Viaje por el espíritu de la Navidad
¿Será cierto eso de que existen días cualitativamente distintos? O dicho de otra forma: ¿el día de Navidad es especial por ser fiesta o es fiesta porque se trata de un momento especial?
Si en vez de mirar el calendario alzásemos la vista al cielo, en los días previos a la Navidad hasta el Sol parece haber cambiado de hábitos. Desde que empezó el verano, su altura disminuía a mediodía y salía y se ponía más al sur. Pero el 21 de diciembre acontece el solsticio, palabra derivada del latín que significa sol estático o quieto. La tendencia declinante se detiene, como si el Sol hubiera tocado fondo o reconsiderase su trayectoria. Durante dos o tres días, traza arcos aparentemente iguales. Luego, poco a poco, estos empiezan a crecer. El 25 de diciembre el renacimiento del Sol es un hecho. Aunque en el hemisferio norte queden meses de frío por delante, en los que la noche prevalecerá sobre el día, la luz gana terreno. La balanza se equilibrará en el equinoccio de primavera: el día y la noche duran entonces prácticamente lo mismo en cualquier punto del planeta, pues equinoccio significa literalmente «noches iguales».

La alegría, la esperanza y la bondad hacen la vida más reconfortante y no solo llevadera. Esos sentimientos, tan espontáneos en un niño, impregnan la Navidad por encima incluso de su significado religioso. Es tiempo de compartir, de ser más cálidos con los demás, de expresar buenos deseos, también de acariciar algún propósito para el año venidero.
La mayoría de familias en Occidente celebran juntas la Navidad. En los días previos, multitud de grupos de amigos habrán llenando las salas de los restaurantes. Dentro de ese conjunto de actividades festivas, las cenas de empresa constituyen un capítulo especial. Durante los 45 años que pasé haciendo revistas asistí a decenas de ellas, pero me quedaría con las últimas sin vacilar. En RBA, la empresa que edita las distintas publicaciones de National Geographic entre muchas otras, la cena-fiesta que precede a la Navidad es el acontecimiento del año. Y espero que lo siga siendo, pues me perdí la de 2024 al jubilarme y escribo esto mientras se prepara la de 2025.
«El lugar determina la calidad de la morada», dice un verso del octavo poema del Tao-Te-Ching. En ese sentido, contar con una gran sala acristalada de altos techos, abierta a una amplia terraza en un rascacielos junto la Plaça de les Glòries de Barcelona, no tiene precio. El día de la celebración, hacia las seis de la tarde, los lavabos de las diversas plantas parecen ajetreados camerinos, donde infinidad de personas mudan su piel y sus ropas de trabajo por las de fiesta. Las mujeres salen transformadas; los hombres, algo menos. Cuando los ascensores abren sus puertas, accedemos a un espacio donde más de doscientas personas conversan animadamente de pie, bebida en mano, mientras van desfilando camareros con bandejas de bocados deliciosos. Se hace imposible departir con todos los que desearías, pero las distancias se acortan sensiblemente, incluso con personas cuyo rostro te resulta familiar aunque desconozcas su nombre. El afecto y la euforia se acrecientan, entre las sonrisas y el brillo de las miradas. Me podía sorprender escuchando o haciendo confesiones inauditas a las jefas, a Ricardo Rodrigo (la R de RBA) o a distintos compañeros. Reina el alboroto en el photocall; algunos se hacen selfis con el chef que lidera el equipo de cocineros. Desde que este formato de cena sin mesas sustituyó al de comida, año tras año me preguntaba: ¿en qué otro lugar de Barcelona podría disfrutar de una fiesta de tal calibre, entre semana y a estas horas de la tarde? A partir de las nueve de la noche arranca el baile, que se prolonga para los más motivados hasta las tres de la madrugada, como fue mi caso en ese postrero 2023. Después de todo un año de convivencia articulada en torno al trabajo, deleita comprobar que esa noche cada persona tiene valor por sí misma y no por las funciones que le toque desempeñar.
En estos festejos solsticiales, previos a la Navidad, parece latir el espíritu de las Saturnales romanas. El 17 de diciembre se celebraba un sacrificio en el templo de Saturno, en el Foro del Capitolio, seguido de un banquete público al que todo el mundo estaba invitado. Era «el mejor de los días», en palabras del poeta Cátulo. Como en un anticipo del «amigo invisible», en ese periodo se intercambiaban regalos, se encendían velas y se decoraban las casas con plantas, germen de la ornamentación navideña actual. Los esclavos quedaban liberados temporalmente de tareas; algunos incluso podían cambiar sus papeles con sus amos. Estas celebraciones eran muy populares y se prolongaban hasta el día 23, pese a los esfuerzos que hicieron Augusto o Calígula para acortarlas.

En el siglo III, el emperador Aureliano instauró el 25 de diciembre la festividad del Sol Invictus, que conmemoraba el nacimiento del nuevo Sol (Dies Natalis Solis Invicti), vencedor de la oscuridad, integrando cultos solares orientales, como el de Mitra. Su figura radiante, con la corona de rayos, simbolizaba el poder del imperio. En el siglo IV, el papa Julio I decidió instaurar la Navidad el 25 de diciembre. De ese modo, la llegada de la luz y el amor al mundo que representaba el nacimiento de Jesús se superpuso a las Saturnales y los otros festejos paganos. Pero los cristianos coptos («egipcios») y las iglesias ortodoxas, como la de Jerusalén o la de Ucrania, siguen celebrando hoy la Navidad el 6 y el 7 de enero respectivamente.
La búsqueda de los orígenes de la Navidad, como de tantas otras cosas, nos lleva al Antiguo Egipto. Allí las fiestas en gloria de Horus duraban desde la medianoche del 24 de diciembre a la mañana del 7 de enero. ¿Nos dicen algo estas fechas? A los profesores y a los estudiantes, seguro que sí. Horus, el dios de los espacios aéreos, cuyos ojos eran el Sol y la Luna, se considera el fundador de la civilización egipcia y se equipara a veces al Apolo griego. Esta deidad con cabeza de halcón y cuerpo humano es un símbolo ascensional, tanto en el plano físico como en el intelectual y moral. Su nombre deriva de la raíz her: el que está lejos o por encima. Pero justo tras el solsticio de invierno, Horus se mostraba al pueblo egipcio en forma de niño desvalido y desnudo en brazos de su madre, la diosa Isis, protectora de la vida y la salud, madre divina del faraón y aliada en el más allá. Las estatuas de Isis con su hijo Horus sugieren que el culto a esa diosa entroncó con el de la Virgen María.

La venida al mundo de Jesús implicó la Matanza de los Inocentes en Belén a cargo de Herodes, pero el nacimiento de Horus también resultó dramático. Su padre Osiris había sido asesinado por su hermano Seth, quien lo desmembró en 14 trozos que desperdigó por todo Egipto. Pero Isis los buscó día y noche hasta recuperarlos por completo. A continuación, resucitó a Osiris empleando sus poderes divinos y concibió a Horus. Desde entonces, Osiris es el señor de Duat, el reino de los muertos, el inframundo egipcio que el Sol atraviesa cada noche. Y es Osiris quien determina, junto a 42 jueces, uno para cada pecado respectivo, si el corazón del difunto pesa menos que una pluma de avestruz, requisito para acceder al paraíso. Si no logra superar tan riguroso juicio, el denso corazón es devorado por Ammyt, un ser con cabeza de cocodrilo, patas delanteras de león y cuartos traseros de hipopótamo. Educado por Thot, el dios de la sabiduría, Horus creció y se convirtió en un excepcional guerrero. Y así luchó contra su poderoso tío Seth, en una pugna que ilustra la oposición entre orden y caos, entre la fertilidad del valle del Nilo y la aridez del desierto.
La primera civilización en establecer un calendario solar y no lunar fue la egipcia, pues observar la Luna no permitía predecir la crecida del Nilo, de la que dependía la agricultura. Ese fenómeno acontecía tras el solsticio de verano, cuando Sopdet (Sirio), la estrella más brillante, encarnación celestial de Isis, despuntaba en el horizonte este antes del alba. Habían comenzado los aguaceros estivales en las mesetas de Etiopía, pero el mito atribuye la inundación a las lágrimas de Isis por la muerte de Osiris. El principio del año egipcio coincidía precisamente con ese momento, que anunciaba la llegada de las aguas cargadas de limo fértil.
Los conocimientos astronómicos y geográficos de los egipcios causan admiración. La ciudad de Asuán, donde se construyó la gran presa que hoy domestica al Nilo, se ubica en el Trópico de Cáncer, por eso en el mediodía del solsticio de verano el Sol no produce la menor sombra, ni siquiera dentro de un pozo, cuyo fondo veríamos iluminado con un círculo de luz. Pero no sucede lo mismo en la desembocadura del Nilo, situada más al norte. Comparando las sombras en el solsticio de verano de dos pozos en esos respectivos lugares, Eratóstenes, bibliotecario mayor de Alejandría, calculó en el siglo III a.C. la circunferencia de la Tierra. Según él, esta era de 252.000 estadios (39.614 km), cifra muy próxima a la realidad (40.008 km). La obtuvo tras determinar gracias a las sombras la diferencia de latitud entre Asuán y Alejandría (1/50 de círculo, unos 7,2 grados) y multiplicar por 50 la distancia terrestre entre esas dos ciudades (unos 5.000 estadios). Recuerdo cómo me impresionó esta medición cuando estudiaba Geografía en la Universidad de Barcelona, en boca del catedrático Joan Vilà i Valentí. Poco después se la escuché a Carl Sagan. Hoy la narran, cada uno a su aire y con más o menos fidelidad, numerosos influencers en Instagram. A Eratóstenes le debemos también la corrección de los años bisiestos, los mapamundis con paralelos y meridianos y un cálculo preciso de la inclinación del eje de rotación de la Tierra (23,5º), la clave de su experimento, pues esa cifra coincide con la latitud del Trópico de Cáncer. Colón no habría osado intentar llegar a las Indias navegando rumbo oeste si hubiese sabido que nuestro planeta tenía ese tamaño, pero se basó en un dato posterior de Ptolomeo, sensiblemente menor.
La parafernalia que envuelve hoy la Navidad desvirtúa el sentido de la fiesta, en un mundo donde la falta de compasión y la insolencia del poder crecen sin límite aparente. Hay quien se resiste ante el tópico de tener que estar contento casi por obligación. Otras personas pueden sentir tristeza por quienes ya no están. Pero la magia de la luz naciente que baña la Tierra en el momento más oscuro del año y de las madres y los niños divinos que la encarnan está ahí, incitando a la esperanza, la alegría y la fraternidad. En nuestra sociedad desgajada e hiperconectada, con un presente y un futuro tan inquietantes, cultivar y experimentar el amor con quienes nos rodean parece la mejor opción. Tal vez, como escribió hace 25 años Daniel Bonet en la revista CuerpoMente, las fiestas celebran en lo temporal algo que ya existía previamente, antes del tiempo y en nuestros corazones.




Josan que bien hilas lo personal con lo histórico y lo simbólico de estas fechas, me encanta e inspira leerte!
Que maravilla Josan que capacidad de compartir y ordenar conocimientos hacia una dirección te admiro al leerte oigo tu voz cuando compartes en grupo y tu corazón se abre .