Topofilia: cuando el espacio cobra vida
El vínculo afectivo y emocional que podemos desarrollar hacia ciertos lugares influye en el entorno que elegimos para vivir o en los destinos adonde nos atrae viajar.
Hay quien agradece a un maestro, o a un mentor como se diría hoy, haber encontrado su vocación. Pero mi caso fue el opuesto: escapando de una profesora que no me gustaba descubrí lo que realmente quería estudiar.
Cursé el bachillerato en el instituto Narciso Monturiol de Barcelona, donde las clases de filosofía de Elena Valverde me interesaron tanto que escogí esa asignatura como optativa el año antes de ir a la universidad. Pero enseguida vi que con su sucesora iba a mecerme entre la superficialidad y el sopor. Durante aquella primera semana de curso se permitía cambiar de optativa y las clases de Geografía que impartía José Luis Reinoso recibían elogios. Así que, con mi amigo Tomás Mata, decidimos partir rumbo a esa terra incognita.
Nuestra llegada a Geografía no pudo ser más teatral. Como la clase ya había empezado, en el pasillo se nos ocurrió llamar a la puerta y entreabrirla apenas un palmo, asomando únicamente por ella nuestras cabezas ladeadas, una sobre otra. Y de ese modo expusimos la realidad sin disimulo:
—¿Se puede pasar? Venimos huyendo de Filosofía.
—¡Bienvenidos, adelante! —respondió el profesor, alzando los brazos.
Fue reconfortante descubrir que, salvo en su nivel más básico, estudiar Geografía no consistía en aprender o ubicar topónimos, sino en comprender lo que hace singular a un territorio y cómo interactúan las personas con él.

José Luis Reinoso tenía una gran capacidad de síntesis y sus clases eran densas y didácticas. Había impulsado el grupo de teatro del instituto y le gustaba declamar sobre la tarima, dictando literalmente unos apuntes que superaban a un libro de texto. Sus enseñanzas, rebozadas a menudo de ironía, transmitían aprecio por la tierra y amor a la humanidad. Y era dado a saltarse el guion: una mañana resumió la agricultura de España en un cuarto de hora… para destinar el resto de la clase a instruirnos sobre sus distintos vinos, tema que le apasionaba. Por la vía del empirismo y la experiencia sensorial con que describía esas bebidas, ante nosotros parecía materializarse la filosofía de Epicuro y su jardín hortícola en las afueras de Atenas.
Viajar fue mi prioridad desde la juventud. Así que el año siguiente ingresé en la Facultad de Geografía e Historia con idea de ser profesor de instituto y poder disfrutar de generosas vacaciones. El personaje del Geógrafo que aparece en el libro El Principito me daba entonces cierto repelús. Cuenta Antoine de Saint-Exupéry que este anciano redacta libros enormes y vive en un planeta del que apenas conoce nada, pues no dispone de exploradores que le remitan informes fiables y él jamás abandona su escritorio. Sin embargo, le da al Principito un buen consejo: que visite la Tierra, «un planeta que tiene buena reputación».

La muerte de Franco había flexibilizado los planes de estudios en la Universidad de Barcelona; eso me permitió elegir solo asignaturas de Geografía a partir del segundo curso de carrera, por interesantes que fueran la Historia o el Arte. Había empezado a trabajar de redactor en la revista Integral, congeniando esa actividad con los estudios. Fue una época muy estimulante, en la que compartí aula con Albert Padrol y Pep Bernadas, quienes fundaron la librería de viajes Altaïr en 1979. En la primera sede de esa librería presentamos la Guía del Trotamundos. La había escrito Tomás Mata, tras alejarse un tiempo de sus estudios de Geografía para viajar durante meses por Europa. Tuvo un notable éxito. Solo habían transcurrido cinco años desde la mañana en que llamamos a aquella puerta huyendo de Filosofía.
Si hay un profesor del que me considero discípulo es Lluís Casassas i Simó (1922-1992). Daba igual el título de la asignatura que impartiese ese año: en ella me matricularía. Sus clases eran magníficas, y aún más las excursiones a parajes de Cataluña que organizaba algunos sábados del curso, de las que era obligatorio asistir a tres, como me recuerda mi compañero Antonio Gázquez. En un mirador, en un prado, en el mercado semanal de un pueblo, en un claro del bosque, en una colonia fabril… Casassas nos ofrecía una extraordinaria visión de conjunto de ese territorio, integrando el escenario geográfico, la geología y la botánica, la historia y la economía, el arte o los retos del presente. Todo ello con una afabilidad, un humor y una elocuencia fuera de serie. Conservé la amistad al acabar la carrera y con Tomás Mata le hicimos una entrevista para la revista Integral. En ella exponía su amplio trabajo de investigación para organizar Cataluña a través de un mosaico de 127 municipalías. Se trataba de unas agrupaciones de municipios, con raíces en las comarcas tradicionales, que permitirían descentralizar la gestión del territorio dotando a los pueblos de mayor representatividad. Una propuesta demasiado innovadora para cualquier partido político.

Dentro de la Geografía existen distintas escuelas y no tiene sentido enumerarlas aquí. Pero si una ensanchó mi visión del mundo es la llamada Geografía de la Percepción. Según ella, cada ser humano elabora una imagen subjetiva del espacio que le rodea a partir de sus impresiones sensoriales y de sus experiencias y recuerdos. Con ese material construye un mapa mental que no suele coincidir con los mapas reales. En el libro La imagen de la ciudad (1960), el ingeniero y urbanista Kevin Lynch explica cómo organizamos la ciudad en nuestras mentes abstrayendo elementos del paisaje urbano. Lynch ordena esos elementos en sendas, bordes, distritos, nodos e hitos. Las sendas son las calles, vías o caminos por los que cada persona circula habitualmente, casi de modo automático y sin apenas prestarles atención. Los bordes son líneas que delimitan espacios, marcan discontinuidades en el paisaje y facilitan la orientación; por ejemplo, un río, una playa, una montaña que corta el horizonte o una avenida o una vía de ferrocarril que dividen la ciudad. Los distritos son zonas o barrios en los que es posible adentrarse con la imaginación: lugares con personalidad propia que organizan la ciudad y favorecen los sentimientos de pertenencia en sus habitantes. Los nodos son confluencias de sendas en las que suele ser necesario detenerse para tomar una decisión, como la plaza principal o una estación de tren. Los hitos son edificios y enclaves emblemáticos.
Si un niño tuviera que dibujar un mapa de su barrio o pueblo, la senda que lleva a su escuela sería quizá la calle principal. Y los nodos e hitos, probablemente un parque o la tienda de chuches. El mapa mental de quien habita en una ciudad varía en función de su trabajo y difiere notablemente del que trazaría un viajero. Pues este acude en pos de distritos singulares, donde le aguardan comercios que hoy se nutren de él en buena parte, y de hitos que desea contemplar o fotografiar, si es preciso pagando una entrada.
Son esos hitos del paisaje y de la ciudad, cargados de significado, los que convierten un espacio homogéneo e impersonal en un lugar. Es decir, en un centro que sirve de referencia a las experiencias personales y estructura el espacio, humanizándolo. Esto puede aplicarse también a los entornos rurales.

Así como cada persona organiza su hogar, creando estancias o rincones que encierran valor para ella, cada cultura ha tenido su forma particular de cultivar la tierra, de construir sus poblados, caminos y templos o de celebrar sus eventos y fiestas. Cuanto menos homogéneos resultan esos espacios, cuantos más lugares cargados de significado y personalidad poseen, mayor es el vínculo que une a la población con ellos. El arraigo y la identificación que experimentan sus habitantes genera una sensación de seguridad. El lugar les ampara, pues las personas han vertido en él su trabajo, sus ideas y vivencias. Lo han convertido, hasta cierto punto, en una prolongación de sí mismas.
Las ciudades donde las personas se sienten más cómodas, y a las que al viajero le atrae volver, suelen responder a esa fórmula. Por un lado, una personalidad urbanística que estimule las asociaciones simbólicas y sea expresión de una memoria colectiva. Por otro, una relación directa entre sus habitantes, sea en las calles, comercios y espacios públicos. Ese calor humano, el alma de la aldea o la ciudad, las mantiene vivas y evita que se conviertan en un museo o un parque temático. Así sucede también con los monumentos y santuarios. La gentrificación y el turismo masivo son la mayor amenaza que hoy se cierne sobre esos espacios.
A partir de la palabra griega topos (lugar), el geógrafo chino-estadounidense Yi-Fu Tuan (1930-2022) acuñó el concepto de topofilia. Con él define el conjunto de relaciones afectivas y de emociones positivas que el ser humano mantiene con un lugar. Ese paraje puede ser tanto su vivienda como un jardín, un paisaje de la infancia, una parte o la totalidad de su aldea o ciudad, un destino al que le atrae viajar... Pero según Tuan, en el hombre moderno se manifiesta cada vez más lo que llama toponegligencia. Es decir, la tendencia a perder el sentido del lugar, el corte de las raíces que le unen con el entorno. El desarraigo que experimentan las personas en un mundo cada vez más homogéneo es una de las causas de la actual crisis ecológica. El espacio pasa así de ser una vivencia a convertirse en un concepto abstracto, algo ajeno e impersonal. Crece el número de individuos que no experimentan una relación de pertenencia hacia el lugar donde habitan. Los lugares o el paisaje se convierten entonces en objetos con los que solo cabe una relación de consumo o una contemplación superficial. De ese modo, la toponegligencia, el descuido del lugar, reemplaza gradualmente al sentimiento de topofilia, reprimiendo y alienando uno de los impulsos más íntimos del ser humano.

En 1986, Tomás y yo también entrevistamos para la revista Integral a otro geógrafo: Joan Nogué i Font. Acababa de publicar su tesis doctoral sobre la comarca de la Garrotxa (Girona), su tierra natal. En ella reconstruía el paisaje tradicional de la región y exploraba cómo se relacionaban con ese paisaje cinco grupos distintos de individuos: veraneantes, excursionistas, pintores paisajistas (la Garrotxa los atrae desde el siglo XIX), campesinos y «neorrurales»: personas que dejaron la ciudad en busca de un mayor contacto con la tierra. Su tesis demostraba que para mucha gente el paisaje de la Garrotxa era más que una mercancía: se sentían parte de él.
Joan Nogué amplió sus estudios en la Universidad de Wisconsin-Madison, nada menos que con nuestro apreciado Yi-Fu Tuan. Más tarde pasó a ser catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Girona. En lo que respecta a la naturaleza, afirma que la relación de consumo que se va imponiendo no puede reemplazar a ese otro vínculo más auténtico al que nos mueve el instinto. El ser humano sigue ligado interiormente a ella y sus ritmos, y necesita percibir la naturaleza a través de sus cinco sentidos. Pero Nogué se aventura más lejos:
«Para el hombre moderno la naturaleza continúa presentando, aunque sea a nivel inconsciente, un encanto, un misterio, una majestad, en definitiva un conjunto de sensaciones que no son más que vestigios latentes de antiguos valores religiosos. No hay un hombre moderno que sea insensible al encanto de la naturaleza. No se trata únicamente de los valores estéticos, deportivos o higiénicos que nuestra civilización le ha otorgado, sino sobre todo de un sentimiento confuso y difícil de definir, proveniente de una experiencia religiosa degradada.»
El ser humano se rodea de símbolos, proyecta en ellos sus deseos y estos le transmiten intuiciones o acaso certezas. Estos símbolos cambian, pero nunca faltan. El valor que otorgamos al paisaje varía con las épocas. Un bosque que antaño se talaba sin miramientos hoy se puede respetar, una forma de construir que antes complacía hoy puede disgustar.

El sentimiento colectivo de pertenencia a un lugar une sus habitantes con él y a ellos entre sí. Distintas acciones y actitudes implican a las personas con el paraje en que viven: utilizar calles y plazas como espacio propio y común, conocer y recuperar su historia y sus símbolos, participar en fiestas e iniciativas colectivas, mezclarse y formar vecindario, cultivando lo que el pensador austriaco Ivan Illich denominaba «el arte de habitar».
La topofilia invita a revitalizar la relación con el entorno y se ejerce a través de la acción y la preservación. Puede ser simplemente una tendencia. Pero mejor si es una verdadera filia y halla vías para expresarse.
Existe una palabra japonesa que podríamos emparentar con ella: furusato. Se traduce por «tierra de origen», «pueblo natal» o «morada ancestral». Y refleja sobre todo un lugar con el que se mantienen vínculos poderosos y al que se anhela regresar. También puede definir el sentimiento cálido de pertenencia a un enclave que quizá visitamos por primera vez.
Me jubilé en enero de 2024, dirigiendo en mis últimos nueve años de vida laboral la revista Viajes National Geographic, todo un sueño para un geógrafo amante de los viajes. Vivo en el pueblo de La Garriga, en un entorno rodeado de montañas por el que siento auténtica topofilia. Y a veces pienso que sin aquella oportuna profesora de filosofía con la que no sintonicé no habría podido descubrir lo que más me apasionaba.
Otros textos de Josan Ruiz sobre temas geográficos:
• Humboldt, el sabio enamorado de la Tierra
• Los 11 libros que me incitaron a viajar
• El arte de viajar en 12 palabras japonesas


Pues te recuerdo la cita que me dedicaste en un prólogo, con la jubilación cada vez somos más Cándido: "El primer libro en el que pude colaborar con Tomás fue La
Guía del Trotamundos (1981), editada por Jaume Rosselló en
su editorial Pastanaga con una flamante portada de Max. Entonces
los viajes eran nuestra mayor pasión. Más de tres décadas
después llega El huerto curativo. Ese periplo me recuerda
al que se narra en Cándido, la última obra de Voltaire. Tras
una vida de vicisitudes y viajes aspirando a habitar en el mejor
de los mundos posibles, Cándido retorna a casa y concluye
que il faut cultiver notre jardin («hay que cultivar nuestro jardín
»). Un modo de decir que, con tantas cosas fuera de nuestro
alcance, implicarse creativamente en el entorno más
próximo es lo que permite hacer la vida más dichosa."
Aunque aún no he encontrado el furusato de mi vida, sí que me identifico con el concepto de topofilia de Ruiz Terrés. Magnífico como siempre, Terrés une la erudición y la poesía. ¡Qué lujo!