Turquía, un viaje a los orígenes
Viajar por Turquía a veces es como recuperar un antiguo álbum de fotos. Con la peculiaridad de que no recoge la historia de una familia, sino de nuestra propia civilización.

Este viaje en el tiempo empieza ante la estatuilla de la diosa madre de Çatalhöyük, que da a luz sentada en un trono flanqueada por dos leones o dos leopardos. Las casas de esta ciudad del octavo milenio a.C., la más antigua que se conoce, se apiñan como en una colmena: no hay calles ni puertas y se accede a ellas por una abertura en el tejado que también sirve de chimenea. Las viviendas de adobe tienen las paredes finamente enyesadas y el suelo cubierto de esteras. Las decoran murales que representan escenas de caza o cabezas de toro a tamaño natural modeladas en arcilla. Y cuentan con horno de pan, pues los habitantes de Çatalhöyük son hábiles agricultores y ganaderos: cultivan trigo, cebada, lino, garbanzos, lentejas y guisantes, y cosechan almendras, manzanas y pistachos de árboles que plantan en las colinas. Prensan aceites vegetales, han domesticado la oveja y la cabra y empiezan a domar el uro. Saben fundir el cobre, que incorporan en sus joyas, y se acicalan con espejos de obsidiana que obtienen del vecino volcán Hasan Dag. Hacia el año 5.700 a.C., un gran incendio destruye Çatalhöyük, pero paradójicamente la preserva para la posteridad al cocer los ladrillos de arcilla seca, lo que da más consistencia a las paredes.

El excelente Museo de las Civilizaciones de Anatolia permite contemplar los tesoros arqueológicos de Çatalhöyük y justifica por sí solo un viaje a Ankara (Angora si se traduce del turco). Los sucesivos pueblos que se establecen en la fértil meseta de Anatolia aprenden a fundir el bronce y el hierro. Y empiezan a fijar sus leyes por escrito, tal vez para no depender de la arbitrariedad de un soberano. Las decenas de miles de tablillas de arcilla halladas en Hattusa, capital del imperio hitita, han permitido descifrar la lengua indoeuropea más antigua, anterior al sánscrito védico, y rastrear los orígenes del latín, el alemán o el inglés, entre otros idiomas. Los hititas llaman genu a la rodilla, como harán luego los romanos. O watar al agua, milenios antes de que los turistas beban water al visitar Hattusa. O dohter a las hijas, anticipándose a los ingleses (daughter) o a los suecos (dotter).

Troya llegó a estar bajo la órbita del imperio hitita. Sus ruinas no pueden rivalizar en espectacularidad con las que atesora Turquía a orillas del mar Egeo, pero reciben menos visitantes y se respira en ellas cierta anarquía creativa, como anticipa el enorme caballo de madera de la entrada, concebido para acoger a bastantes personas. Esa especie de arca de Noé con patas es obra del artista Izzet Sememoglu.
Al adentrarnos en el recinto, nuestro hijo Eric, con siete años, salta de piedra en piedra y corretea por las gradas del antiguo odeón, gritando con entusiasmo:
—¡Me encanta que todo esté destruido!
Su madre y yo sonreímos con alivio. El viaje incluye frecuentes visitas arqueológicas y no sabíamos si eso podría aburrir a los niños. Alicia, cuatro años mayor, parece igual de contenta.
Bajo el sol del atardecer, desde su estratégico promontorio entre los ríos Escamandro y Simois, Troya depara unas vistas bucólicas. La mole del monte Ida, de 1.774 m, «el de las mil fuentes» en palabras de Homero, se alza al sudeste y fertiliza con sus aguas la campiña circundante. Al norte se extiende el eterno protagonista de ese escenario: el mar. Porque fue el control naval del estrecho de los Dardanelos, paso obligado entre el Egeo y el mar de Mármara, la principal fuente de riquezas de Troya y también su reiterada perdición.
Los arqueólogos han desenterrado hasta nueve ciudades superpuestas. La primera tiene unos cinco mil años; la última corresponde a la época romana. A mediados del segundo milenio a.C., Troya, que comercia con Micenas en el Peloponeso y las colonias griegas del mar Negro, vive su época de mayor esplendor. El terremoto que destruye sus murallas en 1250 a.C. facilita la invasión aquea que se recrea en la Ilíada.

Unos 400 km al sur de halla Éfeso, la ciudad jónica mejor conservada del Mediterráneo Oriental. Este activo puerto comercial fue originalmente un gran centro de culto a Cibeles, la diosa frigia de la fertilidad. El carro tirado por dos leones en la fuente que le dedica la ciudad de Madrid parece entroncar directamente con la diosa madre de Çatalhöyük y su pareja de felinos.
Bajo la influencia de los jonios, Cibeles se transforma en Artemisa, la diosa griega de la caza y de la luna, que interviene en los partos y que tanto puede dar la vida como arrebatarla súbitamente. El templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, supera en esplendor y tamaño al Partenón, edificado un siglo más tarde. Los visitantes hacen valiosas ofrendas. Creso, el rey lidio en cuyo reinado se emitieron las primeras monedas de oro, dona parte de su inmensa fortuna para concluir las obras del santuario. Con la llegada de los romanos, Artemisa pasa a ser Diana.
En el museo de Selçuk, la acogedora ciudad turca donde suele pernoctar quien visita Éfeso, la estatua de la Artemisa de los mil pechos sigue siendo el mayor foco de atención. Los supuestos senos de la diosa se ordenan en apretadas hileras y presentan forma de huevo, o más bien de testículo de toro, pues estos se ofrecían a la diosa en sacrificio. El pórtico de la biblioteca de Celso en Éfeso, presidido por las estatuas de Areté (la Excelencia), Nous (el Intelecto), Episteme (el Conocimiento) y Sophia (la Sabiduría) cautiva las miradas. El gran teatro romano goza de una acústica inaudita. Éfeso poseía complejos sistemas de alcantarillado; su extensa Vía Sacra (por la que pasearon María o san Juan, que vivieron en la ciudad) estaba techada. En verano caían cortinas de agua por ambos lados para refrescar el ambiente.
En Jonia, la región que envuelve a la moderna Esmirna, nos rodea una naturaleza amable. Los ríos que descienden de Anatolia fertilizan una llanura costera abierta a un mar cuajado de islas. El dulce clima incita a convivir al aire libre; la comida es sabrosa; la gente, alegre y comunicativa. Se puede pasear por calles y plazas, a la sombra de los árboles, descubriendo un mundo exótico y extrañamente familiar. Los occidentales que hoy visitan los enclaves arqueológicos o cenan a la fresca son solo la última entre las muchas civilizaciones y pueblos que ha acogido Jonia, cuna del poeta Homero. Hititas, frigios, lidios, licios, griegos, persas, romanos, bizantinos, cruzados, otomanos… todos se instalaron de buen grado y partieron si no quedaba otro remedio.
Es precisamente en este entorno, pródigo y moderado al mismo tiempo, donde la humanidad ensayará una nueva forma de pensar. En los siglos VII y VI a.C., los filósofos presocráticos gestan lo que se conoce como el paso del mitos al logos; es decir, dejan de considerar el mundo y la vida un designio o un capricho divinos para intentar comprenderlos de un modo puramente racional. Los conceptos que acuñan, las preguntas que se plantean y, sobre todo, la libertad intelectual con que intentan responderlas, establecen los cimientos de la ciencia moderna. A los presocráticos les debemos el concepto de naturaleza, término latino para la physis griega, derivada del verbo phyo (crecer). Para estos pensadores, la naturaleza surge, crece y se desarrolla de un modo ordenado. Mediante la razón, es posible comprender los principios que explican su devenir.

Mileto, la más prospera de las polis jonias, mantiene relaciones comerciales con enclaves del Mar Negro, Mesopotamia, Egipto o el sur de Italia, y de ella dependen decenas de colonias. En ese ambiente cosmopolita, en una ciudad abierta al intercambio de mercancías e ideas, viven Tales, Anaximandro y Anaxímenes, maestros tanto en las matemáticas, la astronomía o la náutica como en intentar comprender el orden y el dinamismo de la vida.
Los presocráticos buscan la esencia del ser que permanece tras los cambios aparentes, así como el arché, el elemento original del que pueden derivar los demás. Para Tales, el arché es el agua. Su discípulo Anaxímenes da prioridad al aire, en un mundo gobernado por el Pneuma (espíritu) y Nous, la mente suprema. Anaximandro alude al Ápeiron, lo indefinido e ilimitado, y es el primero en aplicar la palabra cosmos al conjunto del universo. Para Heráclito de Éfeso, todas las cosas proceden del fuego y la realidad entera está sujeta a cambio. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, según su famosa máxima: panta rei («todo fluye»). Pitágoras, originario de la vecina isla de Samos, afirma que las cosas son números y que cada uno de ellos encierra propiedades especiales. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito describen la estructura atómica de la materia.
A principios del siglo V a.C., Darío I destruye Mileto. La conquista persa se vive como una tragedia en Atenas y marca el paso del periodo arcaico al clásico en la filosofía griega. La ciudad se vuelve a levantar adoptando el innovador plano en retícula de Hipodamo de Mileto, padre del urbanismo moderno. Pero los sedimentos que arrastra el río Meandro (Büyük Menderes en turco), cuyos bucles designan hoy a cualquier gran curva fluvial, acaban cegando el activo puerto de Mileto y la bahía que la separa de la ciudad de Priene, al norte. De Mileto nos ha quedado el teatro ampliado por los romanos, un estadio y un conjunto de ruinas que se inundan en los meses lluviosos, entre solitarios campos de algodón. Priene es una ciudad menor, pero su templo de Atenea encarna la quintaesencia del arte jónico. Las cinco esbeltas columnas que lo caracterizan muestran hasta qué punto el arte griego supo hacerse uno con el paisaje. Tras ellas se eleva el telón rocoso del monte Micale.

En el suelo donde germinó el pensamiento científico enraizaron también poderosos mitos, pues estos ofrecen a los seres humanos otras vías de conocimiento. Al sur de Mileto, Dídima acoge un enorme templo a Apolo y un oráculo tan importante como el de Delfos. Entre las bases de sus 120 ciclópeas columnas sobresale la cabeza de Medusa, el monstruo que tiene serpientes en vez de cabellos y petrifica de horror a quien la mira, acaso porque le muestra de golpe, como un espejo, cuanto rechaza de sí mismo.
Tierra adentro, al sur de la bahía de Edremit, se encuentra Pérgamo, que escapa a las multitudes que hallamos hoy en Éfeso. Su teatro para diez mil espectadores y su acrópolis de inmaculadas columnas (otra de las siete maravillas del mundo antiguo) coronan una montaña en un escenario de sobrecogedora belleza. Los espléndidos frisos del altar de Zeus, joya de la corona del Museo de Pérgamo en Berlín, escenifican la batalla entre los dioses del Olimpo y los gigantes del inframundo. Estos últimos, representados como luchadores coléricos, son derrotados por unas deidades apolíneas que combaten sin tensión aparente.

A los pies de la acrópolis, la ciudad de Bergama permite apreciar el estilo de vida turco. Y también visitar el Asclepeion de Pérgamo, un santuario médico similar a los de Epidauro o la cercana isla de Cos, cuna de Hipócrates. Los enfermos recibían en él masajes y tratamientos con plantas, además de beber del manantial sagrado. Un generoso caño sigue manando, de modo que, si se quiere hacer una excepción con el agua embotellada, ¿por qué no aventurarse con esta fuente, antaño bendecida por las náyades, las ninfas de los arroyos?
Curarse en el Asclepeion requería atravesar ritualmente el pasillo subterráneo que conducía al templo de Telesforo y pernoctar sobre la piedra de los sueños, así llamada por su facultad para inducirlos. Como un moderno psicoanalista, el terapeuta (etimológicamente, el «servidor» o «escudero» del guerrero) diagnosticaba al paciente teniendo en cuenta lo soñado; otras veces el sueño mostraba en sí mismo la vía para curarse. El símbolo médico de la vara de Esculapio, en torno a la cual se enrosca una serpiente, atestigua la importancia que tenía el culto a esos reptiles en las ceremonias de curación, acaso por su facultad para regenerarse mudando de piel o por su vínculo con el mundo telúrico. Galeno, que nació en Pérgamo y fue médico del emperador Marco Aurelio, conoció todas esas prácticas, las depuró y las sistematizó en decenas de obras que recogían valiosos conocimientos anatómicos y fisiológicos. Pérgamo fue célebre asimismo por la calidad de sus pergaminos, que reunía su gran biblioteca y que tomaron de ella su nombre. Elaborados a partir de pieles de animales, permitían escribir por las dos caras, a diferencia del papiro egipcio.

Viajar por Turquía resulta así un deleite para los amantes del arte, la historia o la filosofía. Los recintos arqueológicos y los nombres de los sabios vinculados a ellos proponen un estimulante juego de pistas… que siempre se puede postergar para zambullirse en el mar o saborear un café turco bajo un platanero. El litoral es abrupto, con bosques que a menudo llegan hasta la orilla del agua. Los transportes públicos por carretera superan desde hace décadas a los de muchos países europeos, y la flamante red de autovías permite viajar cómodamente con un vehículo alquilado. En la costa meridional las montañas pueden superar los tres mil metros, están nevadas en invierno y se ondulan como cortinajes junto a un mar azul turquesa. La carretera que atraviesa esa cornisa hasta Antalya tiene una belleza que linda con el vértigo. Ríos caudalosos se abren paso en esas murallas pétreas y en sus deltas crean enormes playas, libres de contaminación lumínica, donde siguen desovando las tortugas. Dondequiera que nos detengamos, es fácil que nos sorprendan la simpatía y la hospitalidad turcas. Esas virtudes, que suelen asociarse con la vecina Grecia, arraigaron con más fuerza si cabe en esta tierra, el vivero de algunos de los grandes avances de la humanidad.
Recorrí por primera vez Turquía en 1986, combinando la bicicleta con tramos en barco de línea y autocar, y así llegué hasta el Monte Ararat y a las plantaciones de té a orillas del Mar Negro. Me impresionaron los campos con personas trabajando sin herramientas mecánicas y las fuentes manando en medio de la estepa, rumbo a Afrodisias y Pamukkale, o mucho más al este, al cruzar el Éufrates. Las calzadas, incluso en plena noche, eran un bullir de vehículos, carretas, peatones y animales. De día, tractores con remolques atestados de campesinos traqueteaban hacia los cultivos. Con sus holgados pantalones floreados, las mujeres parecían mantener vivo el hálito de la tierra.

Aunque el león se extinguió en Anatolia hace algo más de dos siglos y los raros leopardos que se avistan proceden de las montañas de Irán, la diosa de la fertilidad de Çatalhöyük y Cibeles, cuyo culto propagaron por el Mediterráneo griegos y romanos, pueden sentirse satisfechas en sus tronos: la agricultura turca sigue asombrando con su exuberancia. Ningún país produce más higos, avellanas, albaricoques, cerezas o granadas. Y Turquía figura en el top five en cuanto a melones, sandías, pistachos, tomates, nueces, melocotones, manzanas, peras, fresas, aceitunas o té. La cosecha anual de trigo (20 millones de toneladas), que lleva al menos diez mil años aclimatado en Anatolia, equivale a 235 kg por habitante.
En aquel primer viaje, al llegar al atardecer en bicicleta a una ciudad o descender con ella del autocar buscaba pensión y un lokanta (restaurante) para la cena. En ese deambular por calles polvorientas, oía crepitar el aceite en las cocinas abiertas y me embargaba una rara sensación de familiaridad. Me preguntaba: ¿Es Andalucía? ¿Es Creta? ¿Es la niñez?
Esos días venía a menudo a mi mente un poema kurdo de amor, leído en el libro Poesie populaire des turcs et des kurdes (Gerard Chaliand, Ed. d’Aujourd’Hui):
«¿Conoces tú su amor?
Su amor es como una lluvia fina,
que cae sin que te des cuenta,
hasta que un día uno descubre
que está empapado hasta el alma».
Con la palabra turca keyf tuve un amor a primera vista. Traducirla como placer no es del todo exacto. Imaginemos a un viajero sentado en un café que evoca las vivencias del día. Entre sorbo y sorbo de un té, contempla relajado las escenas callejeras y experimenta una sensación de ociosa plenitud. Del vaivén entre sus diversos sentimientos, solo quedan dos supervivientes: cierto amor y cierta tolerancia. Está a gusto en el mundo y disfruta viéndolo pasar, sin interferir en él. Eso es keyf.

El retrato más célebre que nos ha quedado de Mehmed II es una acuarela del sultán oliendo atentamente una rosa. El conquistador de Constantinopla, el hombre más poderoso de su tiempo, tenía presente que pocas cosas son equiparables al aroma de esa flor. Un proverbio turco lo recuerda:
«El mundo es una rosa; respira su perfume y pásasela a tus amigos».
Para dar continuidad a aquel gran primer viaje de juventud, décadas después retorné dos veces a Turquía en familia. La primera, en una ruta clásica desde Estambul al Egeo, más Pamukkale; y luego hacia las playas de Dalyan, Patara y Kekova, las tumbas licias de Myra, la mística Konya y la troglodítica Capadocia, que es un deleite para pequeños y grandes.
La segunda, desde Antalya rumbo este, con la sensual Side y sus ruinas griegas y romanas; Perge, ofreciendo su calle porticada, el ágora y las columnas primorosamente labradas; el castillo de Alanya y el abismo azul del mar a sus pies, o Cennet y Cehennem, las llamadas cuevas del Cielo y el Infierno (en el fondo oscuro de la primera se escucha un río invisible, acaso como en el más allá). Al final de esa ruta admiramos también las llamas de la Quimera ardiendo espontáneamente junto al mar. Las alimenta el metano que emana del subsuelo, y en torno a ellas es posible reunirse o cenar como junto a una hoguera.
El castillo de Mamure, cerca de Anamur, es probablemente la fortaleza mejor conservada a orillas del Mediterráneo, con sus murallas almenadas junto al agua y 39 torres a las que asomarse. Justo al lado hay una playa en la que desova la tortuga boba (Caretta caretta). En ese aspecto sería solo una más entre las muchas del sur de Turquía pero, como es pequeña y a Anamur llega poco turismo, las autoridades no han de cerrarla en las noches de verano para proteger a las tortugas, como sucede por ejemplo en Ölüdeniz o Patara. Una noche, junto a una familia eslovena que viajaba en furgoneta y sus dos hijos, pasamos muchas horas fascinados y conmovidos a la luz de la luna viendo cómo eclosionaban distintos nidos. Un pelotón de unas 70 diminutas tortugas recién surgidas de la cálida arena se dirigían entonces a toda prisa hacia las olas para emprender su nueva y azarosa vida en el mar. Quizá solo una de cada veinte sobreviviría a esas primeras horas.
Con esos viajes a Turquía quería que Cristina, Alicia y Éric conocieran con sus propios ojos esa tierra fecunda donde Oriente y Occidente se encuentran, empujan con sus testuces o se dan la espalda, casi como dos grandes placas tectónicas que convergen en una fisura. Y donde vieron la luz tantas cosas esenciales para nosotros, tal vez por esa misma razón.
Otros posts del autor sobre culturas del Mediterráneo oriental:
• Creta, la isla de Zeus y del Minotauro (cultura minoica)
• Viaje al corazón de la antigua Grecia (Delfos y el Peloponeso)





Turquía es un país que tengo en mi lista de "próximos destinos" desde hace mucho tiempo. Demasiado. Gracias a ti post ahora me han entrado más ganas de visitarlo. Gracias por todas las historias que cuentas, Josan.