Montserrat, la montaña mágica
El santuario con la más famosa de las vírgenes negras de Cataluña, que en 2025 celebró su milenario, preside una montaña de inimitable belleza.
Durante más de veinte años la montaña de Montserrat fue mi destino de excursiones favorito. Acudía a ella de todas las formas posibles: en tren más teleférico (vertiginoso el trayecto en la cesta), en autobús, en automóvil, a pie o en bicicleta (una exigente subida al 7%, aunque entonces ignorásemos ese dato). Y, a partir de 2003, en el moderno funicular que reemplazó al tren cremallera de vapor, clausurado en 1957 al no poder competir con la nueva carretera... ni con el recuerdo del espantoso accidente de 1953, en el que perdieron la vida ocho personas y hubo doscientos heridos, entre vagones de madera hechos astillas.

Naturaleza, espiritualidad y arte convergen en la montaña más sagrada de Cataluña y parecen rivalizar con sus singulares creaciones. Eso ha multiplicado la afluencia turística, el mayor problema que acecha al enclave. En 2019 Montserrat batió su récord de visitantes: 2,67 millones, es decir, más de 50.000 a la semana, de los que dos terceras partes fueron extranjeros. En 2020 la epidemia del covid redujo drásticamente esas cifras. En la actualidad acuden al santuario unos 2,5 millones de personas al año. La cuarta parte de ellas lo hacen desde el puerto de Barcelona, tras desembarcar de un crucero, pues la montaña santa es la excursión organizada más habitual fuera de la ciudad.
Evitar los días festivos permite conocer Montserrat con más tranquilidad (la espléndida biblioteca de la abadía, con más de 300.000 volúmenes y 400 incunables, se visita de lunes a viernes con reserva previa). Otra opción es llegar lo antes posible a la montaña, o bien hacerlo a primera hora de la tarde, cuando ha partido el grueso de visitantes, por ejemplo para disfrutar de la puesta de sol en las crestas orientadas al oeste. Se puede escuchar entonces a los monjes cantar vespres (vísperas) a las 18.45 horas, o al coro de niños de la Escolanía en función de su calendario lectivo.
De noche y al amanecer en Montserrat se respira una paz especial, por eso pernoctar en la montaña permite disfrutar de su atmósfera más genuina. Es posible hacerlo en las antiguas celdas de peregrinos Abat Marcel, reconvertidas en apartamentos con cocina totalmente equipada, en el refugio Abat Oliva o en el histórico hotel Abat Cisneros, de tres estrellas y contiguo al monasterio. Las reservas se hacen en la web de Montserrat.

Prácticamente todos los grandes monolitos rocosos de Montserrat tienen nombre. La Embarazada, la Momia, el Elefante o el Mono, si traducimos esas palabras del catalán, son inconfundibles y muy populares, dada su enorme altura y su proximidad al santuario. Otros pináculos, como el Centinela, el Loro, la Salamandra o los Frailes Encantados, reclaman más imaginación, pero mirándolos puede apreciarse la semejanza. Eso acrecienta la sensación de que la naturaleza que envuelve al monasterio recrea un escenario mítico o de cuento. Las majestuosas rocas tienen así algo de seres animados. Y no es extraño caminar hablando poco o en voz queda entre ese conjunto de personajes petrificados, como si cierto tipo de conciencia o misterio flotase en el aire.
La leyenda dice que la primera talla de la Virgen de Montserrat la encontraron unos niños pastores en el año 880, atraídos por una luz que descendía desde el cielo a una cueva de la montaña, visión que se repitió varias veces y siempre en sábado. Cuando el obispo de Manresa acudió para trasladar aquella escultura a la ciudad, esta parecía resistirse milagrosamente a la mudanza. Considerándolo un designio de que la Virgen deseaba permanecer en el lugar, se erigió la ermita de Santa María para acogerla, núcleo del futuro monasterio, edificado en el siglo XI. La ermita rupestre de la Santa Cova se construyó algo más abajo, alrededor del año 1700, en la cueva donde se halló la Virgen.
La virgen negra patrona de Cataluña, la Moreneta, es una talla en madera de álamo. Data del siglo XII, época en que Montserrat comenzó su expansión monástica y alcanzó el rango de abadía. Para verla de cerca se avanza por el ala derecha de la basílica, lo que permite observar el monumental órgano de 4.242 tubos inaugurado en 2010, cuyas formas evocan las de la montaña, junto a diversos frescos. Uno de los más llamativos recrea el entorno de la Santa Cova y la aparición de una esfera de luz celestial a los pastorcillos. Como Montserrat siempre ha tenido fama entre los aficionados a los ovnis, que acuden a la montaña de noche para escrutar el cielo, al ver esa pintura se diría que cada época encuentra su forma de abrir una puerta a lo sobrenatural. Antaño, los milagros se atribuían a la divinidad o a la fe. Hoy se intentan analizar con los ojos de la ciencia. Pero si estos no alcanzan, podrían deberse quizás a una civilización más avanzada. La pretenciosa visita de Heinrich Himmler al santuario en 1940 (el mismo día que Hitler se reunía con Franco en Hendaya), en pos del Santo Grial y su poder eterno, es otro ejemplo de esas búsquedas habitualmente infructuosas.
El cristal de seguridad que protege a la Virgen con el Niño deja libre la esfera que sostiene en su mano derecha, símbolo del mundo. Es habitual tocar esa bola de madera con reverencia o devoción al pasar frente a ella.
Justo detrás de la Virgen, en el ábside de la iglesia, se halla el Cambril (camarín), una acogedora capilla con forma de elipse construida por Villar y Carmona a partir del diseño de un joven Antonio Gaudí. Se trata de un espacio óptimo para sentarse en silencio en actitud contemplativa. En las primeras horas de la mañana, el sol proyecta el colorido de las vidrieras en los bancos o en el suelo, mientras la Virgen se perfila en el altar vista por detrás.
Al salir, los visitantes encienden velas en el corredor descendente encajonado entre la húmeda pared norte de la basílica y la roca, y las ofrendan al pie de las imágenes pintadas. En todas ellas, una fortaleza de monolitos rocosos guarnece a la Virgen.

Para disfrutar de la belleza natural de Montserrat es preciso alejarse del trajín de visitantes que rodea al santuario y caminar por los niveles superiores de la sierra. El funicular de Sant Joan permite alcanzar sin esfuerzo los mil metros de altitud. Desde ahí se puede caminar serpenteando entre las crestas hasta el pico de Sant Jeroni (1.236 m), techo del macizo, o bien emprender paseos más breves. Uno de ellos lleva a las cercanas ermitas de Sant Joan y Sant Onofre. Desde esta última, que se encuentra prácticamente empotrada en la roca junto a las cisternas que usaban los ermitaños, la remozada Escalera de Jacob asciende audazmente entre las peñas y corona la Miranda de Santa Magdalena, un monolito con extraordinarias panorámicas. Tal vez haya escaladores en las paredes vecinas, pero a este pináculo puede subir casi todo el mundo a pie.
Existen dos caminos básicos para alcanzar las alturas de Montserrat sin funicular. El más cómodo sale de la estación inferior del funicular de Sant Joan rumbo a la capilla de Sant Miquel y asciende hasta la estación superior. Casi al principio, un pequeño sendero señalizado a la derecha conduce a la Miranda de Fra Garí, tras remontar 80 m de desnivel en zigzags a través del bosque. Este discreto mirador al monasterio y a las enormes rocas del Elefante o la Momia es un enclave apacible y con una acústica extraordinaria.
El otro sendero que asciende a las cumbres, el Pas dels Francesos, es directo y dramático. Mediante barandillas y centenares de peldaños, entre angosturas rocosas donde a veces solo cabe una persona, el camino se encarama hacia las antiguas ermitas del norte de la montaña, algunas todavía en uso, otras cerradas bajo llave. Superado el tramo de escaleras, también enlaza con los senderos que conducen a la cumbre de Sant Jeroni.
Montserrat ocupa apenas 25 kilómetros cuadrados, pero en ellos hallamos la mitad de las 3.600 especies botánicas de Cataluña. En las alturas prevalece el encinar acompañado de laureles. Madreselvas, zarzaparrillas y plantas aromáticas forman una maraña de verdor en cualquier espacio ganado a la roca. Gracias tal vez a esa diversidad vegetal, los arbustos de boj resistieron el ataque de la voraz oruga Cydalima perspectalis que asoló los de otras sierras catalanas. Apartándose de los caminos más frecuentados, es fácil toparse con algunas de las 250 cabras montesas que campan hoy por el macizo.
Sorprende saber que las escultóricas peñas de Montserrat son los depósitos de cantos rodados y grava que un río torrencial ya desaparecido acumuló en su delta. Todavía asombra más que ese río fluyera en dirección oeste desde unas montañas tan altas como los actuales Pirineos, pero situadas donde se hallan las islas Baleares, y que desembocase en un mar que se extendía por el espacio que hoy ocupan Lérida y Aragón. Conforme se iba desecando el delta, los materiales arrastrados por el río fueron cimentándose.
Con la orogenia alpina esas tierras se elevaron, el mar se retiró y nuevos ríos se abrieron paso por ellas. Durante millones de años el agua, el viento y otros agentes erosivos disgregaron y arrastraron las rocas más blandas de la zona, pero apenas pudieron hacer mella en los duros conglomerados del macizo de Montserrat, unidos por una matriz de sílice, que de ese modo se vio realzado y esculpido como un gigantesco bajorrelieve.
Las vistas de Montserrat desde el espacio muestran la forma casi lineal de la sierra. Durante los períodos más secos, el río languidecía y solo llevaba partículas de lodo en suspensión. En los pináculos de Montserrat eso se traduce en bandas horizontales de menor circunferencia, que se retraen de la pared de modo parecido a las uniones de los neumáticos de un muñeco Michelin. Esas franjas arcillosas, como si fueran una pasta de turrón blando de Jijona, presentan menos resistencia a la erosión que el pétreo turrón de Alicante o el guirlache de cantos rodados en el que se intercalan.

Montserrat no sería lo que es sin sus extraordinarias rocas. Cuarzos, granitos, sílex, pizarras, gneis, areniscas, esquistos, calizas..., procedentes de los distintos terrenos que atravesó aquel río, vieron pulidas sus aristas y rugosidades en el curso de la corriente hasta depositarse al borde del mar. En las esbeltas moles que vemos, cada canto rodado tiene su propia historia, pero se integra junto a otros miles en un sólido bloque. Desgajarse de él y recuperar la antigua individualidad implica a menudo rodar ladera abajo. Los conglomerados de Montserrat constituyen así una roca coral, incluso en el sentido musical del término. La verticalidad resulta consustancial a este tipo de relieve. Eso depara entornos muy propicios para establecer comunidades monásticas: San Juan de la Peña (Huesca) o los monasterios de Meteora (Grecia) se alzan en escenarios geológicos primos hermanos de Montserrat, si bien algo menos variados y espectaculares.
Montserrat da para infinidad de excursiones, es literalmente imposible conocer todos los caminos de esta laberíntica montaña. En cualquier recodo del sendero aparece un rincón nuevo que explorar, una peña de formas sugerentes, una cavidad donde guarecerse, un paso estrecho entre dos paredes por el que aventurarse hacia no se sabe dónde. Y esas piedras redondeadas ofrecen firmes asideros para trepar. Con la niebla moviéndose entre los monolitos o el azul resplandeciente del cielo como telón de fondo, avanzamos de sorpresa en sorpresa. Cualquier roca o planta puede atrapar la mirada.
Algunas de las agujas de Montserrat (por ejemplo las que se observan al norte del refugio Vicenç Barbé, en la zona más tranquila de la montaña) muestran tanta plasticidad que parecen la obra de un niño jugando con arena húmeda en la playa. Contemplándolas es más fácil comprender la gestación de esas rocas a la orilla del mar. O que Gaudí hallase inspiración en ellas para concebir la colección de torres ocres de la Sagrada Familia.
Ir y volver hasta la cumbre de Sant Jeroni, desde el monasterio a través del Pas dels Francesos (11 km, 500 m de desnivel positivo) o desde la estación superior del funicular, es una agradable excursión de media jornada, si bien en un día festivo tocará hacer cola para asomarse al mirador. En contraste, escalar por su cara norte el Cavall Bernat (1.111 m), la más prominente de las agujas pétreas, constituye una experiencia casi iniciática pues requiere desenvolverse por una chimenea de 250 m de altura.
Ya pasó a la historia el nombre original de este pináculo de forma fálica, que se alza en el centro de la sierra dividiéndola en dos. Sin embargo, en el dorso de viejas postales en blanco y negro, como las que coleccionaba mi vecino Alfonso Pitol, podía leerse en letras de imprenta: «Carall Venerat» (Carajo Venerado). Ese topónimo nombraba también a otras cimas catalanas de formas parecidas pero menores dimensiones. Hasta que la decorosa expresión «Cavall Bernat» (Caballo Bernat: una montura rápida como el relámpago que el diablo prestó temporalmente a un leñador) camufló el significado sexual de ese nombre a lo largo y ancho del territorio catalán.
Bajo el suelo de la gran plaza que se abre ante el monasterio se aloja uno de los museos más notables y menos conocidos de Cataluña. Inicialmente exponía obras y piezas de las culturas bíblicas que el monje políglota Bonaventura Ubach adquirió en el curso de sus estancias y expediciones en camello por Tierra Santa, Egipto, Siria e Irak. Entre todas ellas, la más emblemática siempre ha sido la momia egipcia de una joven, como recalcando que, una vez fuera del museo, la Momia es precisamente el monolito más popular entre los que custodian a la Virgen. Eso sugiere que la Moreneta, pudo tener como antecesora a la diosa egipcia Isis, protectora de la vida y la salud, aliada en el más allá y madre de Horus, el dios con cabeza de halcón.
Las fiestas en gloria de Horus, considerado el fundador de la civilización egipcia, duraban desde la medianoche del 24 de diciembre a la mañana del 7 de enero. Precisamente en esas fechas en que los hogares españoles se decoran hoy con belenes, Horus se mostraba al pueblo egipcio en forma de niño desvalido y desnudo en brazos de su madre Isis, en unas estatuillas que anticipan las de María y Jesús. El culto a Isis se extendió por el Mediterráneo gracias a griegos y romanos, pero empezó a transformarse y desaparecer cuando el cristianismo se convirtió en la religión del Imperio romano tardío. La zona de ermitas situada más arriba del monasterio se llama precisamente la Tebaida, en recuerdo de los primeros anacoretas cristianos que se retiraron al desierto egipcio.

El Museo de Montserrat va mucho más allá de la arqueología bíblica: la colección de pintura de los siglos XIX y XX donada por el empresario textil Josep Sala Ardiz justifica por sí sola el viaje a la montaña. Los extraordinarios cuadros de Ramón Casas, Martí Alsina, Joaquín Vayreda, Santiago Rusiñol, Isidre Nonell, Pablo Picasso o Joaquín Mir, entre otros, invitan a asomarse a las profundidades del alma humana, captadas como solo el arte sabe hacerlo, o a escenas y paisajes de conmovedora belleza. El museo acoge también exposiciones temporales de notable interés. Así, del 17 de abril al 13 de septiembre de 2026 se podrá disfrutar El futur primigeni, dedicada al escultor y dibujante Julià Riu Serra y a su esposa la también artista Maria Rosa Barrera.
Montserrat es un balcón con vistas sorprendentes a todos los niveles.

El tren cremallera a vapor, inaugurado en 1892, facilitó el acceso del público a Montserrat. Pero hay que recordar que durante muchos siglos la motivación esencial para viajar a la montaña fue solicitar la ayuda de la Virgen o expresarle gratitud. Lo siguen atestiguando las velas encendidas junto a la abadía; y también los exvotos de quienes han recuperado la salud, aprobado un examen o alumbrado un hijo que se ofrendan en la ermita de la Santa Cova.
Los fieles a la Virgen y quienes emprenden algún tipo de práctica espiritual en Montserrat ceden hoy terreno ante quienes acuden para hacer ejercicio en una naturaleza espectacular y apenas se acercan a la basílica. Pero a su manera, unos y otros buscan mayor sentido, armonía y equilibrio en sus vidas. En eso parece haberse especializado precisamente durante los últimos mil años esta montaña: sea lo que sea lo que echemos en falta, se puede alimentar la esperanza de que la Virgen o el Universo están ahí, sosteniendo nuestro crecimiento y mostrando cómo ayudar sin pedir nada a cambio.
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• Entre el dinero y la beatitud
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