Kailas, la última montaña sagrada
El gobierno chino, que tantas vidas y monasterios ha segado en el Tíbet, declaró en 2001 que nunca autorizaría la ascensión del monte Kailas.
El 25 de mayo de 1955, los británicos Joe Brown y George Band se detuvieron unos metros antes de alcanzar la cima del Kanchenjunga (8.576 m), el tercer pico más alto del planeta. Ese gesto lo repitieron al día siguiente sus compañeros Norman Hardie y Tony Streather. Cumplían de ese modo la palabra dada a Tashi Namgyal, penúltimo chogyal o rey de Sikkim, coronado por el Dálai Lama, para que autorizase la ascensión. «Me alegro de no haber dejado huellas en la cima», declaró George Band.
Kanchenjunga es una palabra tibetana que significa «Cinco Tesoros de las Nieves». La cúspide presenta una corona de cinco picos, de los que cuatro superan los 8.450 m. Se afirma que el dios de la riqueza mora en ellos, almacenando los cinco tesoros divinos: el oro, la plata, las piedras preciosas, los cereales y los libros sagrados. Recordemos que el número cinco posee especial relevancia para la cultura tibetana. Las vistosas banderas de oración se cuelgan siempre en múltiplos de cinco, de manera que ninguno de los elementos y energías que encarnan predomine sobre los otros. Sus colores, siempre por este orden, son: azul (símbolo del cielo/espacio), blanco (aire), rojo (fuego), verde (agua) y amarillo (tierra). El Kanchenjunga fue pues el único de los catorce ochomiles reverenciado por sus conquistadores, una palabra que por cierto detestaba el escalador Joe Brown.
Unos 500 km al noroeste, en la meseta tibetana, se halla el monte Kailas, una cumbre cuya altura (6.638 m) no le permite figurar ni en la colección de sietemiles del Himalaya. Pero nadie se plantea escalarla, pues su aura sagrada y su significado religioso disipan cualquier tentativa. Miles de peregrinos ascienden sin embargo cada año un paso emplazado solo mil metros por debajo de la cima.
Kailas deriva de kelasa, cristal en sánscrito. El emplazamiento y la perfección de esta pirámide de cuatro caras con una capucha de nieve la convierten en un símbolo de la montaña primordial. Para el hinduismo, el Kailas es la emanación terrenal del mítico Monte Meru y en su cima se sienta Shiva en estado de perpetua meditación, generando la energía espiritual que sostiene el cosmos. Los budistas tibetanos lo llaman Kang Rimpoché («Preciosa Joya de las Nieves»); lo consideran el eje del mundo y el hogar de Chenrezig, el bodhisattva o buda de la Compasión, que se encarna en el Dalái Lama. El jainismo afirma que Rishabha, creador de esa religión, alcanzó la liberación en él, y lo denomina Ashtapada (ocho pies). Se dice que Guru Nanak, fundador de la religión sij, visitó la montaña en el tercero de sus cuatro viajes y sostuvo debates espirituales con los ascetas hindúes de los alrededores. Los fieles de estas religiones peregrinan en torno al Kailas en el sentido de las agujas del reloj, un trayecto de 52 km que suele realizarse en tres jornadas y que exige coronar el paso de Drolma (5.650 m). Los seguidores de la religión bon, algunas de cuyas prácticas chamánicas y símbolos fueron asimilados por el budismo cuando llegó al Tíbet, contornean sin embargo el Kailas en sentido antihorario. Para ellos, el Kailas señala que existe un plano más allá del tiempo, donde no tiene cabida la dualidad, y en el que la paz y la alegría configuran la trama de la existencia.
Al contemplar el Kailas sorprende su verticalidad exenta de tensión. A diferencia de los ochomiles del Himalaya, que presentan crestas labradas dramáticamente por la gravedad y los elementos, las bandas horizontales del Kailas parecen reposar unas sobre otras, como si la naturaleza hubiese dispuesto sucesivas hileras de bloques para erigir una majestuosa pirámide o una escalera hacia el cielo.
Las estrías horizontales de sus laderas realzan el paralelismo entre el Kailas y los templos clásicos de la arquitectura hindú. Esos espacios de culto suelen ser unas estructuras macizas, de bloques superpuestos, cuya prioridad no es habilitar un amplio espacio vacío interior, sino evocar una montaña piramidal que acoge gruta donde mora la deidad. En la India, el templo más extraordinario excavado en la roca de las famosas cuevas de Ellora se llama Kailas. También parecen evocar la forma de esa cumbre el extraordinario templo de Brihadisvara consagrado a Shiva en Thanjavur, o las grandes estupas de Swayambhunath y Bodhnath, en el valle de Katmandú, desde las que los ojos de Buda contemplan las cuatro direcciones del espacio.

Para las religiones que veneran al Kailas, empezando por la más próxima a él, la bon, el símbolo de la esvástica, que el nazismo se agenció sin pudor, siempre tuvo un sentido auspicioso. Y en Asia, este pico constituye el centro de una especie de esvástica fluvial; su significado guarda quizá también relación con este hecho. En las inmediaciones de la montaña nacen los cuatro grandes ríos del subcontinente indio que fluyen de entrada con rumbos diferentes. El Brahmaputra discurre hacia al este, pasa cerca de Lhasa y tras recorrer 1.200 km gira hacia el sur, franquea el Himalaya y desemboca en el golfo de Bengala, formando con el Ganges el mayor delta del mundo. El Indo fluye al noroeste, atraviesa Ladakh y luego vira 90 grados a la izquierda para erigirse en la gran arteria de Pakistán, donde alimentó con sus aguas y dio nombre a una civilización tan notable como las de Mesopotamia o el Antiguo Egipto. El Sutlej, que mana hacia el oeste e irriga el Punjab y el desierto de Thar, se une al Indo en la región de Sind (Pakistán). El Karnali se abre paso hacia el sur y es el más caudaloso de los ríos de Nepal antes de confluir con el Ganges. De modo que, fuese cual fuese el gran río que los peregrinos indios remontasen en pos de sus fuentes, sus pasos les acababan conduciendo a las cercanías del Kailas.
Las aguas no solo manan desde la base desde esta cumbre sagrada: también se acumulan a sus pies. Dos inmensos lagos, el Manasarovar y el Rakshastal, se extienden entre el monte Kailas y el Gurla Mandata (7.694 m), la mayor cumbre de la zona. Originalmente formaban un solo cuerpo de agua, pero los movimientos tectónicos alzaron una amplia loma entre ellos.

Las gélidas aguas del Manasarovar, a 4.500 m de altitud, poseen una extraordinaria pureza y transparencia. Los devotos hindúes se bañan en ellas para redimir sus pecados. Se afirma que los devas, deidades benévolas, también lo hacen en el periodo que empieza 96 minutos antes de la salida del sol y dura 48 minutos. Budistas, jainistas, sijs y fieles bon también reverencian el Manasarovar, que con su forma redondeada se considera un receptáculo de las fuerzas solares. El vecino Rakshastal, que evoca una medialuna, se vincula por el contrario con las fuerzas oscuras y es la residencia de Ravana, el demonio de diez cabezas que reina en la isla de Lanka. No hay plantas ni peces en las aguas saladas del Rakshastal y los peregrinos prefieren mantenerse alejados de él.
Para los geólogos el monte Kailas también es una montaña singular. Hace más de 100 millones de años, la extensión que hoy ocupa el Himalaya era el fondo de un profundo mar, delimitado al norte por el continente de Laurasia y al sur por el de Gondwana. Pero la porción de tierra que constituye el subcontinente indio, que en sus orígenes estaba unida al sur de África como otras partes de Gondwana, se desgajó de ella y avanzó miles de kilómetros hacia al norte. Conforme se desplazaba, fue estrechando ese mar hasta unirse con Asia, plegando y alzando los sedimentos acumulados en su lecho. Así nació el Himalaya.

La costura geológica entre esas dos enormes masas de tierra se puede distinguir en el curso alto del río Brahmaputra. En una primera fase, allí se hallaba la zona más elevada de la cordillera, de la que el Gurla Mandatha y el Kailas son viejos testigos. El Everest o el Kanchenjunga no existían aún. Como muestra la imagen superior, en la India y Nepal el Himalaya se alza sin prolegómenos desde inmensas llanuras casi al nivel de mar hasta los más de 8.000 m que alcanzan las principales cimas. Al norte de la cordillera, sin embargo, no existe tan formidable escalón: la meseta tibetana se extiende a más de 4.000 metros y la prominencia de los picos es sensiblemente menor. Esa disimetría se debe a que el subcontinente indio se incrustó en forma de cuña por debajo de Asia. Y, desde que se produjo ese encuentro, ha penetrado bajo ella unos 2.000 km adicionales. Con el tiempo, el empuje incesante de la India levantó una segunda línea más elevada de cumbres, unos 150 km al sur, donde se erigen los actuales ochomiles. Pero como los caudalosos ríos Karnali, Sutlej, Indo o Brahmaputra, que nacen en la región del Kailas, ya habían ahondado sus cauces, consiguieron atravesar la nueva muralla que les cerraba el paso hacia el océano Índico. De ese modo explican los geólogos por qué la línea divisoria de aguas del Himalaya se encuentra más al norte y a menor altitud que la cresta principal. Y también por qué el Everest y otros ochomiles siguen creciendo unos centímetros al año a pesar de la erosión.
La majestuosa pirámide del Kailas está guarnecida por un collar de crestas de menor altura, de la que la separa el foso ovalado de valles por el que avanzan los peregrinos. Los lagos Manasarovar y Rakshastal, en el extremo sur, podrían considerarse un broche en el extremo de ese collar. Pero si reducimos ese conjunto a una pequeña maqueta, esta podría recordar a los falos simbólicos (lingam) que emergen verticalmente del centro de una vulva estilizada (ioni) con que los hindúes ofrendan flores, miel, incienso, agua o lámparas de aceite a Shiva, el dios que medita en la cumbre del Kailas. La montaña que personifica la paz y la verticalidad, que se alza al norte (la dirección sagrada del hinduismo), más allá del gran telón de cumbres del Himalaya y de la que manan cuatro ríos, parece representar así a escala planetaria la conexión entre cielo y tierra.
Entre 1959 y 1981, al recrudecerse el conflicto del Tíbet, China impidió a los peregrinos indios cruzar la frontera por el paso de Lipulekh (5.115 m) y seguir realizando un peregrinaje milenario. También cerró el acceso natural desde Ladakh a través del alto valle del Indo, territorio que hoy continúa siendo de uso exclusivo para su ejército. Por él partió del Kailas rumbo oeste el tibetólogo italiano Giuseppe Tucci en su expedición de 1935 (su obra Sadhus y bandidos del Kailash se publicó en italiano y en francés).
El occidental que hoy quiere realizar la kora o parikrama en torno al Kailas debe solicitar el permiso con antelación y contratar una agencia de viajes oficial china en Lhasa, si bien eso también puede hacerse en Katmandú y que el equipo aguarde al otro lado de la frontera. En las descarnadas soledades del Kailas resulta esencial contar con esa intendencia para alimentarse y acampar. La ruta desde Lhasa implica remontar el Brahmaputra rumbo oeste a lo largo de más de 1.000 km en unas cuatro jornadas por una carretera a gran altitud. A la ida o a la vuelta, existe la opción de desviarse hacia el monasterio de Rongbuk (5.020 m) para admirar desde allí la fabulosa cara norte del Everest.
La aproximación tradicional por el sur, no motorizada, parte de la esquina noroeste de Nepal, remontando la garganta del Karnali. Requiere caminar una semana bajo el monzón, pues la vuelta al Kailas solo es factible entre mayo y octubre. Tras franquear el paso de Nara (4.619 m) se accede a la meseta tibetana y la humedad queda atrás. Es la vía que siguió, con un porteador, un cocinero y un caballista, el famoso escritor Colin Thubron, y que relata en su excelente obra Hacia una montaña en el Tíbet (Ed. RBA, 2012). También es la que escogió Sergi Ramis, un gran viajero y periodista que conoce a fondo el Himalaya. Su libro Petjades de pedra (Pisadas de piedra en catalán, de Ed. Tushita) describe esa peregrinación junto a trekkings por Nepal.

Durante la luna llena del cuarto mes del calendario tibetano, Tarboche, origen y final del sendero de 52 km que circunvala la montaña sagrada, acoge cada año el festival Saga Dawa. El de 2026 (31 de mayo) se espera aún más multitudinario, pues coincide con el año del caballo y eso multiplica los méritos de las prácticas espirituales, como la kora en torno al Kailas. La erección del nuevo mástil de banderas de oración es el momento culminante de la fiesta. El maestro de ceremonias dirige a los grupos encargados de equilibrar las sogas que lo izan. Cuando el pilar celeste alcanza la vertical, bajo el sonido de tambores y trompetas, el júbilo estalla y los fieles arrojan al aire puñados de harina de cebada para celebrarlo. La ceremonia y el ambiente nómada en que transcurre son parte de La rueda del tiempo, una película documental de Werner Herzog disponible en YouTube. A muy corta distancia, en la militarizada localidad de Darchen (4.600 m de altitud), se ubica el centro de control chino para la vuelta al Kailas.
La kora empieza en Yam Dwar, la puerta de Yama, el dios de la muerte. En las dos primeras jornadas habrá que ascender mil metros más, pero el aire enrarecido solo permite avanzar muy lentamente. Es habitual tener problemas de aclimatación, incluso mal de altura, pues en el paso de Drolma (5.650 m), los pulmones absorben en cada respiración la mitad de aire que al nivel del mar y el agua hierve a 80 ºC. Que la presión atmosférica sea tan baja dificulta el sueño, provoca desorientación y dolor de cabeza y resulta peligroso en caso de hipertensión, pues la escasez de oxígeno genera una vasoconstricción que eleva la presión arterial sistólica y diastólica. Una evacuación en el monte Kailas es casi una quimera. Por eso cada año fallecen peregrinos en el sendero. En los grupos organizados que acuden desde la India, a menudo con escasa preparación física o mal equipados para soportar temperaturas bajo cero, es habitual que parte de sus integrantes se den la vuelta. Muchos de ellos realizan la peregrinación o la retirada a caballo. En el primer caso, los méritos espirituales se reparten entre el jinete y su montura, dado que el animal también se reencarna.
El libro de Colin Thubron capta magistralmente esa atmósfera de rendición a la montaña y exaltación espiritual, donde se desdibuja la frontera entre lo ilusorio y lo real, lo exterior y lo interior, lo humano y lo divino, y en el que cada roca singular es objeto de reverencia y testimonia un episodio mítico. El occidental agradece la pureza del cielo, el paisaje primigenio o la dicha inextinguible que envuelve ciertos rostros. Algunos peregrinos llevan su entrega hasta el extremo de cubrir íntegramente con su cuerpo el trayecto de 52 km, postrándose completamente sobre la tierra cada tres pasos, lo que prolonga el recorrido dos semanas y acrecienta su valor. El Kailas permanece siempre a la derecha del caminante, salvo para los fieles bon, que caminan en sentido contrario. Algunos peregrinos tibetanos, habituados a la altitud, completan el largo recorrido en una sola jornada, ligeros de equipaje.
Al cruzar el cementerio de Vajra Yoguini, que los hindúes llaman Shiva Tsal, cientos de prendas de ropa y objetos yacen en el suelo, enmarañados y cubiertos de hielo. En la cuesta cercana, las rocas están revestidas con jerséis o tocadas con gorros y pañuelos. Algunas personas depositan ahí cenizas fúnebres o prendas de un ser querido. Son ofrendas a Yama, el dios de la muerte, para que alivie el viaje del difunto por el limbo hasta su próxima encarnación. El peregrino también suele ofrecer en ese cementerio algo que encierra especial valor para él. Pues a partir de ese momento, al encarar los últimos 300 metros de desnivel, da comienzo la fase de muerte ritual de la kora. Toca desprenderse de lo superfluo, experimentar la pérdida y, acaso, la liberación y el renacimiento que conlleva. Tal vez los miembros de un grupo yazcan postrados a un lado del camino, bajo la guía de un lama, ejercitándose para la hora de su propia muerte.
Al coronar el paso de Drolma, el entusiasmo y la euforia envuelven a los exhaustos peregrinos. Es momento de celebración y fraternidad. La gente comparte comida, canta, reza o realiza 108 postraciones si las fuerzas lo permiten. Cualquier roca, por enorme que sea, está revestida enteramente de banderas de oración. Y por encima de todas destaca la Roca Llameante de Drolma, o de la diosa Tara en sánscrito, que da nombre al puerto. Drolma, o Dolma, es la «Madre de la Liberación» y la compasión activa, y se la invoca para superar miedos y limitaciones. Encaramados al hombro de la sagrada montaña, no se sabe si en ese instante velarán su cabeza las nubes… o bien mostrará su escalera celestial en esa pared estriada que mira al norte. Un escenario que tantos fieles desearían contemplar en sus postreros momentos, aunque acontecieran lejos de ahí.

Se afirma que una kora en torno al Kailas purifica el envilecimiento de toda una vida. La tradición dice que hay dejar y llevarse algo del paso de Drolma: forma parte de la experiencia y refuerza su sentido. Cuando la mirada está purificada, la tierra y la vida se transforman. La cuestión es si se sigue siendo una persona distinta a la vuelta o la misma que partió.
Llega el momento de hacer una confesión. He caminado por lugares del Himalaya con ambiente tibetano (Nepal, Ladakh, Darjeeling…) y he sentido en ellos algo cercano a la plenitud. Pero nunca he estado a los pies del monte Kailas, que conozco a través de lecturas y viajes de amigos, aunque lleve décadas fascinado por él. Me alegra sin embargo que exista todavía en el Himalaya una montaña que los seres humanos miran solo humildemente desde abajo y que les conmueve con tal profundidad. O que les inspira amor y reverencia, incluso a distancia.
Otros textos de Josan Ruiz sobre montañas:
• El Cervino, la montaña más bella de Europa
• De marcha por el Himalaya








Que bello escrito Josan. Magnífico el último párrafo!
Maravillosa montaña, bellamente descrita…