Viaje al corazón de la antigua Grecia
Con hitos como Olimpia, Micenas y Epidauro, el Peloponeso destila la quintaesencia de Grecia. Nuestro viaje empieza en Delfos, al norte del golfo de Corinto.
Panta rei: «todo fluye». Este aforismo de Heráclito, que llegó a nosotros a través de un diálogo de Platón transformado en «no es posible bañarse dos veces en el mismo río», también se aplica a los viajes. Hay destinos a los que nos atrae poderosamente regresar, a sabiendas de que ni el lugar ni nosotros seremos los mismos. Pero ¿y si alguna esencia permaneciese, allá fuera o dentro de uno? Por aquello de «lo que es, no puede no ser», como sostenía Parménides, otro gran filósofo presocrático.
A los 19 años nuestro hijo Éric nos anunció que en adelante veranearía por su cuenta. Esas primeras vacaciones sin él nos llevaron a Delfos y el Peloponeso. Seis años después, sorprendentemente, se apuntó a un nuevo viaje en familia. Podríamos haber elegido un territorio desconocido, pero optamos por volver a esos parajes del sur de Grecia. Tal vez porque lo que más echamos a faltar en 2017 fue su compañía.
Las crípticas expresiones de Heráclito se han comparado a las de la sibila de Delfos, quien, según este filósofo, «ni declara ni oculta nada, solo da una señal». Delfos, el principal centro religioso de la Antigua Grecia, ocupa un enclave de notable belleza al sur del Monte Parnaso (2.457 m), morada de Apolo y de las nueve musas. El Parnaso acoge hoy la mayor estación de esquí griega, tiene bosques de abetos y en invierno atrae lobos del Monte Pindo, cuyo clima es más riguroso. Durante más de mil años, los peregrinos acudían a Delfos desde ciudades y territorios apartados para consultar a su famoso oráculo. La mayoría lo hacían tras desembarcar en el puerto de Cirra, ubicado 10 km al sur del santuario, y ascender por las faldas de la montaña.
Zeus soltó un águila, o un cuervo, en cada confín de la Tierra y las aves se encontraron en las Rocas Fedriadas de Delfos, señalando así donde se hallaba el omphalós (ombligo) del mundo, el vórtice a través del cual se comunican el reino de los dioses, el de los hombres y el de los muertos. Una copia helenística del omphalós, la gran piedra con forma de medio huevo que consagraba ese centro cósmico, se exhibe en el museo de Delfos. La cubre una red de bandas de lana tallada en relieve. El omphalós original era de mármol y los nudos donde se entrecruzaban las cintas estaban adornados con piedras preciosas talladas con la cabeza de Gorgona, la poderosa deidad protectora que petrificaba a quien la mirase.
La magnificencia de Delfos se aprecia especialmente con la luz del amanecer, antes de que el sol gane altura en el cielo y el enclave se llene de visitantes. Por eso es aconsejable pernoctar en un hotel del propio Delfos, o en Arájova, la localidad vecina a casi mil metros de altitud, y acudir en cuanto se abren las puertas del recinto.

Delfos se extiende por la empinada ladera de una montaña y alberga varios templos, un teatro y el estadio donde tenían lugar los Juegos Píticos, que originalmente fueron competiciones poéticas y musicales antes que atléticas. Ya no es posible purificarse a la antigua usanza en la fuente Castalia, al pie de las Rocas Fedriadas («las resplandecientes»), unas peñas altísimas, como se hacía antes de consultar a la pitonisa, pero su excelente agua sigue manando en un caño de los alrededores. Los hombres, pues las mujeres tenían prohibido consultar al oráculo, acudían buscando orientación ante un dilema vital. También se requería el vaticinio de la sibila para asuntos públicos, como el establecimiento de nuevas colonias o una declaración de guerra. En el pórtico del gran templo de Apolo, máximas como Conócete a ti mismo o Nada en exceso sintetizaban la filosofía y el arte griego de vivir.
Se desconoce cómo entraban en trance las sucesivas pitonisas: ¿Los vapores de una grieta en la tierra, desaparecida tras los terremotos? ¿Un preparado a base de hojas de laurel sagrado u otras plantas? ¿El rumor de un manantial subterráneo…? Pero desde el segundo milenio a.C., Delfos acogía un santuario adivinatorio de la diosa Gea. Su hija, la serpiente Pitón, vivía en una gruta del Parnaso y custodiaba el oráculo hasta que Apolo la mató con sus flechas. Para reparar ese sacrilegio, Apolo instauró los Juegos Píticos. A partir de entonces, el espíritu del lugar siguió hablando por boca de la Pythia, la sacerdotisa principal del templo… y con los sacerdotes de Apolo como mediadores.

La confluencia entre la energía telúrica (encarnada por la diosa Gea y la serpiente Pitón) y la conciencia solar (Apolo y sus flechas) caracterizó la nueva etapa de Delfos. Las consultas a la pitonisa se realizaban el 7 de cada mes (día de nacimiento de Apolo) o durante los Juegos Píticos, que se celebraban en verano, al principio cada ocho años y luego cada cuatro. El último oráculo conocido resultó todo un epitafio. A una pregunta de Juliano II (331-363), el último emperador pagano, la Pythia respondió:
«Decid al rey que el hermoso edificio ha caído, que Apolo ya no tiene cabaña ni laurel profético, que el manantial se ha secado y que el agua que hablaba ha enmudecido».
Y así fue, pues Teodosio I clausuró Delfos en el año 381. También abolió los Juegos Olímpicos, que llevaban más de mil años celebrándose, y ordenó talar el roble sagrado del oráculo de Dodona, mencionado en la Ilíada y la Odisea, donde los vaticinios se realizaban interpretando el crujido de sus ramas y el vuelo y el zureo de las palomas.
Aunque Delfos no se halla en el Peloponeso, brinda una espectacular aproximación a él gracias a la carretera que bordea el golfo de Corinto por el norte. Desde 2004, un gran puente sobre el mar une la Grecia continental con la ciudad de Patras, la mayor del Peloponeso y la tercera del país. Al cruzar esa autopista sobre el mar, suele olvidarse que, hace más de cuatro siglos, 40.000 personas perdieron la vida en esas aguas durante la batalla de Lepanto.
La Élide, una dulce campiña sembrada de hortalizas, arroz y algodón, anuncia la proximidad de Olimpia. El santuario panhelénico donde se celebraron los Juegos Olímpicos durante doce siglos contrasta con la agreste verticalidad de Delfos y ocupa un terreno boscoso y suavemente ondulado en la confluencia de los ríos Alfeo y Cládeo. El pueblo desarrollado en torno al recinto arqueológico invita a pasear y cenar al aire libre. El ambiente cosmopolita que se respira en sus calles y la frondosa naturaleza que las rodea entroncan con el espíritu de la antigua Olimpia. Los atletas llegaban un mes antes de los Juegos procedentes de todo el orbe griego y se alojaban, como los viajeros actuales, junto al cauce fluvial. El respeto al adversario y la camaradería caracterizaban a las Olimpiadas, pero en ellas se manifestaba sobre todo el agón (la competición), al que tan proclive era la sociedad griega. Ese sentimiento agonístico se expresaba en pruebas de todo tipo; incluso una boda o un funeral podían ir acompañados de un concurso poético o atlético a pequeña escala.
Un puente sobre el río Cládeo que se franquea a pie marca la entrada en el recinto de Olimpia. Como si fueran los supervivientes del bosque sagrado de Altis, los pinos y los otros árboles envuelven con su verdor las bases de los templos y las esbeltas columnas. Nada impide pegarse una carrera en la recta olímpica a quien le apetezca hacerlo. Más osado sería correr sin ropa, como los antiguos atletas (la palabra gimnasia deriva del griego gymnós: desnudo, pues así entrenaban y competían los hombres). Las mujeres que participaban en los Juegos consagrados a Hera se cubrían con una túnica.

En Olimpia esculpió Fidias la gran estatua de Zeus, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Con 12 metros de alto y elementos de oro macizo y marfil, ocupaba todo el ancho del templo construido para albergarla. El geógrafo griego Estrabón cuenta que casi rozaba el techo y que daba la sensación de que este se rompería si a Zeus se le ocurriera levantarse del trono. Hoy la estrella del museo es el Hermes con el niño Dioniso, estatua atribuida a Praxíteles. La vasta colección de armas expuestas en Olimpia denota la estrecha conexión entre guerra y deporte. El mes de Olimpiadas implicaba una tregua bélica y la clase militar no solía perderse las competiciones.
El mito atribuye a Hércules el origen de los Juegos. Los instauró tras vengarse de Augías, rey de Élide, que se negó a pagarle lo acordado tras limpiar en un solo día sus pestilentes establos, los mayores del país, proeza que logró desviando el curso del río Alfeo. Fue el quinto de sus doce trabajos. Hay quien ve en esa irrupción de las aguas, arrastrando el estiércol y las inmundicias acumulados durante décadas, una alegoría de la terapia psicológica o de la purificación espiritual.
Al remontar el río Alfeo desde Olimpia nos adentramos en la Arcadia. La frondosa región donde reinaba Pan, el dios de los pastores y los rebaños, es una madeja de aldeas encaramadas en crestas, entre cumbres que rondan o sobrepasan los dos mil metros. Si el Peloponeso recuerda una mano con cuatro dedos extendidos, estamos en el corazón de su palma. Sería posible caminar largas jornadas por este laberinto de sierras, bosques y senderos sin apenas entrever el mar.
Dimitsana, a cuyos pies se abren las gargantas del río Lousios, es un nido de águilas con impresionantes casas de piedra. En 1821, durante la sublevación griega contra la dominación turca, los molinos de pólvora clandestinos de esta localidad funcionaron día y noche. A falta de papel, para envolver el explosivo se echó mano incluso a las paginas de los libros del monasterio de Philosophou.
El monasterio ortodoxo de Prodromou está encastrado en una pared de las gargantas del Lousios. Preferimos subir desde el cauce del río, en vez de por el camino habitual que desciende del aparcamiento. El agua gélida y la tormenta que se fragua no incitan al baño. Pero el desfiladero es impresionante y el antiguo camino de mulas se encarama por un bosque pletórico de vida.
Franqueamos el portón del monasterio a media tarde, justo cuando se desencadena el aguacero. Un monje nos recibe con el preceptivo loukoumi (dado de gelatina de aroma frutal, rebozado en azúcar glas) y un café griego. Los balcones de madera asomados al abismo evocan los de los monasterios del Monte Athos, y acaso hasta el Potala tibetano. El enclave es extraordinario y el edificio se adhiere a la roca con las artes de un escalador. Una diminuta capilla iluminada por un ventanuco alberga cráneos de monjes. Es extrañamente acogedora y nos sentamos en ella en silencio. Reparo entonces en la fila de hormigas que avanzan sobre el viejo suelo de tablones. ¿No actuamos a veces los seres humanos de modo parecido? Media vida de aquí para allá, afanados en conseguir y acarrear bienes con que aprovisionar el nido.
Al salir del monasterio la tormenta ha dado paso a un sol resplandeciente. Desandamos el camino, y al descender en automóvil de las montañas de la Arcadia, la carretera se curva como un anzuelo rumbo a la antigua Mesene. En sus exitosas batallas contra Esparta, la gran potencia del Peloponeso, el general tebano Epaminondas fundó esta ciudad en el siglo IV a.C. y la fortificó con una muralla de 9 km. La convirtió en la capital de Mesenia, y redujo así en un tercio el territorio dominado por los espartanos. El encanto de Mesene radica en la excelente conservación de las ruinas –el estadio mantiene sus gradas, la muralla sigue en pie– y en la escasez de visitantes, lo que permite recorrerlas casi a solas. El monte Itome pone el telón de fondo al sugestivo escenario. La guinda es el pueblo de Mavromati, pegado a Mesene, que anima a alojarse en pensiones familiares, disfrutando de la sombra de los plátanos y su generosa fuente.
La relevancia histórica y cultural de Olimpia, Micenas o Epidauro sobrepasa las fronteras de Grecia e incluso de Europa. Pero la belleza de la naturaleza en el Peloponeso no le va a la zaga. Para comprobarlo, basta recorrer el segundo dedo de la península, vertebrado por una impresionante cordillera, en la que el nudillo del monte Taigeto alcanza 2.407 m de altura a solo 10 km del mar. Vistas desde abajo, las montañas parecen inexpugnables, sobre todo la rocosa cresta gris de la vertiente sudoeste. Pero en la ladera nororiental, más húmeda, a cuyos pies se extiende la fértil llanura de la antigua Esparta, los abetos y las cascadas fascinan a los caminantes.
Entre esos bosques se encuentra también la ciudad fortificada de Mistrás, patrimonio de la humanidad desde 1989. Mistrás fue la capital del Despotado de Morea, establecido tras la toma de Bizancio en la Cuarta Cruzada. Cuando el emperador Miguel VIII reconquistó Constantinopla, Mistrás pasó a ser la segunda ciudad del imperio y un foco de la cultura bizantina, ejerciendo notable influencia en el Renacimiento italiano. De sus dos siglos de corta e intensa vida, conserva el castillo y el palacio de los Déspotas, junto a una preciada colección de iglesias y monasterios, algunos con iconos que siguen suscitando gran devoción. Coronar la colina que acoge el conjunto (mejor al final de la tarde) depara vistas extraordinarias del monte Taigeto y del valle del río Eurotas, que desemboca entre el segundo y tercer dedo del Peloponeso.

Patrick Leigh Fermor describe como nadie ese segundo dedo en su libro Mani. Viajes por el sur de Peloponeso (Ed. Acantilado). La obra arranca con su audaz travesía del Taigeto en los años 50, a pie en una sola jornada, y su llegada a Kardamili, en la costa occidental, donde vivió a partir de entonces la mayor parte del tiempo hasta su muerte en 2011. Leigh Fermor nos dejó asimismo dos obras fabulosas: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Ed. RBA), donde narra retrospectivamente su viaje a pie desde Holanda a Estambul en 1934, con solo 19 años, y en las que retrata una Europa que la Segunda Guerra Mundial destruyó para siempre. En esa contienda, Leigh Fermor fue oficial de operaciones especiales y pasó dos años disfrazado de pastor en las montañas de Creta, liderando la patrulla que en 1944 capturó y evacuó a Egipto al comandante alemán de la isla, el general Heinrich Kreipe. La casa reformada de Leigh Fermor en Kardamili se alquila hoy como residencia de lujo algunos meses al año, cosa que le horrorizaría.
La salvaje costa de la península de Mani, con sus aguas profundamente azules y calas de difícil acceso terrestre, culmina en el cabo Matapán, el confín sur del Peloponeso. Ir de la moderna Kalamata a Areópoli, la histórica capital de Mani, es como viajar en el tiempo. La carretera se abre paso trabajosamente al oeste del monte Taigeto y solo en contadas ocasiones desciende al nivel del mar. Depara entonces lugares magníficos para zambullirse: Kardamili, Stoupa, Trahila, la costa entre Gerolimenas y Kapi... En tan apartados parajes, el turismo griego eclipsa todavía hoy en los meses de verano al internacional.
Los maniotas descienden de los espartanos, que se refugiaron en estas remotas montañas para evitar ser súbditos de Roma. Desde entonces han sido un pueblo independiente, austero e individualista, que vivió organizado en clanes durante siglos y habituado a tomarse la justicia por su mano. Las cumbres grises y descarnadas que, como almenas, coronan la región de Mani tienen su réplica arquitectónica en los centenares de viviendas con sus propias torres fortificadas que salpican el territorio. De base cuadrada, estrechas y de 15 a 25 metros de altura, las pyrgospita poseen varias plantas a las que solo se accede mediante escalas o trampillas. A lo largo del siglo XX las torres se desmoronaban conforme aumentaba el éxodo en la región. Pero ahora que por fin hay carreteras, las pyrgospita se restauran y hasta las nuevas construcciones se inspiran en ellas.

La profunda bahía de Limeni nos conquistó en nuestro primer viaje y a ella regresamos con Éric. Baño tras baño, era un deleite flotar contemplando el desfile de peces sobre la inmensidad azul. Además, en el verano de 2023 las tortugas marinas salían a respirar muy cerca de la orilla y podían verse desde tierra firme. Las casas de piedra del viejo puerto de Limeni son hoy pequeños hoteles. Nuestro favorito es Mavromichalai, hogar del aguerrido jefe de clan Petros Mavromichalis, quien en 1821 partió de Areópolis con sus tropas y consiguió arrebatar Kalamata a los turcos, iniciando así la Guerra de Independencia griega. Sus armas y su retrato presiden la entrada.
Primera capital de la moderna Grecia entre 1823 y 1834, Nauplia es la ciudad más elegante del Peloponeso. Da gusto pasear por su centro enlosado de mármol, debatiéndose ante la seductora oferta gastronómica y comercial. Encaramadas a la cornisa, las fortalezas de Palamedes y Acronauplia defienden el importante puerto, donde el castillo Bourdti parece flotar sobre las aguas. Nauplia proporciona asimismo una base ideal para visitar los otros dos grandes enclaves arqueológicos del Peloponeso: Micenas y Epidauro.
Murallas de entre 3 y 8 metros de espesor, la ciclópea Puerta de los Leones y la tumba de Atreo testimonian el poder de Micenas, la civilización que dominó la Grecia continental y las islas del Egeo entre los años 1.600 y 1.200 a.C. Los aqueos, un pueblo indoeuropeo, trajeron consigo la doma del caballo, el carro de guerra y las espadas largas de bronce. Tomaron el relevo de Creta, posiblemente una vez que el estallido de la caldera de Santorini asoló la civilización minoica. De ella adoptaron las rutas comerciales, las artes decorativas y el sistema de escritura. Agamenón, rey de Micenas, fue quien lideró el largo asedio que condujo a la destrucción de Troya.
A Olimpia se acudía para exaltar el vigor y la belleza del cuerpo; a Epidauro, para rehacer la salud. Desde el siglo VI a.C., en este santuario se rendía culto a Asclepio, el dios de la medicina. Tras realizar los sacrificios rituales, el enfermo se acostaba en un recinto que propiciaba la incubatio: el sueño reparador. Mientras dormía, se le podía aparecer el propio Asclepio mostrándole la vía para lograr la curación. O tal vez los animales emblemáticos del dios de la medicina: la serpiente que reina en el mundo subterráneo y muda su piel (pues la vieja no se expande con el cuerpo), o el perro, que cuidó de Asclepio cuando este tuvo que sobrevivir de niño en el monte, alimentado por las cabras de un pastor. Por la mañana, los sacerdotes y terapeutas que cuidaban del templo escuchaban al enfermo y le asistían mediante dieta, plantas, baños, masajes... Las tragedias representadas en el teatro de Epidauro, con aforo para 14.000 espectadores y una acústica que todavía hoy causa asombro, constituían otro pilar de la terapia. Pues, como señaló Aristóteles, el teatro facilita la catarsis de las propias pasiones, al verlas proyectadas en personajes que deben tomar decisiones difíciles o afrontar un destino cruel.

Panta rei: todo fluye, diría Heráclito. Pero el viajero busca más bien lo que permanece y hace especial a un lugar. Un viaje de este tipo permite pasar de enclaves a los que acudieron durante más de mil años personas de todo el Mediterráneo oriental para consultar un oráculo, presenciar los Juegos Olímpicos o recuperar la salud, a otros donde el extranjero constituía hasta hace poco una rara avis y se le recibía con auténtica filoksenia (hospitalidad).
Los fabulosos escenarios del Peloponeso invitan a una experiencia de la que se puede retornar algo más sabio de lo que se partió. A fin de cuentas, a la cultura griega le debemos no solo palabras como democracia o filosofía, también otras como higiene, psique, erotismo, nostalgia, dionisiaco o entusiasmo («inspiración o posesión divina»).
Enlaces a otros posts de Josan Ruiz sobre arte y antiguas culturas:
• Creta, la isla de Zeus y del Minotauro (cultura minoica)
• Un arte que supo cómo morir (indios del oeste de Canadá y Alaska)
• Entre el dinero y la beatitud (de la banca florentina a Francisco de Asís)
• Los tesoros de Hawái (cultura polinesia)
• Los parques nacionales de la meseta de Colorado (indios anasazi y hopi)








