las delicias isleñas.
Las palmeras hacen que el descenso al antaño bucólico Valle Gran Rey, en el sudoeste de la isla, tenga algo de llegada al paraíso, tanto si se va por carretera como por los caminos seculares que zigzaguean por el barranco desde Chipude o El Cercado. Los bancales de este antiguo vergel, donde se producía seda y entre los que fluyen acequias, ya no rinden como en los viejos tiempos. Pero Valle Gran Rey ofrece atractivas casas de campo para alojarse y el enclave playero más dinámico y cosmopolita de la isla.
El alemán lleva décadas siendo el idioma más hablado entre quienes eligieron Valle Gran Rey como un espacio de retiro con pedigrí psicodélico. Las librerías tienen prolijas guías en esa lengua, hay restaurantes de comida ecológica o vegetariana frecuentados por una clientela variopinta, artesanos que exhiben sus piezas junto al mar y no solo en el mercadillo de los domingos. El yoga y las puestas de sol constituyen la ceremonia espiritual o estética de cada tarde en la playa del Inglés (así se llamaba en Canarias a cualquier arenal nudista), con El Hierro y La Palma perfilados en el horizonte. Cuesta elegir restaurante entre los del puerto y las playas. Y en algunos es un deleite repetir, como en la terraza de la zumería-crepería Gran Rey, junto a la pista que acoge las partidas de bola canaria, más pesada que la de petanca. Las tiendas suelen cerrar pronto y otras ni se molestan en abrir en fin de semana. Acaso porque, aunque se viva en un valle aislado, es difícil conectar con uno mismo o con la naturaleza sin concederse espacios regulares de descanso.
El único complejo turístico de La Gomera se halla en Playa Santiago. Los cientos de habitaciones del hotel Jardín Tecina, propiedad de la compañía noruega de ferris Fred Olsen, se diseminan en una cornisa frente al mar, entre espléndidos jardines. Aunque no lo cuenta en sus memorias, en él se alojó la canciller alemana Angela Merkel las seis veces que acudió a la isla entre 2008 y 2018 a practicar senderismo, siempre en Semana Santa (ya había veraneado con sus padres en Valle Gran Rey cuando estudiaba Física, en los años 70). Una colección de postales que parecen memes de internet bromea con esa querencia de Angela por la isla. El solitario aeropuerto se inauguró en 1999 en una loma contigua.
Si se parte de Playa Santiago rumbo a las cumbres, merece la pena tomar el desvío a Imada. El paisaje exhibe en esta aldea una belleza seca y descarnada, pero los bancales, con cultivos hortícolas que el dulce clima propicia en cualquier estación, invitan a pasear por el corazón del barranco. O, convenientemente pertrechados, a aventurarse por el sendero que bordea el valle hacia Benchijigua y la Degollada de Agando.
Las lavas más antiguas del edificio isleño afloran en el confín noroeste, que suele pasar desapercibido en un primer viaje. Sus exquisitos tonos ocres intensifican el verdor de la vegetación cuando se camina hacia del norte desde la ermita de Santa Clara (una pista forestal permite acceder a ella). El Teide, que se alza puntiagudo en la isla de enfrente, demuestra entonces por qué es más alto que el Mulhacén.
Cuando el mar se calma en esta parte de la isla, algo que no suele estar previsto en el guion, desde esta atalaya a 700 metros de altitud se divisan los barcos que se dirigen a Los Órganos. Para visitar este gran monumento geológico se parte de Valle Gran Rey o Playa Santiago. Las embarcaciones turísticas navegan habitualmente entre esos dos puertos, en el abrigado sudoeste, una zona rica en plancton donde habitan cetáceos (rorcuales y calderones tropicales, delfines mulares, listados y moteados). Pero en el otoño 2021 atrapamos un día de excepcional bonanza que hacía posible embarcar rumbo norte desde Valle Gran Rey.

En Los Órganos, la médula ósea de la isla se exhibe descarnada en gigantescos prismas hexagonales que desafían el embate del mar y del tiempo, configurando un espacio que no precisa del esfuerzo o el aprecio humanos para resultar sagrado.
Un grupo de vecinos de Vallehermoso (la mayor localidad del norte, pero sin acceso marítimo a Los Órganos) también se había embarcado ese día desde el sur para poder verlos. Tras admirar aquella maravilla de basalto, regresar con ellos a Valle Gran Rey resultó una delicia. Los aldeanos cantaban al son de instrumentos de cuerda y percusión, junto a un acordeonista especialmente inspirado.
El repertorio mexicano y caribeño, pleno de ritmo y humor, transmitía una alegría de vivir irresistiblemente contagiosa. Y no podía faltar en él Pa La Gomera, el éxito de la orquesta Bajip, originaria de Agulo, con su pegadizo «Dice que te vas, dice que te vas para La Gomera; dice que te vas, dice que te vas pero no me llevas…» (incluyo un video de ese momento). Hasta el fluir del barco con las olas parecía acompasarse con la música. Esa bendita camaradería nos acompañó hasta llegar al puerto y nos hacía desear que el viaje de vuelta no acabase nunca.
Otros textos de Josan Ruiz dedicados a las Canarias:
• Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
• Gran Canaria desde dentro
• La Palma tras el volcán






Disfrutando de tu rica prosa sobre la Gomera mientras viajo desde Monteverde hasta la costa pacífica de Montezuma, en Costa Rica, cuya historia me llegó de ti e inspiró. Gracias querido Josan.