Tailandia como experiencia
Este país, que nunca llegó a ser colonizado por Occidente, ofrece la puerta más directa y cómoda al exotismo y los misterios de Asia.
La primera imagen que me fascinó de Tailandia fue la portada de un calendario de 1988 dedicado a lugares sagrados. Mostraba una gran cabeza de Buda, honrada con un pañuelo ceremonial, frutas y pan de oro en la frente y una mejilla, incrustada entre las raíces aéreas de una higuera sagrada (Ficus religiosa). Que las raíces hubiesen apresado la cabeza parecía un guiño a cuando Buda, tras años de prácticas espirituales, se sentó precisamente bajo uno de esos árboles decidido a no levantarse hasta haber conseguido la iluminación, lo que aconteció siete semanas después.

Aquella estatua de Buda formaba parte del templo Wat Mahathat, el más sagrado de los que poseía Ayutthaya durante los cuatro siglos en que fue la capital del reino de Siam y una de las ciudades más prósperas del Sudeste Asiático. Su puerto fluvial recibía entonces comerciantes de China, Japón, Oriente Medio o Europa, a los que la ciudad deslumbraba con sus palacios y sus templos. Pero en 1767 los birmanos, que llevaban siglos guerreando con Siam, arrasaron por completo Ayutthaya. Los supervivientes fundaron cuatro años después una nueva capital en el delta del río Chao Phraya. Fue el embrión de la actual Bangkok, que en su extenso nombre oficial (una retahíla de palabras encabezada por Krung Thep: la ciudad de los ángeles) se arroga el título de «Nueva Ayutthaya».
Tal vez por eso, cuando en 2007 me animé a viajar a Tailandia en pareja y con Alicia y Éric, que tenían 14 y 9 años, en cuanto aterrizamos cogimos un autobús rumbo a Ayutthaya, dejando el trajín de Bangkok para el final.
Ayutthaya se ubica en una fértil planicie, en la confluencia de los ríos Chao Phraya, Lopburi y Pa Sak. Un canal los une y da la vuelta a la ciudad. Recorrerlo en barca permite contemplar desde el agua los antiguos templos y fortalezas. Pero como los monumentos de Ayutthaya se desparraman por una extensa y arbolada llanura, lo habitual es alquilar bicicletas o un tuc-tuc (mototaxi) para visitarlos.

Las estatuas de Ayutthaya que resistieron el saqueo birmano, los recintos de ciertos templos y los chedis (estupas budistas) es cuanto queda de la antigua capital. Algunas esculturas siguen recibiendo ofrendas, mientras los líquenes y el musgo reemplazan a la pintura o el pan de oro que antaño las recubrían. Explorando ese museo a cielo abierto, dimos al fin con la cabeza de Buda atrapada en la jaula vegetal. Ya no la adornaban ofrendas. Pero, fiel a los cánones, manifestaba una conciencia serena e imperturbable en su nuevo destino a ras de tierra.
Esa noche, saboreando la primera cena especiada del viaje, comenté a la familia que la guindilla llegó a Tailandia desde América hace cinco siglos gracias al comercio de los portugueses con la antigua Ayutthaya. De ese modo la cocina del Sudeste Asiático acrecentó su capacidad para tejer sensaciones intensas mediante ingredientes sencillos. Pero lo picante no rondaba solo nuestros platos. El restaurante recomendado por Lonely Planet al que habíamos acudido no concordaba con la descripción de la guía. Aunque sirviese cenas, ahora era ante todo un karaoke con chicas de compañía. No pasaba ningún taxi cuando salimos del local, pero un coche de policía que parecía montar guardia en la acera nos llevó amablemente al hotel. No fue la única vez. Días después, al salir al atardecer del templo Wat Phra Lampang Luang, la policía volvió a ofrecerse para devolvernos a Lampang.
Rama I instauró en 1782 la dinastía que aún rige en Tailandia. En 1831, Rama III fundó Kanchanaburi (130 km al oeste de Bangkok) como un fuerte para impedir que los birmanos penetrasen por el paso de las Tres Pagodas y el valle del río Kwai. Kanchanaburi es hoy la base para explorar los seis parques nacionales de esa región, vertebrada por imponentes montañas calizas y pródiga en gargantas, cuevas y cascadas. El selvático paisaje se puede disfrutar a pie, en canoa, balsa o a lomos de elefante.
Kanchanaburi conmueve sobre todo con los museos y cementerios de la Segunda Guerra Mundial, donde yacen siete mil prisioneros aliados, la mitad de los que murieron construyendo la vía férrea con que los japoneses abastecían a sus tropas en Birmania. Cerca de cien mil jornaleros e indígenas esclavizados perdieron también la vida en esa obra, que inspiraría la película El puente sobre el río Kwai (1957). Como si fuese Vietnam, las aguas del Kwai sirvieron de marco para otra gran película: El Cazador (1978). En ese río se rodó la salvaje e inolvidable escena de Robert de Niro impeliendo a Christopher Walken a jugarse el todo por el todo a la ruleta rusa, con tres balas en la pistola.
La agradable ciudad de Kamphaeng Phet, recomendación de mi amigo y consejero Albert Padrol, fue nuestra siguiente etapa rumbo norte. En su día, Kamphaeng Phet dependió de Sukhothai, el reino que precedió al de Ayutthaya. Su vasto recinto histórico, hoy tomado por la selva, camufla una muestra de arte budista sin parangón, con las ruinas de numerosos templos y el palacio real. Fuera de los muros se halla otra zona con más templos que acogió a monjes de la orden arani («que viven en el bosque»).
La intemperie ha devuelto a las estatuas la textura de la piedra en que fueron labradas. Muestran posturas clásicas de Buda ejecutadas de forma ejemplar: en meditación (sentado con las palmas de las manos unidas mirando arriba); poniendo a la tierra como testigo de su realización espiritual (tocándola con la mano derecha); otorgando protección y disipando el miedo (de pie, con la mano derecha levantada); transmitiendo las enseñanzas (el pulgar y el índice derechos forman un círculo); conteniendo las aguas (de pie, las palmas de las manos miran adelante); o experimentando el paranirvana o nirvana final (recostado, en el instante de morir). Sorprenden las sensaciones que depara imitar esos mudras o gestos rituales con las manos, en un enclave discreto y poco concurrido.
El pueblo thai, procedente de las montañas de Yunnán, al sur de China, se estableció originalmente en el norte del país. En el siglo XIII, dos principados se unieron y lograron derrotar al imperio jemer del sur. Sukhothai («amanecer de la alegría») fue la capital que contribuyó a consolidar la nueva frontera. Esa época constituye la edad de oro de la cultura de Siam, con la creación del alfabeto tailandés, que se atribuye al rey Ramkhamhaeng, y el arte de estilo más clásico. El budismo theravada, llegado desde Sri Lanka, se convirtió en el fundamento de la civilización tailandesa. El parque histórico que alberga las ruinas de Sukhothai es tan extenso que suele recorrerse alquilando bicicletas. Majestuosas figuras de Buda y centenares de chedis, que evocan la flor de loto, se elevan verticales entre sus prados. Muchos fueron restaurados a principios del siglo XX, cuando el rey Vajiravudh (Rama VI) decidió rescatar decenas de templos de la jungla que los había invadido, tal como hacían los arqueólogos franceses en Angkor.

Con unas monarquías tradicionales que apostaban por la modernización, en esa época Tailandia y Japón eran los únicos países independientes del Lejano Oriente. A Tailandia la rodeaban las colonias británicas por el oeste (Birmania y la India) y las francesas por el este (Indochina). Para aplacar a esas voraces potencias, tuvo que ceder Laos y parte de Camboya a Francia y algunas de sus provincias del sur a los ingleses (estados de la actual Malasia).
Avanzar hacia el norte en Tailandia equivale a remontarse en el tiempo. La acogedora Lampang, a orillas del río Wang, ya existía en el siglo VII. Esa noche, alojados en The Riverside Guest House, un sencillo y encantador hotel de madera, experimentamos un masaje tradicional tailandés en familia. El nuad boran, literalmente «tocar para curar, a la antigua usanza», no tiene nada que ver con los servicios eróticos tan comunes en el país. Conocía esta técnica desde mis primeros años de director de la revista Cuerpomente, cuando Juan José Plasencia me pidió un prólogo para su libro El masaje tradicional tailandés (Ed. RBA). A cambio le propuse un masaje suyo para escribir con conocimiento de causa. La experiencia me dejó nuevo y la repetimos con frecuencia.

El masaje tradicional tailandés no consiste en amasar o friccionar los tejidos, sino en una especie de coreografía que combina estiramientos y presiones. Viene a ser como un yoga pasivo, donde el receptor, vestido con un pijama holgado, siente cómo se elongan sus fibras musculares o se deshacen rigideces que limitan su movilidad. Cuando se ejecuta bien, esta técnica, que integra la filosofía del budismo con la visión energética del cuerpo de las medicinas ayurvédica y china, induce estados de profundo bienestar. Al concluir la sesión, tal vez sintamos que las piernas están para sostener una espalda bien alineada más que para salir corriendo. Que nada impide soltar los hombros o el abdomen y respirar sin trabas. O que podemos ser y amar el mundo con solo darnos permiso… al menos durante un rato. Precisamente mientras escribo este texto, Juan José Plasencia presenta su última obra: La mente espiritual, Ed. Kairós.

El espléndido templo amurallado Wat Phra That Lampang Luang, al sudoeste de Lampang, es la edificación en madera más antigua de Tailandia, además de un notable espacio de culto. Se accede a él por una majestuosa escalera flanqueada por dos largos nagas (serpientes mitológicas) de color blanco, que custodian tanto el santuario como las enseñanzas del dharma. Al franquear el umbral, robustos pilares de teca sostienen un elegante tejado de madera y tejas rojas que alberga un Buda con 450 años de antigüedad. Este templo se fundó en el siglo XIII, dentro del reino de Lanna, que alcanzó su apogeo en el siglo XV y cuya capital fue Chiang Mai. Lanna tuvo que resistir la amenaza de Sukhothai y Ayutthaya por el este y el sur, y entre el siglo XVI y el XVIII estuvo en poder de los birmanos.
Cosmopolita y aldeana a la vez, Chiang Mai es una de las ciudades más dinámicas de Tailandia. El atractivo centro histórico, con templos venerables, se descubre cómodamente a pie. La gran tradición comercial, favorecida por una posición de encrucijada entre Birmania, el sur de China, Laos y el resto de Tailandia, se materializa en un laberinto de tiendas y mercadillos de artesanía o antigüedades. La variopinta gama de hoteles y restaurantes compensa lo duro que puede resultar el programa de un turista.

Esta ciudad universitaria, situada al pie de las cumbres más altas del país, acoge tanto a refugiados birmanos como a los occidentales jóvenes o jubilados que pasan temporadas en ella. Propuestas no faltan: cursos de meditación, cocina o masaje tailandés, cruceros por el río Ping, excursiones a los parques naturales o a las zonas tribales de las montañas... En Chiang Mai parece flotar la quintaesencia de la Tailandia moderna, una mezcla insólita de despreocupación, trabajo, creatividad y reverencia.
Encajada entre montañas en el confín noroeste de Tailandia, la provincia de Mae Hong Son es la menos poblada. La cercanía de Myanmar se advierte en el estilo de los templos, con sus tejados escalonados, y en la nutrida presencia de tribus como los karen y los shan, que atraviesan a pie la frontera en busca de un país menos hostil con ellos. Para llegar aquí desde Chiang Mai se puede tomar el avión. Pero si se tiene tiempo, es mejor atravesar las espectaculares carreteras de montaña que dan un rodeo por el norte (vía Pai, 254 km), el sur (vía Mae Sarian, 368 km)… o directamente por el centro, como la que sube a la cumbre del Doi Inthanon (2.565 m), techo de Tailandia, y desciende a Mae Chaem (274 km).
Mae Hong Son brinda excelentes posibilidades de senderismo pernoctando en aldeas remotas y tribales. Cuanto más largo el trekking, más genuino será el ambiente. La temporada ideal es la estación seca, de noviembre a marzo, aunque la quema masiva de rastrojos enturbia el aire a medida que esta avanza. Las noches son muy frías en esa época, requisito para que germine la adormidera (el cultivo de opio, en retroceso, hizo famosa a la región hace décadas). Navegar en balsa por el río Pai, con las inevitables paradas para ver a las «mujeres jirafa» de la tribu kayan, o hacer ráfting entre Pai y Mae Hong Son, entre junio y enero, son otras actividades habituales. Casi la mitad de las doscientas cuevas de los alrededores de Soppong albergan ataúdes milenarios de teca suspendidos del techo. Algunas poseen redes fluviales subterráneas, en ocasiones con cascadas, lagos y playas. Las más famosas son las de Tham Lot.
Cuando le preguntan a nuestro hijo Éric cuál es su lugar preferido entre todos los del mundo que visitó con sus padres (desde que cumplió 19 viaja por su cuenta) responde sin vacilar que la isla de Ko Tao. Tal vez porque fue la única ocasión en que nos pasamos una semana en un hotel en una playa tropical remota, en vez de hacer las maletas y cambiar de alojamiento cada uno o dos días, al estilo de una vuelta ciclista. Aquel verano, desde Mae Hong Son, en las montañas del norte, volamos a la isla de Ko Samui y una vez allí tomamos el ferri para Ko Tao. Elegimos una bahía aislada en la costa sudeste, donde entonces solo había una edificación (Coral View Resort), frente al islote de Shark Island. Dedicamos el final de las vacaciones a disfrutar de aquel acuario tropical, yendo en piragua y haciendo esnórkel o submarismo. Las palmeras crecían entre espectaculares peñas y promontorios de granito. Era habitual contemplar tortugas entre los corales, así como tiburones que parecían hacer la ronda a ciertas horas y no mostraban el menor interés por nosotros. El entorno no podía ser más fascinante, con su mezcla de sencillez, prodigalidad y belleza natural.

Tanto si se busca descanso y relajación como conocer una de las culturas más singulares de Asia, Tailandia es un destino de primera línea. Comparada con la India, donde viajar por cuenta propia puede requerir superar pruebas como en una yincana, en Tailandia todo resulta eficaz y cómodo. El lema sanuk, sabai, saduak ayuda un poco a comprender por qué.
La primera de esas tres palabras, sanuk, que se traduce como «disfrute» o «diversión», recuerda que el sanuk debería regir cualquier tarea. Si algo carece de sanuk (trabajar, estudiar, cocinar, desplazarse…) no tiene sentido hacerlo. Es decir, cualquier actividad cotidiana debería generar satisfacción por sí misma y no una vez concluida. Este principio, que destila siglos de sabiduría campesina y budista, hace más fluidos el trabajo o la convivencia.
Sabai significa «tranquilo», «relajado» y es una invitación a tomarse la vida con calma. En la cultura tailandesa, evitar el estrés y las tensiones innecesarias es un arte y una prioridad. Sabai equivale a darse permiso para no complicar una situación.
Saduak se traduce por «cómodo», «fácil» o «práctico». Lo que es saduak fluye sin complicaciones.
Y otra palabra clave en la filosofía vital tailandesa es san phra phum: la «casa del espíritu guardián». Estas moradas en miniatura, que vemos elevadas sobre un pilar, son muy comunes en el Sudeste Asiático. Se ubican en lugares propicios de cada vivienda o negocio y proporcionan un refugio a espíritus que podrían crear problemas. Para congraciarse con ellos se les ofrendan arroz, incienso y frutas, y en Tailandia también refrescos de color rojizo. A cambio, ellos procuran mantener a raya a entidades más peligrosas. Honrar la san phra phum es un modo de recordar que el mundo no nos pertenece. Si vivimos sobre un suelo muy antiguo, entre fuerzas inabarcables para la mente humana, mejor llevarse bien con ellas.
El proverbio sanuk, sabai, saduak, junto a san phra phum, da pistas sobre la idiosincrasia de este país asiático con fama de hedonista y nunca conquistado por los europeos. Y sobre todo, es una invitación a estar presente, a aceptar la realidad y fluir sin fricciones con ella, dejando abierto un espacio para lo que no comprendemos.
Quizá eso explica la fascinación de Éric por Ko Tao. Durante una semana no había ningún lugar al que ir, nada que hacer, solo disfrutar del sanuk a la orilla de un mar transparente y rebosante de vida.
Otros textos del autor sobre destinos de Asia:
• La yincana de la India
• El misterioso norte de Japón
• De marcha por el Himalaya
• La India renace con el monzón
• Kailas, la última montaña sagrada







Me encantan las palabras que definen el talante tailandés, y esa maravilla de masajes!
Siempre he querido ir a Tailandia y leer esta crónica me acerca más a esta posibilidad de disfrutar de ese paraiso. Me imagino buceando por esas playas hermosas por la mañana y disfrutar de un masaje por la tarde.