La yincana de la India
Viajar por Bharat Mata, la Madre India como gustan de llamarla sus hijos o sus admiradores, suele resultar tan estimulante como laborioso.
Descubrí a Mudgala, mi héroe mitológico favorito y antiviajero por excelencia, en el extenso y jugoso Diccionario Sánscrito-Español de Òscar Pujol (Ed. Herder). Mudgala («que recoge lentejas») era un rishi o sabio de la antigüedad védica extraordinariamente austero y paciente que se alimentaba, como las aves, del grano que encontraba por el suelo. Durvasas, un avatar de Shiva famoso por su carácter colérico, lo quiso poner a prueba y durante seis días, en calidad de huésped, se comió toda su recolecta diaria. Sin embargo, Mudgala no se enojó en ningún momento, y como recompensa Durvasas le otorgó la facultad de acudir al cielo en cuerpo presente. Tras preguntar cuáles eran las ventajas del cielo, Mudgala rechazó el don.
Cuesta creer que alguien renuncie a semejante premio. Pero el poema épico del Mahabharata aclara las razones: Mudgala descartó visitar el cielo al saber que, una vez agotado el karma positivo que le permitía acceder a él, tendría que volver a encarnarse en la tierra. De modo que optó por seguir trabajando su mente en vida, con el propósito de acceder a Vaikuntha («sin indolencia»), el cielo eterno de Vishnu, situado más allá del reino del samsara y del que no hay retorno.

Conocí a Òscar Pujol hará unos treinta años, cuando él estudiaba sánscrito en la Universidad de Benarés. En aquellos tiempos yo era un admirador de los artículos que nos escribía para la revista de viajes Altaïr, en los que engarzaba la vida cotidiana, el arte y los rituales de la India en relatos plenos de sentido. Si entre los innumerables reportajes que llegué a editar o revisar en mi trabajo tuviese que elegir uno, ese sería «Festivales de Mysore». En él, Òscar narra los festejos del Dasara o Dussehra en dicha ciudad del sur de la India, que culminan con un enorme elefante transportando a la diosa Durga, con los colmillos enfundados en bronce y ornado con motivos florales. Durante las nueve veladas precedentes, decenas de miles de bombillas perfilan los arcos y las aristas del gran palacio de Mysore contra el fondo oscuro de la noche. El Dasara dura diez días y festeja la abundancia traída por las lluvias monzónicas gracias al combate erótico entre Durga, la diosa que encarna la fertilidad, y Majishá, el demonio responsable de la aridez, al que Durga acaba decapitando tras lanzar una carcajada espeluznante.
Los brahmanes viven el Dasara como una especie de purificación o progresión espiritual. Por ejemplo, el séptimo día se honra a Sarasvati, la diosa del conocimiento. Se reverencian los libros del hogar, que se limpian de polvo, y la lectura queda terminantemente prohibida a fin de renovar el poder mágico de las letras para que sigan derramando su sabiduría el año siguiente. El noveno día tiene lugar el Ayudhapuja o «culto a las armas». Con flores adquiridas en los mercados se engalanan los utensilios de cocina, el escritorio y el ordenador, la azada y el arado, los animales que ayudan en el campo, todo tipo de herramientas e instrumentos musicales, y en especial los vehículos de transporte. Sus conductores construyen para ellos pabellones vegetales con copas de bananos y cañas de azúcar. Más allá del agradecimiento, el objetivo es que shakti, la energía que genera la materia, penetre en las herramientas y renueve su efectividad. El décimo día tiene lugar el gran desfile que cierra la fiesta. Lo preside el elefante real (ahora estatal), acompañado de otros elefantes, camellos, caballos, guardias con lanzas, danzarines, carrozas y charangas de músicos que, como escribió Òscar Pujol, «escupen una música inconexa pero incongruentemente pegadiza». En 2025, el Dasara se celebra en Mysore del 23 de septiembre al 2 de octubre. De aquel artículo, publicado en la primavera de 1993 en Altaïr, se ofrece hoy una versión digital en la web de Viajes National Geographic. Este es el enlace.

En diciembre de 1996, cuando lo visité en Benarés, Òscar residía con su esposa Mercè y su hijo Vasant en un pequeño piso de la zona universitaria. Aún recuerdo sus palabras al abrir la puerta:
—¿Tú, quién eres?
Pero no se trataba de la pregunta de un gurú a un nuevo discípulo para que indagase al respecto: era pura extrañeza por venir desde Barcelona sin avisar ni conocernos. Volveríamos a vernos años después, cuando él ultimaba su Diccionario Sánscrito-Catalán (antecesor del castellano) y era el director de estudios de la Casa Asia. Luego pasó a dirigir el Instituto Cervantes en Delhi, que contribuyó a poner en marcha.
Esos días de la Navidad de 1996 en Benarés fueron inolvidables. Me impresionó especialmente un grupo de un centenar o más de peregrinas, que cada noche dormían muy juntas, envueltas en mantas unas al lado de otras, en las escalinatas del Ganges cerca del crematorio. Salmodiaban sus cantos en el periodo conocido como Brahmamuhurta, que empieza 96 minutos antes de la salida del sol, dura 48 minutos y se considera especialmente propicio para las prácticas espirituales. Aquellas mujeres debían rezarle ya tanto a la vida como a la muerte, pues la mayoría eran ancianas. Días después, Cristina y yo partimos en tren Ganges abajo hacia Bodhgaya, el enclave donde Buda alcanzó el nirvana, bajo uno de esos árboles que forman un templo con la copa y las raíces aéreas de sus ramas.
En Bodhgaya hoy se venera un supuesto esqueje, sensiblemente más joven, junto a uno de los muchos templos. La mayoría de países budistas cuentan allí con su propio monasterio. Y muchos alojan huéspedes, a menudo occidentales que apreciaban el budismo, como nosotros dos. No estoy seguro de si dormimos en el de Nepal. Entre los templos y estupas, no lejos del árbol sagrado, bajo una amplia carpa, unas doscientas personas, algunas rapadas y otras con cabezas anglosajonas ya canosas, partipaban en un curso que impartía un lama tibetano. Me impactó el título: «Phowa: La transferencia de la conciencia en el momento de la muerte». Con la práctica del phowa, a través de la coronilla se intenta trasladar la consciencia directamente a un reino puro, ahorrando así la montaña rusa de experiencias que, según el budismo, acontecen en el momento posterior a la muerte.

Capaz de atraer o de desalentar a todo tipo de personas, la India constituye un universo en sí misma y no suele ser un país fácil para viajar. De modo que, una vez empezada la yincana (palabra de origen hindi aceptada por la RAE), el viaje puede resultar una dura prueba si lo que vemos no nos gusta. La India es intensa y a veces cierra las vías de escape. Las miradas, la comida, el olor del aire, los colores, las habitaciones, los transportes, los lavabos, la música… todo le recuerda a uno a cada instante en qué país está. Así me lo contaba hace ya medio siglo mi primo Joan Teixidó, tras pasar un mes viajando por allí muy joven. Y algunos indios, como los camaleones, parecen tener un ojo puesto en lo que les rodea y otro en ángulo de 45 grados, enfocado hacia lo intangible. Estamos en un territorio que vio nacer varias de las grandes religiones de la humanidad, con una cultura sin nada que envidiar a Occidente a nivel filosófico, artístico o matemático y que acoge una de las civilizaciones más antiguas del planeta.
Hace cinco milenios, en los fértiles valles del Indo y el Sutlej, floreció una cultura agrícola que domesticó animales, creó grandes ciudades con redes de alcantarillado y baños en sus viviendas de ladrillo (como Mohenjo-Daro y Harappa, hoy en territorio de Pakistán) y una escritura en tablas de arcilla aún sin descifrar. A través del puerto de Lothal (Gujarat) esa civilización exportaba sus piezas de metalurgia y joyería a Persia, Mesopotamia o Arabia. Los yacimientos muestran que se rendía culto a una diosa madre antecesora de la Kali actual y al precursor de Shiva: un dios de tres caras cuyo falo se consagraba en pilares de piedra negra.

Alrededor del año 1500 a.C., pueblos indoarios se instalaron en el noroeste. Con ellos se creó el sistema de castas y se redactaron los Vedas, los libros sagrados en lengua sánscrita. Conceptos como samsara (existencia cíclica), dharma (síntesis de orden cósmico y conducta correcta) o nirvana (extinción del ego ilusorio, lo que pone fin a la ignorancia y el sufrimiento) fueron acuñados en esa época.
Como en la antigua Grecia, en la India los seres humanos se plantearon filosóficamente preguntas complejas. Para el hinduismo, el origen del universo reside en la mente cósmica que, en su deseo de crear y actuar, teje y desteje los múltiples mundos. En su libro La ilusión fecunda (Ed. Pretextos), dedicado al gran filósofo Shankara, Òscar Pujol recuerda que en la India mente y consciencia no son lo mismo. La consciencia no se considera un producto de la mente, sino a la inversa: la mente es solo la forma más refinada y sutil que alcanza la materia. Y cuando la mente deja de funcionar, no nos envuelve la inconsciencia o la oscuridad sino, por el contrario, la luz de la consciencia, la única inextinguible, a diferencia de la que emiten el sol o las estrellas, que un día se apagarán.

Según el pensamiento indio clásico, existen instantes, pero no el tiempo en su sentido lineal, que es una creación mental y por tanto relativa. Un año de la vida humana equivale a un día en la vida de un deva o dios menor. Mientras un día en la vida de Brahma equivale a 8,76 millones de años humanos.
En el siglo VI, el astrónomo y matemático Aryabhata creó las primeras tablas trigonométricas, y acuñó las palabras seno y coseno, que llegaron a nosotros a través de los árabes. Determinó con precisión el radio y el volumen de la esfera terrestre, y su cálculo de lo que tarda el planeta en dar la vuelta sobre sí mismo no pudo ser más exacto: 23 horas, 56 minutos y 4,1 segundos.
Los números del 1 al 9 y su distinto valor según el orden que ocupen (decenas, centenas...) son una creación india. Para nombrar el cero, otro hallazgo de esa cultura, se empleó la palabra sánscrita shunya (vacío). Pero también podían usarse las que designan al cielo, el éter o el firmamento, es decir, la esencia de todo lo que se considera no creado y eterno, el elemento que lo penetra todo, el espacio mismo. Los occidentales que hoy viajan a Bodhgaya o a Dharamsala, al pie del Himalaya, para aprender meditación con lamas o disfrutar de la atmósfera que les envuelve, buscan tal vez esa perfecta vacuidad (shunyata), matriz y destino de todo lo existente. La India es la cuna del yoga, la ciencia que mejor integra cuerpo y mente. De él derivan la meditación, métodos modernos de relajación, los ejercicios de estiramiento que realizan los deportistas o las técnicas respiratorias (pranayama) que domina quien es capaz de sumergirse más de cien metros a pulmón libre.
Òscar Pujol cuenta que en la India cada día se considera único y una invitación a ofrecer lo mejor de uno mismo. La salida del sol simboliza la creación del mundo. Desde hace milenios, en las ciudades sagradas de Benarés o Haridwar eso constituye un acontecimiento. La gente se baña en el Ganges y hace sus abluciones mirando al horizonte este. La aparición de Surya, el sol, como todo inicio, es un momento crítico. Millones de pequeños demonios de la oscuridad se confabulan para impedir el amanecer. Pero con sus ofrendas de agua, sus mantras y plegarias, la persona es partícipe de la creación, ayuda al sol a salir y a que la rueda del mundo siga girando. Es una forma religiosa de empezar el día.
Zarandeado por los olores y colores de cualquier ciudad india, el viajero se siente arrastrado por una corriente de vida que le desborda. La mayor democracia del planeta es también la más diversa: 23 lenguas oficiales, más de mil dialectos, 60 millones de personas pertenecientes a etnias tribales… En 2025, el 17,8% de la humanidad habita un territorio seis veces y media mayor que España. Tamaña extensión exige escoger. En un primer viaje, lo habitual es decantarse por el Taj Mahal y el estado del Rajastán, que atrae a un 50% del turismo internacional.

Recorriendo el Rajastán podría parecer que la Edad Media hubiera concluido ayer. Su entramado de fortalezas y palacios evoca al de los señores feudales o al del Japón de los samuráis, con sus rígidos códigos caballerescos y su independencia de un poder central. Exquisitas miniaturas, cual códices miniados, nos transportan a esa época. En el observatorio de Jaipur, la sombra del enorme reloj de sol construido hace tres siglos permite apreciar a simple vista períodos de 20 segundos. Y en el corazón del desierto de Thar se alza Jaisalmer, con su castillo de cuento guarneciendo la antigua ciudad. Hay que admirar las celosías labradas en piedra de las ventanas, auténticos sistemas de aire acondicionado pasivo. O los ganeshas (el dios con cabeza de elefante y cuerpo humano) pintados en los umbrales de las viviendas para que generen abundancia y remuevan los obstáculos.
Los hogares del Jaisalmer, oscuros para mantener a raya el calor, centellean con sus mosaicos de diminutos espejos en las paredes. Las teselas de cristal reflejan caleidoscopios fulgurantes. Espejos cosidos a las telas o pegados en los muros de adobe por las mujeres, que elaboran la argamasa con la soltura de quien lava la ropa o da forma a un chapati, el pan plano con que se rebañan las salsas o se envuelven ciertos bocados. Manos femeninas que hilan y tejen, o que masajean a fondo al bebé, siglos antes de que descubriésemos que el masaje favorece las sinapsis de las neuronas y la seguridad y la inteligencia del niño. Manos que lo modelan todo, incluidos los excrementos secos de las vacas, reciclados como combustible o material de construcción.
Igual que el loto eleva verticalmente su tallo hacia la luz y florece en aguas cenagosas, el indio persigue la pureza en medio de la mugre. El Gujarat es el estado más vegetariano del norte de la India, tal como propugna el jainismo, religión que ha coronado cumbres con santuarios primorosos, como el del Monte Abu. Más al norte, el Punjab es la tierra de los sijs, un pueblo industrioso, ducho en la mecánica y la ingeniería y que sueña con crear el Jalistán («la tierra de los puros»), escindido del estado indio.
Tiene su lógica que la cultura que inventó el ajedrez, cuyo mandala de 64 casillas suministra un plano ideal para planificar la construcción de un templo o una morada, sea también la que enunció la ley del karma. Al principio del juego, o de la vida, múltiples movimientos son posibles. Pero cada uno tiene consecuencias. Cuando quedan pocas piezas en el tablero, las últimas jugadas apenas dejan elección.
Sorprende que una civilización tan desarrollada no haya sido capaz de alimentar a buena parte de sus miembros, y que lo acepte como un designio del destino… o de una encarnación anterior. Lo más difícil de soportar para el occidental que viaja por la India es la pobreza, exhibida sin pudor. Lo otro es la muerte, que tampoco se esconde. Acaso porque, para el indio, la muerte es la entrada en algo que le trasciende y le contiene, de donde salió al nacer. La calavera del bufón Yorick, con la que Hamlet se lamenta de la transitoriedad de la existencia, bien podría ser la única posesión de los nagas, ascetas seguidores de Shiva. Enteramente desnudos, o cubierta la piel de vibhuti (las cenizas rituales), estos renunciantes emplean la parte superior de un cráneo como escudilla para mendigar y comer, teniendo como única certeza que un día morirán.
Ante la muerte toda la ciencia moderna se troca en honesta limitación e ignorancia, pues solo constata microorganismos que descomponen la carne (Biología) o un migrar de átomos que retornan al universo (Física). En sánscrito, idioma de extrema precisión, la palabra morir se forma a partir de pañchatattva o pañchabhuta (cinco elementos) y gamana (volver). En la India se considera que la liberación del alma resulta más fácil a través de la cremación que del enterramiento. El esfuerzo de Occidente por acotar y modificar la realidad topa aquí con una frontera infranqueable.
Entre las «Siete maravillas del mundo moderno», solo el Taj Mahal es un sepulcro. La visita al monumento más famoso de la India supera cualquier expectativa. Se mire por el lado que se mire, la belleza del conjunto erigido en una plataforma elevada 15 metros sobre el lecho del río Yamuna deja boquiabierto. Esta «lágrima en la mejilla del tiempo», en palabras de Rabindranath Tagore, es una lección sublime de cómo el arte mogol, de origen persa, supo integrar la esencia de la arquitectura hindú.
El templo tradicional indio es una estructura maciza, casi escultórica, cuyo objetivo no es ofrecer un amplio espacio interior, sino evocar la forma de una montaña sagrada que acoge una caverna en cuyo altar late una chispa de luz divina. La cúpula del Taj Mahal, que se eleva 35 metros, evoca el símbolo hindú del capullo de loto emergiendo del agua, vinculado con la idea de receptividad primordial. Mientras la cripta donde yacen Arjumand, fallecida al alumbrar su decimocuarto hijo, y posteriormente su esposo, el emperador Sha Jahan, encierra una semilla de eternidad.
En su descripción del paraíso, Mahoma habla de una cúpula inmensa hecha de una perla blanca sustentada sobre cuatro piedras angulares. De cada una de ellas brota un río de gracia que cruza un jardín cuadrado, rumbo a un punto cardinal. El Taj Mahal se inspira en esa descripción del edén. Los cursos de agua que trazan los ejes cardinales del jardín confluyen en el estanque del loto, donde se refleja el mausoleo. En ese gran cubo convertido en octógono irregular gracias a sus aristas biseladas, se hunden grandes iwanes, porches coronados por un arco ojival, semejantes a los que caracterizan a las maravillas arquitectónicas de Isfahán o Samarcanda. Los 28 iwanes (cinco en cada cara principal y dos en cada bisel) actúan como cavernas de sombra que potencian la luminosidad e ingravidez de la cúpula.
En el edificio se emplearon materiales y gemas procedentes de toda Asia. Al aproximarse a él, las piedras preciosas incrustadas en el mármol que representan flores y las caligrafías con versículos coránicos en los marcos de las puertas («Oh alma, estás en reposo. Regresa al Señor en paz con Él, y Él en paz contigo») transmiten una sensación etérea, casi celestial.
En El arte del Islam (Ed. Olañeta), Titus Burckhardt afirma que el amor a la mujer, en los aspectos más profundos de su ser, tenía que reflejarse en algún lugar del arte islámico. No pudiendo ser plasmado en una imagen, halló su expresión en la arquitectura, en una obra que solo en tierra india podía darse y cuya pureza y gracia evocan la faceta infinitamente receptiva de la naturaleza femenina. «Al atardecer –escribe Burckhardt–, cuando se apagan los contrastes de luz y sombra y las formas cóncavas y convexas se esfuman unas en otras, el mármol de blancura marfileña que reviste el mausoleo brilla con luz propia. El Taj Mahal se despoja entonces de toda densidad material, y en ese momento parece compartir la sustancia de la luna llena».
Un mapa con los enclaves sagrados de la India no cabría en la cola desplegada de un pavo real. Y el hinduismo propone realizar un yatra (peregrinación) al año. Más o menos lo que tienden a hacer durante sus vacaciones los turistas (yatri), a los que la India suele poner a prueba. Recorrer el país requiere renunciar al control en determinados momentos, olvidarse del lugar del que se viene y entregarse a la experiencia. ¿Será cierto eso de que, si nos atenemos al instante que estamos viviendo, el mundo es perfecto en sí mismo pero no somos capaces de percibirlo porque nos nubla el velo de Maya (la ilusión o la ignorancia)? En cualquier caso, quizá para evaluar nuestros progresos, los indios son dados a llevar las situaciones al límite... hasta que, cuando el viajero roza la desesperación, de pronto todo se soluciona.
Como explica Òscar Pujol, el indio es muy comunicativo, no entiende la timidez, a veces tampoco la tristeza. Hará falta paciencia en el equipaje. Y cuando esta no baste, desparpajo para quejarse, ofenderse, implorar... en suma, hacer teatro del bueno a fin de manifestar claramente nuestros deseos. El aderezo en la India resulta esencial, sea en la cocina o en la industria de Bollywood. Al indio le encanta que le cuenten cosas. Si realmente sabemos contar nuestra historia, será más fácil conseguir lo que queremos, aunque solo sea que el taxista nos lleve al hotel que hemos reservado y no a otro que le parece mejor. Tales son las pruebas de la yincana por el país que inventó esa palabra.








Siempre he utilizado “montaña rusa”para definir mis experiencias en la India. Pero a partir de utilizaré yinkana, es mucho más acertado. Gracias por cada palabra que escribes. Es magia 🤗
Josan Ruiz: el viaje de la imaginación sin moverme del sillón. GRACIAS