Las plantas viajan. Y nosotros con ellas
Asombraría ver a cámara rápida la distribución de una especie botánica en el curso del tiempo. Y cómo ciertas plantas han conquistado a la humanidad o cambiado nuestra percepción del universo.
Cada primavera, en las Montañas Rocosas de Canadá, las hembras de caribú embarazadas parten rumbo norte a través de cordilleras y lagos helados, seguidas por el resto de la manada como si fueran flautistas de Hamelín. Les aguarda un recorrido de unos 1.500 km, cuyas etapas acortan o alargan instintivamente para dar a luz justo cuando llegan a la costa norte de Alaska. Allí, en la tundra infinita cuajada de lagos, los brotes tiernos de las plantas brindan un pasto excelente a las madres lactantes, más nutritivo que los líquenes de los bosques donde han pasado el invierno. Alimentado con esa leche, un caribú de dos semanas ya camina entre 10 y 15 km al día siguiendo a la madre.
La movilidad parece privilegio de los animales pero a su manera también es una facultad vegetal. Como los pinzones de Darwin, adaptado cada uno a su isla de las Galápagos, ciertas plantas viven como endemismos en el territorio en que nacieron. Pero otras han viajado y echado raíces en los cinco continentes. Asombraría ver a cámara rápida (time-lapse) la distribución de una especie botánica en el curso del tiempo. El mapa cambiaría de contorno y forma como una ameba. La cuestión es si enfocamos la mirada sobre una planta concreta o sobre el conjunto de la especie de la que forma parte.

En la Era Secundaria, las gimnospermas cubrían la Tierra. La peculiaridad de estos vegetales es que sus semillas (sperma en griego) están a la vista: desnudas (gymnos), como sucede con las coníferas. Y para reproducirse cuentan con el viento como aliado. Podemos observarlo cada primavera, cuando el polen de los pinos tiñe de amarillo los suelos y forma incluso nubecillas visibles en el aire.
Pero hace unos 130 millones de años empezó a gestarse una revolución en el mundo vegetal: aparecieron plantas que desarrollaron flores y encerraron sus óvulos en un receptáculo. Nacían las angiospermas, cuyos óvulos se hallan dentro de un vaso o ánfora (angíon), en el gineceo de la flor, y son fecundados por el polen, que se deposita en el estigma y no directamente sobre el óvulo, como sucede en las gimnospermas.

Los fósiles atestiguan que las angiospermas se multiplicaron en infinidad de especies casi de la noche a la mañana, como si hubieran desplegado toda su diversidad de golpe. Un fenómeno que Darwin llegó a calificar de «abominable misterio». Hoy constituyen el 90% de las plantas terrestres y colonizan todos los ecosistemas, desde el nivel del mar a las cimas de las montañas, o desde los desiertos a las regiones ecuatoriales, que fueron su tierra de origen y, todavía hoy, su edén particular. Solo se postran o inclinan ante sus tatarabuelas gimnospermas en la taiga, ese cinturón de bosques de coníferas que se extiende por el norte de Rusia y Canadá.
Hoy existen más de 330.000 especies de angiospermas por solo un millar de gimnospermas. Una de las claves del éxito de estas plantas con flores es su capacidad para diversificarse y, sobre todo, para interaccionar y evolucionar con los animales. Junto a medios físicos y químicos de protección, las angiospermas se especializaron en desarrollar las sustancias, aromas y colores capaces de atraer a un animal determinado. A cambio, los animales procedieron a fecundarlas al alimentarse de ellas y propagar sus semillas de múltiples formas.
Pero la revolución neolítica alteró drásticamente ese panorama. Hace poco más de 10.000 años, al retirarse los hielos de la última glaciación, los seres humanos empezaron a practicar la agricultura. Eso implicaba desbrozar el terreno para sembrar unas plantas a costa de otras. Y también, seleccionar y crear variedades más productivas o resistentes. El sedentarismo del campesino puso la primera piedra de las ciudades. En la antigua Grecia, Démeter, la diosa de la tierra cultivada, y su hija Perséfone (que pasaba unos meses en el inframundo coincidiendo con la estación en que la naturaleza apenas daba frutos) ganaron espacios de culto. El trigo, el olivo y la vid transformaron los paisajes mediterráneos, y sus productos derivados (pan, aceite y vino) nutrieron a más de una civilización clásica. Un papel similar desempeñaron el arroz y las lentejas en Asia, o el maíz y las alubias en América.
En el libro La botánica del deseo, Michael Pollan explora esta historia de interdependencia entre las plantas y el ser humano. Lo hace a través de cuatro ejemplos: la manzana, el tulipán, la marihuana y la patata, vinculando cada una con un deseo: dulzura, belleza, embriaguez y control.

Mientras escribo este texto y velo a diario por las hortalizas que acabo de trasplantar en el jardín (una docena de tipos de tomates, junto a diversos pepinos y berenjenas), reflexiono con Michael Pollan en quién trabaja para quién. ¿La planta, que depende del agricultor para vivir y, si todo sale bien, colmará sus anhelos y graneros? ¿O el hombre, que acondiciona el suelo donde sembrará unas pocas especies (entre las 400.000 existentes, algas aparte) y las cuidará y propagará cada año hasta donde sea capaz? Parece más bien lo segundo. Ciertas plantas se han convertido en las favoritas del rey de la creación, y no faltan en sus mesas ni en sus festejos. Hasta el extremo de que, si aconteciera un gran cataclismo, la cámara subterránea del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, a 1.200 km del Polo Norte y a prueba de terremotos de escala 10, conserva bajo cero semillas de plantas cultivadas de todo el planeta.
En el campo de la química, las plantas desafían la imaginación humana. Para empezar, han inventado la fotosíntesis, una industria de perfección y pulcritud inimitables (el certificado ISO 14001 de gestión ambiental se concede por muchísimo menos). Como la propia palabra indica, a partir de la luz solar las plantas crean materia orgánica, y eso genera la trama de la vida, tanto en la tierra como en el mar (fitoplancton), que rebosan de clorofila. Gracias a la química de las plantas obtenemos tejidos, cobijo, tintes, embarcaciones, todo tipo de utensilios, armas, instrumentos de música... Los organismos que hacen la fotosíntesis suministran los hidratos de carbono que proveen de energía a nuestros músculos. O los hidrocarburos que impulsan la mayoría de máquinas, emitiendo a la atmósfera el dióxido de carbono que el fitoplancton fijó para producir oxígeno. Hay plantas que nos activan para la acción (el té o el café), muchas tienen propiedades medicinales y han permitido sintetizar fármacos. Otras ayudan a sobrellevar el dolor o incluso afrontar la muerte (el opio y su derivado, la morfina).
¿Por qué generan las plantas esas sustancias? La cafeína resulta tóxica para la mayoría de insectos e herbívoros. Una oruga que muerda una hoja de café joven con 1% de cafeína en peso seco se intoxica y deja de comer. De ahí que los brotes jóvenes del té o los frutos verdes del café posean más cafeína que los maduros: son los que más necesita proteger la planta. Cuando esas hojas y frutos caen al suelo, su cafeína puede inhibir la germinación de semillas rivales. El néctar de las flores del café o del azahar también contiene cafeína, pero en dosis bajas que mejoran la memoria de las abejas. Se ha demostrado que si una de ellas prueba néctar con cafeína, recuerda mejor qué flor le dio ese premio y regresa a ella.
En las selvas de América Central y del Sur habitan hormigas de los géneros atta y acromirmex. Se dedican a cortar hojas y las introducen en sus hormigueros para que crezca sobre ellas el hongo en el que basan su alimento. Asombra ver una caravana de esas hormigas portando hojas de un árbol que crece… a 50 metros de su hormiguero y pertenece a la misma especie que el árbol bajo el cual anidan. ¿No sería más fácil cortar las hojas de ese otro árbol? Sí, pero no les servirían. Pues en cuanto el árbol detecta la poda de las hormigas, aumenta los taninos, los fenoles y el látex de sus hojas para que el hongo no pueda crecer sobre ellas. Y sobre todo, para protegerse de una colonia de hormigas dañando sus raíces y del hongo acidificando el subsuelo. Pero los insectos saben cómo obrar ante esa inteligencia del vegetal.

«Kerala le dio la pimienta al mundo. Y el mundo, doblando la apuesta, le regaló la guindilla», escribió el gran viajero y periodista Sergi Ramis. Colon no halló las ansiadas especias en América, pero sí trajo consigo esa planta capaz de abrasar el paladar, de la que el pimiento dulce es una selección posterior. La patata, el tomate, la judía, la calabaza, el maíz, la piña o el cacao cruzaron también con ella el Atlántico para conquistar nuevos territorios. En sentido contrario lo hicieron la caña de azúcar, el café o el algodón, junto a los esclavos que cultivarían esas plantas.
La sensación de ardor que genera la guindilla o pimienta de Cayena en la boca eclipsa a la del ajo, la mostaza, la pimienta, el jengibre o el wasabi. La responsable de esa quemazón es la capsaicina, un alcaloide que no irrita a las aves que ingieren y dispersan íntegras las semillas, pero sí a los mamíferos. La capsaicina estimula la sudoración facial y la producción de adrenalina y noradrenalina. También activa y a continuación inhibe la transmisión del dolor al sistema nervioso central. Todos esos factores, y probablemente algunos más, se combinan y explican la cálida euforia, así como la tolerancia, que las guindillas y sus salsas despiertan en el consumidor habituado a ellas.
La paprika o pimentón dulce tiene su origen en Hungría, donde Ferenc Horváth, en la década de 1920, creó el primer linaje de pimientos exentos de capsaicina. También en ese país, en 1927, estudiando la química de la respiración y la oxidación celular, el fisiólogo Albert Szent Györgyi descubrió la vitamina C. Partió para ello del pimentón, una de las mejores fuentes de esa vitamina, y por ese hallazgo recibió el Premio Nobel de Medicina.

La historia del pimiento, como la de muchas otras plantas, es la de una serie de viajes a través del espacio y la cultura, desde la tierra a las mesas de los cinco continentes. Pero el periplo de las plantas no concluye cuando son cosechadas: prosigue, a nivel molecular, en el interior de los seres humanos que las ingieren… o las fuman.
En 1964, el químico israelí Raphael Mechoulam identificó el tetrahidrocannabinol (THC), el principal ingrediente psicoactivo de la marihuana. En 1988, la investigadora Allyn Howlett descubrió un receptor específico para él en el cerebro humano: el THC encaja como una llave en una cerradura y lo activa. Los primeros receptores cannabinoides que se hallaron, llamados CB1, abundan en la corteza cerebral, el hipocampo, los ganglios basales y la amígdala, y también están presentes en otras partes del cuerpo, como el útero. No tendría sentido que ese sistema existiera solo para activarse con la planta de cáñamo. Eso llevó a descubrir al equipo de Mechoulam en 1992 que el cerebro fabrica una molécula casi idéntica al THC. Se une a los mismos receptores y contribuye a regular el ánimo, el apetito, el dolor y la memoria. A ese cannabinoide interno se lo llamó anandamida, partiendo de la palabra sánscrita ananda (felicidad). Mechoulam considera que «los cannabinoides participan en el proceso mediante el cual el cerebro transforma la realidad objetiva en emociones subjetivas». Mientras, Allyn Howlett afirma que el cerebro podría generar anandamida a fin de sobrellevar mejor la condición humana.

El viajero y fotógrafo Albert Padrol organiza cada primavera en Andorra el ciclo de conferencias y talleres «Geografies», dedicado a un país o un territorio. El de 2026 lo protagonizó Senegal: este enlace muestra el programa. En 2019, con México como tema, fui invitado para hablar de la cosmovisión de los indios huicholes, un pueblo de la Sierra Madre Occidental.
Una pequeña parte de esta tribu peregrina cada año a la tierra sagrada de Wirikuta, al norte de San Luis Potosí, para proveerse de cactus de peyote. Esta planta, la más rica en mescalina, es un alucinógeno cuyo consumo ritual, documentado en Texas hace casi ocho milenios, resistió las prohibiciones de los conquistadores españoles. Durante la experiencia visionaria colectiva de la peregrinación, el cactus suele transportar al indio huichol a un mundo impregnado de sensibilidad e inteligencia, con vivencias cuya intensidad y pureza desafían cualquier descripción. Los huicholes dicen que nos hallamos en el extremo de una red tejida gracias al esfuerzo de innumerables antepasados. Estos no se limitan a los ancestros: incluyen los animales y las plantas. Ellos brindan el alimento, las ropas, la leña, el cobijo, los enseres, las medicinas, el saber... Y a todos les debemos la armonía que nos sostiene sobre la Tierra, una madre viva y consciente. Se dice que durante la experiencia del peyote puede resultar descortés pasar junto a una planta y no saludarla. Los más afortunados obtienen nierica, la gracia que permite percibir el ser esencial, las corrientes de energía y la conexión entre todas las cosas. El arte tradicional huichol representa esas visiones.
La otra planta rica en mescalina es el cactus de San Pedro, originario de los Andes pero extendido hoy por los jardines mediterráneos. Los quechuas lo llaman huachuma y sus chamanes lo siguen usando en rituales de diagnóstico y sanación. El nombre de San Pedro alude a que, como el apóstol, guarda las llaves del cielo.
Tanto las pequeñas esferas del peyote como las esbeltas columnas del cactus de san Pedro concentran la mescalina bajo la piel para que los mamíferos vomiten y aprendan que ese jugoso cactus no se muerde. Pero pasada una náusea inicial que alerta sobre los riesgos de la sustancia, en el ser humano la mescalina desinhibe neuronas piramidales, normalmente frenadas por interneuronas. El córtex se hiperconecta y zonas que no suelen comunicarse empiezan a hacerlo. El tálamo deja de filtrar qué información pasa a la consciencia. Los colores se saturan y las texturas ganan protagonismo. La conectividad entre la corteza auditiva y la visual favorece las sinestesias. Con el lóbulo temporal hiperactivado, una vivencia puede impregnarse de significado o sentido.

Los hongos constituyen un reino propio, no son plantas ni animales. Se reproducen por esporas y están más próximos a un animal que a una planta: no hacen la fotosíntesis y se nutren de materia orgánica, que digieren en el exterior y luego absorben. Su pared celular es de quitina, como el exoesqueleto de los insectos y almacenan la energía en forma de glucógeno en vez de almidón. Los hongos forman redes que pueden conectar gran parte de las raíces de los árboles de un bosque, y descomponen lo que otros seres vivos desdeñan. Al igual que las plantas, son capaces de crear sustancias asombrosas, desde antibióticos como la penicilina a compuestos que alteran la consciencia.
Una de esas sustancias es la psilocibina, producida por los hongos psilocibes, cuyo empleo ya se ha autorizado en programas especiales en Australia, Alemania, Nueva Zelanda, Suiza y Canadá para tratar la depresión resistente a fármacos convencionales. Esta terapia se realiza con acompañamiento psicoterapéutico, incluso en situaciones de final de vida. La psilocibina no es psicoactiva, pero la enzima fosfatasa la convierte en psilocina, que atraviesa la barrera hematoencefálica y llega al cerebro. Con su estructura casi idéntica a la serotonina, encaja en sus receptores, sobre todo en el 5-HT2A, y lo activa. Como la mescalina, la psilocina reconfigura la actividad cerebral, hiperconecta regiones mediante nuevos caminos y apaga temporalmente el narrador interno (la red neuronal por defecto), facilitando una apertura emocional. Eso la hace muy valiosa dentro de un entorno terapéutico.
El THC, la mescalina y la psilocibina, junto a otras sustancias que producen sus respectivas plantas y que suelen contribuir a potenciar sus efectos, constituyen tres ejemplos de cómo una planta o un hongo creó una llave que encaja en nuestro cerebro y modifica su funcionamiento. A estos productos podría añadirse el LSD (obtenido a partir del cornezuelo, un hongo que suele parasitar el centeno), que revolucionó los paradigmas artísticos, sociales y científicos en la década de 1960. Consumir esas plantas puede resultar pues problemático para ciertas personas y es obvio que muchas otras prefieren no hacerlo.
Partiendo de su inmovilidad individual, las plantas mantienen una conexión con el entorno que les permite desarrollarse en todo tipo de medios e influir en la conducta de los animales, incluido el ser humano. Sin sus creaciones, no solo no podríamos alimentarnos sino que probablemente veríamos un universo diferente: más rígido y menos interrelacionado. Sí: las plantas viajan como especie, y nos acompañan y enseñan desde que empezó nuestra andadura en esta tierra.








Me siento muy afortunadas por haber percibido la conexión profunda de todas las cosas, que estamos interrelacionados, que somos uno, que tu eres yo y no estamos separados y que esta ilusión de separación la sentimos a través de la red neuronal por defecto que es una consciencia limitada y es la causa de todos nuestros males como humanidad. Poder percibir esa red invisible que nos conecta es uno de los regalos que me han ofrecido estas plantas sagradas.
Gracias Josan por describirnos su historia y su contexto cultural.
Me viene la frase de Ram Dass que dice algo así como que las relaciones humanas son una oportunidad para “walking each other home”. Llevarnos a casa, allí donde siempre hemos estado.
Es fascinante la inteligencia del mundo vegetal, y leer esto abre la conciencia a la interrelación de todo en nuestro mundo.