Viaje a las fuentes de Madeira
Esta isla es un paraíso senderista gracias a los caminos que, bordeando las acequias, se adentran en el corazón de sus montañas.
Hace siete siglos, cuando los portugueses aún no habían avistado sus costas pero ya figuraba en una carta náutica genovesa de 1351, Madeira se hallaba enteramente cubierta de bosques. Asombrados ante aquella espesura, en 1419 los marinos comandados por João Gonçalves Zarco llamaron Madeira («madera») a la isla principal. Para despejar el terreno, los colonos recurrieron a los incendios, que tuvieron un alcance devastador: algunos tardaron años en extinguirse. Pero el agua abundaba y la tierra volcánica, fertilizada por las cenizas del bosque, quedó lista para sembrar. Pronto la caña de azúcar, traída de Sicilia y cultivada por esclavos africanos, prosperó en los barrancos de la vertiente sur. La villa de Funchal, fundada por Zarco en 1425, se convirtió en un activo puerto. En 1508 se le otorgó el rango de ciudad. Desde entonces, cinco panes de azúcar de oro dispuestos en forma de cruz configuran su escudo, junto a cuatro racimos de uvas, con las que se empezó elaborando un vino tipo malvasía al que siguieron otras modalidades. El azúcar se vendía a Castilla, Inglaterra y Flandes. Los edificios públicos y religiosos de los siglos XV y XVI testimonian esa época de temprano esplendor, así como los retablos flamencos y portugueses que atesora el Museo de Arte Sacro.
Funchal se encarama por un anfiteatro de montañas orientadas al sur. En las empinadas calles, la mayoría de edificios miran a la bahía; de vez en cuando, una gran jacaranda, con sus flores azul violáceo, anuncia la dulzura del clima y salpica de belleza un rincón de la ciudad.
El mar ha sido para la isla tanto una fuente de negocios como de peligros. En 1566, más de un millar de hombres venidos desde Burdeos con patente de corso saquearon Funchal durante quince días. El botín fue tan nutrido que los corsarios tuvieron que arrojar una parte al agua para poder zarpar. Escapando de aquella horda, las hermanas clarisas se guarecieron en el Curral das Freiras («el corral de las monjas»), una abismal caldera volcánica a la que hoy se accede gracias a un largo túnel, en una de las excursiones más habituales desde Funchal.

La isla de Madeira es una sucesión de telones de montañas, surcadas por valles (ribeiras) por donde un día fluyó la lava y hoy desciende el agua. La costa es abrupta, alternando los acantilados y las playas pedregosas. Solo Praínha, al este de Machico, ofrece una superficie de arena. Con frecuencia, piscinas artificiales engarzadas en la roca facilitan el baño en las localidades costeras.
Para encontrar playas de postal hay que trasladarse a la vecina isla de Porto Santo. Es pequeña –la mitad que Formentera– y árida, pues sus modestos riscos no consiguen captar la humedad que transportan los vientos alisios. Los habitantes de su única aldea, Vila Baleira, viven de la pesca y del turismo. Tranquila y sin apenas tráfico, Porto Santo invita a pasear descalzo: la playa de arena dorada de 9 km de longitud que une Vila Baleira con los acantilados de la punta sur es su mejor avenida. Los viajeros más activos suben al pico de Ana Ferreira (283 m), para admirar sus columnatas hexagonales de basalto, o descienden a las espectaculares calas de la costa oeste.
Descubrir la gran isla de Madeira, en comparación, requiere más energía. Hay que adentrarse por sus sinuosas carreteras y estar dispuesto a calzarse bien y atravesar las nubes. Pero la belleza del paisaje premia el esfuerzo. Estamos en una isla cuya altitud media se acerca a 1.400 metros, pese a rodearla el mar. En este laberinto montañoso, la verticalidad que tanto dificulta las comunicaciones ha permitido crear una cincuentena de miradores. Los hay sofisticados, como el de Cabo Girao, cuya plataforma de cristal se eleva 580 metros sobre las aguas; naturales, como Boca dos Namorados, que se asoma a la caldera volcánica de Curral das Freiras; o verdaderos nidos de águila, como Ninho da Manta, así llamado porque el águila ratonera (Buteo buteo) cría en sus alrededores.

Cuando Isidoro Lázaro Casado hizo honor a su segundo apellido y eligió Madeira como destino de luna de miel, tres de sus mejores amigos decidimos obsequiarle como regalo de bodas un tour completo en helicóptero por la isla. Era la única forma de que pudiese apreciar en detalle los fabulosos paisajes de Madeira, pues como Isidoro padeció una polio severa de niño solo puede desplazarse con muletas o silla de ruedas. Así inició su viaje por la isla: admirando desde el aire con su esposa Maribel los escenarios que explorarían en los días siguientes a ras de tierra.
La vertiente sur de Madeira semeja un jardín vertical: los bancales (poios) se encaraman como andamios por las montañas. Para crearlos, los campesinos tuvieron que acarrear tierra desde el fondo de los valles y cultivarlos a menudo sin ayuda de animales dado lo escabroso del terreno. Paralelamente, nuevas masas forestales, esta vez de pinos y castaños, cercaron a los bosques de laurisilva. Esta formación vegetal, no obstante, sigue cubriendo con su exuberante verdor la vertiente norte de Madeira, la más lluviosa. La integran especies de árboles con hojas semejantes a las del laurel (perennes y recubiertas de una película cerosa), mientras una constelación de musgos y líquenes tapiza las superficies libres de hojarasca.
A lo largo del año, las fiestas y ferias agrícolas reflejan el mosaico de cultivos y productos de la fértil Madeira: piña, chirimoya, cereza, higo, caña de azúcar, maíz, castaña, vino, sidra... entre las omnipresentes plataneras. Y si nuestra visita no coincidiese con ninguna, se puede acudir al Mercado dos Lavradores, en el centro de Funchal. Habría que viajar del Caribe al Mediterráneo, haciendo escala en Galicia, para hallar una diversidad de cultivos similar. Y todo eso se da en una isla ligeramente mayor que Menorca o La Palma, que comparte latitud con Casablanca. Cultivar esas plantas o las frutas y flores tropicales que hoy se exportan a Europa no habría sido posible sin un sistema de irrigación excepcional. Y eso es precisamente lo que convierte a Madeira en un destino único en el mundo: su prodigiosa red de acequias, que como un vasto sistema circulatorio capta las aguas en la cabecera de los valles y las distribuye estratégicamente por el sur de la isla. También es lo que permite que en el paraje más remoto hallemos un huerto o una vivienda.
Para disfrutar de la naturaleza de Madeira, una cincuentena de levadas (acequias) ofrecen senderos de ensueño. Por esbeltas o intrincadas que parezcan las montañas, esta red de más de 2.000 km de canales, que incluye 40 km de túneles, se aventura por ellas en pos de las fuentes. Lo excepcional es que junto a la levada discurre siempre un camino casi tan horizontal como una curva de nivel (la acequia ha de fluir sin turbulencias), que permite repararla en caso de necesidad y donde el agua está siempre al alcance de la mano.

Pasear siguiendo una levada resulta así tan grato como estético, pues a la compañía del agua se añade la belleza del paisaje y de la vegetación. En la vertiente sur, el mar, de un azul radiante, quizá domine el horizonte; mientras que en el norte es habitual atravesar bosques profundos entre los que serpentea la niebla. Durante siglos, cuando el tiempo importaba menos que el agua, estos canales se construyeron sin escatimar medios ni esfuerzos. En algunas paredes, el paso se estrecha por momentos y una escueta baranda atenúa el vértigo. Otras veces hace falta una linterna para atravesar túneles húmedos y oscuros. Solo cuando se recorren las levadas más recónditas y resbaladizas de la cara norte (Caldeirâo Verde, Caldeirâo do Inferno) se desaconseja ir con niños pequeños.
Las más concurridas parten de Rabaçal, un refugio de leñadores en la meseta de Paúl da Serra, la única planicie de la isla, a 1.400 metros de altitud, drenada por la Ribeira da Janela. Entre ellas, destacan la de las 25 Fontes y la de la Rocha Vermelha. Inmersos en esa verde espesura, a menudo ajardinada de hortensias, el caudal de las 25 fuentes y de diversas cascadas se recoge y canaliza con primor.
Hoy las aplicaciones de los móviles, con Wikiloc a la cabeza, y la telaraña invisible del GPS guían al caminante, mientras las oficinas de turismo suministran mapas e información específica a quienes disfrutan andando en plena naturaleza, una afición que no deja de crecer. Pero eso era impensable en 1973, cuando dos recién casados británicos, John y Pat Underwood, viajaron a Madeira de luna de miel. A John y Pat les gustaba caminar y se enamoraron de la isla. Regresaron a ella año tras año, tomando notas sobre sus excursiones favoritas, la mayoría de las cuales discurrían junto a acequias. Siete años después compartieron su paraíso particular editando un pequeño libro: Paisajes de Madeira. En él presentaban una colección de sendas de distinto grado de dificultad, con indicaciones precisas y buenas fotos y mapas, junto a información sobre autobuses y también algunas rutas en coche. Fue un éxito. En su tercera edición, ganó el premio Thomas Cook a la mejor guía de viajes y el Sunday Times comentó que ese libro había transformado por sí solo la naturaleza del turismo en la isla. Es un hecho que Madeira siempre atrajo a los británicos, tanto antaño, cuando se aficionaron a sus vinos fortificados, que resistían el transporte por mar y se conservaban bien una vez abiertos, como hoy, cuando acuden a celebrar el año nuevo en la bahía de Funchal, bajo un espectáculo pirotécnico digno del libro Guinness.
Curiosamente, a partir de esa obra, que ha ido ganando páginas y anda ya por su decimoquinta edición, no solo cada vez más gente acudió a Madeira dispuesta a caminar por las acequias, sino que también nació la editorial Sunflower, especializada en ese tipo de guías. Medio centenar de títulos de su colección Paisajes proponen excursiones a pie por las islas más atractivas del Atlántico y el Mediterráneo, y también algunos destinos de naturaleza de la Europa continental.
John y Pat Underwood editaron el libro que echaban en falta y su necesidad sintonizó con la de más personas. De modo similar, en 1973 también vio la luz la editorial Lonely Planet, cuando Tony y Maureen Wheeler publicaron Across Asia on the cheap (Atravesar Asia con poco dinero), una guía que reunía información esencial para quienes viajaban a la India y Nepal desde Turquía, atravesando Irán, Afganistán y Pakistán. Hoy, los 600 títulos publicados por Lonely Planet, de los que se han vendido unos 150 millones de ejemplares, constituyen un catálogo de guías de viajes inabarcable. El nombre de la editorial procede de la canción Space captain de Joe Cocker y Leon Russell (1970). «Aunque Joe diga lovely planet yo siempre canté lonely», le gusta explicar a Tony Wheeler. En 1973 apareció asimismo en Francia la primera Guide du Routard, obra de Philippe Gloaguen. Quien sabe si para confirmar eso de que las casualidades no existen, la NASA lanzó en noviembre de 1973 la sonda Mariner 10, pionera en alcanzar la órbita de Mercurio. Ese planeta está vinculado a Hermes, el dios de los viajeros y del comercio, que guía también las almas al más allá y a quien los romanos llamaron Mercurio.

Las acequias de Madeira, con sus caminos prácticamente llanos y el rumor del agua, invitan a caminar por paisajes reconfortantes. Pero si las nubes no lo envuelven, merece la pena salirse del cauce que marcan las levadas y recorrer el sendero de montaña más famoso de Madeira. Enlaza el Pico Arieiro (1.818 m), al que se accede por carretera, y el Pico Ruivo (1.862 m, techo de la isla). Discurre por crestas fabulosas y cuenta con una excelente combinación de pequeños túneles y cables metálicos que añaden emoción al trayecto.
Otro aliciente de la isla son sus jardines botánicos, con plantas de los cinco continentes, que incluyen colecciones de orquídeas y helechos arborescentes, como los de la Quinta do Palheiro Ferreiro o el jardín tropical Monte Palace.
No limitarse a Funchal y pernoctar en la vertiente norte permite acceder a la Madeira más salvaje. En el extremo noroccidental, Porto Moniz, que fue puerto ballenero hasta 1980, ofrece piscinas excitantes que desafían el oleaje y buena cocina de pescadores. La antigua carretera que lo une con Seixal, tallada a pico, solo permite el paso de un vehículo en los vertiginosos acantilados marinos. Una nueva ruta pagada con fondos de la Comunidad Europea salva hoy el obstáculo mediante largos túneles y esbeltos viaductos, como en otras partes de la isla. Pero el viajero con tiempo prefiere asomarse a la vieja, ya en desuso, y admirar las cataratas precipitándose directamente al océano.
Más adelante se encuentra São Vicente, una tranquila aldea desde la que se puede regresar a Funchal por el centro de la isla, ascendiendo a la Boca d’Encumeada, un collado precioso a mil metros de altitud, o bien seguir contorneando la costa norte por su parte más brumosa. Allí, la aldea de Santana, con sus rústicas casas campesinas de techo de paja en forma de A, brinda la base de operaciones para acceder a las gargantas más caudalosas y los bosques más venerables.
Enlaces a otros textos de Josan Ruiz sobre destinos volcánicos:
• Islandia, viaje al principio del mundo
• Los tesoros de Hawái
• El misterioso norte de Japón
• Lanzarote, la isla que reinventó el paisaje
• La Palma tras el volcán
• Gran Canaria desde dentro
• Costa Rica, paraíso del ecoturismo
• Un amor volcánico









Gratos recuerdos me trae éste artículo. El vuelo fantástico por toda la isla, al estilo Apocalypse Now, con vuelos rasantes por valles entre montañas y, a veces, volando sobre una meseta que súbitamente se cortaba y aparecía un abismo ante ti, en otros momentos, pasar en paralelo a la costa con vistas magnificas de los acantilados. ¡Sencillamente inolvidable!