La montaña más bella de Europa
El Matterhorn o Cervino encandila las miradas. Con su aspecto de sombrero de mago, es una cumbre realmente asombrosa cuando se contempla desde Zermatt.
Si entre los 82 picos de los Alpes que superan los cuatro mil metros hubiera que elegir uno que representase a la cordillera en todo el mundo, probablemente no triunfaría el más alto (Mont Blanc, 4.810 m), sino el Matterhorn o Cervino (4.478 m), que se alza entre Suiza y Italia. Algunos ilustres vecinos del Matterhorn (Monte Rosa, Weisshorn, Lyskamm, Täschhorn, Dom) también lo sobrepasan en altura, pero a la hora de atrapar las miradas no admite ni compañeros en el pódium: él es el sol entre una corte de planetas. Con cada una de sus caras orientada a un punto cardinal, la mítica pirámide de los Alpes encarna la cumbre europea por excelencia.
El magnetismo o la fotogenia del Cervino es tanto una cuestión de volumen y armonía de proporciones como de perspectiva. En un escenario donde, con excepción del Mont Blanc, se congregan las mayores cumbres de la Unión Europea, de pronto los valles se dilatan, las crestas se separan y ese espacio vacío lo preside una montaña cuyas formas evocan las de un cristal de roca que se eleva buscando el cielo.
Mi primer encuentro con el Matterhorn aconteció en 1978, en un viaje con dos amigos del instituto. Al bajar del tren en Zermatt parecía que nos habíamos trasladado al futuro y no a un pueblo suizo de alta montaña. Vehículos eléctricos transportaban silenciosamente a los clientes de los hoteles y a sus equipajes. Las duchas del albergue juvenil permitían afinar la temperatura con una precisión de un grado. Y ningún tubo de escape turbaba el ambiente, pues, a pesar de que existía una carretera, los automóviles debían detenerse 6 km más abajo, en el aparcamiento de Täsch. Esa medida, en vigor desde 1931, fue refrendada en las urnas en 1972 y se ratificó en 1986.
Espesas nubes se cernían sobre el valle en aquella primera tarde en Zermatt, y nada permitía adivinar la presencia del Matterhorn. ¿Dónde estaría? Pero ciertos espectáculos ganan solemnidad cuando se descorre un telón. La mañana siguiente amaneció esplendorosa y, como si hubiese brotado de la tierra, el Cervino se materializó ante nosotros justo donde los mapas lo ubicaban: 8 km en línea recta al sur de Zermatt y casi tres mil metros más arriba. Era imposible apartar la mirada de aquella espléndida cúspide bajo un cielo azul radiante. En vez de tomar el funicular, ascendimos a pie al gran mirador de Gornergrat (3.089 m), entre torrentes, bosques de pino negro, praderas, flores, lagos y glaciares, disfrutando de panoramas de ensueño enmarcados por montañas imponentes (el cantón suizo del Valais concentra 42 cuatromiles de los Alpes). Pero, una y otra vez, casi todas esas bellezas servían de pretexto o escorzo para componer una nueva foto de la sublime pirámide.

En las décadas siguientes volví cuatro veces a Zermatt, compartiendo mi entusiasmo por el lugar con compañeros del club ciclista (las bicicletas sí pueden usar la carretera que sale de Täsch), los amigos o la familia. En una ocasión, dormí en uno de los pajares de las afueras del pueblo, colofón a un verano recorriendo los Alpes con mi amigo Isidoro. Y allí compré (falta de previsión, pues las tiendas de Zermatt son caras) y estrené la mochila en que empecé a llevar a mi hija Alicia por las montañas desde que tenía ocho meses.
Cientos de kilómetros de senderos y pistas de esquí, apoyados por una red de teleféricos, envuelven Zermatt como un ovillo inextricable y multiplican las posibilidades de deleitarse entre altos horizontes. Pero en cada visita siempre llega el momento de mirar humildemente al suelo, en el enclave más significativo y menos comercial de Zermatt: el cementerio ajardinado junto a la vieja iglesia. Escaladores de todo el mundo, fallecidos prematuramente, yacen en él en sencillas tumbas. Los piolets son sus cruces. Y en las lápidas se lee el año y la cumbre donde perdieron la vida, generalmente mientras descendían, menguados sus reflejos o sus fuerzas. Existe asimismo una tumba dedicada al escalador desconocido.
La quinta vez que estuve en Zermatt, una Semana Santa, compartimos con los chicos una habitación cuádruple. Durante las tres noches que pasamos en ella, antes de apagar la luz, nos fuimos turnando con ellos para leer en voz alta, desde las camas, el capítulo que el escritor y alpinista Georges Sonnier dedica a la conquista del Matterhorn en su obra La montaña y el hombre. Lleva por título «Whymper, Carrel y el Cervino», se extiende a lo largo de nada menos que 40 páginas y se presenta en seis actos. Es una experiencia de la que tanto Alicia como Éric, que entonces eran adolescentes, conservan un buen recuerdo. Ojalá hubiésemos realizado lecturas similares en otros viajes con ellos. Pero no siempre tienes a mano una historia tan emocionante y una montaña tan extraordinaria.

El primer hombre que se obsesiona con el Cervino es Jean-Antoine Carrel, un guía de montaña del pueblo italiano de Valtournenche, en la cara sur del pico. Carrel ama la cumbre a cuyos pies ha crecido, la única gran cima de los Alpes no escalada hasta entonces, y sueña con ser el primero en coronarla. El siguiente es Edward Whymper, un dibujante londinense a quien, con solo veinte años, un editor envía a los Alpes para que le provea de paisajes de montaña para ilustrar una guía. En el verano de 1860, Whymper recorre así Suiza, el valle de Aosta y Saboya, el corazón alpino de Francia.
En su viaje del año siguiente, tras escalar el Mont Pelvoux (3.946 m), Whymper se encamina a Valtournenche para intentar subir al Cervino con el guía que todo el mundo le recomienda: Jean-Antoine Carrel, once años mayor que él, y «el más formidable escalador de rocas que he visto», en palabras del propio Whymper. Pero no llegan a un acuerdo y Edward parte con otro guía, hasta que tiene que retroceder cuando este se declara incapaz de seguir ascendiendo. Entre ese año y los cuatro siguientes, hubo quince tentativas de escalar la montaña por la vertiente italiana y tres por la suiza. Carrel y Whymper protagonizarán ocho cada uno, tres de ellas conjuntamente.

En julio de 1862, en su quinto intento por el lado italiano, Whymper, alcanza en solitario los 4.100 metros. Pero, ya de regreso, resbala y cae por una pendiente de nieve de unos 70 metros, rebotando siete u ocho veces con las peñas y deteniéndose providencialmente a tres metros del abismo. Tiene una veintena de cortes y le ciega la sangre que mana a borbotones de su cabeza con cada latido. Logra detener la hemorragia con nieve, se desmaya y recobra el conocimiento cuando se pone el sol. Tras descender 1.700 metros, «sin resbalar ni perder el camino una sola vez» según escribe, llega en plena noche a Breuil y revoluciona a la aldea con su terrible aspecto. Cuatro días después parte de nuevo montaña arriba, esta vez con Carrel. Pero a la mañana siguiente empieza a nevar y Jean-Antoine dice que se da la vuelta.
En 1863 Carrel y Whymper están de nuevo en la montaña. Es la séptima tentativa para cada uno de ellos, y la tercera y última que emprenderán juntos. Una gran nevada malogra sus planes; ninguno de ellos volverá a intentarlo hasta 1865.

En 1864 Whymper conoce a Michel Croz, un guía saboyano excepcional, uno de los mejores montañeros de su tiempo, capaz de superar los pasos más expuestos incluso en cimas que no conoce. Junto a él, Whymper realizará algunas primeras ascensiones en Chamonix (Barre des Écrins, Aiguille Verte...) y abrirá varios collados de lo que hoy se conoce como la «Haute Route Chamonix-Zermatt», una travesía de 180 km que se realiza a pie o con esquís.
El 14 de julio de 1865 es una fecha memorable en la historia del alpinismo. Carrel y un sólido equipo han partido desde Valtournenche en Italia para escalar el Cervino. Whymper, al que solo le vale llegar el primero a la cumbre, no puede demorarse. Se une en Suiza a Lord Francis Douglas, quien con los Taugwalder padre e hijo, dos guías de Zermatt, acaba de realizar la segunda ascensión al Obel Gabelhorn (4.063 m). En ella, ha observado que la arista Hörnli del Matterhorn no es tan inclinada como parece vista desde más abajo. Y en Zermatt se halla precisamente el reverendo Charles Hudson, otro gran alpinista, pionero en coronar el Monte Rosa diez años antes, y en escalar sin guía… pero que esta vez ha contratado nada menos que a Michel Croz. Acuerdan partir los seis juntos. Hudson sin embargo pide que le acompañe Robert Hadow, un joven sin experiencia en escalada con quien cinco días antes ha ascendido el Mont Blanc. Nadie se opone.
La arista Hörnli, la que da directamente a Zermatt, viene a ser una rampa en ángulo de 40 grados que se eleva 1.300 metros hasta la cumbre del Cervino. La forman rocas de gneis bastante más sueltas que las del lado italiano. Este video de Ellis van Jason la recorre de abajo a arriba y viceversa a vista de dron.

El día señalado Hudson y Whymper se turnan al frente. Casi a las 10 de la mañana, en el segundo descanso, han alcanzado los 4.270 metros. Todo está siendo más fácil de lo previsto. Pero llega un momento en que no pueden seguir progresando por la arista. Deben contornearla por la cara norte de la montaña, entre rocas nevadas que se asoman al gran abismo. Michel Croz se pone entonces en cabeza. «Ahora va a ser muy diferente», anuncia. El reverendo Hudson, con una gran técnica, rehúsa siempre la cuerda o la mano tendida; no así Whymper. Mientras el principiante Robert Hadow necesita asistencia continua. Pero consiguen superar el obstáculo. Solo les queda una corta pendiente de nieve hasta la cumbre.
Whymper y Croz se desencuerdan y corren. Llegan juntos arriba. La nieve está virgen. Inspeccionan la zona superior del pico, que no es realmente puntiaguda como parece desde Zermatt sino una delgada cornisa más bien llana. Se asoman por el otro extremo. Ven entonces la cordada italiana, progresando unos 300 metros más abajo. Gritan hasta enronquecer y, como no les oyen, hacen rodar rocas para que el estrépito llame la atención. Al verles, el grupo de Carrel da media vuelta.
Permanecen en la cumbre «una hora pletórica de gloriosa vida», en palabras de Whymper, contemplando círculos de picos cada vez más lejanos que conocen uno a uno por su nombre, incluido el Pelvoux (el «primer amor» de Whymper) y al fondo el Mont Blanc, monarca de todos ellos.
El experimentado Croz abre el descenso, guiando literalmente hacia los puntos de apoyo adecuados los pies y las manos del novato Hadow, cada vez más superado por el esfuerzo y la tensión. La cordada avanza con suma prudencia: solo se mueve una persona cada vez y la siguiente repite a continuación sus movimientos. Pero en un momento en que Croz se gira para descender uno o dos pasos, Hadow resbala, cae sobre él y lo derriba. El brusco tirón de la cuerda, que por desgracia no estaba tensa, arranca al reverendo Hudson y a Lord Douglas de sus presas. Peter Taugwalder padre y Whymper bloquean raudos la soga, enrollándola en un saliente rocoso a fin de intentar detener la caída. Pero la cuerda se rompe. Cuatro personas se despeñan agitando los brazos, de precipicio en precipicio, hacia el glaciar del Cervino, dos mil metros más abajo.

Durante media hora, los tres supervivientes permanecen paralizados por el horror. Los Taugwalder tiemblan y lloran (en la tradicional Suiza, su apellido aún tiene mala fama a día de hoy, como saben sus descendientes). Whymper observa consternado que la cuerda rota, de su propiedad, era la más débil y menos fiable de las tres. No debería haberla utilizado.
De la gloria a la tragedia a veces solo hay un pequeño paso. Y la conquista del Cervino parece un episodio digno de la mitología griega. Edward Whymper, que había consagrado sus empeños a esa gesta, verá su nombre unido para la posteridad a la montaña, pero la amargura ya no le abandonará.
Cuando los apesadumbrados héroes alcanzan la base de la pirámide, por fin fuera de peligro, les aguarda una visión casi ultraterrena. Pálido, incoloro, un inmenso arco aparece en el cielo, elevándose a gran altura por encima del Lyskamm, a la derecha del Monte Rosa. Su base se difumina en la neblina. Al cabo de un rato, surge una esbelta cruz en cada lado. Los tres supervivientes contemplan estupefactos la escena, con el sol a sus espaldas y una franja de bruma delante. Los Taugwalder creen que guarda estrecha relación con el accidente. Whymper lo relaciona con su posición en la montaña, constatando que sus movimientos no influyen en la apariencia. Podría tratarse del llamado espectro de Brocken, la proyección lejana de una sombra que se da en raras ocasiones, aunque no exactamente de esa forma. Una vez desaparece, para alivio de Whymper, se ponen de nuevo en marcha. Vivaquean unas horas en una grieta y, al amanecer, descienden a Zermatt.

Desde Italia, Jean-Antoine Carrel corona su amado Cervino tres días después, justo cuando los cuerpos de los fallecidos reciben sepultura en Zermatt, salvo el de Lord Francis Douglas, desaparecido para siempre en la montaña. En 1880, el guía italiano y Whymper escalan juntos por primera vez el volcán Chimborazo (6.263 m) en Ecuador. Carrel asciende a su amado Cervino 52 veces más, y en sus laderas fallece de agotamiento en 1890, a los 62 años, tras salvar a su último cliente, el músico turinés Leone Sinigaglia, de un temporal que los tuvo bloqueados en la montaña durante varios días. Una cruz con su foto en una hornacina tallada en la roca consagra ese lugar.
Whymper fallece en Chamonix en 1911. En su obra Escaladas en los Alpes muestra siempre un tono preciso y contenido, pero su último párrafo es todo un testamento literario y vital:
«Un último y triste recuerdo me ronda y a veces se interpone, cual flotante bruma, privándome del sol y helando las memorias de los tiempos felices. Hay alegrías demasiado grandes para ser descritas con palabras, y hay dolores sobre los que no me atrevo a extenderme. Y, con estos en la mente, digo: escalad, si queréis, pero recordad que la fuerza y el valor no son nada sin la prudencia, y considerad que una negligencia momentánea puede destruir la felicidad de toda una vida. No hagáis nada con prisa, mirad bien todo paso y pensad desde el principio que cada momento puede ser el fin.»
Después de aquella lectura, entre nuestras actividades en Zermatt con Alicia y Éric no podía faltar la visita al Museo del Matterhorn, junto a la iglesia y el cementerio de los escaladores, cuyas salas subterráneas guarnece una pirámide de cristal. Allí se exhibe el equipamiento de los primeros alpinistas, sus sencillas ropas y botas claveteadas; también la fina soga que precipitó la tragedia de aquella primera ascensión. Es una cuerda de fibra vegetal, apenas más gruesa que un dedo meñique, con un extremo desgarrado.
Disfrutar de Zermatt en familia es un lujo y aquel año, dos meses antes de nuestra boda aunque los chicos ya fuesen grandes, quise celebrarlo por todo lo alto. Fernando Holzinger, mi primo suizo, cirujano en Lucerna y con quien he compartido grandes viajes, estaba al corriente de mis intenciones y fue mi cómplice para realizarlas. Así que una mañana anuncio a la familia que debemos desayunar sin la menor demora porque tengo una cita importante. El misterio se resuelve al llegar al aeródromo de Zermatt: un helicóptero nos aguarda para gozar de los inmensos telones de cumbres a vista de pájaro.
El piloto nos brinda un tour inolvidable. Como en aquella primera subida de joven caminando a Gornergrat, no dejo de tomar fotos, y ahora también vídeos, asintiendo ante los gestos y los nombres de picos que menciona nuestro guía aéreo. Incluyo esta breve y modesta filmación:
Y por fin, al cabo de una media hora, llega el momento más anhelado: el vuelo sobre la vertical del Cervino, a la altura preceptiva que establece la normativa suiza. Bajo nosotros se distingue nítidamente la cresta llana por la que avanzaron Whymper y Croz buscando huellas de la cordada italiana. Sí, es increíble, estoy volando con la familia sobre una montaña maravillosa, que amo profundamente desde la juventud. Quiero fotografiarla desde allí arriba... pero el visor de la cámara está empapado en lágrimas. Dejo pues el artefacto a un lado y vivo el irrepetible momento.
Desde aquella trágica primera ascensión, que aumentó la notoriedad de Zermatt, el entorno ha cambiado bastante en el valle. En un buen día de verano, más de cien personas pueden alcanzar la cumbre (quien ha contratado un guía suizo tiene prioridad en la fila que parte hacia la arista Hornli antes del alba). Cual leopardos de las nieves humanos, cuyas hazañas difunden documentales en 4K y ya no dibujos a plumilla, en 2013 Kilian Jornet sube y baja a la cumbre desde Breuil-Cervinia en 2 horas y 52 minutos. Y Filip Babicz recorre en 2024 las cuatro aristas en menos de ocho horas. En lo que se diría una jornada laboral bien aprovechada, sube por la arista Furggen desde Italia, baja por la Hörnli, sube por la de Zmutt y retorna a Breuil-Cervinia por la del León. The Horn, una serie de Red Bull TV que emitió Netflix, muestra la labor y las arriesgadas misiones de rescate que emprenden los helicópteros de Air Zermatt. Y desde 2023, el flamante teleférico 3S Matterhorn Glacier Ride II enlaza el Matterhorn Glacier Paradise (Suiza), a 3.883 m, con la Testa Grigia (Italia), a 3.480 m. Eso permite franquear los esbeltos Alpes Peninos incluso equipado con maletas, contemplando la pirámide del Matterhorn en el oeste. En sus 1.600 m de recorrido de cable, ese teleférico a prueba de tempestades no profana el paisaje con ninguna pilastra. Dos de sus diez cabinas (diseñadas por el estudio italiano que trabaja para Maserati y Ferrari) tienen el suelo de cristal: eso brinda vistas de águila del glaciar Theodul, y del paso del mismo nombre, a 3.295 m, el punto más bajo en esa zona de la muralla y frontera alpina, arduamente transitada desde tiempos de los romanos.

Ante ese teleférico ultramoderno, ¿se quedaría atónito Ulrich Inderbinen, un hombre que nunca hizo vacaciones ni vio el mar y decía ser el último habitante de Zermatt sin teléfono? En absoluto. Este legendario guía local subió con sus clientes al Matterhorn al menos 370 veces, la última a los 90 años, y falleció con 103 años de edad. Como nació en 1900, presenció la evolución imparable de Zermatt desde niño.
En 1896, cuatro años antes de que Ulrich viniera al mundo, empezó a construirse el espectacular tren cremallera de Zermatt a Gornergrat, cuyos vagones superan 1.485 m de desnivel en media hora (Zermatt se halla a 1.604 m de altitud y Gornergrat, a 3.089 m). La obra planteó notables retos debido al relieve y la altitud, y se realizó en tres veranos, entre la fusión y el retorno de la nieve. Más de mil operarios trabajaron simultáneamente. Al inaugurarse en agosto de 1898 se convirtió en el primer ferrocarril eléctrico suizo de alta montaña. Al principio solo circulaba en verano, pero en 1929 ya alcanzaba Riffelberg en invierno y, desde 1941, también Gornergrat, accesible así los 365 días del año. Hasta la apertura del tren de la Jungfrau en 1912, cuando Inderbinen contaba once años, fue el ferrocarril más alto de Europa.
Por mucho que crezca la oferta de actividades al aire libre en Zermatt, subir a Gornergrat sigue siendo muy gratificante. Tanto la parada terminal como las intermedias son ideales para practicar senderismo o esquiar. Gornergrat se emplaza en una cresta rocosa asomada vertiginosamente al glaciar de Gorner, que con sus 12 km es el tercero más largo de los Alpes. En la otra orilla de ese río de hielo, alimentado con las nieves de la vertiente norte, se yerguen el Monte Rosa, el Lyskamm y el Breithorn. A la derecha, la cresta pierde altura en el paso Theodul (3.295 m), que separa ese conjunto de cumbres del Cervino. Esa es también una frontera geológica, pues mientras los tres picos orientales forman parte de la placa tectónica de Laurasia (base de Europa y Asia), la masa de rocas que integran la parte superior del Cervino, que se alza al oeste, corresponde a un fragmento escindido del continente Gondwana (África). Al incrustarse este en Laurasia, contribuyó con su empuje a que se elevase la cordillera alpina.

Una de las excursiones más recomendables desde el funicular es el paseo que en 10 minutos lleva desde Rotenboden (la penúltima parada, a 2.815 m de altitud) al Riffelsee (2.757 m). Este lago depara una visión espléndida de la cara oriental del Matterhorn. Si el viento no agita sus aguas, el pico se refleja perfectamente en ellas.
Cual narices vertiginosas, las cuatro aristas del Matterhorn sugieren nuevos rostros al aunar triángulos de cada pareja de caras vecinas. La pirámide cuadrangular se convierte así en una especie de octógono que presenta ocho facetas a la vista, en función del punto cardinal desde el que se contemple. Pero la visión desde el noreste, centrada en la arista Hornli, es la que ofrece la simetría más cautivadora. En esa vertiente el Cervino parece evocar el sombrero de un mago o de una bruja.
Matterhorn significa «cuerno» (horn) «del prado» (matter). Ciertamente un cuerno gigante o sobrenatural, al que rodea el collar de infinitos prados de Zermatt una vez se retiran las nieves. Ese gorro puntiagudo de mago, cuyos abismos se han cobrado la vida de más de quinientas personas, parece rebosante de poder. ¿Quién hubiera podido concebir una epopeya tan dramática, el día en que la cumbre más bella y deseada de Europa fue hollada por primera vez? Tras lustros de sueños y esfuerzos, dos cordadas rivalizan por la vertiente norte y la sur. Una se retira al no poder ser la primera. Cuando los vencedores descienden, tres de los mejores alpinistas del mundo se precipitan al vacío, arrastrados por el joven que aceptaron en el grupo. Y los tres supervivientes, cuyas vidas cambiarán para siempre a partir de ese momento, presencian un espectáculo celestial único en las cumbres vecinas, privilegio para sus intrépidas y abrumadas almas.




Una vez más, me ha encantado este episodio. Tus descripciones, interesantes en sí mismas, adquieren una magia especial cuando intercalas vivencias autobiógraficas con familia o amigos: el episodio de las lecturas a vuestros hijos antes de apagar la luz es entrañable