Zambullirse en las Azores
De São Miguel, la mayor y más habitada, a la pequeña y solitaria Corvo, estas nueve islas son un oasis de verdor en pleno océano Atlántico.
«No sé cuántas horas durante los veranos de mi infancia habré pasado flotando en el agua. Bastantes, si las sumas todas. A la deriva en el mar, o con el viento imperceptible que riza la superficie de un lago o una piscina. Concentrándome en abandonarme del todo hasta conseguir que flotasen también los pies, relajándome. Sin querer controlar nada, solo subiendo y bajando con los ojos cerrados, incorporando un ritmo ajeno. Sintiendo los lentos y caprichosos remolinos del cabello. Y qué paz. Hasta que una ola algo más grande hacía que me entrara agua en la nariz, y ahí perdía toda la gracia.
Creo que me enseñó mi padre, en una piscina termal de una de sus islas volcánicas (¿Azores?), de agua turbia, tibia y lechosa. Recuerdo la piscina redonda, las cadenas oxidadas que la delimitaban y toda la vegetación tropical de alrededor. Me sujetó como una bandeja y durante un rato me meció de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, dando vueltas, diciendo algo como: ‘¡Aprende! Es fácil. Si te dejas llevar, el agua te sostiene’. Los años posteriores se maravillaba del rato que podía aguantar, seguramente sin acordarse de que me había enseñado él. De vez en cuando me hacía una foto y luego la mostraba a los familiares, orgulloso: ‘Alicia haciendo el muerto. ¡No veas cómo aguanta! Hasta que se le arrugan los pies’».

Este texto volvió a mi memoria al empezar este artículo de las Azores. La gran piscina redonda de agua termal que describe Alicia está en Furnas, en la isla de São Miguel. Los visitantes han de pagar entrada y atenerse a un horario, pero quien se aloja en el Hotel Terra Nostra, como era nuestro caso, puede disfrutar de ella incluso en plena noche (antes de la reforma no era tan lujoso).
Furnas cuenta con un microclima especialmente benigno. Thomas Hickling (1743-1834), cónsul norteamericano y próspero hombre de negocios, instaló allí su residencia e inició el magnífico jardín botánico del parque Terra Nostra. Pasear por él permite admirar los sugis (el árbol nacional de Japón, pariente de la secuoya, está muy extendido en las Azores), las araucarias, los helechos arborescentes y los cientos de especies de camelias, rododendros o azaleas que rodean sus sinuosos estanques.
Pero Furnas («fumarolas») es famosa sobre todo por sus decenas de manantiales termales, sus pozos de barro hirviendo y una preciosa laguna rodeada de bosques. Se pueden recorrer las fuentes medicinales vaso en mano, catando sus diversos matices, entre vapores sulfurosos que la tradición atribuye al diablo (Pero Botelho). Otro aliciente es probar el cozido das Furnas, un estofado de carnes, embutidos, patatas y hortalizas, cocinado lentamente en el subsuelo gracias al calor geotérmico.
Un arroyo de agua fría y otro de agua caliente y ferruginosa atraviesan el centro de Furnas. Algunos vecinos los utilizan para asearse al aire libre al concluir la jornada, en un entorno que eclipsa al de una ducha doméstica. En ese cauce con las piedras teñidas de óxido de hierro y ribeteado por las hojas acorazonadas de las marquesas, que parecen agigantarse con el vapor y el calor, se halla la Poça da Dona Beija. Se trata de un pequeño complejo termal al aire libre, cuyas pasarelas conducen a pequeñas piscinas de agua a diferentes temperaturas. El nombre procede de una telenovela brasileña de 1986 que triunfó también en Portugal, cuya sensual protagonista, Dona Beija, se bañaba desnuda en una cascada. Los aldeanos bautizaron así a la gruta de donde surge un manantial de aguas calientes.
Aunque los veranos secos y cálidos de la península Ibérica se deben al anticiclón de las Azores, los paisajes de estas islas son un prodigio de verdor. El archipiélago comparte con Madeira y Canarias, sus parientes del sur, un origen volcánico y unos inviernos dulces. Los veranos, sin embargo, son más frescos y la lluvia, más abundante. Eso genera un entorno rural de vivos contrastes. A veces podemos sentirnos a las puertas del trópico, rodeados de plataneras y campos de té, o entre cultivos de taro, como en la Polinesia o Japón. Pero resulta más habitual que una sucesión de bosques, setos y prados evoque parajes de Galicia o el norte de Portugal. Las casas de piedra de una planta recuerdan las portuguesas del Alentejo, cuna de los primeros colonos. Con sus techumbres de tejas a dos aguas, salpican de naranja un mosaico de huertas familiares, cuadras, hórreos (espigueiros) y pajares (palheiros) donde la vaca es la reina.
Los portugueses comenzaron a habitar las Azores en 1432. El nombre no alude a un ave de presa (no había azores en las islas), sino que parece derivar del genovés azzurre: azules. Es el color que ofrecen las islas desde la lejanía. Y también se relaciona con el liquen Roccella tinctoria, del que se obtenía un tinte azul violáceo muy apreciado en el siglo XVI. Junto al verde de la vegetación, el azul es pues el otro color esencial de las Azores. Lo certifican las omnipresentes hortensias, algunos lagos espléndidos y la pureza del mar y el cielo.
São Miguel, la isla más poblada y extensa (algo mayor que Menorca), es la más visitada gracias a su aeropuerto internacional. Quien hace una escapada breve a las Azores suele recalar en Ponta Delgada, la única verdadera ciudad del archipiélago. Al noroeste se halla la aldea de Sete Cidades, dentro de una caldera volcánica. En 1901, asomados al borde, los reyes de Portugal dijeron que nunca habían contemplado un panorama más bello. Aquel mirador se había improvisado aclarando la espesura para que los monarcas gozasen del paisaje mientras comían; desde entonces pasó a llamarse Vista do Rei. El panorama muestra al fondo una gran laguna azul y otra verde en primer plano, separadas en apariencia por un delgado brazo de tierra. Ocupan el lecho de la caldera y constituyen la mayor reserva de agua dulce de las Azores, aparte de su imagen más emblemática.
Bosques frondosos tapizan las paredes de la hondonada y se encaraman por las crestas. Cuenta la leyenda que las míticas sete cidades fueron sepultadas por una erupción para preservarlas del saqueo de los piratas que venían en pos de sus riquezas. Hoy, una única aldea, muy tranquila, permanece casi ajena al paso de los forasteros, que circunvalan los lagos por diversas rutas de senderismo y hacen pícnic en las orillas. La iglesia de São Nicolau, a la que se accede por una avenida flanqueada de sugis, es su edificio más notable.

En octubre de 1522, un violento terremoto desencadenó una gran avalancha de agua, barro y rocas que arrasó Vila Franca do Campo, entonces la principal ciudad de São Miguel y su mejor puerto natural. Se calcula que perdieron la vida unas cinco mil personas, la cuarta parte de la población de la isla. Esa tragedia convirtió a Ponta Delgada en la nueva capital. Hoy, Vila Franca do Campo es casi un destino de naturaleza. Un islote frente a la costa acoge una bahía perfectamente redonda en su interior, de 150 metros de diámetro y casi cerrada (el cráter de un joven volcán), que ofrece un entorno idílico para gozar del esnórquel. En verano se regula el límite de bañistas (200). El resto del año solo se autoriza el acceso para excursiones guiadas de ornitología.
El día de Año Nuevo de 1980 un terremoto asoló Angra do Heroísmo, capital de la isla de Terceira, provocando 60 víctimas y reduciendo a escombros el 70% de los edificios de la villa más hermosa de las Azores. Unas 21.000 personas quedaron sin hogar. La costumbre de celebrar ese día festivo fuera de la ciudad redujo considerablemente el número de fallecidos. Pero la catástrofe permitió movilizar fondos para reconstruir la singular arquitectura de Angra do Heroísmo, hasta el punto de que, solo tres años después, fue declarada Patrimonio de la Humanidad. En 2003, la base militar de Terceira acogió la reunión de Bush, Blair, Aznar y Durao Barroso con que se pretendió justificar la Guerra de Irak.

Los paisajes de Terceira, una isla más antigua y erosionada, no tienen la espectacularidad de los del resto de las Azores. A cambio, hallamos en ella los edificios religiosos más singulares, casas que conservan hermosas ventanas con arcos de basalto y una población afable y tranquila que acaba cautivando al visitante. Las blancas iglesias, con sus torres cuadradas y sus aristas de lava, son una lección de armonía erigida con los materiales del lugar. Aún resultan más entrañables los imperios, pequeñas capillas que consagran los caminos o determinados enclaves. Cada barrio y aldea tiene los suyos, y el mantenimiento suele correr a cargo de cofradías. En estos santuarios del arte popular se rezaba antiguamente al Espíritu Santo para evitar las catástrofes naturales y se hacían ofrendas y fiestas que permitían redistribuir los bienes hacia los más desfavorecidos. Esa tradición sigue viva en Terceira.
A las Azores se suele ir en pos de naturaleza, pero es fácil que el viaje aporte más que eso. En estas islas perdura el arte de añadirle pausadamente belleza a un territorio, de trabajar con las manos en común o de cultivar un huerto que mejora la alimentación de la familia. Y siempre hay tiempo para conversar con un vecino, aunque sea a costa de detener el vehículo en mitad de la calzada. O de abrir la puerta de la casa a un extranjero y compartir con él lo que se tiene en ese momento.

La pequeña Flores (140 km2) integra junto a la diminuta Corvo (17 km2) el grupo de islas occidental y se asienta en la placa tectónica norteamericana, equidistante de Portugal y Terranova. Flores es la isla más lluviosa y eso se refleja en sus paisajes. Resulta un deleite caminar por sus espectaculares ribeiras o cauces fluviales (Algares, Cabo, Mosteiros, Monte Gordo). Zambullirse en las pozas es otra vivificante tentación. Los más intrépidos hacen rápel en cataratas y se deslizan por toboganes de basalto pulido con ayuda de empresas de barranquismo. Hay cascadas espectaculares, como la de Ribeira Grande (300 m), la de Poço do Bacalhau (90 m) y las que nutren la laguna (poço) de Ribeira do Ferreiro, un enclave sublime. En la zona central de la isla, siete cráteres acogen lagunas de gran belleza: Negra (105 m de profundidad), Branca, Seca, Comprida, Rasa, Lomba y Funda das Lajes. La Rocha dos Bordões constituye un magno conjunto de órganos de basalto. En Morro Alto, techo de la isla (911 m), nos envuelve el verde irresistible del bosque de laurisilva.

Durante la Segunda Guerra Mundial, más de dos mil navíos de guerra aliados e incontables hidroaviones atracaron en la pequeña isla de Faial. Hoy, el puerto deportivo de Horta constituye una escala casi obligada para los veleros que surcan el Atlántico o dan la vuelta al mundo. Se considera de buen augurio pintar en sus muelles el barco, la ruta y el nombre de los tripulantes. Emociona ver reflejados esos periplos en los vistosos grafitis del puerto. Comparado con quien llega a las Azores en avión o en crucero, el navegante a vela parece de otra especie. Puede sentirse una solitaria mota de vida, a merced del océano y el cielo, pero también el centro de un universo flotante, encarnado en su velero y en su libertad.
Entre los locales del puerto de Horta, ninguno es tan famoso como el Peter Café Sport. Con su ambiente de pub inglés, este centenario café-restaurante acoge marineros y turistas de los cinco continentes. Y su segundo piso, convertido en museo, exhibe una gran colección de dientes de cachalote decorados, arte conocido como scrimshaw. Trazando finas incisiones en el marfil y pigmentándolas luego con tinta, los balleneros realizaban grabados que reproducen los grandes barcos de vela del siglo XIX, lances de la caza de los cetáceos a bordo de pequeños botes, escenas portuarias o retratos, incluidos los de la saga de propietarios del café.

Cobijada por los conos volcánicos del monte Queimado y el monte da Guia, la cercana playa de Porto Pim, de arena negra, invita a conversar con los isleños. Brasil está en la otra orilla del Atlántico, pero el idioma común y la pasión por el fútbol acortan las distancias.
Una visita a Faial no estaría completa sin una ascensión en vehículo a la Caldeira, un cráter de 400 m de profundidad en uno de cuyos rebordes se alza el Cabeço Gordo (1.043 m), techo de la isla. La caldera alojaba un lago en su interior. Pero el subsuelo engulló sus aguas en 1957, con la erupción del volcán de Capelinhos, que con su árido paisaje recién creado constituye la otra cita ineludible de Faial.
El sendero circular de 7 km que recorre la cresta de la Caldeira permite disfrutar de increíbles vistas y admirar la flor insignia de las Azores: la hortensia. Los suelos ácidos y ricos en aluminio del archipiélago otorgan a estas plantas un vivo color azul, a diferencia de lo que sucede en un entorno mediterráneo, donde el pH básico y la abundancia de cal suelen deparar flores de color rosa pálido. En las Azores, como en Galicia, las exuberantes hortensias pueden superar los dos metros de altura o diámetro. Y dada la costumbre de plantarlas como setos en los caminos o en las carreteras, a menudo se avanza durante kilómetros por un caleidoscópico pasillo azul.
Así sucede, por ejemplo, en la vecina isla de Pico cuando se asciende desde São Roque de Pico, principal localidad de la costa norte, a la altiplanicie situada al este del gran volcán. Esta loma que serpentea a unos 800 metros de altura, cuajada de lagunas y frecuentada por todo tipo de aves, constituye la mayor área de flora endémica y protegida del archipiélago. Es un deleite caminar por ella, viendo cómo los bosques de laurisilva se encaraman por las húmedas laderas, mientras el pulso entre el sol, las nubes o la niebla puede transfigurar el paisaje en un instante. El Caminho das Lagoas (sendero PR19PIC) surca este fabuloso espacio natural.
El volcán de Pico (2.351 m) da nombre a esta isla y es el eje vertical del archipiélago. Según desde donde se mire, el cono puede antojarse un cucurucho de helado plantado boca abajo en el mar. Desde el techo de Portugal se divisan en un día claro las nueve islas. Los caminantes madrugan para ascender a la cumbre, que posee fumarolas activas, tras remontar 1.150 m de desnivel por una acusada pendiente. Se necesita estar en forma, y hoy también permiso o guía, para emprender esta excursión.
En la costa de Pico hallamos cultivos de vid en suelos laboriosamente ganados a la negra lava. Este paisaje vitivinícola abarca casi mil hectáreas y en 2004 fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Una retícula de muros configura un puzle de pequeñas parcelas y resguarda las plantas del salitre y del viento. Estamos en el enclave óptimo para degustar los vinos isleños, tanto los tintos como el verdelho, o el queso Sao João, elaborado con leche cruda de vaca. Con un poco de suerte, el caminante puede disfrutar de la hospitalidad isleña en una adega, las cabañas en que los campesinos guardan sus aperos o pernoctan en verano, y que también sirven de marco para improvisados festines.

Si un mamífero conoce a fondo los mares, ese es el cachalote. La especie de ballena más antigua se desplaza por todos los océanos y latitudes, pero prefiere alimentarse fuera de las plataformas continentales. Junto a la isla caribeña de Dominica, las Azores congregan la mayor población costera del planeta, gracias a su abismo submarino, pródigo en cañones y nutrientes debido a la convergencia de tres placas tectónicas. Los machos frecuentan las Azores todo el año; las hembras y las crías, entre mayo y octubre. El Physeter macrocephalus («soplador cabezudo»), como lo denominó Linneo, se sumerge durante algo más de media hora a profundidades entre 300 y 800 metros. Una vez allí, nada horizontalmente alimentándose de cefalópodos (incluidos los calamares gigantes), rayas o tiburones, que aspira literalmente con su enorme boca y digiere sin masticar, merced a su estómago dividido en cuatro cámaras (¿en cuál de ellas estaría el arrepentido Jonás?). Un cachalote puede llegar a ingerir una tonelada diaria de pescado y descender si es preciso a más dos mil metros, así como permanecer bajo el agua hasta una hora y media, aunque no es lo habitual.
Esta misteriosa criatura plantea grandes interrogantes, empezando por su desproporcionada cabeza (más de un tercio de su cuerpo), que puede albergar hasta dos toneladas de una grasa especial en el llamado órgano de espermaceti, bajo el que se ubica una gran estructura acústica. El cachalote genera chasquidos de más de 200 decibelios que recorren grandes distancias bajo el agua y cuyo eco ausculta a través de su mandíbula y su enorme cabeza. Con ello obtiene probablemente una ecografía instantánea del fondo submarino y de cuanto se mueve por él, por oscura o turbia que esté el agua.
En Moby Dick, el maestro Herman Melville escribió: «No se sabe por qué, pero los azoreños resultan ser los mejores balleneros». Lajes do Pico, con su documentado museo de la caza de la ballena, aporta algunas pistas. Los vigías oteaban el horizonte desde promontorios en tierra firme y, en cuanto avistaban el chorro inclinado hacia delante del cachalote, disparaban un cohete. Los hombres de la aldea abandonaban al instante cualquier labor (se les podía sancionar si no lo hacían) y partían hacia el mar. El cachalote era cosido metódicamente a arponazos desde las barcas hasta que moría desangrado. A eso seguía el nauseabundo trabajo de despedazar y procesar el cetáceo en tierra firme. Es fácil comprender el tesoro que suponía capturar una ballena para quienes vivían humildemente de la tierra.
En el excelente libro Leviatán o la ballena, Philip Hoare ahonda en la relación entre las ballenas y el hombre a lo largo de la historia. La obra nos lleva de viaje durante siglos por todo el mundo y concluye precisamente en las Azores, donde Hoare, nadando junto a un cachalote, experimenta una inefable catarsis emocional. En 1987 se cazó el último cachalote en las Azores. Ahora, naves más modernas permiten contemplar a los cetáceos, gracias por ejemplo a empresas pioneras y respetuosas como Espaço Talassa. Esto alienta la esperanza de que, por mucho que los seres humanos maltraten a la naturaleza, ella no pierde la capacidad de regenerarse ni nosotros la de mejorar.
Al este de Lajes do Pico se halla Calheta de Nesquim, una aldea más modesta, pero en la que Anselmo Silveira da Silva (1833-1912), el «Capitán Anselmo», curtido en Estados Unidos, montó con dos socios americanos hace siglo y medio la primera compañía ballenera de las Azores. Pasamos una tarde en familia bañándonos en su viejo puerto, que aún conserva delante de la iglesia la amplia rampa por la que ascendían las ballenas muertas. Y con este otro texto de mi hija Alicia inspirado por la Calheta de Nesquim nos despedimos de las Azores:
«Recuerdo una niña rubia, con el pelo muy corto. Larga y delgada, con la piel morena y las manos y los pies fuertes de tanto jugar en las rocas. No sé cuántos años tendría yo. El sol brillaba sobre la isla y arrancaba cegadores destellos al mar. Esa chica vivía allí y apenas nos entendíamos, pero me hablaba de todas formas, me seguía y jugábamos juntas. Nos pedía galletas y zumo y reía mucho. Me parecía guapa, salvaje y alocada. Sabía saltar al agua desde el muelle, y acabé imitándola a pesar de la gran altura. Seguro que hay alguna fotografía de esos saltos. Al final apareció un familiar suyo, un hombre grandote en bañador, saliendo del agua ufano con un pulpo ensartado en un arpón. Creo que ya entonces me horrorizaban la pesca y la caza, aunque no acababa de entender por qué. Aparecieron más niños, que tocaban el pulpo, se manchaban de tinta y jugaban con las ventosas. Nos despedimos mientras volvíamos al coche, ella agitando el brazo con energía. A veces me acuerdo de ella y me pregunto cómo será ahora.»

Yo también me pregunto cómo será ese niña ahora. Alicia tenía entonces ocho años y escribió ese texto y el que abre este artículo con algo más de veinte. Hoy tiene 33 y es médico de familia. Ojalá que la espontaneidad y el espíritu de compartir de aquellas dos niñas que jugaban en la Calheta de Nesquim sigan alegrando sus vidas, por mucho que crezcan.
Otros textos de Josan Ruiz sobre islas volcánicas:
• Maravillas de Hawái
• Gran Canaria desde dentro
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• Viaje a las fuentes de Madeira
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