Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
Adelantándose a su época, hace medio siglo que Lanzarote apostó por regular los espacios turísticos y las intervenciones en el territorio.
Desde el avión, Lanzarote empieza a destapar sus cartas. Una cadena de ocres volcanes, esbeltos como jorobas de dromedario, surca la isla. Cuando la nave ronda el aeropuerto, apreciamos las casas blancas, sobrias y de líneas puras, entre una retícula de muros oscuros que resguardan las parcelas de tierra del viento.
Cada isla canaria es diferente pero la más fácil de identificar es Lanzarote, tanto por su singular paisaje volcánico como por haber sido pionera a la hora de preservarlo. Gran Canaria y Tenerife superan los 500 habitantes por kilómetro cuadrado, de ahí que viajar desde ellas a La Gomera, El Hierro o La Palma sea casi como ir de la ciudad al campo. En estas tres islas, la vertiente norte, húmeda y boscosa, y la sur, seca y árida, son mundos aparte, separados por collados envueltos a menudo en niebla. Fuerteventura comparte con Lanzarote la moderada altura de sus montañas, que apenas logran retener la humedad de los vientos alisios, pero la erosión desmanteló sus volcanes –los más antiguos del archipiélago– y a menudo hace falta la mirada de un geólogo para reconocerlos.
Los jóvenes volcanes de Lanzarote, por el contrario, parece que los haya dibujado un niño. Son flanes o cruasanes perfectos, y están tan individualizados en el paisaje como las figuras de un belén. Esos conos volcánicos se alzan en un espacio despojado de cuanto no sea esencial, que recuerda un jardín zen de grava rastrillada. Hallamos en él rocas de formas casi escultóricas. Y cada planta atrae la atención por sí misma, emergiendo, viva y solitaria, en un suelo de arena o cenizas donde la maleza brilla por su ausencia. Salvo en el magno anfiteatro que es el Risco de Famara, Lanzarote despliega un paisaje relajante, exento de tensiones o grandes obstáculos. Es fácil seguir el arco del sol desde el alba hasta el ocaso sin que nada se interponga en el horizonte.
Sí, existe una estética lanzaroteña, y esta abarca también las construcciones humanas. Su impulsor más notorio fue César Manrique, quien en 1966 renunció al ambiente artístico de Nueva York, «cansado de tanta invitación», para volver a su tierra, anhelando el sosiego de la isla y la luminosidad de sus paisajes.
Hacía un año que se había puesto en marcha en Lanzarote la primera desalinizadora de Europa y eso alentaba la esperanza de aliviar la penuria económica. También se acababa de ampliar el aeropuerto. Las decisiones que se tomaron entonces fueron casi visionarias: conservar y potenciar la arquitectura vernácula, que debía inspirar las nuevas construcciones, incluidas las hoteleras, y adecuar los espacios naturales más emblemáticos con intervenciones mínimas y bien integradas en la naturaleza. El paisaje quedó libre de carteles publicitarios y las líneas eléctricas se soterraron. El turismo se concentró en dos núcleos, Puerto del Carmen y Costa Teguise, alejado de los pueblos tradicionales.
Ese modelo casi murió de éxito: medio mundo quería conocer esa isla tan especial. De ahí que en 2024 Lanzarote recibiese 3.200.000 turistas y haya multiplicado casi por cinco su población desde 1960. Miles de viviendas vacacionales motean hoy el territorio.
El pueblo majo o maho, el primero que habitó la isla, abría refugios en oquedades y túneles en la lava que completaban con paredes discretas. Era una forma óptima de protegerse del calor y también de camuflarse ante saqueadores venidos por mar. César Manrique se basó en esa humilde arquitectura bioclimática al construir su primera casa, sede de su actual fundación, en la que vivió de 1968 a 1988. A partir de cinco grandes burbujas en la lava, creó espacios fascinantes comunicados entre sí. En su antiguo estudio, un gran cristal enmarca el paisaje, transformado así en un cuadro tridimensional que cambia en función de la luz del cielo, mientras la colada de lava exterior se abre paso bajo la pared.

No lejos de allí, el Monumento al Campesino, junto a una casa-museo, rinde homenaje a los héroes anónimos de la isla. El agricultor lanzaroteño tuvo que convivir con la sequía, los vientos o las erupciones, pero se las supo ingeniar para acrecentar la fertilidad de la tierra. Despedregando los campos sin maquinaria, acarreando ingentes cantidades de ceniza volcánica a fin de mejorar los suelos, guareciendo los cultivos del viento con setos de piedra o paja, canalizando las aguas el día que fluían... Su abnegada labor es ya historia, pues la agricultura resulta cada vez menos rentable en Lanzarote, pero buena parte del paisaje que vemos no era así hace décadas. Miles de parras y frutales –higueras, algarrobos, almendros, granados, durazneros...– crecían en los mejores terrenos, junto a las nutritivas legumbres, papas, cebollas, boniatos, calabazas, tomates o sandías. Los suelos más pobres se destinaban a la cebada y el trigo.
Arrecife, el puerto por antonomasia de la isla, pasó a ser la capital en 1847. Su núcleo original fue el Charco de San Ginés, una abrigada laguna, cuyo barrio de pescadores de la Puntilla linda con el apacible casco antiguo. Arrecife tiene dos castillos. El de San Gabriel, del siglo XVI, acoge el Museo de Historia de la Ciudad; y el de San José, del siglo XVIII, el Museo Internacional de Arte Contemporáneo.
El vulcanismo reciente en Lanzarote presenta dos focos, uno al norte y otro al sur. La esbelta Montaña de la Corona domina la zona septentrional y se gestó hace 21.000 años, como algunos de los volcanes de Olot, en Girona. Tuvo erupciones posteriores y su vasto campo de lava llega al mar. Diversos túneles surcan ese malpaís. El más famoso mide 6 km y alberga dos hitos de la isla: la Cueva de los Verdes, que Jesús Soto iluminó artísticamente en 1964, y los Jameos del Agua. Este espacio natural y centro de arte abierto en 1966 fue la primera obra de Manrique y posee un auditorio subterráneo para 500 espectadores. Las cuevas volcánicas suelen tener forma de túnel y las crea el flujo de la lava bajo una costra superior que se ha solidificado al enfriarse. Si una parte del techo se hunde, se forma la cavidad abierta al cielo que los antiguos majos llamaban jameo.
A Manrique le gustaba decir que los Jameos del Agua eran el mejor night club del mundo. Pero en su tentadora piscina sin ángulos rectos el baño está prohibido, al igual que en la del islote de Fermina, en Arrecife. Son piscinas que luego imitarían los hoteles de la isla. Pintados de blanco mate, esos receptáculos de formas sinuosas parecen el capricho de un alfarero destinado a acoger el agua azul. Y así como en la cueva de los Jameos del Agua habita un cangrejito ciego (Munidopsis polymorpha) endémico de Lanzarote, en torno a estas piscinas de nuevo cuño prolifera un espécimen desconocido hace décadas en la isla. Se le puede reconocer porque pasa los días ocioso en una hamaca al sol, con un novelón entre las manos y el teléfono móvil bajo una sombrilla.
A solo 11 km de los Jameos del Agua se halla el Mirador del Río, la más septentrional de la decena de atalayas que se asoman al vertiginoso Risco de Famara. Camuflada a 480 m de altitud, esta obra de Manrique inaugurada en 1974 ofrece magníficas vistas del archipiélago Chinijo, con la isla de La Graciosa en primer término y la estela de los islotes de Montaña Clara y Alegranza alejándose en el horizonte. Otra cita inexcusable es el Mirador de la Ermita de las Nieves, al sur del Risco de Famara.

El brazo de mar que separa La Graciosa de Lanzarote se llama El Río y lo atraviesan los ferris que parten de Órzola. En este pueblo, el Caletón Blanco cautiva con sus calas de arena rubia y aguas cristalinas, bordeadas de negra lava.
A veces nos despertamos en plena noche y la profunda calma y el silencio indican que se trata de una hora muy temprana. No conformarse con una excursión de ida y vuelta en el mismo día y pernoctar en La Graciosa –una isla libre de tráfico y con extraordinarias playas– permite experimentar una quietud parecida sin necesidad de desvelarse. En 2018, La Graciosa fue declarada la octava isla canaria.
«El 1 de septiembre de 1730, la tierra se abrió en Timanfaya, a dos leguas de Yaiza, y una enorme montaña se levantó de su seno». Así describe el párroco Lorenzo Curbelo la erupción que enterró nueve pueblos, se prolongó durante seis años y cubrió de lava las tierras más fértiles de la isla. En 1824, una nueva erupción provocó una gran hambruna.
Desde 1974, un parque nacional protege los volcanes de Timanfaya. Lo surca una pista que recorren autobuses de los que solo se puede descender al final, en el Islote de Hilario, para sentir el calor subterráneo. A través de las ventanas del autobús se contempla un paisaje recién creado, en el que líquenes y plantas arraigan aprovechando el mínimo atisbo de humedad. La tierra exhibe un fascinante manto de texturas y colores, del ocre al negro, con un amplio repertorio de granates y rojos. Y se muestra inmaculada, como barrida por una corte invisible de monjes budistas. Cada roca, cada fisura, cada bomba volcánica y cada colada de lava parecen emplazadas en el sitio justo.
Hace bien el Cabildo en preservar este jardín mineral de los seres humanos. Ahí es nada miles de suelas pisándolo todo, arramblando con lavas, haciéndose selfie o corriendo dunas abajo un día tras otro. ¡La fuerza erosiva de los elementos!
Para sentir bajo los pies el balsámico crujido del rofe, como llaman en Lanzarote a la grava volcánica, la opción es apuntarse con antelación a las caminatas que organizan los guías del parque. Y por libre, se puede caminar rumbo norte bordeando la costa desde la aldea de El Golfo hasta la playa de la Madera.
A fin de recuperar los valiosos terrenos agrícolas que sepultaron las cenizas volcánicas en la larga erupción de Timanfaya, los aldeanos excavaron en el rofe durante décadas hoyos de forma cónica hasta dar con el antiguo suelo fértil que había en la base. Esos grandes embudos, con una medialuna de piedras arriba que los resguarda aún más del viento, caracterizan el paisaje de La Geria y se contemplan a placer desde el volcán de Guardilama. En el fondo de cada uno de ellos crece una viña, mientras el manto de rofe, que puede alcanzar entre dos y tres metros de espesor, dificulta que se evapore la humedad del suelo. Los dromedarios traídos de África que ayudaron a transportar la grava, las rocas, las cosechas o el agua hoy pasean turistas en el Macizo del Fuego.
En el siglo XIV, el pueblo majo sufrió varias razias esclavistas de castellanos y aragoneses. A cambio de protección contra ellas, en 1402 los aventureros normandos Jean IV de Bethencourt y Gadifer de la Salle pactaron con el jefe Guadarfía construir un castillo al sur de Lanzarote, donde el cercano islote de Lobos les proveía de focas monje. Pero cuando un grupo de castellanos fondeados en La Graciosa asaltó a los aborígenes y estos reclamaron ayuda, el gobernador les tendió una celada. Guadarfía logró fugarse y guerreó contra los normandos, hasta que en 1404, diezmados sus hombres y con los graneros vacíos, se rindió y fue bautizado.
Maciot de Bethencourt, hijo de Jean, instaló su corte en el centro de la isla y llamó al lugar Teguise, el nombre de su esposa, la hija de Guadarfía. Hasta 1847, esa fue la capital de Lanzarote. Más al sur se halla el poblado de Zonzamas, el mayor yacimiento arqueológico de la isla. Desde la cima del volcán de Guanapay, lindante con Teguise, se domina el horizonte marino. Ahí se erige el castillo de Santa Bárbara, destinado a prevenir los ataques de los piratas. Pero de poco sirvió en 1586, cuando el corsario Murat Reis atacó Teguise y tomó trescientos cautivos. Hoy alberga el Museo de la Piratería.
Al pasear por Teguise –La Villa para los isleños–, ese pasado se difumina. Todo respira calma: las blancas casas coloniales con aristas de basalto desnudo, la carpintería de puertas y balcones pintada de verde –acorde con el canon lanzaroteño–, las calles adoquinadas sin tráfico… La iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe posee el mayor patrimonio religioso de la isla. El convento de Santo Domingo acoge el Ayuntamiento; el de San Francisco, el Museo de Arte Sacro. Pero los domingos por la mañana la paz se volatiliza, pues Teguise alberga entonces el mayor mercadillo de Canarias, un laberinto de puestos de artesanía, souvenirs o comida ecológica. Hay quien prefiere acudir pasado el trajín, con la marea baja de la tarde, para escuchar música en vivo en algunos bares mientras degusta tapas, cervezas o vinos de producción local.
Tinajo, al norte de Timanfaya, es otro destino atractivo. A mediados de septiembre, de esta localidad parte la romería a la ermita de Nuestra Señora de los Dolores –o de los Volcanes–, patrona de la isla, pues se le atribuye haber detenido por dos veces la lava –en 1736 y 1824–, cuando los aldeanos le imploraban ayuda. Al oeste de la ermita se alza la Caldera Blanca, un imponente volcán de Timanfaya al que sí se autoriza el acceso. La senda circular tiene unos 10 km. Su gran caldera ocre claro, precedida por la Montaña Caldereta, flota como un iceberg en un mar de lava oscura.
Entre Teguise y Haría, la carretera gana altitud hasta que se asoma al valle de Malpaso. Al oeste quedan las Peñas del Chache (679 m), techo de la isla. Desde el Mirador de los Helechos vemos el bucólico Valle de las Mil Palmeras, con la bella montaña de La Corona poniéndole el telón de fondo. Este oasis envuelve las casas encaladas de Haría y Máguez, una zona de gran tradición campesina y artesanal que se plasma los sábados en el mercadillo de Haría, donde se puede adquirir un buen queso de cabra entre otros productos isleños. A esta tranquila aldea se retiró Manrique en 1988, adaptando una antigua vivienda de labranza. Su casa-museo está abierta al público.
Guatiza y Mala vivieron largo tiempo de la cochinilla, un parásito de la chumbera del que se obtiene un tinte carmesí. Ahora se ha recuperado, pues resulta más inocuo que los colorantes sintéticos. Otorga color a alimentos, barras de labios o al aperitivo Campari. Guatiza cuenta asimismo con un gran jardín de cactus diseñado por César Manrique.
En el mar, Punta Mujeres seduce con sus casas a la orilla del agua, junto a una serie de piscinas naturales entre las que supone un deleite andar o nadar. Un paseo litoral lleva al vecino pueblo de Arrieta, cuyos restaurantes de pescado son muy apreciados por los lanzaroteños. Algo más al sur se halla el Charco del Palo, un complejo turístico naturista donde, desde 1970, se puede ir desnudo tanto a la playa como al bar o al supermercado.
Playa Blanca es el nuevo polo turístico al sur de la isla, de donde parten además los ferris a Fuerteventura. Entre sus magníficas playas de arena rubia, descolla por su belleza la del Papagayo. Y su bahía de las Coloradas acoge el Museo Atlántico, una impactante fusión de arte y naturaleza, obra de Jason deCaires Taylor. Sus trescientas 300 esculturas de hormigón, ubicadas a 12 metros de profundidad, ya han sido revestidas por la vida marina. Pueden observarse buceando con botella y también haciendo esnórkel.
Otro aliciente de Playa Blanca son las Salinas del Janubio, las mayores de Canarias, un paisaje onírico durante la puesta de sol y muy frecuentado por las aves. Al norte se halla la inconfundible laguna salobre del Charco Verde, escenario de diversas películas, cuyo color se atribuye a un alga y al azufre que contienen sus aguas. No lejos del faro de Pechiguera están los Charcones. Estas fantasiosas pozas de basalto, al abrigo de las rompientes por bravo que esté el mar, eran un secreto que los lanzaroteños guardaban con celo antes de que existieran las redes sociales.
En Lanzarote se hace vida a ras de tierra. Pero si hay un lugar en la isla donde sentir el vértigo de soñar con nuevos horizontes, ese es el Risco de Famara. El audaz sendero que lo surca a media altura, con algún tramo peligroso, parte de un aparcamiento no vigilado y lleva en seis horas a la playa de Famara. Arranca con un exigente descenso, lo que permite bañarse en la prístina y solitaria playa del Risco, cara a cara con La Graciosa. Ese empinado tramo inicial se llama Camino de las Gracioseras, en honor a las mujeres de esa isla, que en otros tiempos lo subían cada día cargando en la cabeza cestas con 30 kg de pescado, y se dice que descalzas, para no gastar sus alpargatas de esparto. Luego retornaban a La Graciosa con otros productos.
La playa de Famara es un gran lugar de reunión y de comunión con la naturaleza. El mar, con sus poderosas corrientes y olas, más el viento que atrae a los amantes del surf, el windsurf y el kitesurf, se topa aquí con una cornisa de una terquedad a toda prueba. Por las galerías abiertas a pico y pala que penetraban más de un kilómetro en el risco se proveía de agua la isla hasta que se montó la primera desalinizadora –hoy hay cuatro en funcionamiento–. Desde entonces, en las casas abandonadas que dejaron los cuidadores de esas minas de agua, vivieron durante décadas personas que se alumbraban con velas y acarreaban monte arriba sus enseres y provisiones. Algunos de esos hippies y pioneros de la ecología práctica (más difícil de aplicar que la teórica), cuya amistad me honra, habitan hoy en otros parajes de la isla. Pero lo siguen haciendo con gran creatividad y amor por la tierra.
Con sus dunas y el inmenso arenal que despeja la marea baja, las puestas de sol en Famara congregan a isleños y foráneos. Hay espacio y amplitud para todos. Y no se sabe en qué dirección pasear, o mirar: el espectáculo del cielo, la sucesión de olas, el risco encendido, los reflejos de la luz en la húmeda arena o en los ojos de amigos y desconocidos...
Sí, existe una estética lanzaroteña, pero también un espíritu. Siglos de vida austera y paciente han dejado un poso, o una forma de vivir, donde lo superfluo se diluye y lo esencial pasa a ocupar el centro. En Lanzarote la acción no eclipsa a la quietud e incluso los animales domésticos parecen más tranquilos. De ahí que tantas personas encuentren en la isla una paz o una inspiración que no imaginaban.
Enlaces a otros textos de Josan Ruiz sobre destinos volcánicos:
• Gran Canaria desde dentro
• La Palma tras el volcán
• Costa Rica, paraíso del ecoturismo
• Los tesoros de Hawái
• Islandia, viaje al principio del mundo
• Un amor volcánico













